Después de la Segunda Guerra Mundial, en 1949, se creó la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), la cual giró en torno al poderío de Estados Unidos en función de proteger a sus aliados europeos tras el conflicto bélico.
Es importante señalar que una de las motivaciones que llevó a la configuración de esta alianza militar fue frenar lo que ellos denominaban el expansionismo de la Unión Soviética, la cual representaba —según su narrativa— una amenaza para Europa.
Por más de siete décadas, 31 países del continente europeo han puesto sobre los hombros de Estados Unidos la seguridad de sus territorios, afianzando sus relaciones militares, económicas y políticas en nombre de la libertad.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, un hecho histórico en el relacionamiento entre Washington y sus aliados de la OTAN ha marcado un distanciamiento que impacta directamente la influencia estadounidense sobre Europa.
Recientemente, el gobierno de Donald Trump ha mostrado interés en apropiarse de Groenlandia, ya sea mediante la fuerza o a través de una negociación. Esta pretensión representó una amenaza directa sobre el territorio groenlandés y sobre Dinamarca, país miembro de la Alianza. Desde entonces, se instaló una fricción en el seno de la OTAN debido a la postura adoptada por la Casa Blanca.
Lo que comenzó con la intención de convertir a Groenlandia en el estado número 51 de Estados Unidos ha desencadenado una férrea posición de los países de la OTAN, que se niegan a sumarse al llamado de Trump para intervenir militarmente contra Irán, específicamente en la necesidad de abrir —mediante una coalición militar— el estrecho de Ormuz, por donde transita el 19% de todos los productos refinados del petróleo que se consumen en el mundo, así como el 13% de los productos químicos, incluidos fertilizantes. Esta situación ha afectado sensiblemente a la economía global.
Ante esta realidad, los países de la OTAN muestran cada día mayor resistencia a formar parte de la guerra en Medio Oriente. Han expuesto que se trata de un conflicto que pertenece a Israel y que está fuera de su jurisdicción. Además, sostienen que no existen argumentos convincentes para una escalada bélica, tal como lo han manifestado el primer ministro del Reino Unido, Keir Starmer, y el canciller alemán, Friedrich Merz.
En este sentido, estamos frente a lo que podría conocerse como el primer quiebre en las relaciones históricas entre Estados Unidos y la OTAN, lo cual derivaría en la pérdida de la influencia que durante décadas ha sostenido la política norteamericana sobre Europa.
El sistema imperante, en su marcha, vive una crisis general inevitable, una crisis en todos los planos. Hoy atraviesa tensiones más profundas que se expresan desde la crisis del modo de producción capitalista y su modelo fordista, cuya crisis viene arrastrándose y profundizándose desde la década del 70 del siglo pasado.
Este modelo de producción se basaba en un aumento sostenido de la producción, lo que generaba un mayor consumo de las masas y, por tanto, un uso extensivo de los recursos naturales. Obviamente, esto era secundado por la capacidad de compra masiva y salarios con poder adquisitivo de la clase media. Pero, como muchos analistas lo expresan, a partir de los años 70 del siglo pasado se inicia un proceso de desaceleración: los mercados se saturan por la sobreproducción, a lo que se suma la exigencia y presión salarial, así como los altos costos de la materia prima, hechos que reducen la rentabilidad empresarial y traen consigo la caída de la tasa de ganancia del capital.
Hoy vemos que, luego de la crisis del 2008, esta crisis se ha profundizado, trayendo consigo un desorden financiero, pérdida de empleabilidad, pérdida del valor del dólar y el nacimiento de nuevas divisas de intercambio. Estos hechos ponen en riesgo, cada día que pasa, el monopolio del dólar y el financierismo parasitario.
A este contexto se suman nuevos actores en el tablero mundial, como Rusia, que se recupera y reclama su papel estratégico disputando zonas de dominio. China, el actor más trascendente por su significancia estratégica, cuyo accionar en todos los planos pone en cuestión la hegemonía yanqui, hecho que lleva a una tensión mundial que se expresa en una contienda por zonas de dominio y mercados.
Pero también actores regionales como India, Irán, Corea del Norte, Brasil y Sudáfrica disputan regionalmente según sus potencialidades. La sobre extensión imperial pasa la factura histórica, y hoy vemos un proceso de declive del imperialismo yanqui. La disputa por Medio Oriente es un detonante más, un acelerador más en la crisis sistémica que se profundiza, a la vez que se reconfigura el papel de esta zona tanto en el comercio internacional como en la cuestión energética, que hasta antes tenía el monopolio yanqui. El afán de salvar su divisa, el dólar, es la razón de este conflicto: tiene que ver con la salvaguarda de su portaviones en Medio Oriente, Israel, avanzada del hegemonismo yanqui que hoy sufre su más grande derrota.
Como vemos, la guerra de rapiña desatada contra el pueblo de Irán para salvaguardar su portaviones sionista afectó los intereses de la comunidad europea, dada la dependencia energética de esta zona para sus industrias, al igual que a sus socios como Corea del Sur y Japón.
El gendarme más genocida y cruel del mundo, ante la impotencia y el combate del pueblo iraní, pretendió involucrar en esta guerra de rapiña a sus «socios», aun cuando afecta profundamente los intereses de estos.
Lo que vemos hoy es una triste lamentación ante el portazo de sus propios «socios» con un ¡no! rotundo a la escalada de guerra que pretende EE.UU., hecho que tendrá derivaciones políticas profundas en el tablero geoestratégico.
Ya el representante de este gendarme del mundo, en su red social, declaró que «ya no necesitan de la OTAN», ni de Corea del Sur, Japón, etc. ¿Acaso es la muerte de la OTAN, o el divorcio con Europa y un aislamiento mayor para parapetarse en sus zonas de dominio como es el continente americano? En ese contexto podemos ver con claridad el sentido de la nueva estrategia de seguridad de este gendarme del mundo y su nuevo colonialismo, muy agresivo y feroz, que desataría incluso guerras en esta zona, dentro de la contienda por este continente entre imperialismos.
Las grietas se abren por todos los lados para este gendarme. Para el mismo sistema, que presenta fisuras evidentes, vulnerabilidades financieras, una deuda que crece y crece de forma masiva, el aumento de la desigualdad, sin mencionar las contradicciones interimperialistas que se agudizan en un proceso de declive de un gendarme mundial y el surgimiento de un nuevo hegemón como China.
En esa debilidad sistémica, la caotización de la sociedad no es nada casual, menos la militarización, el seguritismo, la fascistización, el control, etc. Más aún cuando los riesgos de una explosión social mundial son latentes. Aunque no hay una nítida dirección y liderazgo de la clase más revolucionaria constituida en partido (el proletariado), sin embargo, las masas, al sufrir todas las inhumanidades de este sistema, luchan y lucharán hasta emprender y comprender que su destino no cambiará mientras no se empeñen en un proceso de transformación revolucionaria que concrete Estados socialistas, rumbo a su meta última.
En el actual contexto de crisis irreversible del sistema capitalista y su fase imperialista, la guerra ya no se libra exclusivamente con fusiles, metralletas, tanques, aviones de combate, misiles y bombas, puesto que el genocida imperialismo estadounidense y su engendro sionista han perfeccionado durante décadas un arma tan letal como silenciosa, nos referimos a la guerra cognitiva y su formidable maquinaria de propaganda manipuladora. Como advierte la politóloga Carolina Escarrá, esta estrategia —cuyos manuales fueron diseñados por la CIA ya en los años sesenta— busca ocupar la mente de los pueblos para moldear percepciones y conductas a favor de mezquinos intereses foráneos. Frente a este aparato de dominación simbólica, la prensa popular y alternativa emerge no como un simple medio informativo, sino como trinchera de combate por la emancipación cognitiva y organizadora de la resistencia.
I. La maquinaria de la dominación simbólica
El imperialismo estadounidense y el régimen de Israel han construido el siniestro aparato de propaganda más sofisticado de la historia. No se trata solo de habilidad comunicativa, sino de poder estructural, ya que el control de los principales conglomerados mediáticos globales (CNN, Fox, NBC, etc.), dominio de plataformas digitales (Google, Meta, X, etc.) y una inversión multimillonaria en operaciones psicosociales que forma parte del presupuesto de defensa. Como refiere el intelectual cubano Ibelici Martínez, «la prensa es hoy un ejército, con armas distintas, cuidadosamente organizadas; los periodistas son los oficiales; los lectores son los soldados».
La guerra cognitiva, cultural o ideológica maniobra a través de mecanismos precisos como el control de la información, creación de una realidad consensuada, saturación informativa y manipulación algorítmica. Herman y Chomsky, en su clásico análisis sobre la «manufactura del consentimiento», demostraron cómo los medios filtran la información para promover visiones que favorecen a las élites económicas y políticas, o sea a las clases sociales explotadoras. En el siglo XXI, esta perversa maquinaria se ha perfeccionado con la inteligencia artificial y la segmentación psicológica de audiencias. Como bien apunta Inti Moya desde APC Bolivia, «estos medios son los encargados de posesionar la narrativa de la historia desde el punto de vista occidental proimperialista en el imaginario colectivo». Por ejemplo: La cadena británica BBC impone directrices terminológicas estrictas como ordena usar «captura» en lugar de «secuestro» para referirse a las agresiones contra Venezuela o Irán, revelando su subordinación a las reaccionarias agendas políticas del imperialismo. Este control narrativo procura determinar qué hechos debe creer o rechazar la opinión pública mundial.
II. La verdad en disputa en la guerra actual contra Irán
La injusta actual guerra entre la coalición terrorista de Estados Unidos-Israel contra la República Islámica de Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026 con el asesinato del ayatolá Seyyed Ali Jamenei y el bombardeo criminal de una escuela en Minab que segó la vida de 175 niñas, ilustra perfectamente esta asociación entre guerra militar y guerra cognitiva. Mientras la CNN y Reuters refieren de «éxitos quirúrgicos» y «cambio de régimen», la prensa alternativa documenta más de 3.200 bajas estadounidenses en los primeros siete días de combate, el colapso parcial del arsenal imperialista en la región y la heroica resistencia iraní.
Al Mayadeen, medio de referencia del mundo árabe, ha denunciado cómo «los medios occidentales intentaron presentar como excepción o error lo que en realidad son crímenes de guerra sistemáticos». Esta estrategia de excepción pretende aislar los crímenes más monstruosos para que el resto de la agresión pase como una cuestión normal. La prensa alternativa tiene la responsabilidad de mostrar el cuadro completo, destacando el genocidio en Palestina, el bombardeo de hospitales en Irán, la destrucción de infraestructura civil sensible como la planta desalinizadora en la isla de Qeshm.
III. Papel histórico de la prensa popular
La prensa popular y alternativa no nace ayer, puesto que tiene un derrotero de combatividad y resistencia que acompaña las grandes gestas emancipadoras de las naciones oprimidas, pueblos del mundo y clases sociales explotadas que osaron rebelarse.
En las luchas de independencia se constituyó en voz de Bolívar, Sucre, Martí y San Martín, construyendo el imaginario de la Patria Grande.
En la Revolución Cubana se materializó como Radio Rebelde y Prensa Latina (fundada en 1959) rompieron el monopolio informativo del imperialismo yanqui y difundieron al mundo la verdad del proceso revolucionario.
En las dictaduras latinoamericanas se convirtieron en medios clandestinos como Radio Cooperativa en Chile denunciaron torturas, asesinatos, desapariciones y resistieron el terrorismo de Estado.
En las guerras imperialistas la prensa subterránea estadounidense (Ramparts, periódicos de soldados en Vietnam) expuso las mentiras y atrocidades del imperialismo, la masacre de My Lai y el fraude de las armas de destrucción masiva en Irak.
Como bien sintetiza el intelectual colombiano Renán Vega Cantor, «la comunicación crítica debe desenmascarar las lógicas del imperialismo y contribuir a la construcción de una conciencia emancipadora» (Vega Cantor, 2019). Frente a ello, la prensa popular se ha caracterizado por cumplir la función de contrapeso, de memoria histórica y de voz de los sin voz.
IV. Funciones estructurales de la prensa popular
Contrahegemonía ideológica y educación política
Retomando a Gramsci, la prensa popular disputa la construcción del sentido común. No se trata de informar por informar, sino de educar para la transformación. En palabras de Antonio Gramsci, «la hegemonía se construye en el terreno de la cultura y la ideología». Por consiguiente, los medios alternativos deben desmontar el discurso dominante que presenta al capitalismo como único horizonte posible, explicar multilateralmente la severa crisis actual como resultado de las contradicciones internas del sistema en descomposición y potenciar la organización social y la conciencia de clase.
Denuncia y contrainformación sistemática
Mientras los grandes conglomerados de manipulación mediática omiten sistemáticamente los civiles asesinados por misiles y drones yanquis-israelíes y exageran en sus amenazas para justificar intervenciones, la prensa popular verifica con fuentes en terreno las voces de palestinos bajo los escombros, testimonios de iraníes que resisten, reportes de campesinos colombianos fumigados en nombre de la guerra contra las drogas, estigmatización, persecución y encarcelamiento de peruanos por pensar diferente. Como señala el periodista Daniel Iriarte en su libro Guerras cognitivas, «el campo de batalla es la mente de la población, que desconoce cómo los datos que un simple teléfono móvil recaba a cada segundo sirven para moldear los cerebros de millones de personas».
Construcción de narrativas soberanas
La batalla cultural o ideológica como manifestación de la gran ley de lucha de clases es clave. Mientras Hollywood, Netflix y las redes corporativas venden democracia y libertad mientras imponen guerra y consumismo, la prensa popular debe promover identidad anticapitalista y antiimperialista, así como valores colectivos frente al individualismo del depredador modelo neoliberal. Como señala Inti Moya, «si los gringos producen una película glorificando a los marines, nosotros difundimos las películas que denuncian las agresiones imperialistas; si su literatura promueve cowboys y superhéroes ficticios, nosotros promovamos a nuestros héroes populares, luchadores sociales de carne y hueso que pusieron su sangre por un mundo mejor».
V. La prensa tradicional, entre la información y la propaganda
La prensa corporativa reaccionaria no informa de manera inocente, pues, selecciona, jerarquiza, omite y encuadra. No solo dice qué pensar, sino cómo pensar. Desde la perspectiva reflexiva, quien controla los medios de producción material controla también los simbólicos. Por ende, los contenidos no son neutrales, ya que, inevitablemente responden a intereses de una determinada clase social.
Los grandes medios masivos de manipulación operan bajo criterios de rentabilidad capitalista como: rating, publicidad y propaganda. Los formatos direccionados buscan captar atención y generar emociones (miedo, angustia, indignación, patriotismo, etc.). La información se instrumentaliza y se convierte en mercancía. Esta colonización de la mente, como la denomina un reciente informe del Instituto Xinhua, constituye «un dominio mental basado en la desigualdad y destinado a perpetuarla, que se manifiesta en formas de transformación obligatoria, manipulación maliciosa, infiltración encubierta y erosión a largo plazo». Frente a lo planteado, la prensa popular no busca neutralidad, ya que la neutralidad, en contextos de injusticia, es complicidad, sino compromiso con la verdad al servicio de la humanidad, naciones oprimidas, pueblos y clases sociales explotadas.
VI. Desafíos y tareas estratégicas
La prensa popular enfrenta serios desafíos mayúsculos como la censura digital, el control y censura de plataformas por parte de las grandes corporaciones tecnológicas, la precarización de medios alternativos, la saturación informativa y la fragmentación de los movimientos sociales. No obstante, también cuenta con herramientas y tareas claras, por ejemplo:
Construcción de redes internacionales de comunicación popular, articulando medios como teleSUR, Al Mayadeen, Press TV, La Jornada, Prensa Latina, HispantTv, RT y cientos de medios alternativos.
Uso crítico de tecnologías digitales, creando plataformas soberanas y algoritmos propios que escapen al control de la maquinaria capitalista e imperialista.
Formación de comunicadores populares con conciencia de clase y compromiso revolucionario.
Producción de contenidos multiformato (memes, documentales, podcasts, etc.) que lleguen a las masas populares y rompan el cerco cultural del imperialismo.
Fortalecimiento de medios comunitarios como base de un entorno comunicacional alternativo.
VII. La prensa popular como arma de emancipación
Desde una perspectiva científica la prensa popular no es neutral, puesto que forma parte de la superestructura ideológica, pero tiene capacidad de incidir en la estructura económica y social. Como enseñaban Marx y Engels, maestros del proletariado, «las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época». La prensa alternativa, popular y revolucionaria disputa esa dominación ideológica y contribuye a la emancipación de las clases sociales explotadas.
En esta hora decisiva de crisis capitalista e imperialista, cuando el genocidio sionista en Palestina se extiende a Irán y el fascismo levanta cabeza en todo el mundo, la prensa popular debe bregar por ser:
Trinchera de la verdad, frente a la posverdad y la manipulación algorítmica.
Organizadora de la combatividad y resistencia, articulando luchas y tejiendo solidaridades.
Faro contra la oscuridad mediática corporativa, mostrando que otra sociedad superior es posible y que los pueblos, cuando se organizan y asumen una línea ideológica y política justa, pueden vencer.
Como advierte el comunicador cubano Ibelici Martínez: «Todos formamos parte de esta guerra y el silencio siempre obedece al opresor, solo debemos elegir nuestro papel en ella: ¿víctimas o soldados?». La prensa popular elige ser soldado. Soldado de la verdad, de los pueblos y de la emancipación definitiva de nuestra América y el mundo.
«Solo el pueblo salva al pueblo, y solo la prensa del pueblo cuenta la verdadera historia.»
Referencias
Escarrá, C. (2026, enero 8). Guerra cognitiva cobra vigencia como estrategia de control social. Venezolana de Televisión.
Herman, E. & Chomsky, N. (2002). Los guardianes de la libertad. Crítica.
Iriarte, D. (2025). Guerras cognitivas: cómo estados, empresas, espías y terroristas usan tu mente como campo de batalla. Arpa Editorial.
Martínez Painceiras, I. T. (2021, agosto 6). Guerra mediática: ¿somos víctimas o soldados? La Jiribilla.
Moya, I. (2025, febrero 4). A propósito de la guerra cognitiva y la necesaria batalla cultural. APC Bolivia.
Vega Cantor, R. (2019). Capitalismo y despojo en América Latina. Bogotá: Ediciones Aurora.
Cómo Occidente fabricó una conciencia histórica sobre nosotros (Parte 3). (2025, agosto 20). Al Mayadeen Español.
Colonización de la Mente: Los Medios, Raíces y Peligros Globales de la Guerra Cognitiva de Estados Unidos. (2025). Instituto Xinhua.
Gramsci, A. (2000). Cuadernos de la cárcel. México: ERA.
Marx, K., & Engels, F. (1976). La ideología alemana. Moscú: Progreso.
Han transcurrido más de 14 días desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. En los análisis de inteligencia del Gobierno estadounidense no estaba prevista la prolongación del conflicto, el cual, a medida que se desarrolla, tiende a agudizarse.
En noviembre de 2025, cuando se dieron a conocer las Estrategias de Seguridad Nacional del país norteamericano, se exponía lo siguiente: “…El conflicto sigue siendo la dinámica más problemática de Oriente Medio, pero hoy en día este problema es menos grave de lo que los titulares podrían hacer creer. Irán, la principal fuerza desestabilizadora de la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní…”. Esto evidencia una subestimación de la capacidad de respuesta militar que podría ofrecer Irán ante los ataques que iniciaron con la muerte del ayatolá Jamenei. Incluso se llegó a considerar que el asesinato del líder permitiría acelerar la caída del Gobierno iraní. Sin embargo, esta guerra posee características distintas a la denominada «Guerra de los 12 Días»; para Irán, como lo han señalado algunos voceros de su Gobierno, se trata de la existencia misma del pueblo iraní.
La contraofensiva del país persa ha demostrado que se estaba preparando para la actual coyuntura bélica, por la manera casi inmediata en que ha reaccionado, lo cual ha tenido un impacto en los intereses de Estados Unidos en los países aliados del Golfo Pérsico, sobre todo en sus bases militares que servían para la vigilancia y «protección» de los socios en Medio Oriente.
Estratégicamente, será una derrota para EE. UU. e Israel, pues uno de los elementos que debe considerarse es la capacidad militar de Estados Unidos en comparación con la de Irán. La Casa Blanca, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), destinó más de 919 mil millones de dólares en gasto militar en 2025, mientras que Irán invirtió un promedio de 30 mil millones. Es decir, existe una desproporción abismal en el gasto militar entre ambos países. No obstante, ha sido determinante el desarrollo tecnológico de la industria militar iraní que, con un presupuesto «moderado», ha creado armas letales y efectivas que han permitido asestar golpes importantes a la infraestructura bélica de EE. UU. en Medio Oriente.
Asimismo, la guerra ha dividido las posiciones de sectores económicos estrechamente vinculados con Estados Unidos, debido a la alteración de la cotidianidad en países como Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita, que han construido desde hace mucho tiempo sus cimientos sobre la base de principios de paz interna, desarrollo y prosperidad. Sin embargo, su seguridad, en muchos casos, la han dejado en manos de los Gobiernos de turno en la Casa Blanca, lo que significará una ruptura en su concepción de país protector, no solo de sus propios intereses, sino también de los de sus socios.
De igual manera, sería un mensaje al mundo en el sentido de que actores como Rusia y China observarían cómo los norteamericanos entran en una guerra de desgaste con un país de 90 millones de personas y con una capacidad militar más reducida a la que ellos podrían poseer, ya que, en el fondo, las acciones de EE. UU. llevan implícita una clara señal de fuerza hacia el Kremlin y Pekín.
En tal sentido, estamos en medio de una guerra que sigue moviendo el tablero internacional, con implicaciones sociales, políticas y económicas a escala global. Por ello, el día en que se decida poner fin a la guerra, serán Estados Unidos e Israel los perdedores, más allá de los resultados que desencadene el con
El espejismo del crecimiento y la crisis estructural capitalista
Para el presente año, las estimaciones macroeconómicas internacionales proyectaban un escenario de desaceleración moderada. Según la OCDE y diversas entidades financieras, las expectativas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) global se configuraban de la siguiente manera:
Estados Unidos: 2.0% – 2.1%
Unión Europea: 1.3% – 1.5% (con la Eurozona estancada entre 1.2% y 1.4%)
China: 4.0%
India: 6.0%
Dentro de Europa, las asimetrías son evidentes: mientras España proyectaba un crecimiento del 2.2% al 2.7% y Polonia un 3.4%, las potencias industriales mostraban un claro agotamiento. Francia se ubicaba entre 1.1% y 1.3%, Italia en un 0.7%, y Alemania —el motor histórico de la región— registraba la tasa más baja con apenas un 0.6%. Esta parálisis europea responde a factores estructurales: envejecimiento demográfico, debilidad industrial, altos costos energéticos, fragmentación política y fiscal, y un rezago tecnológico frente a Washington y Pekín.
Para América Latina, las proyecciones oscilaban entre el magro 1.9% proyectado por Goldman Sachs y el 2.5% – 2.7% del FMI, pasando por el 2.3% de la CEPAL. En el caso de Rusia, a pesar del régimen de sanciones y la guerra en curso, el Banco Central ruso y el FMI estimaban un crecimiento de entre 0.5% y 1.5%.
Sin embargo, todas estas cifras representan un crecimiento raquítico que el sistema capitalista arrastra desde la crisis financiera de 2008. La economía global no despega ni lo hará a corto plazo. La desglobalización avanza, evidenciando que el modelo neoliberal se encuentra en su punto de colapso. Las altas tasas de interés, el encarecimiento del crédito, la escasez de mano de obra y la dependencia de los hidrocarburos profundizan la crisis. En América Latina, este panorama se agrava por la baja productividad, la precarización laboral, la dependencia primario-exportadora, el déficit tecnológico y un endeudamiento público asfixiante.
El Estrecho de Ormuz y el shock geoeconómico
A este frágil escenario debemos sumar una detonación económica de consecuencias incalculables: el potencial cierre del Estrecho de Ormuz. Esta arteria es el punto neurálgico energético del planeta, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.
La guerra imperialista impulsada contra el pueblo y la nación persa está gestando un shock geoeconómico sin precedentes recientes, solo comparable a la crisis petrolera de 1973. La pretensión de imponer la voluntad hegemónica estadounidense ya deja secuelas: la escalada bélica disparó el barril de crudo por encima de los 100 dólares, y de continuar el asedio, el precio podría alcanzar los 200 o 250 dólares.
El desplome de los mercados ya ha forzado la intervención del G7. Según el Financial Times, se han convocado reuniones de emergencia para liberar cientos de millones de barriles de las reservas estratégicas con el fin de contener los precios. Paralelamente, se reactiva la emisión monetaria sin respaldo («la maquinita»), inyectando dinero fiduciario para sostener el consumo.
Las consecuencias industriales son inmediatas. Alemania se enfrenta a la desindustrialización, cierres de fábricas y despidos masivos debido al costo energético. En Corea del Sur, el banco central ya ha tenido que intervenir, y se anticipan reacciones en cadena en Japón, China e India, los principales dependientes del crudo de Medio Oriente. En Estados Unidos, el FMI advierte sobre un posible colapso del mercado del 35%, aconsejando «considerar lo impensable y prepararse para ello». Un desplome simultáneo de acciones y el encarecimiento del crudo arrastrarán inevitablemente el PIB global.
La vulnerabilidad del desierto y el reacomodo geopolítico
En el propio Medio Oriente, las disrupciones logísticas son críticas. Arabia Saudita anuncia recortes de producción ante la imposibilidad de movilizar sus buques, y Qatar enfrenta el caos en la exportación de gas. El impacto se refleja hasta en el sector inmobiliario de Dubái, que experimenta un desplome espectacular.
A esta bomba económica se suma una crisis humanitaria latente: el inminente desabastecimiento alimentario e hídrico. Casi el 80% de los alimentos en esta zona son importados, y el agua potable depende de sofisticadas plantas desalinizadoras. Si la maquinaria bélica y genocida del imperialismo decide bombardear esta infraestructura vital, la vida misma en la región desaparecería, evidenciando que muchos de estos enclaves son construcciones sostenidas artificialmente.
A nivel global, la Eurozona ya sufre el encarecimiento del gas, el transporte y los alimentos; la inflación se disparará a nivel mundial. Si bien Estados Unidos cuenta con cierta autosuficiencia energética —razón por la cual redobló su ofensiva para someter a Venezuela, cuyos recursos hoy se enfilan bajo los intereses de este gendarme global por encima de la retórica gubernamental local—, el Medio Oriente sigue siendo el eje de la energía mundial.
Conclusión
Estamos ante un escenario inflacionario devastador: el transporte, la electricidad, los fertilizantes, los alimentos y la industria farmacéutica verán sus costos multiplicados. En el fondo, Estados Unidos impulsa y sostiene esta guerra con un objetivo claro: salvar su economía, proteger la hegemonía del dólar y mantener su modelo de dominación unipolar.
Estados Unidos está dispuesto a escalar el conflicto hacia una confrontación mundial directa entre bloques si sus intereses lo requieren. Frente a esta maquinaria de guerra y crisis sistémica, el imperativo histórico de los pueblos es prepararse para transformar estas guerras imperialistas en verdaderas guerras de liberación.
Hablar de la Revolución Cubana es, ineludiblemente, reconocer a México como un escenario vital en su gestación y desarrollo. Hoy, cuando el pueblo cubano sigue enfrentando las brutales medidas de asfixia económica y las constantes agresiones por parte del imperialismo estadounidense, mirar hacia atrás nos permite comprender que esta Revolución no nació de la improvisación, sino de una profunda resistencia histórica y del abrazo solidario entre los pueblos latinoamericanos.
Los orígenes de la rebeldía y el juicio a la dignidad
La chispa definitiva se encendió el 26 de julio de 1953 con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Esta acción armada, dirigida por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista —régimen fielmente sostenido por los Estados Unidos—, marcó el inicio de una nueva era emancipadora. Aunque la operación fracasó en términos estrictamente militares, sentó las bases políticas e ideológicas del Movimiento 26 de Julio.
Tras ser apresado, el 16 de octubre de 1953, Fidel Castro enfrentó un juicio anómalo en Santiago de Cuba. Confinado por razones de seguridad en una pequeña sala de enfermeras del Hospital Civil, Fidel asumió su propia defensa. Al ser cuestionado sobre quién era el autor intelectual del asalto, su respuesta fue tajante: José Martí, el apóstol de la independencia. Aquel alegato culminó con una frase que trascendería los muros de aquella sala para instalarse en la memoria de los pueblos oprimidos: «La Historia me absolverá».
Fidel y Raúl Castro, así como otros combatientes fueron condenados a 15 años de prisión, pero la inmensa presión popular obligó al dictador pro imperialista Batista a firmar una amnistía general. Tras 21 meses en presidio, el 15 de mayo de 1955, recobraron su libertad. El siguiente paso exigía un terreno fértil para reorganizar la esperanza, y ese lugar fue México.
México y el encuentro de los imprescindibles
Raúl Castro fue el primero en pisar tierra mexicana, el 24 de junio de 1955. Poco después, en julio, llegó Fidel para reestructurar la lucha armada bajo la bandera del Movimiento 26 de Julio.
Para entonces, en México ya se encontraba un joven médico exiliado tras presenciar el golpe de Estado orquestado por Washington contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, nos referimos a Ernesto Guevara de la Serna quien había llegado a la Ciudad de México en septiembre de 1954, trabajando como fotógrafo y médico en el Hospital General. Su inmersión en los círculos de la izquierda comunista fue facilitada por Hilda Gadea Acosta, economista y política peruana, militante de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), con quien contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1955 en Tepotzotlán, Estado de México.
El destino tejió sus hilos en junio de 1955 en la colonia Tabacalera de la capital mexicana. En el número 49 de la calle José Emparán, Fidel Castro y Ernesto Guevara sostuvieron una histórica y extensa conversación. Esa misma noche, el argentino aceptó unirse a la expedición armada como médico y combatiente. Fue en tierras mexicanas donde, por su insistencia en usar esa expresión típica de su país, Fidel y sus compañeros lo bautizaron para la eternidad, pues allí nació para el mundo el mítico Ernesto «Che» Guevara.
La forja de la expedición con férrea solidaridad y disciplina
Preparar a 82 expedicionarios fue un proceso clandestino, intenso y lleno de sacrificios que duró casi un año. Esta gesta no habría sido posible sin la solidaridad del pueblo mexicano. Antonio del Conde, a quien Fidel bautizó cariñosamente como «El Cuate», fue una pieza clave al facilitar armas y la embarcación que haría historia, nos referimos a el Yate Granma.
El entrenamiento fue integral, puesto que no solo se forjó la resistencia física, sino la táctica guerrillera, la disciplina militar y la entereza mental bajo condiciones de persecución y escasez. Escenarios como el Rancho Santa Rosa en Chalco, Estado de México, sirvieron para prácticas con fuego real bajo la mirada de Fidel y el Che. Asimismo, el luchador mexicano Anastasio «El Kid» Venegas impartió técnicas de defensa personal y albergó a varios revolucionarios en su propio hogar. El Cerro del Chiquihuite, en el norte de la Ciudad de México, fue testigo de las extenuantes marchas para alcanzar la máxima resistencia humana.
Los preparativos finales se discutían a media voz entre tazas de café. El legendario Café Habana, en la esquina de Bucareli y Morelos, fue uno de los puntos de reunión donde Fidel, Raúl, el Che y otros revolucionarios ultimaban los detalles antes de partir hacia Veracruz.
«Si salimos, llegamos…»
En Santiago de la Peña, a orillas del río Tuxpan en Veracruz, Fidel rentó una casa que sirvió como cuartel final. Allí se congregaron líderes de la talla de Juan Almeida Bosque, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés, Juan Manuel Márquez, el capitán Norberto Collado, el mexicano Alfonso Guillén Zelaya, el dominicano Ramón Mejía del Castillo («Pichirilo») y el italiano Gino Donè Paro.
Antes de zarpar, Fidel selló el compromiso con una máxima implacable: «Si salimos llegamos, si llegamos entramos, si entramos triunfamos».
La madrugada del 25 de noviembre de 1956, desafiando condiciones meteorológicas adversas, el Yate Granma salió sigilosamente del embarcadero del río Tuxpan con 82 almas a bordo. Durante la travesía, en medio de la oscuridad y un mar agitado, el expedicionario Roberto Roque Muñiz cayó al agua. En un acto que demostraba que en la Revolución el humanismo está por encima del cálculo frío, Fidel ordenó detener la marcha. Buscaron durante casi una hora, arriesgando toda la operación, hasta que lograron rescatarlo con vida. Nadie se quedaba atrás.
La victoria de la fe inquebrantable
El 2 de diciembre de 1956, acorralados por el barrizal y el fango, el Granma encalló en Los Cayuelos, cerca de la playa Las Coloradas (Niquero). Poco después del desembarco, sufrieron un duro revés militar que dispersó a los combatientes.
Para el 5 de diciembre, tras el bautismo de fuego, Fidel logró reagruparse con un puñado de hombres y unas pocas armas. Al preguntar por el arsenal disponible, la respuesta fue desalentadora: solo traían cinco fusiles. Con la mirada puesta en el horizonte histórico, Fidel sumó los dos suyos y sentenció: «¡Siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!».
Reflexión final
Esa misma convicción insumisa que llevó a un puñado de hombres de los pantanos de Las Coloradas al triunfo definitivo en 1959, es la que hoy sostiene a Cuba frente a la asfixia de un bloqueo imperialista criminal. Recordar a México como el sendero de esta Revolución es recordar que las grandes transformaciones sociales requieren organización, solidaridad internacionalista y una fe inquebrantable en la justicia popular. Hoy, más que nunca, la historia de hermandad entre México y Cuba nos enseña que el cruel imperialismo estadounidense no es invencible cuando un pueblo decide ser libre.
Julio Gerardo, Activista CONAICOP SECRETARÍA México.
“La soberanía no se negocia y la seguridad de México se decide en México”. Esta frase no es solo una consigna política, sino que además es una definición histórica en un contexto donde la violencia del narcotráfico, la injerencia extranjera y la disputa interna por el poder se entrecruzan peligrosamente.
El 22 de febrero del presente año quedó marcado como un punto histórico en la confrontación contra el crimen organizado, en medio de versiones acerca del abatimiento de un importante líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, grupo que durante años ha sido considerado uno de los más poderosos y violentos del país. Más allá de los hechos específicos, hay un elemento estructural que no puede ignorarse, ya que la mayoría de las armas sofisticadas utilizadas por los cárteles provienen de Estados Unidos.
Armas que cruzan la frontera
Diversos informes han señalado que un alto porcentaje del armamento incautado en México tiene origen estadounidense. Este fenómeno no es casual ni reciente, puesto que, durante el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, se desarrolló la polémica operación “Rápido y Furioso” (2009-2011), implementada por agencias estadounidenses, que permitió el ingreso ilegal de miles de armas a territorio mexicano con el argumento de rastrearlas hasta los cárteles. Muchas de esas armas terminaron fortaleciendo a las organizaciones criminales.
La llamada “guerra contra el narcotráfico”, declarada en 2006 por Calderón tras una elección con indicios de fraude y profundamente cuestionada, dejó una estela de violencia y decenas de miles de muertos. Lo que se presentó como una cruzada por la seguridad derivó en una espiral de confrontación que dividió al crimen organizado, multiplicó los grupos armados y profundizó la crisis humanitaria.
Años después, la condena en Estados Unidos de Genaro García Luna —exsecretario de Seguridad Pública de ese gobierno— por vínculos con el Cártel de Sinaloa confirmó lo que durante años fue denunciado por amplios sectores sociales como la infiltración del narcotráfico en las más altas esferas del poder. García Luna fue sentenciado en 2024 a 38 años de prisión por una corte estadounidense, en un proceso que expuso la colusión entre estructuras estatales y crimen organizado.
La doble moral del imperialismo de Estados Unidos
Estados Unidos se presenta como aliado en la lucha contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo su mercado es el principal destino de las drogas y su industria armamentista provee el arsenal que nutre la violencia en México. Mientras exige resultados y califica situaciones internas, no asume con la misma firmeza su responsabilidad en el tráfico ilegal de armas ni en la demanda interna de estupefacientes.
La designación de Ronald Johnson como embajador —exmilitar con antecedentes en operaciones de seguridad en América Latina— fue interpretada por muchos analistas como una señal de endurecimiento en la política bilateral, particularmente bajo la influencia de Donald Trump, cuya narrativa ha girado reiteradamente en torno a la criminalización de México y la amenaza de intervenciones unilaterales.
La historia latinoamericana demuestra que cuando Washington habla de seguridad hemisférica, muchas veces se traduce en injusta presión política, injerencia o condicionamientos económicos. La soberanía mexicana, por tanto, no es un concepto retórico, sino es una línea roja.
La derecha mexicana y sus contradicciones
En el plano interno, partidos políticos mafiosos como el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernaron durante décadas en contextos donde el narcotráfico creció, se consolidó y penetró instituciones. Distintos exfuncionarios de esos periodos han sido investigados o señalados por vínculos con redes criminales.
Resulta descarado que sectores de esa misma derecha acusen hoy al actual gobierno progresista de ser un narcoestado e incluso vergonzosamente hayan acudido a instancias estadounidenses para solicitar intervención o presión internacional. Estas acciones, más que una preocupación genuina por la seguridad, parecen responder a una estrategia política de deslegitimación y confrontación contra el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.
En momentos de crisis, la difusión de rumores, noticias falsas y la amplificación del miedo se convierten en herramientas de disputa política. La quema de vehículos, bloqueos y otros actos vandálicos son utilizados mediáticamente para proyectar la imagen de un Estado fallido. Sin embargo, el combate al crimen organizado no puede analizarse sin revisar el armazón histórico de complicidades, desatenciones y decisiones que nos trajeron hasta aquí.
Seguridad con soberanía
La administración gubernamental encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha planteado una estrategia que combina programas sociales, fortalecimiento institucional y coordinación con fuerzas armadas, bajo el principio de que la seguridad nacional no puede subordinarse a intereses extranjeros.
El debate de fondo no es solo policial o militar, sino también político y estructural. ¿Puede México combatir eficazmente al narcotráfico mientras persista el flujo de armas desde Estados Unidos? ¿Puede hablarse de cooperación real cuando existe una desigualdad histórica en la relación bilateral? ¿Qué autoridad moral tienen quienes gobernaron en medio de escándalos de corrupción y colusión con el narcotráfico para presentarse ahora como defensores de la legalidad?
La soberanía no implica negar la cooperación internacional, sino establecerla en términos de respeto mutuo. Significa asumir responsabilidades compartidas en que México participa en el combate interno a las organizaciones criminales; Estados Unidos en el control efectivo del tráfico de armas y la reducción de la demanda de drogas.
Hoy más que nunca, el desafío consiste en desenmascarar la doble moral de Estados Unidos y de los neoliberales que entregaron y destruyeron la patria, denunciar las complicidades del pasado y evitar que la lucha contra el narcotráfico sea utilizada como instrumento de desestabilización política.
Porque la seguridad no puede construirse sobre la hipocresía.
Y porque, en última instancia, la soberanía —como la dignidad— no se negocia.
Por estos días, cuando la empatía parece disolverse, la sensibilidad humana se erosiona y la solidaridad social se debilita bajo el peso de un sistema capitalista en crisis, en su fase imperialista más agresiva contra pueblos hermanos, vuelve a sonar una pregunta incómoda: ¿Cristo está al servicio de quién?
En 1975, el cantautor venezolano Alí Primera lanzó una canción provocadora titulada “Cristo al servicio de quién”. En ella denunciaba a una iglesia jerárquica que, según su reflexión crítica, había terminado aliada con los poderosos y distante del pueblo trabajador oprimido. La pregunta no era solo teológica; era profundamente política y moral. ¿Puede el mensaje de Jesús convivir con la opresión? ¿Puede la cruz caminar de la mano de la espada?
La historia de América Latina ofrece episodios dolorosos. La conquista española se realizó “en nombre de Cristo y de la corona”, mientras pueblos originarios eran sometidos, despojados y exterminados. La evangelización muchas veces llegó acompañada de violencia despiadada y destrucción de todo tipo. Sin embargo, reducir la historia de la Iglesia a esa complicidad sería injusto. También hubo algunos religiosos que se colocaron del lado de los oprimidos y pagaron un alto precio por ello.
En México, durante la lucha por la independencia, sacerdotes como Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón y Mariano Matamoros encabezaron ejércitos insurgentes, abolieron la esclavitud y promovieron proyectos constitucionales que buscaban justicia social. El fraile Servando Teresa de Mier defendió la libertad de pensamiento y promovió el reconocimiento de Simón Bolívar como Libertador de América. Aquellos sacerdotes entendieron la fe no como resignación, sino como compromiso histórico.
Pero la emancipación latinoamericana pronto enfrentó nuevas formas de dominación. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe bajo el lema “América para los americanos”. Con el tiempo, esa consigna justificó intervenciones políticas, golpes de Estado y formas modernas de subordinación. La explotación del hombre por el hombre no desapareció; mutó. Hoy se expresa desigualdades extremas, migraciones forzadas, extractivismo salvaje, explotación, empobrecimiento de la vida.
En ese contexto, tras el Concilio Vaticano II, emergió en 1968 la Teología de la Liberación. Más que una corriente doctrinal, fue una opción ética: la “opción preferencial por los pobres”. Planteó que el Evangelio debía leerse desde la realidad de los explotados y oprimidos, así como dejo en claro que la fe implicaba transformación social. No bastaba con predicar; era necesario actuar.
En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal se integró al proceso revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. En El Salvador, Óscar Arnulfo Romero denunció con valentía las violaciones a los derechos humanos hasta ser asesinado mientras oficiaba misa en 1980. En México, el obispo Sergio Méndez Arceo se convirtió en una voz profética contra las dictaduras latinoamericanas; Samuel Ruiz García, conocido como “Tatik”, defendió a los pueblos indígenas y fue mediador con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Más recientemente, José Raúl Vera López ha destacado por su defensa de migrantes y víctimas de abusos de poder.
En Colombia, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo sostuvo que “la revolución es una necesidad cristiana” y se incorporó al Ejército de Liberación Nacional, donde murió en combate en 1966. Inspirados en él, sacerdotes como Domingo Laín y Manuel Pérez Martínez asumieron compromisos radicales. En Nicaragua, Gaspar García Laviana cayó combatiendo a la dictadura somocista. En El Salvador, el sacerdote Ernesto Barrera Moto también murió en el contexto de la lucha insurgente.
Se podrá analizar y debatir acerca de los métodos, sin embargo, no puede negarse la coherencia entre fe y compromiso con los oprimidos que marcó a estas figuras. Fueron hombres de Iglesia que optaron por caminar con el pueblo y no sobre él.
El poeta uruguayo Mario Benedetti lo expresó con fuerza en su poema “Padre Nuestro Latinoamericano”, donde interpela a un Dios que no puede ser cómplice de la miseria ni de los misiles. “Yo creo en vos, Cristo obrero…”, escribió, devolviendo al Evangelio su dimensión popular.
Hoy, cuando el individualismo extremo y la lógica del mercado erosionan valores, principios, conciencia, moral, estilo de vida, etc., la pregunta de Alí Primera sigue vigente. ¿Cristo al servicio de quién? ¿De los explotadores y opresores, de las potencias capitalistas e imperialistas y sus intereses geopolíticos? ¿O de los pueblos explotados y oprimidos que luchan por dignidad?
La crisis actual no es solo económica o política, también es una crisis de conciencia y moral. Se pierde la sensibilidad ante el dolor ajeno, se normaliza la desigualdad, se trivializa la violencia, se asume posturas indiferentes y de no importismo. Frente a ello, la tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que la fe auténtica no puede ser indiferente. Que el Evangelio no es un ornamento del poder, sino una interpelación permanente a la injusticia.
Quizá el mayor legado de aquellos sacerdotes comprometidos no sea su militancia concreta, sino su coherencia ética. Entendieron que no hay neutralidad posible ante la explotación, opresión y dominación contra naciones y pueblos como Cuba, Venezuela, Palestina, Líbano, Yemen, Irán, etc. Que callar también es tomar partido. Y que, si Cristo caminó entre pobres, sometidos y marginados, difícilmente podría estar del lado de quienes los someten, oprimen y explotan.
En tiempos de deshumanización, recuperar la empatía y la solidaridad no es solo un acto de conciencia y moral, sino que es un acto profundamente político. Porque, al final, la pregunta no es solo teológica. Es histórica y urgente: ¿de qué lado estamos?
Dicen que la “democracia” es un sistema político donde la soberanía reside en el pueblo. Siendo así, el poder político supremo del pueblo, en estos más de 30 años, ha venido exigiendo cambios fundamentales, con mucha mayor razón en la última década, en la que la demanda por una nueva Constitución se vuelve indispensable para pensar, mínimamente, en cambios sustantivos, particularmente en lo que respecta al capítulo económico, que es fundamental para que realmente se pueda hablar de una “democratización de la sociedad”.
Redefinir y replantear el capítulo económico en la Constitución neoliberal vigente es clave, porque de ese cambio —pensando en los intereses de la nación, de los diferentes actores de la sociedad, de las inmensas masas que suman millones, así como de la propia industria nacional y de su necesidad de democratización— depende la orientación estratégica del país. Es decir, se trata de redefinir la disyuntiva central: o se prosigue con una visión de dependencia de las corporaciones mundiales, con beneficios para un puñado de grupos de poder nativo que se desenvuelven dentro de la organización mundial del trabajo y la producción, donde los centros de poder global determinan, mediante tratados comerciales y convenciones, un diseño en el que la inmensa mayoría de los países del tercer mundo quedan relegados al rol de simples proveedores de materias primas y mano de obra barata, mientras las grandes urbes imperialistas concentran las industrias y tecnologías más desarrolladas, que luego proveen a las naciones sometidas; o se asumen, con coherencia, los principios de soberanía, independencia y autodeterminación.
En el diseño actual, los acuerdos y tratados firmados por las clases dominantes de cada país han hecho que naciones enteras no puedan industrializarse. Este mismo sometimiento y dependencia, revertirlos implica ejercer una verdadera soberanía nacional, independencia y autodeterminación. Implica romper con aquellos tratados que impiden que una nación se industrialice, para que exista trabajo pleno, con derechos y salarios dignos.
Esto supone, a partir de allí, un rediseño integral del Estado, de la democracia y del gobierno. Implica la rebelión de las masas, la resistencia y la lucha democrática, aun cuando esta vía sea transitoria, reformista y se desenvuelva dentro de los términos capitalistas. Evidentemente, requiere organización y una voluntad popular férrea para ese proceso; una conciencia de masas capaz de luchar y defenderse; y la construcción de la unidad nacional. Porque ello implica la confrontación contra los intereses del imperialismo dominante y contra los satélites globalistas internos. Por tanto, ser antiimperialista es ineludible, sin lo cual no se puede pensar en un cambio serio y trascendente.
Todo ese proyecto soberano requerirá, además, un cambio en la dinámica educativa general, en el espíritu nacional, así como mecanismos y décadas de trabajo y sacrificios para ser concretado.
De los 43 partidos políticos en carrera para las elecciones del 2026, ¿cuántos y cuáles representan esos intereses? ¡Ninguno! Los partidos —entre comillas— que tienen la intención de defender o representar al pueblo, si los hay, no cuentan con arraigo popular, cuadros, proyectos, planes, mecanismos ni poder político real. Por tanto, solo serán avasallados y puestos en línea por la ultraderecha y las corporaciones saqueadoras, o simplemente serán víctimas de golpes de Estado bajo diferentes formas y mecanismos. Lo real es que la ultraderecha ha concentrado el poder, incluso, si fuera necesario, para consumar fraudes de manera descarada, como ocurrió hace poco en Ecuador.
Entonces, en estas elecciones que se vienen, ¿existen condiciones para un voto verdaderamente democrático? No las hay. Simplemente se trata de una farsa. ¿Podría cambiarse este estado de cosas? ¡Sí! Pero en la actualidad no aceptan ni siquiera una economía social de mercado. Véase el gobierno de Castillo: la ultraderecha reaccionaria, desde hace tiempo, pateó el tablero; las reglas que ellos mismos establecieron no las respetan ni les interesa respetarlas.
En el mundo hemos entrado en una fase del sistema mundial mucho más autoritaria. Las sociedades se han fascistizado; la soberanía popular ha sido barrida. ¿Podría recuperarse? ¡Por supuesto que sí! Depende de una correlación de fuerzas compactas y bien organizadas. Pero, en la actualidad, solo existe la soberanía de las corporaciones, sustentada en la violencia más franca y descarada. En esas condiciones, ¿tiene sentido que las masas vayan a votar? ¡De ninguna manera! Sería solo para avalar y legitimar la farsa, a no ser que exista una fuerza popular bien organizada en todos los planos y frentes.
La ultraderecha cuenta con fuerzas organizadas como las Fuerzas Armadas, el poder empresarial y económico, fuerzas ideológicas articuladas en un solo frente (medios informativos, académicos, escuelas, etc.), una tradición cultural mercantilista de siglos y los poderes del Estado a su servicio.
¿Qué corresponde entonces? Lo ideal sería dejar vacías las urnas de forma masiva, no acudir a esa farsa ni como votantes ni como personeros. Sería lo ideal, pero sabemos que no va a ocurrir, porque ello requiere como condición una acción compacta de millones de pobres dirigida por su propia organización. En la medida de lo posible, corresponde viciar el voto, no votar en blanco.
Dicha acción podría presionar y poner sobre la mesa la discusión de una nueva Constitución, así como el respeto de los actores históricos de poder real. Para ello se requiere preparar a los propios representantes, constituyentes y líderes, capaces de elaborar un contraproyecto y un nuevo programa de todas las clases del pueblo, con agenda y contenido claros.
La opinión masiva y popular está harta de todo este estado de cosas. Así lo reflejan incluso las encuestas de los sectores reaccionarios. Tal como va la trayectoria del Perú en todos los ámbitos, ¿podría canalizarse este malestar hacia una acción conjunta como la que se plantea? Por supuesto que sí. Requiere el uso intensivo de redes, una campaña sostenida, la activación decidida de los diferentes colectivos, cabildos, así como voluntad y decisión. Mucho depende de la madurez y determinación del pueblo, así como de sus líderes de base popular, con capacidad de dirigir hacia otro estado de cosas.
Esto requiere también un cuestionamiento sustentado de la juridicidad, es decir, un cuestionamiento del fundamento mismo del estado de cosas, impulsado por especialistas mediante múltiples acciones legales. No solo en el campo jurídico, sino también en la economía, la filosofía y otros ámbitos. Existen muchos hijos del pueblo, bien formados y organizados, que podrían aportar de manera decisiva en este frente.