“Narco” Rubio y el entreguismo de los gobiernos lacayos
Por Alex A. Chamán Portugal
El insepulto sistema capitalista atraviesa una profunda crisis estructural que no puede resolverse mediante las recetas fracasadas del depredador modelo neoliberal. La sobreacumulación, la disputa por mercados, materias primas, energía, tecnología y rutas estratégicas profundizan las contradicciones entre las grandes potencias. En este escenario de creciente confrontación intercapitalista e interimperialista, Estados Unidos enfrenta el desafío de China y procura recuperar su hegemonía mundial y, particularmente, recuperar el control político, económico, militar y estratégico sobre América Latina.
No estamos, por consiguiente, ante hechos aislados. La doctrina Monroe, el corolario Roosevelt, las intervenciones militares, los golpes de Estado, el Plan Cóndor, las macabras guerras contrainsurgentes y las políticas neoliberales forman parte de una larga historia de dominación despiadada. Actualmente esa dominación procura adquirir nuevas modalidades y nuevos instrumentos con el siniestro Escudo de las Américas que aparece como una de las expresiones actuales de esa reconfiguración.
La reciente gira del perverso “Narco” Rubio por Colombia, Ecuador y Perú constituye una evidencia política de esta ofensiva imperialista. Seguridad, narcotráfico, inteligencia, manipulación, migración, defensa, minerales críticos, energía nuclear, infraestructura y comercio aparecen articulados dentro de una misma ramplona agenda. No se trata simplemente de cooperación entre caducos Estados, sino que detrás de ella se desarrolla una disputa estratégica por el control de territorios, recursos, mercados, corredores logísticos y posiciones geopolíticas. En suma, mayor dominación y explotación.
La reciente gira del perverso “Narco” Rubio por Colombia, Ecuador y Perú constituye una evidencia política de esta ofensiva imperialista. Seguridad, narcotráfico, inteligencia, manipulación, migración, defensa, minerales críticos, energía nuclear, infraestructura y comercio aparecen articulados dentro de una misma ramplona agenda. No se trata simplemente de cooperación entre caducos Estados, sino que detrás de ella se desarrolla una disputa estratégica por el control de territorios, recursos, mercados, corredores logísticos y posiciones geopolíticas. En suma, mayor dominación y explotación.
La esencia neocolonial del Escudo de las Américas consiste en instrumentalizar la bandera del combate al narcotráfico, al crimen organizado y a la migración irregular para blindar los mecanismos de persecución, represión, espionaje y control militar en nuestro territorio. La designación selectiva de organizaciones «terroristas» despeja el camino a una militarización abierta de la política continental y a formas encubiertas de invasión que pisotean la soberanía de los pueblos, el estado de derecho y el derecho internacional. Resulta una impostura flagrante que el imperialismo y sus gobiernos lacayos pretendan combatir la delincuencia organizada, cuando en realidad son sus gestores estructurales y cómplices directos.
El problema no es combatir a las organizaciones criminales como el narcotráfico. El problema es quién define la estrategia, quién controla los recursos, quién establece las prioridades y a qué intereses sirve esa lucha. Durante décadas, la denominada guerra contra las drogas ha sido utilizada para justificar militarización, intervención, inteligencia transnacional y fortalecimiento de aparatos represivos para violar los derechos de los pueblos, mientras las estructuras financieras internacionales que permiten la reproducción del negocio permanecen intactas y gozan de plena impunidad.
Por tanto, resulta pertinente comprender el Escudo de las Américas como una posible reconfiguración de mecanismos históricos de subordinación a inicuas políticas del imperialismo que se constituye en enemigo de la humanidad y pueblos del mundo. Desde una perspectiva crítica puede ser interpretado como un “Plan Cóndor 2.0”, porque reproduce la lógica conocida de coordinación entre gobiernos, aparatos de seguridad e inteligencia, persecución de determinados adversarios y alineamiento estratégico con Estados Unidos.
El problema esencial reside también en la actitud proimperialista y apátrida de las burguesías dependientes y de los gobiernos que administran los precarios Estados latinoamericanos. Las clases dominantes locales, incapaces de construir un proyecto integral y soberano de desarrollo nacional, frecuentemente convierten la sumisión en política de Estado. El imperialismo necesita aliados internos, puesto que no domina solamente a través de portaaviones, bases militares, sanciones arbitrarias, amenazas. Invasiones, genocidios y todo tipo de atrocidades. Domina también mediante las burguesías subordinadas, los aparatos ideológicos, los grandes medios de comunicación, los altos funcionarios serviles y los gobiernos dispuestos a sacrificar soberanía a cambio de reconocimiento, financiamiento, protección política u otras prebendas.
La injusta dominación imperialista no se limita a la economía y la geopolítica, ya que también busca intervenir sobre la conciencia. La manipulación mediática, la guerra ideológica o cultural, la propaganda, la estigmatización de la protesta, la criminalización de la disidencia y la fabricación permanente de enemigos procuran convertir a los pueblos en espectadores pasivos de su propia explotación y opresión. Un pueblo sin conciencia crítica puede ser gobernado con mayor facilidad; un pueblo organizado y consciente constituye, en cambio, una amenaza para cualquier estructura de dominación.
Tampoco basta con responsabilizar exclusivamente a la derecha y la ultraderecha, puesto que los llamados gobiernos progresistas que administran el capitalismo sin transformar sus estructuras terminan reproduciendo, aunque con otro discurso, las relaciones de dominación y dependencia. Las reformas pueden aliviar determinadas contradicciones, pero no eliminan la explotación ni la subordinación imperialista cuando no modifican las relaciones cardinales de poder. Cambiar administradores sin transformar estructuras no significa cambiar el sistema.
Frente a esta ofensiva, los pueblos latinoamericanos no necesitan escoger entre Estados Unidos y China como quien escoge entre dos tutelas imperiales. Necesitan construir independencia, soberanía, autodeterminación, integración latinoamericana y poder popular. La verdadera alternativa no es sustituir un centro de dependencia por otro, sino romper con toda forma de dominación.
El cartel de las barras y las estrellas podrá cambiar de discurso, de instrumentos y de aliados, pero mientras subsista la relación entre dominadores y dominados persistirá la lucha. Por ello, frente al pro imperialista Escudo de las Américas, los pueblos deben elevar su propio escudo a través de la organización popular, la conciencia de clase, la unidad latinoamericana y la lucha por una sociedad sin explotación ni opresión.
¡Abajo el imperialismo y los gobiernos lacayos!
¡Solo el pueblo salva al pueblo!
¡Sin luchas no hay victorias!