César Ubillús
Han pasado 178 años desde que el marxismo emergiera al mundo como la ideología del proletariado internacional, una ideología científica para transformar la sociedad, desde que el gran programa de los comunistas se publicara el 21 de febrero de 1848, cuando se dio esa tarea por un gran encargo de la Liga de los Comunistas a Marx y Engels. Ideología científica jamás derrotada, que nace, lucha y combate contra el sistema imperante: primero el capitalismo, luego el imperialismo como fase superior y última del capitalismo, hoy en profunda crisis general.
Ideología que nace y se desarrolla en la lucha de clases en todos los frentes para construir una nueva sociedad, el socialismo, rumbo al comunismo. Desde Marx y Engels, pasando luego por el gran Lenin y el Presidente Mao, no se le dio tregua alguna: perseguida hasta más no poder, censurados sus pensamientos y su acción revolucionaria, la cual luego se convertiría en acción concreta de la organización proletaria. Comenzando por el primer intento de conquistar el poder, como fue la Comuna de París, luego la toma del poder en la gran Rusia y posteriormente en China, se generó a la vez todo un movimiento mundial de comunistas, revolucionarios, luchas y movimientos de liberación nacional.
Y es así porque la clase proletaria es internacional; por tanto, su lucha por un nuevo sistema opuesto y diferente al capitalismo y al imperialismo no es asunto de un solo país, sino el proceso de cambio desde la raíz de todo el orbe.
Y tiene que ver con acabar con esa lucha de clases, acabar con la explotación y la opresión, acabar con las guerras reaccionarias de sometimiento, opresión y explotación por medio de las guerras revolucionarias, para llegar verdaderamente a una sociedad de auténtica paz y armonía, a la humanización misma de la humanidad.
Tiene que ver con la instauración de la dictadura del proletariado contra la clase opresora y explotadora, no contra los pueblos o naciones oprimidas. Si bien es cierto que todo el proceso de esta primera ola mundial comunista fue derrotado, no fue porque su ideología sea caduca, acientífica o inaplicable, sino por el proceso normal de cómo una clase insurge en la historia, conquista el poder, luego lo pierde y lo recupera para volver a perderlo y recuperarlo, en definitiva, hasta consolidarse e iniciar el desarrollo de la nueva sociedad definitiva. Así ha sido para la misma burguesía: reiteradas derrotas, fracasos y restauraciones, como lo muestran sus propias revoluciones burguesas.
Pero nadie podrá negar cómo esa primera ola revolucionaria mundial sacudió todos los cimientos de una sociedad caduca; nadie podrá negar la concreción de los socialismos científicos en las dos más grandes naciones atrasadas de entonces, revolucionándolo todo: el poder, la economía, la ciencia, la cultura en favor de millones, la alta educación científica (razón de su desarrollo industrial en décadas), el nivel de vida alcanzado y su democracia concreta y real, no una democracia formal para encubrir el dominio y la explotación.
Si bien es cierto que se dio todo el proceso de restauración capitalista por el revisionismo en las dos más grandes naciones y repúblicas socialistas, desatándose luego toda la ofensiva general del imperialismo —inicialmente entre el socialimperialismo y el imperialismo de occidente, y luego directamente bajo la ofensiva general del imperialismo yanqui—, se pregonó ante todo el mundo la caducidad del marxismo.
El socialismo soportó y soporta una propaganda implacable de demonización constante, ya sea a través de corporaciones mediáticas capitalistas, discursos de sus líderes, en las academias, escuelas múltiples y organizaciones de todo tipo, para demonizar a los revolucionarios y comunistas con el fin de mostrar la supuesta superioridad del capitalismo y el presunto callejón sin salida del socialismo. Lejos de entablar un debate ideológico serio, todo se basó en pura propaganda, distanciándose de cualquier rigor para reducirse a la caricaturización del socialismo o a calificarlo como algo malo; es decir, recurriendo a una definición moral pretendidamente superior que resulta absurda dados los resultados actuales del mundo: una profunda crisis, ausencia de democracia para millones de pueblos, sufrimiento, pobreza, miseria incesante, guerras de todo tipo, degradación humana, genocidios y amenazas de nuevas guerras mundiales y nucleares. Es decir, el fracaso del capitalismo neoliberal en descomposición, que engendra toda clase de padecimientos a la propia humanidad.
Entonces recurren al fascismo y al neofascismo en todo el orbe, en el núcleo mismo del imperialismo: Francia, Inglaterra, Alemania, Italia, así como en Latinoamérica, Asia, etc., buscando salvar su hegemonía por la vía de la militarización y el securitismo. Arrasan con todo el derecho demoliberal y con su propia farsa democrática, quedándose sin salida en medio de una civilización que se hunde paulatinamente.
La crisis del orden mundial contemporáneo solo puede entenderse como la convergencia de una crisis sistémica de las capacidades estratégicas que estructuran el mundo: una crisis histórica de legitimidad imperial, una crisis de sobreacumulación y producción del sistema capitalista mundial, y una crisis de la ideología sobre la cual se erige su dominio, cuyo núcleo parte del individualismo burgués.
No se trata únicamente del declive de una potencia hegemónica y el ascenso de otra; se trata de una fractura más profunda, vinculada a un modo de producción incompatible con el desarrollo humano armónico. Por ende, asistimos al agotamiento de una forma histórica de organizar el poder global, fundada en la hiperconcentración de la riqueza en un polo y la miseria masiva en el otro, donde la relación centro-periferia mantiene una desventaja estructural asimétrica y el capitalismo imperialista necesita reproducir cotidianamente relaciones desiguales para asegurar su expolio.
Particularmente, Estados Unidos representa y es el exponente más descarnado del imperialismo contemporáneo. Fue edificado sobre una matriz histórica de colonialismo interno, esclavitud, despojo territorial de los pueblos originarios, supremacía blanca, acumulación originaria y expansionismo armado sistemático, como lo han sido todos los demás imperialismos. Este capitalismo mundializado es estructuralmente deficitario y parasitario: para sostener su hegemonía y su estabilidad interna depende de esquilmar a los pueblos del Sur global.
Requiere apoderarse de los bienes comunes del planeta, someter la fuerza de trabajo nacional y foránea, asegurar mercados cautivos y consolidar mecanismos permanentes de transferencia de excedentes hacia la metrópoli para garantizar una acumulación incesante y financiar su supremacía económica, tecnológica y militar. Este imperialismo, como fase superior y sistema orgánico, no se reduce a la apropiación física y directa de materias primas; consiste ante todo en fijar salarios de miseria y deprimir los ingresos de las grandes masas oprimidas. Es ese despojo el que subsidia el derroche opulento de sus élites y alimenta su complejo militar-industrial de agresión y exterminio.
La pobreza de las periferias no constituye un desvío circunstancial: es el resultado directo de la división internacional del trabajo impuesta coercitivamente por los centros metropolitanos. En esta fase, el «ejército industrial de reserva» formulado por la crítica marxista ha adquirido una escala global.
Marx develó tempranamente estas leyes de tendencia, y Lenin profundizó con precisión científica la fase imperialista, señalando la mundialización del capital financiero, sus contradicciones insalvables y sus límites históricos. Hoy atestiguamos la agudización de la crisis general de este andamiaje: la descomposición del proyecto neoliberal transmutada en sobreendeudamiento, tiranía financiera, políticas de choque, austeridad criminal, privatización de lo común, subordinación monetaria e intercambio desigual.
Si bien la fase de hiperglobalización logró amortiguar temporalmente sus contradicciones mediante la financiarización, burbujas especulativas y el estímulo ficticio del consumo a crédito, la crisis estructural emerge hoy con toda su fuerza corrosiva. Se fractura el monopolio tecnológico e industrial de Occidente, cruje la hegemonía del dólar y se exacerban las disputas interimperialistas por un nuevo reparto geopolítico del planeta.
En este escenario histórico, la periferia está llamada a romper las cadenas de la dependencia: forjar otro modelo de Estado, instituir relaciones sociales de producción soberanas, emprender una industrialización autónoma, conquistar la autodeterminación frente a la hegemonía anglosajona en declive y derribar la arquitectura colonial de dominio.Es imperativo asumir que la encrucijada actual trasciende el roce diplomático o bélico entre Estados: expresa la crisis terminal de un modo de producción y el derrumbe histórico de su gendarme principal.
La descomposición capitalista exige su reemplazo por un orden social cualitativamente superior: el socialismo, única vía capaz de garantizar una paz justa, emancipada y en armonía ecológica. Corresponde a la clase trabajadora y a los pueblos organizados transformar la indignación y la miseria inducida en fuerza revolucionaria, sepultando este orden caduco para levantar sobre sus ruinas un porvenir de verdadera liberación. La clase obrera y los pueblos del mundo siempre han luchado y resistido.
Hoy vuelve la audiencia de millones cuando se habla de socialismo en las entrañas mismas de EE. UU. —en lo inmediato bajo la forma de un «socialismo democrático»—, así como en Europa, África y América. Es decir, vuelve con mayor fuerza e intensidad la crítica al causante del descalabro planetario: el imperialismo y las sociedades capitalistas.
Es el resurgimiento de una nueva ola revolucionaria que comienza a expresarse, aún de forma germinal pero frontal, contra este sistema responsable de las perturbaciones globales generadas por la ambición individualista de acumulación sin fin a costa de millones de desposeídos.
Sé que queda una larga distancia por recorrer, pero es evidente que en las décadas venideras se profundizará; así lo demuestra la lucha de los pueblos del mundo en cada rincón, mediante su resistencia y combate. ¿Y por qué es así? Porque el mundo ve con nitidez que este sistema se hunde irremediablemente; por ello, corresponde enarbolar y luchar por el socialismo como salida para una humanidad sumida en el caos y en conflagraciones generalizadas.
Lo indudable es la emergencia de una nueva ola, la segunda ola socialista, que necesariamente habrá de consolidarse. Por esa razón las clases dominantes resucitan el fascismo y el neofascismo, y es precisamente ahora cuando la clase obrera debe pugnar por ese socialismo científico. No existe salida alguna dentro del neoliberalismo que hoy naufraga a escala global; tal es su desesperación que deben desmontar el Estado de bienestar —como en Europa— para sostener una escalada militarista y belicista, o recurrir a los fondos de pensiones para financiar las guerras en Oriente Medio por parte del imperialismo yanqui, recortando los presupuestos destinados a la salud, la educación y otros derechos elementales.
En suma, el sistema capitalista en su fase imperialista no funciona: colapsa en su propia debacle, arrastrando al mundo a conflictos que amenazan la existencia misma de la especie, ahora potenciados con el uso bélico de la inteligencia artificial. Por ende, corresponde reivindicar el poder de los pueblos bajo la dirección de la fuerza de vanguardia en una lucha de clases que se agudiza y que debe trascender los límites del sistema dominante; en consecuencia, ante un capitalismo globalizado, la respuesta debe ser igualmente global.
Hoy las condiciones históricas están dadas y abren el camino hacia el socialismo; debemos asumirlo sin titubeos ni temores, reivindicándolo en la memoria de millones de jóvenes por sus conquistas históricas en favor de la clase trabajadora y de los pueblos. Se debe impulsar en todo el mundo la rebelión, la organización y la toma del poder para forjar un Estado y una república para las mayorías populares, una sociedad al servicio de los millones de explotados y oprimidos, emancipada de la lógica mercantil y de la explotación del hombre por el hombre.
Están dadas las condiciones históricas para que esta nueva ola emerja con vigor inusitado: la humanidad no tiene otra alternativa que el socialismo, la colectivización y la humanización misma de nuestra especie, sin las cuales se corre el riesgo inminente de la extinción. Este sistema no caerá en soledad: amenaza con arrastrar consigo a millones o provocar la desaparición de la propia humanidad.
11/09/2026