Por: Marcel Iriarte Calizaya
Origen y fundamento transformador
En 1974, el economista Muhammad Yunus no solo prestó pequeños montos a mujeres en extrema pobreza en Bangladesh, por lo que desafió el dogma bancario tradicional que consideraba a los pobres como “no bancarizables”. Su experimento evidenció que las mujeres, lejos de ser sujetos pasivos de la asistencia, son administradoras natas de recursos escasos, priorizando alimentación, salud y reinversión productiva. Este descubrimiento dio origen a las microfinanzas modernas, cuyo objetivo explícito era romper la trampa de pobreza a través del acceso al crédito como derecho, no como caridad.

El caso boliviano expresado en éxito cuantitativo y dilemas cualitativos
En la Bolivia de los años 80, marcada por hiperinflación y ajuste estructural mediante la nueva política económica, varias ONGs replicaron el modelo de Yunus con garantía solidaria grupal. Así, el crédito de corto plazo permitió a familias empobrecidas enfrentar la inmediatez del hambre, mejorar vivienda y arrancar pequeños emprendimientos. Tres décadas después, las microfinanzas bolivianas representan el 31% del total de la cartera crediticia del sistema financiero, reflejando una economía en que lo informal (comercio, servicios, pequeña manufactura, etc.) no es un remanente marginal, sino el núcleo dinámico de la liquidez cotidiana.
Sin embargo, este dato, impresionante en superficie, oculta tensiones estructurales. Diversos estudios como la Fundación para el Desarrollo de las Microfinanzas, 2019-2023 señala que en Bolivia:
- Las tasas de interés activas de microcréditos oscilan entre 25% y 45%, muy por encima del crédito bancario corporativo.
- La morosidad en microfinanzas es cíclica y se dispara en contextos de recesión o devaluación.
- El sobreendeudamiento multicredito (familias con 3 o más créditos simultáneos) afecta a cerca del 18% de los prestatarios en ciudades intermedias.
- La mejora de calidad de vida medida en ingresos nominales no siempre se traduce en reducción de vulnerabilidad (falta de seguro médico, precariedad habitacional, trabajo infantil residual).
Microfinanzas y economía política, entre inclusión y disciplinamiento social
Un análisis de economía política revela que las microfinanzas no son neutrales. En Bolivia, su auge coincidió con el retiro parcial del Estado como proveedor directo de empleo y subsidios, y con una regulación financiera que favoreció la expansión de instituciones microfinancieras (IMF) con fines de lucro (como BancoSol, FIE, Prodem, etc.). Esto generó una paradoja en que mientras se amplía el acceso al crédito, se reduce la protección social universal. El microcrédito actúa como un mecanismo de autoresponsabilización de la pobreza, ya que la falla individual de no pagar se vuelve moral, no estructural.
Asimismo, el discurso de que las microfinanzas formalizan el sector informal carece de evidencia robusta. La mayoría de los microempresarios no transitan hacia la formalidad tributaria o laboral, porque ello implicaría costos fijos como los impuestos, los registros y que contabilidad que sus márgenes de ganancia reducidos no soportan. El microcrédito tiende a consolidar un semiformalismo de subsistencia, no una escalera que lleve al desarrollo capitalista.
Fortalecimiento necesario para las microfinanzas
Para que las microfinanzas sean una alternativa vigente y sostenible y no una trampa de endeudamiento, se requieren cinco líneas de acción sistémicas, no solo exhortaciones:
- Regulación con enfoque de bienestar: Tasas de interés máximas vinculadas al costo de fondeo + margen razonable; prohibición de cláusulas abusivas; supervisión de niveles de endeudamiento familiar.
- Inclusión financiera integral: No basta el crédito. Es imprescindible articular cuentas de ahorro, microseguros de salud y agropecuarios, y fondos de emergencia. La capacitación digital debe ser práctica (uso de billeteras móviles, registros de ventas), no abstracta.
- Cohesión con políticas sociales: Las microfinanzas deben vincularse formalmente con el sistema de salud (descuentos en cuotas si la familia tiene controles médicos periódicos) y con programas de alimentación escolar. La calidad de vida se construye con servicios, no solo con liquidez.
- Educación financiera crítica: Capacitar en gestión de riesgos, no solo en emprendimiento. Las mujeres deben aprender a decir no a créditos innecesarios y a diferenciar capital de trabajo de gasto corriente.
- Rendición de cuentas social: Las IMF deberían publicar indicadores de desempeño social como el número de familias que salen de pobreza extrema, tasa de mejora en vivienda, acceso a saneamiento, no solo financieros como la morosidad.
Conclusión: ¿formalización o buen vivir?
Las microfinanzas en Bolivia han demostrado capacidad para movilizar recursos y generar dinámicas económicas en la base de la pirámide. Pero su éxito inicial no puede confundirse con solución definitiva. Sin un Estado que garantice derechos básicos como la salud, la educación, las pensiones, etc., y sin regulación que evite la usura blanda, el microcrédito corre el riesgo de convertirse en un analgésico que perpetúa la informalidad estructural.
La alternativa vigente no es creer que el crédito por sí mismo formaliza. Es articular microfinanzas, políticas públicas y organización comunitaria para que el crecimiento del sector informal deje de ser un refugio de sobrevivencia y se convierta en un peldaño real hacia el buen vivir mediante ingresos estables, tiempo para el cuidado, salud accesible y dignidad económica. Solo así las microfinanzas honrarán el legado de Yunus y la lucha de aquellas mujeres bolivianas que, con un pequeño préstamo, no solo buscaron pagar, sino vivir mejor.

