Richard Gonzales
El proceso de transición del orden mundial en pleno desarrollo es consecuencia del declive de una superpotencia. No solo se trata del ascenso de China, sino de la incapacidad de imponer unilateralmente las reglas del sistema internacional. Ante esto, las potencias regionales están aprovechando dicha transformación para recuperar su autonomía estratégica.
Al no existir un centro de poder único —como ocurría entre 1991 y los años 2008-2011, aproximadamente—, comienza a desarrollarse el multipolarismo. Esta dinámica, impulsada principalmente por China, ha ido evolucionando y poniendo énfasis en actores y elementos clave como Irán, Rusia, los BRICS, la Organización de Cooperación de Shanghái, las relaciones con el Golfo, Palestina, Siria, Irak y el Líbano. Todo esto abarca temas de energía, corredores comerciales y desdolarización; es decir, una profunda transformación geoeconómica, militar, diplomática y civilizacional.
De manera particular, China asume un proceso de transformación económica y estructural del sistema, mientras que Rusia toma el liderazgo en la dimensión militar y estratégica, e Irán encarna una dimensión regional y de resistencia frente a la arquitectura estadounidense en Asia Occidental.
La erosión de la centralidad de EE. UU. es evidente dada su debilidad material, económica y militar, aparte de su proceso de desindustrialización múltiple. Mantener un imperialismo sobreextendido eternamente es imposible, más aún frente a una superpotencia emergente que le disputa mercados, industria, tecnología, capital, infraestructura, comercio y capacidad diplomática. Esta ecuación avanza hacia una multipolaridad inevitable que, hasta ahora, resultaba coyuntural.
Sin embargo, este proceso multipolar entraña profundos riesgos e inestabilidad estratégica. La transición hacia ese nuevo mundo podría haber sido pacífica, como lo fue el relevo de Inglaterra por EE. UU., pero en este caso es un proceso marcado por guerras y disputas de poder. En la actualidad, la humanidad vive sus momentos más álgidos y peligrosos, en un escenario mucho peor que el de la Guerra Fría, donde una locura monstruosa nos amenaza con una guerra mundial nuclear. Si se analiza lo sucedido y lo que sigue ocurriendo en Palestina, se puede comprobar que el sistema ya no conserva ni una pizca de contemplación y humanidad, y mucho menos de moralidad: arrasan pueblos y violentan el derecho internacional. Algunos pregonan que el mundo debe retroceder a los niveles de población de hace quinientos años, lo que implica la extinción deliberada de una parte de la humanidad por todos los medios posibles.
El 10 de junio de 2025, la entonces directora de Inteligencia Nacional (DNI) de EE. UU., Tulsi Gabbard, publicó un breve pero escalofriante video que comenzaba en Hiroshima. En él, advertía que estábamos "más cerca que nunca del borde de la aniquilación nuclear" y que "los belicistas de la élite política están fomentando imprudentemente el miedo y la tensión entre las potencias nucleares". Añadió que "depende de nosotros, el pueblo... alzar la voz y exigir el fin de esta locura" y concluyó: "Debemos rechazar este camino hacia la guerra nuclear y trabajar por un mundo donde nadie tenga que vivir con el temor de un holocausto".
El 20 de octubre de 2025, Serguéi Naryshkin, jefe del Servicio de Inteligencia Exterior (SVR) de Rusia, advirtió: "El mundo atraviesa el momento más delicado para la seguridad internacional desde la Segunda Guerra Mundial". Naryshkin continuó: "Nuestra tarea compartida, y quizás la principal, es garantizar que la adaptación a la nueva realidad se produzca sin una guerra a gran escala, como ha ocurrido en las etapas históricas anteriores".
Pero nos enfrentamos a un gobierno bajo la dirección de Trump, un líder narcisista, ególatra, pedófilo e inmoral, genocida hasta más no poder, con un afán inconmensurable de dominio y sin un mínimo de prudencia. Como ya se ha denunciado, a raíz del desastre en Ucrania y Medio Oriente, estaba dispuesto a apretar el botón nuclear; tragedia que solo se evitó gracias a la oposición de sus propios generales, quienes llamaron a la prudencia y al desescalamiento. Sumado a esto, enfrentamos al sionismo guerrerista que advierte sobre el uso de armas nucleares tácticas —un escalamiento cuyo final es impredecible— y a la misma presión de los halcones rusos que exigen una medida similar, contenida únicamente por la cordura de Putin, quien frena esta locura y llama a buscar soluciones en la mesa de negociaciones.
En esta confrontación entre grandes potencias, la civilización atraviesa evidentemente su momento más riesgoso y frágil. Tenemos un solo planeta; no hay dos o tres más para salvarnos. A los riesgos latentes de un sistema moribundo —responsable de guerras, exterminios y de todas las catástrofes sufridas por los pueblos y naciones— se suma la locura inminente de una guerra nuclear. Mucha gente no dimensiona el nivel de peligro de una confrontación de esta magnitud. Si la bestialidad se impone, ¿de qué futuro para nuestros hijos y nietos se podría hablar? ¿Qué horizonte le queda a la juventud cuando se cierne sobre sus cabezas la extinción humana, provocada por la ambición y el egoísmo de un puñado de monstruos en el poder cuya avaricia acelera nuestra desaparición como especie?
Por esa misma razón, y ante los crecientes riesgos de lidiar con una bestia herida, un conjunto de pensadores, instituciones, personalidades y académicos de todo el mundo están elevando una carta dirigida al papa León XIV. Se busca que, como cabeza de la Iglesia Católica, haga un llamado al mundo para frenar esta locura o convoque una cumbre internacional de emergencia. El objetivo es alejar a la humanidad del abismo, despertar la conciencia planetaria sobre los riesgos de un conflicto nuclear y hacer un llamado urgente a la paz.
Esta es la realidad y la circunstancia histórica que atraviesa el mundo. Debemos oponernos a toda esta locura; solo los pueblos del mundo, organizados en un movimiento global contra la guerra y la proliferación de armas nucleares en defensa de nuestra especie, podemos detener este posible holocausto. Todos estamos advertidos. Es cuestión de tomar conciencia para actuar y no quedarnos esperando la muerte en nuestras camas.
08/09/2026