Por: Alex A. Chamán Portugal
Resumen
Este ensayo analiza críticamente el proceso mediante el cual la mayor parte de profesionales, técnicos, intelectuales, emprendedores, dirigentes y funcionarios provenientes de sectores populares pueden experimentar un ascenso social acompañado de acomodamiento y de un progresivo aburguesamiento. La tesis central sostiene que el mejoramiento material no constituye por sí mismo una forma de emancipación ni implica necesariamente una ruptura con la clase social de origen. El problema aparece cuando la movilidad ascendente se articula con individualismo, egoísmo, indiferencia, insensibilidad, burocratización, meritocracia, pérdida de vínculos colectivos, adaptación institucional y subordinación del conocimiento a los intereses de las clases dominantes. Desde Marx, Gramsci, Poulantzas, Lenin y Freire, se sostiene que la transformación del ser social incide en la conciencia, pero dentro de una disputa histórica por la hegemonía. En esta perspectiva, “El Hombre” aporta una premisa decisiva: “El ser humano es un producto social, la sociedad lo crea, lo modela”, y, por ello, el sujeto no puede comprenderse al margen de las relaciones sociales en las que vive y actúa. El desafío emancipador no consiste en condenar el progreso y bienestar, sino en impedir que el ascenso individual se convierta en desclasamiento, aburguesamiento, pérdida de solidaridad y reproducción de la perversa sociedad capitalista.
1. Introducción: ascender sin abandonar
Una de las contradicciones de la sociedad capitalista consiste en que la educación, la profesionalización y la movilidad social pueden abrir posibilidades reales de mejoramiento de las condiciones de vida y, paralelamente, convertirse en mecanismos de reproducción de la hegemonía dominante. El acceso de personas procedentes de sectores populares a instituciones de educación superior, a profesiones calificadas, a emprendimientos, a cargos directivos o a espacios estatales constituye una conquista que no debe ser cuestionada. Lo que requiere examen crítico es la posibilidad de que ese ascenso material sea acompañado por un distanciamiento progresivo de las condiciones sociales de origen y por la adopción de concepciones, valores, estilos de vida, aspiraciones e intereses funcionales al injusto orden establecido.
La cuestión, por consiguiente, no puede reducirse a una denuncia moral de quien “cambió de bando”, puesto que este fenómeno debe ser comprendido como una relación dialéctica entre condiciones materiales, extracción de clase, conciencia de clase, posición de clase, instituciones y hegemonía. Marx (1975) formuló que no es la conciencia la que determina el ser, sino que el ser social condiciona la conciencia. Sin convertir esta tesis en un determinismo mecánico, permite comprender que una modificación sustancial de las relaciones materiales y sociales del individuo puede alterar sus percepciones, intereses y praxis.
En el texto “El Hombre”, de Abimael Guzmán, aparece una formulación convergente: “El ser humano es un producto social, la sociedad lo crea, lo modela”. Asimismo, se afirma que “el hombre es pensante y actuante” y que vive, se desarrolla y transforma la sociedad en relación con otros seres humanos. Estas ideas permiten reforzar una premisa cardinal: el acomodamiento no es solamente una decisión psicológica individual; sino que se produce en un entramado social que puede reorientar la manera en que el sujeto interpreta su propia trayectoria y el mundo que lo envuelve.
2. De la movilidad social al acomodamiento
Es sumamente importante distinguir entre movilidad social, acomodamiento y aburguesamiento. La movilidad social describe un cambio de posición económica, ocupacional o de estatus; no es en sí misma negativa. El acomodamiento se inicia cuando el sujeto adapta sus expectativas, objetivos, relaciones y prácticas a la preservación de la posición alcanzada, relegando progresivamente los intereses colectivos que anteriormente guiaban su acción. El aburguesamiento representa un proceso más profundo, puesto que conlleva la incorporación cultural, aspiracional e ideológica de patrones asociados a la visión del mundo dominante, aunque el individuo no se convierta jurídicamente en propietario de los medios de producción.
El punto decisivo es que una mejora material puede coexistir con una regresión política. El profesional que antes concebía su formación como instrumento de servicio colectivo puede empezar a considerar el conocimiento exclusivamente como capital enteramente personal; por lo que el dirigente que obtenía legitimidad de las bases puede terminar dependiendo de la maquinaria institucional; el emprendedor que inicialmente buscaba autonomía puede convertir el éxito individual en prueba de que las desigualdades e injusticias son resultado exclusivo del mérito o del esfuerzo.
Aquí surge la contradicción central: el ascenso de algunos individuos puede convertirse ideológicamente en argumento contra las mayorías que permanecen en condiciones de explotación, opresión y precarización. La expresión “si yo pude, cualquiera puede” individualiza el éxito y privatiza el fracaso. Así, una experiencia particular es presentada como ley general, invisibilizando las desigualdades de partida, las diferencias patrimoniales, educativas y culturales, así como las relaciones de poder que estructuran las oportunidades.
3. El aburguesamiento como proceso material, cultural e ideológico
El aburguesamiento no debe entenderse como una simple adquisición de bienes o como una mejora del nivel de consumo. Su dimensión primordial reside en la transformación de las aspiraciones y de la relación del individuo con la sociedad. Se manifiesta cuando la seguridad individual adquiere prioridad absoluta; cuando el prestigio sustituye a la solidaridad; cuando el origen popular comienza a percibirse como un oprobioso pasado que debe ocultarse; cuando la organización colectiva es considerada un obstáculo; cuando la desigualdad se naturaliza y cuando se es indiferente ante las injusticias.
El proceso puede desarrollarse gradualmente. Primero florece una legítima búsqueda de estabilidad; después, una adaptación a las instituciones; posteriormente, una moderación del discurso para evitar conflictos; y finalmente producirse la defensa -explícita o implícita- de aquello que anteriormente se cuestionaba, incluso combatía. El lenguaje también cambia: categorías como “gobernabilidad”, “consenso”, “gestión”, “realismo”, “responsabilidad fiscal” o “eficiencia” pueden adquirir una función despolitizadora cuando son usadas para presentar como cuestiones meramente técnicas relaciones sociales atravesadas por contradictorios intereses de clase social.
Desde la perspectiva planteada en “El Hombre”, el sujeto es simultáneamente producto y agente de la sociedad. Por lo que el acomodamiento tampoco debe concebirse como destino inevitable. Si el ser humano “vive y se desarrolla en la sociedad y no al margen de ella”, sus ideas y prácticas son objeto de disputa. El mismo profesional que puede ser absorbido por la lógica dominante puede utilizar sus capacidades para cuestionarla y contribuir a transformar las condiciones que la reproducen.
4. Gramsci: intelectuales y hegemonía
Gramsci ayuda a comprender por qué la disputa no se limita a la propiedad económica. Los profesionales e intelectuales producen, organizan y difunden concepciones del mundo. Su conocimiento, en una sociedad escindida en clases sociales, puede contribuir a cuestionar las relaciones de poder o a legitimarlas. La clase dominante necesita, por ende, no solamente controlar recursos materiales, sino también construir consenso y presentar sus intereses particulares como si fueran intereses universales.
En este marco, la cooptación profesional adquiere suma relevancia política, ya que, el sistema puede incorporar a antiguos críticos mediante cargos, reconocimiento, estabilidad, incentivos, redes de influencia y posibilidades de ascenso. No precisa siempre recurrir al soborno o a la coerción directa. Puede neutralizar la capacidad transformadora a través de la integración institucional. El sujeto conserva oportunistamente incluso parte de su discurso anterior, pero modifica gradualmente la orientación de su praxis.
La pregunta decisiva deja entonces de ser cuánto gana una persona y pasa a ser: ¿al servicio de qué intereses de clase utiliza su conocimiento? ¿Qué tipo de relaciones sociales contribuye a legitimar? ¿Qué proyecto histórico y político orienta su práctica profesional? La conciencia crítica se expresa no en la pobreza voluntaria, sino en la capacidad de vincular el saber individual con las necesidades colectivas.
5. Estado, burocratización y cooptación
Poulantzas (1980) permite superar tanto la concepción liberal del Estado neutral como la idea de que este funciona como instrumento manejado mecánicamente por una sola clase social. El Estado capitalista puede ser entendido como condensación material de relaciones de fuerza entre clases fundamentales. Esta relativa autonomía explica su capacidad para integrar demandas subalternas, conceder reformas y absorber dirigentes o profesionales sin que necesariamente se altere la reproducción general del sistema.
La burocratización es uno de los mecanismos mediante los cuales puede producirse esa asimilación, por lo que el dirigente que antes dependía de las bases puede pasar a depender de la jerarquía institucional; la rendición de cuentas ante los representados puede transformarse en lealtad hacia la estructura que garantiza el cargo. Lenin (1970), al recuperar las enseñanzas de la Comuna de París, subrayó mecanismos como la elección, la revocabilidad y la limitación de privilegios para evitar que las funciones públicas se transformaran en una vía de separación entre funcionarios y pueblo.
Así, el problema no es la participación de personas provenientes de sectores populares en las instituciones, sino, el problema aparece cuando la incorporación institucional rompe los mecanismos de control colectivo y convierte el cargo en patrimonio personal, alterando la orientación de la praxis. El acomodamiento burocrático es, consecuentemente, una forma de reubicación social y política que puede facilitar el desclasamiento.
6. Meritocracia, individualismo y ruptura de la solidaridad
La cultura meritocrática constituye uno de los instrumentos más eficaces de legitimación del acomodamiento, no porque el esfuerzo individual carezca de importancia, sino porque la meritocracia puede abstraer ese esfuerzo de las condiciones históricas que lo hacen posible. El individuo exitoso termina interpretando su trayectoria como resultado exclusivo de sus méritos, capacidades, habilidades, y, desde allí, puede responsabilizar a quienes permanecen abajo por su propia situación.
No se niega el talento, la disciplina, la perseverancia ni la iniciativa, más bien se cuestiona su presentación como fenómenos independientes de las relaciones sociales. Las oportunidades educativas, los recursos familiares, las redes, el patrimonio cultural, las condiciones laborales y otros factores intervienen en las trayectorias individuales. Por ello, el ascenso social de algunos demuestra la existencia de desigualdades estructurales.
Cuando la experiencia personal se universaliza de manera acrítica, el éxito puede convertirse en un dispositivo de legitimación del statu quo u orden social vigente. El emprendedor o profesional acomodado deja de cuestionar las causas estructurales de la desigualdad y comienza a valorar la sociedad desde la posición que ha conquistado. En ese momento, el ascenso material se transforma en descenso de la conciencia colectiva.
7. Profesionalización, universidad y praxis emancipadora
Las instituciones de educación superior y los espacios profesionales pueden producir especialistas altamente competentes pero separados de la dimensión histórica y social de su conocimiento. El problema no reside en la especialización, sino en su despolitización y pérdida de conciencia de clase, ya que, cuando la técnica se presenta como neutral y se ocultan las relaciones de poder que atraviesan su aplicación, el conocimiento puede terminar subordinado a los intereses dominantes.
Freire (2005) permite recuperar la educación como praxis, o sea, como articulación entre reflexión y acción transformadora. En esa perspectiva, el profesional no necesita renunciar al bienestar material ni asumir una idealización romántica de la pobreza, pues, la cuestión es convertir el conocimiento, la experiencia y los recursos adquiridos en capacidades socialmente emancipadoras.
El principio de “El Hombre” según el cual el ser humano “vive y trabaja relacionado con otros hombres para transformar la sociedad” refuerza esta orientación. La realización individual adquiere una dimensión superior únicamente cuando se articula con la transformación colectiva. El saber profesional deja de ser un instrumento de movilidad personal y puede convertirse en fuerza organizada para enfrentar las estructuras que reproducen dominación.
8. La contradicción fundamental: ascender sin abandonar
La crítica al acomodamiento no puede convertirse en una condena del progreso material, puesto que el horizonte emancipador debe ser precisamente la universalización del bienestar y el desarrollo pleno de las capacidades humanas. El problema no es que una persona mejore su vivienda, salud, educación, ingresos, recreación y libertades; el problema aparece cuando ese mejoramiento exige o produce indiferencia ante las miserables condiciones de quienes permanecen en condiciones paupérrimas.
En consecuencia, “ascender sin abandonar” resume la contradicción central. El emprendedor o profesional puede mejorar materialmente sin abandonar la memoria histórica, la sensibilidad humana, la solidaridad social y la responsabilidad colectiva. Puede ocupar espacios institucionales sin transformar esos espacios en privilegios personales. Puede adquirir conocimientos y reconocimiento sin convertirlos en mecanismos de desprecio hacia quienes no tuvieron las mismas oportunidades, pues les fueron negadas injustamente.
La cuestión esencial es impedir que el éxito individual se convierta en desclasamiento y aburguesamiento. El sujeto no deja de pertenecer automáticamente a una clase social por cambiar de ocupación o aumentar sus ingresos, pero sí puede experimentar un desplazamiento de sus intereses, prácticas y representaciones. El aburguesamiento se consuma cuando esa transformación termina subordinando su horizonte vital a la conservación del caduco orden que ahora lo beneficia en desmedro de las masas populares.
9. Conclusiones
El acomodamiento y el aburguesamiento de profesionales, emprendedores, dirigentes e intelectuales deben ser comprendidos como procesos históricos y sociales, no como simples defectos morales. La movilidad ascendente se caracteriza por modificar las condiciones materiales de existencia, las redes de sociabilidad, los intereses y los marcos interpretativos; pero sus efectos políticos dependen de la lucha por la hegemonía y de la capacidad del sujeto para conservar y desarrollar una conciencia crítica, así como, sus valores.
La contribución de Marx permite situar la relación entre condiciones materiales y conciencia; Gramsci explica la disputa por la hegemonía y el papel de los intelectuales; Poulantzas permite comprender la integración y cooptación dentro del Estado; Lenin advierte sobre la burocratización y la separación de los funcionarios respecto del pueblo; y Freire plantea la necesidad de una educación convertida en praxis transformadora. A. Guzmán con “El Hombre” aporta, desde su propia formulación, la idea de un ser humano social, pensante y actuante, cuya existencia se desarrolla en relación con otros y con la transformación de su realidad.
En consecuencia, el objetivo no debe ser impedir el ascenso social, sino evitar que este se convierta en ruptura con las clases explotadas y sectores populares. La verdadera emancipación no consiste en que algunos logren escapar individualmente del sometimiento, sino en transformar las condiciones estructurales que producen esa explotación y opresión en aras de marchar a una sociedad superior.
Referencias
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