Richard Gonzales
Durante la 26.ª Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), celebrada recientemente en Biskek (Kirguistán) en este 2026 y a raíz del 26.º aniversario de este conglomerado, se han suscrito 28 documentos estratégicos, tanto bilaterales como multilaterales, condensados en la Declaración de Biskek.
Esta representa una nueva forma de integración para una Asia tantas veces balcanizada, comenzando por el proyecto del Reino Unido capitalista, devenido en imperialismo, y proseguido por EE. UU. y otras potencias mundiales.
Los acuerdos principales se pueden condensar en:
· El compromiso con un orden mundial multipolar y «justo», que va en contra del unilateralismo y las sanciones occidentales bajo la dirección de un imperialismo en declive.
· La necesidad de una seguridad y defensa integral de sus miembros, motivo por el cual se han creado un Centro Universal para contrarrestar desafíos y amenazas a la seguridad y el Centro Antidrogas de la OCS.
· Un marco jurídico para el uso de la tecnología y la inteligencia artificial, la creación de un centro de datos regional, y un plan de seguridad de la información con vigencia de 2026 a 2028.
· El impulso del comercio y la economía, el uso de las monedas nacionales para transacciones mutuas, y el desarrollo de rutas, logística y transporte alternativo mediante un plan proyectado hasta el 2030.
Dentro de estos acuerdos destaca la creación de un banco de desarrollo propio, lo que rompería la hegemonía del dólar. Este hecho tiene trascendencia universal; si bien la hegemonía yanqui aún se sostenía en esta divisa universalizada —utilizada como arma de guerra al igual que la tecnología en esta Cuarta Revolución Industrial—, hoy entra en disputa frente a la construcción de un nuevo orden bajo la visión china de la «gobernanza global» y el «beneficio de toda la humanidad».
En otras palabras, el hegemonismo está terminando, aun cuando persiste un hegemón que no se resigna. No es para menos: desde el antiguo orden unipolar pos-1991, donde EE. UU. ostentaba la hegemonía que permitió la expansión de la OTAN —con planes de balcanización de la propia Rusia para luego ir por China—, las tensiones devinieron en un conflicto indirecto o «guerra proxy» usando a Ucrania. A esto se suman las presiones contra Irán, que apuntaban directamente a los intereses energéticos chinos para derrumbar su economía, y las crecientes tensiones en Taiwán. Estos hechos evidencian los peligros para los intereses del imperialismo yanqui ante la emergencia de una nueva superpotencia con capacidad de disputa, mientras Rusia recupera su estatus mundial, a la par de la India, distintas potencias regionales, la propia Europa y el Sur Global.
Persistir en conservar la primacía en la distribución real del poder mundial a estas alturas —como lo hace el principal enemigo de los pueblos del mundo— es persistir en la destrucción de la humanidad misma, dados los peligros actuales. En la realidad, existe una transición desde la hegemonía estadounidense hacia un orden multipolar basado en la coexistencia de grandes potencias y en el derecho internacional. Esta transición es impulsada principalmente por China, mientras que Rusia proyecta una visión más enfocada en la teoría civilizatoria. Esta dinámica ocurre dentro de las mismas relaciones de producción capitalistas e imperialistas; debemos tener claro este asunto para derribar toda ilusión y evitar colocar al pueblo a la cola de uno de los contendores.
El imperialismo yanqui persiste en una lectura heredada de la Guerra Fría, sobre todo en la unipolaridad posterior a 1991. Esto no niega que EE. UU. siga siendo una gran potencia imperialista, pero la realidad es que ya no puede organizar el sistema global de manera unilateral. Los hechos demuestran una multipolaridad en proceso, lo que explica la consolidación de la OCS, los BRICS+, el Pacto de la Meca y la ASEAN, así como los intentos de Europa por alcanzar su autonomía estratégica (aun con reservas) y el surgimiento de potencias regionales como Irán, que reconfiguran todo el Medio Oriente.Mientras tanto, la superpotencia en declive prioriza su militarismo y su poder nuclear, financiero y tecnológico, utilizándolos como armas de guerra. Aunque varias de estas fortalezas han sido superadas o están entrando en equilibrio, lo cierto es que el bloque emergente ha pasado de una fase defensiva a una ofensiva, forzando a EE. UU. a replegarse a la defensiva.
Dicha ofensiva se basa en reivindicar la Carta de las Naciones Unidas, la soberanía estatal, la no intervención, la negociación, la cooperación económica, las instituciones multilaterales, el control de armamentos, el desarrollo compartido y la cooperación climática. Esta es la base sobre la cual asciende China, más allá de potenciar su propia economía, infraestructura, educación, industria y tecnología. Es decir, la confrontación no se limita al ámbito militar, sino que abarca un espectro mucho más amplio y complejo, incluyendo el ámbito espacial.
Resulta innegable que ninguna potencia o superpotencia puede resolver unilateralmente los problemas de la pobreza, el cambio climático, la deuda, las pandemias, la seguridad alimentaria, la transición energética, la infraestructura, la inteligencia artificial o la proliferación nuclear. La crisis del sistema imperante y la descomposición del neoliberalismo universal agudizan estos desafíos aún más. Mantener las mismas relaciones de producción que han causado y siguen causando los males del mundo no ofrece ninguna solución. Por lo tanto, se requieren otras relaciones productivas, otro tipo de Estado y nuevas formas de organizar el mundo, basadas en la colectividad y en la preservación humana, alejadas de la lógica mercantil y de la explotación del hombre por el hombre.
El proceso multipolar continúa desarrollándose con todos los riesgos que implica, incluyendo la inestabilidad, el caos y los conflictos potenciales. Sin embargo, también representa una ocasión histórica para que los pueblos y naciones puedan impulsar procesos acordes a sus propios intereses, sirviendo a la democratización de las sociedades y buscando mejores condiciones de vida con soberanía, autodeterminación e independencia, así como procesos de industrialización y pleno empleo. Hoy, más que nunca, esto implica la lucha por el socialismo y su desarrollo integral para alcanzar una sociedad de auténtica armonía y paz.
Los líderes y las organizaciones deben asumir su responsabilidad de organizar y movilizar a las masas, apuntando a consolidar una correlación de fuerzas mayoritaria para llevar a cabo estas transformaciones. Esto no exime de ninguna manera la lucha por las prioridades inmediatas de subsistencia y la mejora de las condiciones de vida. Debemos reflexionar: el sistema se hunde en una profunda crisis y el neoliberalismo se descompone, corrompiendo a una parte de la sociedad. Ante la arremetida reaccionaria, las masas resisten y luchan con todas sus limitaciones. Por lo tanto, corresponde al sector más consciente organizarlas y movilizarlas para que sus esfuerzos se traduzcan en logros concretos, avances reales y, en última instancia, en la concreción del derecho inalienable de transformar la sociedad.
4/09/2026