Por: Richard González
La segunda vuelta electoral en el Perú no es una elección más. El escenario actual enfrenta a dos polos antagónicos: por un lado, la representante del gran capital y del imperialismo yanqui —hija de una dictadura sanguinaria, ladrona y mafiosa— y, por el otro, Roberto Sánchez, quien encabeza una candidatura de coalición popular, democrática e, incluso, liberal. El proceso de lucha del pueblo contra sus opresores ha tenido puntos álgidos que, si bien sufrieron reveses frente a la contraofensiva sistemática del modelo, no han claudicado.
La agudización de las condiciones materiales y el deterioro de la vida de millones de peruanos son el motor que hoy impulsa a los pueblos a las calles. Esta experiencia histórica exige que el pueblo, constituido como sujeto político, participe activamente en la vida nacional para concretar cambios a su favor.
La elección del profesor Pedro Castillo fue un episodio esencial de esa lucha; el hecho de que la ultraderecha y las corporaciones transnacionales hayan pateado el tablero institucional es una muestra clara de su naturaleza reaccionaria. En la práctica, la clase dominante niega el derecho político y el ejercicio ciudadano cuando estos amenazan sus privilegios. Imponen sus propias reglas, consagradas en una Constitución nacida del fraude y sostenida por las bayonetas; un texto que adecúan, como si de un trapo raído se tratara, para perpetuar sus ganancias draconianas y el saqueo de toda la nación.
La candidatura de Keiko Fujimori representa la continuidad de este modelo: el pillaje más abyecto, el saqueo, la consolidación de las mafias, la caotización social y el entreguismo. Encarna la colusión y el abuso sistemático contra la masa trabajadora, condenada a salarios de miseria, pobreza extrema, desnutrición y represión, llegando incluso a justificar prácticas genocidas contra los pueblos por el solo hecho de exigir sus derechos y libertades. Es la expresión franca del neoliberalismo más desalmado y del capitalismo en su fase más salvaje.
Por lo tanto, estos comicios poseen una profunda trascendencia histórica: representan la oportunidad de propinarle una derrota a un proyecto decadente, antipopular y apátrida. Aunque la disputa electoral se enmarque en los términos de una sociedad capitalista y posea un carácter eminentemente reformista, una victoria del bloque popular otorgaría iniciativa estratégica a las clases trabajadoras. Permitiría dar nuevos pasos democráticos, mejorar la correlación de fuerzas y, a pesar de los riesgos y peligros inherentes, consolidar la unidad del frente popular para elevar el nivel organizativo de sus luchas.Sería ingenuo tener la esperanza de que una elección resuelva, por sí sola, las profundas contradicciones sistémicas del país.
Esos cambios estructurales requieren de otras herramientas, nuevas formas de organización y horizontes más amplios que, sin duda, el tiempo y la lucha sostenida de los pueblos lograrán concretar. Sin embargo, la batalla actual está planteada en estos términos. La participación política del pueblo y la disputa por el poder son instancias necesarias e ineludibles para forjar a sus verdaderos representantes.
21/05/2026


