Red de prensa popular latinoamericana

El día en que se ponga fin a la guerra EE. UU.-Israel contra Irán, la coalición norteamericana-israelí será la perdedora

Por: Gerardo Franceschi

Han transcurrido más de 14 días desde el inicio de la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. En los análisis de inteligencia del Gobierno estadounidense no estaba prevista la prolongación del conflicto, el cual, a medida que se desarrolla, tiende a agudizarse.

En noviembre de 2025, cuando se dieron a conocer las Estrategias de Seguridad Nacional del país norteamericano, se exponía lo siguiente: “…El conflicto sigue siendo la dinámica más problemática de Oriente Medio, pero hoy en día este problema es menos grave de lo que los titulares podrían hacer creer. Irán, la principal fuerza desestabilizadora de la región, se ha visto muy debilitado por las acciones israelíes desde el 7 de octubre de 2023 y la Operación Martillo de Medianoche del presidente Trump en junio de 2025, que degradó significativamente el programa nuclear iraní…”. Esto evidencia una subestimación de la capacidad de respuesta militar que podría ofrecer Irán ante los ataques que iniciaron con la muerte del ayatolá Jamenei. Incluso se llegó a considerar que el asesinato del líder permitiría acelerar la caída del Gobierno iraní. Sin embargo, esta guerra posee características distintas a la denominada «Guerra de los 12 Días»; para Irán, como lo han señalado algunos voceros de su Gobierno, se trata de la existencia misma del pueblo iraní.

La contraofensiva del país persa ha demostrado que se estaba preparando para la actual coyuntura bélica, por la manera casi inmediata en que ha reaccionado, lo cual ha tenido un impacto en los intereses de Estados Unidos en los países aliados del Golfo Pérsico, sobre todo en sus bases militares que servían para la vigilancia y «protección» de los socios en Medio Oriente.

Estratégicamente, será una derrota para EE. UU. e Israel, pues uno de los elementos que debe considerarse es la capacidad militar de Estados Unidos en comparación con la de Irán. La Casa Blanca, según el Instituto Internacional de Estocolmo para la Investigación de la Paz (SIPRI), destinó más de 919 mil millones de dólares en gasto militar en 2025, mientras que Irán invirtió un promedio de 30 mil millones. Es decir, existe una desproporción abismal en el gasto militar entre ambos países. No obstante, ha sido determinante el desarrollo tecnológico de la industria militar iraní que, con un presupuesto «moderado», ha creado armas letales y efectivas que han permitido asestar golpes importantes a la infraestructura bélica de EE. UU. en Medio Oriente.

Asimismo, la guerra ha dividido las posiciones de sectores económicos estrechamente vinculados con Estados Unidos, debido a la alteración de la cotidianidad en países como Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Arabia Saudita, que han construido desde hace mucho tiempo sus cimientos sobre la base de principios de paz interna, desarrollo y prosperidad. Sin embargo, su seguridad, en muchos casos, la han dejado en manos de los Gobiernos de turno en la Casa Blanca, lo que significará una ruptura en su concepción de país protector, no solo de sus propios intereses, sino también de los de sus socios.

De igual manera, sería un mensaje al mundo en el sentido de que actores como Rusia y China observarían cómo los norteamericanos entran en una guerra de desgaste con un país de 90 millones de personas y con una capacidad militar más reducida a la que ellos podrían poseer, ya que, en el fondo, las acciones de EE. UU. llevan implícita una clara señal de fuerza hacia el Kremlin y Pekín.

En tal sentido, estamos en medio de una guerra que sigue moviendo el tablero internacional, con implicaciones sociales, políticas y económicas a escala global. Por ello, el día en que se decida poner fin a la guerra, serán Estados Unidos e Israel los perdedores, más allá de los resultados que desencadene el con

REPERCUSIONES, COSTOS Y RIESGOS DE LA GUERRA EN MEDIO ORIENTE

Por: Richard Gonzales

El espejismo del crecimiento y la crisis estructural capitalista 

Para el presente año, las estimaciones macroeconómicas internacionales proyectaban un escenario de desaceleración moderada. Según la OCDE y diversas entidades financieras, las expectativas de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) global se configuraban de la siguiente manera:

  • Estados Unidos: 2.0% – 2.1%
  • Unión Europea: 1.3% – 1.5% (con la Eurozona estancada entre 1.2% y 1.4%)
  • China: 4.0%
  • India: 6.0%

Dentro de Europa, las asimetrías son evidentes: mientras España proyectaba un crecimiento del 2.2% al 2.7% y Polonia un 3.4%, las potencias industriales mostraban un claro agotamiento. Francia se ubicaba entre 1.1% y 1.3%, Italia en un 0.7%, y Alemania —el motor histórico de la región— registraba la tasa más baja con apenas un 0.6%. Esta parálisis europea responde a factores estructurales: envejecimiento demográfico, debilidad industrial, altos costos energéticos, fragmentación política y fiscal, y un rezago tecnológico frente a Washington y Pekín.

Para América Latina, las proyecciones oscilaban entre el magro 1.9% proyectado por Goldman Sachs y el 2.5% – 2.7% del FMI, pasando por el 2.3% de la CEPAL. En el caso de Rusia, a pesar del régimen de sanciones y la guerra en curso, el Banco Central ruso y el FMI estimaban un crecimiento de entre 0.5% y 1.5%.

Sin embargo, todas estas cifras representan un crecimiento raquítico que el sistema capitalista arrastra desde la crisis financiera de 2008. La economía global no despega ni lo hará a corto plazo. La desglobalización avanza, evidenciando que el modelo neoliberal se encuentra en su punto de colapso. Las altas tasas de interés, el encarecimiento del crédito, la escasez de mano de obra y la dependencia de los hidrocarburos profundizan la crisis. En América Latina, este panorama se agrava por la baja productividad, la precarización laboral, la dependencia primario-exportadora, el déficit tecnológico y un endeudamiento público asfixiante.

El Estrecho de Ormuz y el shock geoeconómico 

A este frágil escenario debemos sumar una detonación económica de consecuencias incalculables: el potencial cierre del Estrecho de Ormuz. Esta arteria es el punto neurálgico energético del planeta, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial.

La guerra imperialista impulsada contra el pueblo y la nación persa está gestando un shock geoeconómico sin precedentes recientes, solo comparable a la crisis petrolera de 1973. La pretensión de imponer la voluntad hegemónica estadounidense ya deja secuelas: la escalada bélica disparó el barril de crudo por encima de los 100 dólares, y de continuar el asedio, el precio podría alcanzar los 200 o 250 dólares.

El desplome de los mercados ya ha forzado la intervención del G7. Según el Financial Times, se han convocado reuniones de emergencia para liberar cientos de millones de barriles de las reservas estratégicas con el fin de contener los precios. Paralelamente, se reactiva la emisión monetaria sin respaldo («la maquinita»), inyectando dinero fiduciario para sostener el consumo.

Las consecuencias industriales son inmediatas. Alemania se enfrenta a la desindustrialización, cierres de fábricas y despidos masivos debido al costo energético. En Corea del Sur, el banco central ya ha tenido que intervenir, y se anticipan reacciones en cadena en Japón, China e India, los principales dependientes del crudo de Medio Oriente. En Estados Unidos, el FMI advierte sobre un posible colapso del mercado del 35%, aconsejando «considerar lo impensable y prepararse para ello». Un desplome simultáneo de acciones y el encarecimiento del crudo arrastrarán inevitablemente el PIB global.

La vulnerabilidad del desierto y el reacomodo geopolítico 

En el propio Medio Oriente, las disrupciones logísticas son críticas. Arabia Saudita anuncia recortes de producción ante la imposibilidad de movilizar sus buques, y Qatar enfrenta el caos en la exportación de gas. El impacto se refleja hasta en el sector inmobiliario de Dubái, que experimenta un desplome espectacular.

A esta bomba económica se suma una crisis humanitaria latente: el inminente desabastecimiento alimentario e hídrico. Casi el 80% de los alimentos en esta zona son importados, y el agua potable depende de sofisticadas plantas desalinizadoras. Si la maquinaria bélica y genocida del imperialismo decide bombardear esta infraestructura vital, la vida misma en la región desaparecería, evidenciando que muchos de estos enclaves son construcciones sostenidas artificialmente.

A nivel global, la Eurozona ya sufre el encarecimiento del gas, el transporte y los alimentos; la inflación se disparará a nivel mundial. Si bien Estados Unidos cuenta con cierta autosuficiencia energética —razón por la cual redobló su ofensiva para someter a Venezuela, cuyos recursos hoy se enfilan bajo los intereses de este gendarme global por encima de la retórica gubernamental local—, el Medio Oriente sigue siendo el eje de la energía mundial.

Conclusión 

Estamos ante un escenario inflacionario devastador: el transporte, la electricidad, los fertilizantes, los alimentos y la industria farmacéutica verán sus costos multiplicados. En el fondo, Estados Unidos impulsa y sostiene esta guerra con un objetivo claro: salvar su economía, proteger la hegemonía del dólar y mantener su modelo de dominación unipolar.

Estados Unidos está dispuesto a escalar el conflicto hacia una confrontación mundial directa entre bloques si sus intereses lo requieren. Frente a esta maquinaria de guerra y crisis sistémica, el imperativo histórico de los pueblos es prepararse para transformar estas guerras imperialistas en verdaderas guerras de liberación.

DDE TUXPAN A LA VICTORIA: EL ABRAZO DE MÉXICO A LA REVOLUCIÓN CUBANA Y SU RESISTENCIA ACTUAL

Julio Gerardo, CONAICOP SECRETARÍA México.

Hablar de la Revolución Cubana es, ineludiblemente, reconocer a México como un escenario vital en su gestación y desarrollo. Hoy, cuando el pueblo cubano sigue enfrentando las brutales medidas de asfixia económica y las constantes agresiones por parte del imperialismo estadounidense, mirar hacia atrás nos permite comprender que esta Revolución no nació de la improvisación, sino de una profunda resistencia histórica y del abrazo solidario entre los pueblos latinoamericanos.

Los orígenes de la rebeldía y el juicio a la dignidad 

La chispa definitiva se encendió el 26 de julio de 1953 con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Esta acción armada, dirigida por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista —régimen fielmente sostenido por los Estados Unidos—, marcó el inicio de una nueva era emancipadora. Aunque la operación fracasó en términos estrictamente militares, sentó las bases políticas e ideológicas del Movimiento 26 de Julio.

Tras ser apresado, el 16 de octubre de 1953, Fidel Castro enfrentó un juicio anómalo en Santiago de Cuba. Confinado por razones de seguridad en una pequeña sala de enfermeras del Hospital Civil, Fidel asumió su propia defensa. Al ser cuestionado sobre quién era el autor intelectual del asalto, su respuesta fue tajante: José Martí, el apóstol de la independencia. Aquel alegato culminó con una frase que trascendería los muros de aquella sala para instalarse en la memoria de los pueblos oprimidos: «La Historia me absolverá».

Fidel y Raúl Castro, así como otros combatientes fueron condenados a 15 años de prisión, pero la inmensa presión popular obligó al dictador pro imperialista Batista a firmar una amnistía general. Tras 21 meses en presidio, el 15 de mayo de 1955, recobraron su libertad. El siguiente paso exigía un terreno fértil para reorganizar la esperanza, y ese lugar fue México.

México y el encuentro de los imprescindibles

Raúl Castro fue el primero en pisar tierra mexicana, el 24 de junio de 1955. Poco después, en julio, llegó Fidel para reestructurar la lucha armada bajo la bandera del Movimiento 26 de Julio.

Para entonces, en México ya se encontraba un joven médico exiliado tras presenciar el golpe de Estado orquestado por Washington contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, nos referimos a Ernesto Guevara de la Serna quien había llegado a la Ciudad de México en septiembre de 1954, trabajando como fotógrafo y médico en el Hospital General. Su inmersión en los círculos de la izquierda comunista fue facilitada por Hilda Gadea Acosta, economista y política peruana, militante de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), con quien contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1955 en Tepotzotlán, Estado de México.

El destino tejió sus hilos en junio de 1955 en la colonia Tabacalera de la capital mexicana. En el número 49 de la calle José Emparán, Fidel Castro y Ernesto Guevara sostuvieron una histórica y extensa conversación. Esa misma noche, el argentino aceptó unirse a la expedición armada como médico y combatiente. Fue en tierras mexicanas donde, por su insistencia en usar esa expresión típica de su país, Fidel y sus compañeros lo bautizaron para la eternidad, pues allí nació para el mundo el mítico Ernesto «Che» Guevara.

La forja de la expedición con férrea solidaridad y disciplina 

Preparar a 82 expedicionarios fue un proceso clandestino, intenso y lleno de sacrificios que duró casi un año. Esta gesta no habría sido posible sin la solidaridad del pueblo mexicano. Antonio del Conde, a quien Fidel bautizó cariñosamente como «El Cuate», fue una pieza clave al facilitar armas y la embarcación que haría historia, nos referimos a el Yate Granma.

El entrenamiento fue integral, puesto que no solo se forjó la resistencia física, sino la táctica guerrillera, la disciplina militar y la entereza mental bajo condiciones de persecución y escasez. Escenarios como el Rancho Santa Rosa en Chalco, Estado de México, sirvieron para prácticas con fuego real bajo la mirada de Fidel y el Che. Asimismo, el luchador mexicano Anastasio «El Kid» Venegas impartió técnicas de defensa personal y albergó a varios revolucionarios en su propio hogar. El Cerro del Chiquihuite, en el norte de la Ciudad de México, fue testigo de las extenuantes marchas para alcanzar la máxima resistencia humana.

Los preparativos finales se discutían a media voz entre tazas de café. El legendario Café Habana, en la esquina de Bucareli y Morelos, fue uno de los puntos de reunión donde Fidel, Raúl, el Che y otros revolucionarios ultimaban los detalles antes de partir hacia Veracruz.

«Si salimos, llegamos…» 

En Santiago de la Peña, a orillas del río Tuxpan en Veracruz, Fidel rentó una casa que sirvió como cuartel final. Allí se congregaron líderes de la talla de Juan Almeida Bosque, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés, Juan Manuel Márquez, el capitán Norberto Collado, el mexicano Alfonso Guillén Zelaya, el dominicano Ramón Mejía del Castillo («Pichirilo») y el italiano Gino Donè Paro.

Antes de zarpar, Fidel selló el compromiso con una máxima implacable: «Si salimos llegamos, si llegamos entramos, si entramos triunfamos».

La madrugada del 25 de noviembre de 1956, desafiando condiciones meteorológicas adversas, el Yate Granma salió sigilosamente del embarcadero del río Tuxpan con 82 almas a bordo. Durante la travesía, en medio de la oscuridad y un mar agitado, el expedicionario Roberto Roque Muñiz cayó al agua. En un acto que demostraba que en la Revolución el humanismo está por encima del cálculo frío, Fidel ordenó detener la marcha. Buscaron durante casi una hora, arriesgando toda la operación, hasta que lograron rescatarlo con vida. Nadie se quedaba atrás.

La victoria de la fe inquebrantable 

El 2 de diciembre de 1956, acorralados por el barrizal y el fango, el Granma encalló en Los Cayuelos, cerca de la playa Las Coloradas (Niquero). Poco después del desembarco, sufrieron un duro revés militar que dispersó a los combatientes.

Para el 5 de diciembre, tras el bautismo de fuego, Fidel logró reagruparse con un puñado de hombres y unas pocas armas. Al preguntar por el arsenal disponible, la respuesta fue desalentadora: solo traían cinco fusiles. Con la mirada puesta en el horizonte histórico, Fidel sumó los dos suyos y sentenció: «¡Siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!».

Reflexión final 

Esa misma convicción insumisa que llevó a un puñado de hombres de los pantanos de Las Coloradas al triunfo definitivo en 1959, es la que hoy sostiene a Cuba frente a la asfixia de un bloqueo imperialista criminal. Recordar a México como el sendero de esta Revolución es recordar que las grandes transformaciones sociales requieren organización, solidaridad internacionalista y una fe inquebrantable en la justicia popular. Hoy, más que nunca, la historia de hermandad entre México y Cuba nos enseña que el cruel imperialismo estadounidense no es invencible cuando un pueblo decide ser libre.

Julio Gerardo, Activista CONAICOP SECRETARÍA México.

SOBERANÍA EN DISPUTA: NARCOTRÁFICO, DERECHA MEXICANA Y LA SOMBRA DE ESTADOS UNIDOS

Por: Julio Gerardo Padilla Sánchez CONAICOP SCRETARÍA México

“La soberanía no se negocia y la seguridad de México se decide en México”. Esta frase no es solo una consigna política, sino que además es una definición histórica en un contexto donde la violencia del narcotráfico, la injerencia extranjera y la disputa interna por el poder se entrecruzan peligrosamente.

El 22 de febrero del presente año quedó marcado como un punto histórico en la confrontación contra el crimen organizado, en medio de versiones acerca del abatimiento de un importante líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, grupo que durante años ha sido considerado uno de los más poderosos y violentos del país. Más allá de los hechos específicos, hay un elemento estructural que no puede ignorarse, ya que la mayoría de las armas sofisticadas utilizadas por los cárteles provienen de Estados Unidos.

Armas que cruzan la frontera

Diversos informes han señalado que un alto porcentaje del armamento incautado en México tiene origen estadounidense. Este fenómeno no es casual ni reciente, puesto que, durante el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, se desarrolló la polémica operación “Rápido y Furioso” (2009-2011), implementada por agencias estadounidenses, que permitió el ingreso ilegal de miles de armas a territorio mexicano con el argumento de rastrearlas hasta los cárteles. Muchas de esas armas terminaron fortaleciendo a las organizaciones criminales.

La llamada “guerra contra el narcotráfico”, declarada en 2006 por Calderón tras una elección con indicios de fraude y profundamente cuestionada, dejó una estela de violencia y decenas de miles de muertos. Lo que se presentó como una cruzada por la seguridad derivó en una espiral de confrontación que dividió al crimen organizado, multiplicó los grupos armados y profundizó la crisis humanitaria.

Años después, la condena en Estados Unidos de Genaro García Luna —exsecretario de Seguridad Pública de ese gobierno— por vínculos con el Cártel de Sinaloa confirmó lo que durante años fue denunciado por amplios sectores sociales como la infiltración del narcotráfico en las más altas esferas del poder. García Luna fue sentenciado en 2024 a 38 años de prisión por una corte estadounidense, en un proceso que expuso la colusión entre estructuras estatales y crimen organizado.

La doble moral del imperialismo de Estados Unidos

Estados Unidos se presenta como aliado en la lucha contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo su mercado es el principal destino de las drogas y su industria armamentista provee el arsenal que nutre la violencia en México. Mientras exige resultados y califica situaciones internas, no asume con la misma firmeza su responsabilidad en el tráfico ilegal de armas ni en la demanda interna de estupefacientes.

La designación de Ronald Johnson como embajador —exmilitar con antecedentes en operaciones de seguridad en América Latina— fue interpretada por muchos analistas como una señal de endurecimiento en la política bilateral, particularmente bajo la influencia de Donald Trump, cuya narrativa ha girado reiteradamente en torno a la criminalización de México y la amenaza de intervenciones unilaterales.

La historia latinoamericana demuestra que cuando Washington habla de seguridad hemisférica, muchas veces se traduce en injusta presión política, injerencia o condicionamientos económicos. La soberanía mexicana, por tanto, no es un concepto retórico, sino es una línea roja.

La derecha mexicana y sus contradicciones

En el plano interno, partidos políticos mafiosos como el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernaron durante décadas en contextos donde el narcotráfico creció, se consolidó y penetró instituciones. Distintos exfuncionarios de esos periodos han sido investigados o señalados por vínculos con redes criminales.

Resulta descarado que sectores de esa misma derecha acusen hoy al actual gobierno progresista de ser un narcoestado e incluso vergonzosamente hayan acudido a instancias estadounidenses para solicitar intervención o presión internacional. Estas acciones, más que una preocupación genuina por la seguridad, parecen responder a una estrategia política de deslegitimación y confrontación contra el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

En momentos de crisis, la difusión de rumores, noticias falsas y la amplificación del miedo se convierten en herramientas de disputa política. La quema de vehículos, bloqueos y otros actos vandálicos son utilizados mediáticamente para proyectar la imagen de un Estado fallido. Sin embargo, el combate al crimen organizado no puede analizarse sin revisar el armazón histórico de complicidades, desatenciones y decisiones que nos trajeron hasta aquí.

Seguridad con soberanía

La administración gubernamental encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha planteado una estrategia que combina programas sociales, fortalecimiento institucional y coordinación con fuerzas armadas, bajo el principio de que la seguridad nacional no puede subordinarse a intereses extranjeros.

El debate de fondo no es solo policial o militar, sino también político y estructural. ¿Puede México combatir eficazmente al narcotráfico mientras persista el flujo de armas desde Estados Unidos? ¿Puede hablarse de cooperación real cuando existe una desigualdad histórica en la relación bilateral? ¿Qué autoridad moral tienen quienes gobernaron en medio de escándalos de corrupción y colusión con el narcotráfico para presentarse ahora como defensores de la legalidad?

La soberanía no implica negar la cooperación internacional, sino establecerla en términos de respeto mutuo. Significa asumir responsabilidades compartidas en que México participa en el combate interno a las organizaciones criminales; Estados Unidos en el control efectivo del tráfico de armas y la reducción de la demanda de drogas.

Hoy más que nunca, el desafío consiste en desenmascarar la doble moral de Estados Unidos y de los neoliberales que entregaron y destruyeron la patria, denunciar las complicidades del pasado y evitar que la lucha contra el narcotráfico sea utilizada como instrumento de desestabilización política.

Porque la seguridad no puede construirse sobre la hipocresía.

Y porque, en última instancia, la soberanía —como la dignidad— no se negocia.

¿CRISTO AL SERVICIO DEL PODER O DE LOS POBRES? FE, REBELDÍA Y CONCIENCIA EN TIEMPOS DE DESHUMANIZACIÓN

Por: Julio Gerardo Padilla Sánchez

                                                                                                                                                                                                

Por estos días, cuando la empatía parece disolverse, la sensibilidad humana se erosiona y la solidaridad social se debilita bajo el peso de un sistema capitalista en crisis, en su fase imperialista más agresiva contra pueblos hermanos, vuelve a sonar una pregunta incómoda: ¿Cristo está al servicio de quién?

En 1975, el cantautor venezolano Alí Primera lanzó una canción provocadora titulada “Cristo al servicio de quién”. En ella denunciaba a una iglesia jerárquica que, según su reflexión crítica, había terminado aliada con los poderosos y distante del pueblo trabajador oprimido. La pregunta no era solo teológica; era profundamente política y moral. ¿Puede el mensaje de Jesús convivir con la opresión? ¿Puede la cruz caminar de la mano de la espada?

La historia de América Latina ofrece episodios dolorosos. La conquista española se realizó “en nombre de Cristo y de la corona”, mientras pueblos originarios eran sometidos, despojados y exterminados. La evangelización muchas veces llegó acompañada de violencia despiadada y destrucción de todo tipo. Sin embargo, reducir la historia de la Iglesia a esa complicidad sería injusto. También hubo algunos religiosos que se colocaron del lado de los oprimidos y pagaron un alto precio por ello.

En México, durante la lucha por la independencia, sacerdotes como Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón y Mariano Matamoros encabezaron ejércitos insurgentes, abolieron la esclavitud y promovieron proyectos constitucionales que buscaban justicia social. El fraile Servando Teresa de Mier defendió la libertad de pensamiento y promovió el reconocimiento de Simón Bolívar como Libertador de América. Aquellos sacerdotes entendieron la fe no como resignación, sino como compromiso histórico.

Pero la emancipación latinoamericana pronto enfrentó nuevas formas de dominación. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe bajo el lema “América para los americanos”. Con el tiempo, esa consigna justificó intervenciones políticas, golpes de Estado y formas modernas de subordinación. La explotación del hombre por el hombre no desapareció; mutó. Hoy se expresa desigualdades extremas, migraciones forzadas, extractivismo salvaje, explotación, empobrecimiento de la vida.

En ese contexto, tras el Concilio Vaticano II, emergió en 1968 la Teología de la Liberación. Más que una corriente doctrinal, fue una opción ética: la “opción preferencial por los pobres”. Planteó que el Evangelio debía leerse desde la realidad de los explotados y oprimidos, así como dejo en claro que la fe implicaba transformación social. No bastaba con predicar; era necesario actuar.

En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal se integró al proceso revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. En El Salvador, Óscar Arnulfo Romero denunció con valentía las violaciones a los derechos humanos hasta ser asesinado mientras oficiaba misa en 1980. En México, el obispo Sergio Méndez Arceo se convirtió en una voz profética contra las dictaduras latinoamericanas; Samuel Ruiz García, conocido como “Tatik”, defendió a los pueblos indígenas y fue mediador con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Más recientemente, José Raúl Vera López ha destacado por su defensa de migrantes y víctimas de abusos de poder.

En Colombia, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo sostuvo que “la revolución es una necesidad cristiana” y se incorporó al Ejército de Liberación Nacional, donde murió en combate en 1966. Inspirados en él, sacerdotes como Domingo Laín y Manuel Pérez Martínez asumieron compromisos radicales. En Nicaragua, Gaspar García Laviana cayó combatiendo a la dictadura somocista. En El Salvador, el sacerdote Ernesto Barrera Moto también murió en el contexto de la lucha insurgente.

Se podrá analizar y debatir acerca de los métodos, sin embargo, no puede negarse la coherencia entre fe y compromiso con los oprimidos que marcó a estas figuras. Fueron hombres de Iglesia que optaron por caminar con el pueblo y no sobre él.

El poeta uruguayo Mario Benedetti lo expresó con fuerza en su poema “Padre Nuestro Latinoamericano”, donde interpela a un Dios que no puede ser cómplice de la miseria ni de los misiles. “Yo creo en vos, Cristo obrero…”, escribió, devolviendo al Evangelio su dimensión popular.

Hoy, cuando el individualismo extremo y la lógica del mercado erosionan valores, principios, conciencia, moral, estilo de vida, etc., la pregunta de Alí Primera sigue vigente. ¿Cristo al servicio de quién? ¿De los explotadores y opresores, de las potencias capitalistas e imperialistas y sus intereses geopolíticos? ¿O de los pueblos explotados y oprimidos que luchan por dignidad?

La crisis actual no es solo económica o política, también es una crisis de conciencia y moral. Se pierde la sensibilidad ante el dolor ajeno, se normaliza la desigualdad, se trivializa la violencia, se asume posturas indiferentes y de no importismo. Frente a ello, la tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que la fe auténtica no puede ser indiferente. Que el Evangelio no es un ornamento del poder, sino una interpelación permanente a la injusticia.

Quizá el mayor legado de aquellos sacerdotes comprometidos no sea su militancia concreta, sino su coherencia ética. Entendieron que no hay neutralidad posible ante la explotación, opresión y dominación contra naciones y pueblos como Cuba, Venezuela, Palestina, Líbano, Yemen, Irán, etc. Que callar también es tomar partido. Y que, si Cristo caminó entre pobres, sometidos y marginados, difícilmente podría estar del lado de quienes los someten, oprimen y explotan.

En tiempos de deshumanización, recuperar la empatía y la solidaridad no es solo un acto de conciencia y moral, sino que es un acto profundamente político. Porque, al final, la pregunta no es solo teológica. Es histórica y urgente: ¿de qué lado estamos?

LAS ELECCIONES DEL 2026 EN PERU

Richard Gonzales

Dicen que la “democracia” es un sistema político donde la soberanía reside en el pueblo. Siendo así, el poder político supremo del pueblo, en estos más de 30 años, ha venido exigiendo cambios fundamentales, con mucha mayor razón en la última década, en la que la demanda por una nueva Constitución se vuelve indispensable para pensar, mínimamente, en cambios sustantivos, particularmente en lo que respecta al capítulo económico, que es fundamental para que realmente se pueda hablar de una “democratización de la sociedad”.

Redefinir y replantear el capítulo económico en la Constitución neoliberal vigente es clave, porque de ese cambio —pensando en los intereses de la nación, de los diferentes actores de la sociedad, de las inmensas masas que suman millones, así como de la propia industria nacional y de su necesidad de democratización— depende la orientación estratégica del país. Es decir, se trata de redefinir la disyuntiva central: o se prosigue con una visión de dependencia de las corporaciones mundiales, con beneficios para un puñado de grupos de poder nativo que se desenvuelven dentro de la organización mundial del trabajo y la producción, donde los centros de poder global determinan, mediante tratados comerciales y convenciones, un diseño en el que la inmensa mayoría de los países del tercer mundo quedan relegados al rol de simples proveedores de materias primas y mano de obra barata, mientras las grandes urbes imperialistas concentran las industrias y tecnologías más desarrolladas, que luego proveen a las naciones sometidas; o se asumen, con coherencia, los principios de soberanía, independencia y autodeterminación.

En el diseño actual, los acuerdos y tratados firmados por las clases dominantes de cada país han hecho que naciones enteras no puedan industrializarse. Este mismo sometimiento y dependencia, revertirlos implica ejercer una verdadera soberanía nacional, independencia y autodeterminación. Implica romper con aquellos tratados que impiden que una nación se industrialice, para que exista trabajo pleno, con derechos y salarios dignos.

Esto supone, a partir de allí, un rediseño integral del Estado, de la democracia y del gobierno. Implica la rebelión de las masas, la resistencia y la lucha democrática, aun cuando esta vía sea transitoria, reformista y se desenvuelva dentro de los términos capitalistas. Evidentemente, requiere organización y una voluntad popular férrea para ese proceso; una conciencia de masas capaz de luchar y defenderse; y la construcción de la unidad nacional. Porque ello implica la confrontación contra los intereses del imperialismo dominante y contra los satélites globalistas internos. Por tanto, ser antiimperialista es ineludible, sin lo cual no se puede pensar en un cambio serio y trascendente.

Todo ese proyecto soberano requerirá, además, un cambio en la dinámica educativa general, en el espíritu nacional, así como mecanismos y décadas de trabajo y sacrificios para ser concretado.

De los 43 partidos políticos en carrera para las elecciones del 2026, ¿cuántos y cuáles representan esos intereses? ¡Ninguno! Los partidos —entre comillas— que tienen la intención de defender o representar al pueblo, si los hay, no cuentan con arraigo popular, cuadros, proyectos, planes, mecanismos ni poder político real. Por tanto, solo serán avasallados y puestos en línea por la ultraderecha y las corporaciones saqueadoras, o simplemente serán víctimas de golpes de Estado bajo diferentes formas y mecanismos. Lo real es que la ultraderecha ha concentrado el poder, incluso, si fuera necesario, para consumar fraudes de manera descarada, como ocurrió hace poco en Ecuador.

Entonces, en estas elecciones que se vienen, ¿existen condiciones para un voto verdaderamente democrático? No las hay. Simplemente se trata de una farsa. ¿Podría cambiarse este estado de cosas? ¡Sí! Pero en la actualidad no aceptan ni siquiera una economía social de mercado. Véase el gobierno de Castillo: la ultraderecha reaccionaria, desde hace tiempo, pateó el tablero; las reglas que ellos mismos establecieron no las respetan ni les interesa respetarlas.

En el mundo hemos entrado en una fase del sistema mundial mucho más autoritaria. Las sociedades se han fascistizado; la soberanía popular ha sido barrida. ¿Podría recuperarse? ¡Por supuesto que sí! Depende de una correlación de fuerzas compactas y bien organizadas. Pero, en la actualidad, solo existe la soberanía de las corporaciones, sustentada en la violencia más franca y descarada. En esas condiciones, ¿tiene sentido que las masas vayan a votar? ¡De ninguna manera! Sería solo para avalar y legitimar la farsa, a no ser que exista una fuerza popular bien organizada en todos los planos y frentes.

La ultraderecha cuenta con fuerzas organizadas como las Fuerzas Armadas, el poder empresarial y económico, fuerzas ideológicas articuladas en un solo frente (medios informativos, académicos, escuelas, etc.), una tradición cultural mercantilista de siglos y los poderes del Estado a su servicio.

¿Qué corresponde entonces? Lo ideal sería dejar vacías las urnas de forma masiva, no acudir a esa farsa ni como votantes ni como personeros. Sería lo ideal, pero sabemos que no va a ocurrir, porque ello requiere como condición una acción compacta de millones de pobres dirigida por su propia organización. En la medida de lo posible, corresponde viciar el voto, no votar en blanco.

Dicha acción podría presionar y poner sobre la mesa la discusión de una nueva Constitución, así como el respeto de los actores históricos de poder real. Para ello se requiere preparar a los propios representantes, constituyentes y líderes, capaces de elaborar un contraproyecto y un nuevo programa de todas las clases del pueblo, con agenda y contenido claros.

La opinión masiva y popular está harta de todo este estado de cosas. Así lo reflejan incluso las encuestas de los sectores reaccionarios. Tal como va la trayectoria del Perú en todos los ámbitos, ¿podría canalizarse este malestar hacia una acción conjunta como la que se plantea? Por supuesto que sí. Requiere el uso intensivo de redes, una campaña sostenida, la activación decidida de los diferentes colectivos, cabildos, así como voluntad y decisión. Mucho depende de la madurez y determinación del pueblo, así como de sus líderes de base popular, con capacidad de dirigir hacia otro estado de cosas.

Esto requiere también un cuestionamiento sustentado de la juridicidad, es decir, un cuestionamiento del fundamento mismo del estado de cosas, impulsado por especialistas mediante múltiples acciones legales. No solo en el campo jurídico, sino también en la economía, la filosofía y otros ámbitos. Existen muchos hijos del pueblo, bien formados y organizados, que podrían aportar de manera decisiva en este frente.

24/04/2025

Educación, ciencia y tecnología en el ocaso del capitalismo

Por Alex A. Chamán Portugal

Introducción

La educación en la sociedad capitalista no puede comprenderse como una teoría y práctica neutral, ni como un simple mecanismo de transmisión de conocimientos, ya que constituye un espacio central de reproducción ideológica con sus respectivas manifestaciones de conciencia social existente. Su estructuración y restructuración histórica responde a las necesidades del modo de producción capitalista, particularmente a la formación de una fuerza de trabajo funcional a la acumulación de capital y a la legitimación de las relaciones sociales de explotación en aras de coadyuvar a la dominación de una clase social sobre las otras.

En la fase actual imperialista de decadencia estructural del capitalismo, esta función se ha profundizado y radicalizado, por lo que la educación ha sido progresivamente despojada de su dimensión científica y humanizadora para convertirse en un instrumento de adiestramiento técnico, servicio mercantilizado y disciplinamiento cognitivo-social. La crisis de la educación liberal burguesa no es, por consiguiente, un fenómeno aislado ni accidental, sino una manifestación directa de la severa crisis económica, social, política e ideológica del capitalismo.

La función de la educación en la sociedad capitalista

Siguiendo a los maestros Marx y Engels, las ideas dominantes de cada época son las ideas de la clase dominante, y la educación actúa como uno de los principales mecanismos para su difusión y naturalización. Althusser, por su parte, caracterizó a la escuela como el aparato ideológico del Estado por excelencia, encargado de “educar y formar” a los individuos como sujetos obedientes al orden social existente.

En el capitalismo y su expresión neoliberal, la educación se orienta crecientemente a la formación y producción de “capital humano” acorde a los requerimientos de la lógica de la maquinaria burguesa. Así, los sistemas educativos priorizan competencias instrumentales, habilidades técnicas fragmentadas y saberes inmediatamente rentables, subordinando la formación filosófica, conciencial, ética y crítica a las exigencias depredadoras del mercado laboral, por lo que el estudiante deja de ser concebido como un sujeto histórico integral y pasa a ser convertido en un recurso productivo que debe ser optimizado y explotado.

Esta lógica mercantilista provoca una degradación de la conciencia social y de la moral colectiva, expresada en valores, principios y estilos de vida que deben guiar al ser humano. El individualismo competitivo, la meritocracia devaluada y la responsabilidad individual del éxito o fracaso reemplazan a la solidaridad, la cooperación, la honestidad y la comprensión estructural de la explotación y opresión como fuentes de las desigualdades. La educación liberal, lejos de cuestionar estas relaciones, contribuye a legitimarlas y reproducirlas.

Límites estructurales y negación de la formación integral

Una incapacidad esencial de la educación capitalista es su inoperancia para encaminar una formación integral del ser humano. Así, la fragmentación e instrumentalización conservadora del conocimiento, la especialización extrema y la desvinculación entre teoría y praxis impiden el desarrollo holístico de las capacidades humanas, tal como lo sostenía Marx en su crítica a la cosificación y automatización de la división social del trabajo.

Paulo Freire denunció la lógica anterior mediante el concepto de educación bancaria, en la que el educando es reducido a un receptor pasivo de contenidos, anulando su capacidad crítica, creativa y transformadora. En el capitalismo, esta pedagogía se ha modernizado, pero no superado, ya que se expresa hoy en currículos reaccionarizados, estandarizados, evaluaciones por competencias y una obsesión por la certificación de méritos y el rendimiento pragmático.

El resultado, en el mayor de los casos, es una formación tecnocrática sin conciencia de clase ni histórica, profesionales funcionales, pero ideológica y políticamente desarmados, y una progresiva pérdida del pensamiento dialéctico, reflexivo, creativo y propositivo. Esta carencia no es una falla casual del sistema, sino una condición vital y necesaria para su reproducción.

La crisis educativa como reflejo de la crisis del capitalismo

La crisis de la educación liberal es inseparable de la crisis estructural del modo de producción capitalista. La mercantilización del conocimiento y los títulos, la precarización del trabajo docente, las condiciones paupérrimas de la mayor parte de los estudiantes, la desigualdad en el acceso a una educación de calidad y el endeudamiento educativo son expresiones reales de esta crisis.

En contextos de crisis económica que caracteriza a la sociedad burguesa mundial, la educación deja de ser concebida como un derecho social y es convertida en un bien de consumo sujeto a la lógica rapaz del mercado. Así, la promesa de movilidad o ascenso social mediante la educación se desvanece, produciendo indignación, frustración, alienación y deslegitimación del sistema educativo vigente, ya que, lejos de corregir estas desigualdades, la educación capitalista las naturaliza o normaliza, responsabilizando al individuo por su exclusión y no al sistema.

Educación, ciencia y tecnología en la IV Revolución Industrial

La llamada IV Revolución Industrial, caracterizada por la expansión de la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales, el internet de las cosas, etc., ha repercutido enormemente en la educación burguesa. En el marco del decadente capitalismo, estas transformaciones no responden a fines emancipadores, sino a nuevas formas de acumulación del capital, manipulación y control social y subordinación del conocimiento al capital avaricioso.

La expansión de la educación virtual e híbrida -especialmente desde la pandemia del COVID 19-, presentada como innovación tecnológica y democratización social, suele encubrir procesos de precarización docente, deshumanización del vínculo pedagógico, dependencia tecnológica de grandes corporaciones transnacionales e insultante brecha digital. Asimismo, el aprendizaje se reduce a contenidos unilaterales, fragmentados, expeditivos y estandarizados, debilitando el ya deteriorado hábito de lectura comprensiva y la reflexión profunda.

Plataformas digitales, inteligencia artificial y crisis de la honestidad intelectual

El uso masivo y creciente de plataformas digitales, redes sociales e inteligencia artificial ha intensificado la manipulación ideológica y cognitiva, repercutiendo directamente en las dimensiones educativa e informativa. La instrumentalización de los algoritmos prioriza contenidos funcionales al sistema y a la lógica del mercado; de este modo, se moldean hábitos de atención dispersa, consumo superficial de la información y pensamiento inmediato que agravan la calidad de la ya alicaída educación burguesa.

En este escenario de descomposición de los valores liberales, se profundiza el abandono del hábito de lectura reflexiva e investigación rigurosa, mientras aumentan considerablemente las prácticas de plagio, la simulación académica y la dependencia acrítica de las herramientas digitales. La honestidad intelectual se erosiona de forma acelerada, no solo por razones morales individuales, sino por un sistema educativo y laboral que privilegia el resultado, la certificación y la productividad por encima del proceso formativo en conciencia y valores, así como en la transformación humana. Esta superficialidad cognitiva resulta funcional a un capitalismo en ruinas que no requiere sujetos críticos y creativos, sino usuarios eficientes del manejo de tecnologías que no cuestionen su instrumentalización ideológica-política ni su finalidad social.

Manipulación ideológica, crisis de la conciencia y empobrecimiento del pensamiento

La educación capitalista digitalizada enfrenta una profunda crisis de la conciencia y valores. La manipulación ideológica adopta formas cada vez más sofisticadas, colonizando la subjetividad y valoraciones mediante discursos tecnocráticos que suelen presentar la tecnología como imparcial e inevitable, cuando no puede serlo en una sociedad escindida en clases sociales con marcados intereses contrapuestos.

La progresiva pérdida del hábito de lectura comprensiva, el debilitamiento y anulación del pensamiento crítico y la desvalorización del conocimiento científico están directamente vinculados a esta ofensiva ideológica burguesa. La educación es orientada a competencias inmediatas y obsolescentes, mientras se abandona -premeditada y alevosamente- la formación histórica, filosófica, económica, ideológica, política y social.

La insalvable crisis económica y social global, el desempleo estructural y su precarización, la pobreza y extrema pobreza, la manipulación y domesticación social, la reducción de oportunidades para las mayorías populares profundizan esta situación, convirtiendo a la educación liberal en una fábrica de expectativas frustradas y profesionales-técnicos precarizados.

Hacia una educación crítica y emancipadora

Frente a este panorama de crisis, se impone la necesidad de una transformación radical de la educación que implica, necesariamente, una transformación estructural de la sociedad burguesa. Así, la educación podrá recuperar su vínculo con la praxis social, articulando teoría y práctica en aras de la transformación de la realidad que sirva a la construcción de un modo de producción superior y con aquello a forjar hombres de nuevo tipo.

En este camino, la ciencia y la tecnología no deben ser rechazadas ni fetichizadas, sino reapropiadas de forma crítica y creativa. Herramientas como la robótica, la inteligencia artificial y las plataformas digitales poseen un potencial emancipador, siempre que se subordinen a proyectos educativos comprometidos con el progreso colectivo, así como, caracterizados por la honestidad intelectual y la justicia social.

Lograrlo implica fortalecer el pensamiento crítico y propositivo, la ética del conocimiento y la lectura profunda, fomentando siempre la construcción colectiva del saber. En última instancia, se trata de defender una educación científica, pública, popular, democrática y humanizadora frente a las amenazas de la mercantilización, la precarización y el retroceso reaccionario.

Conclusión

La educación en el capitalismo atraviesa una crisis orgánica que refleja la decadencia del sistema que la sustenta. La IV Revolución Industrial, sometida a la lógica del capital, amenaza con profundizar la manipulación, la alienación, la superficialidad y la deshumanización.

Sin embargo, esta crisis también abre la posibilidad histórica de que los pueblos disputen el sentido de la educación. Es posible pensar y trabajar en conquistar ciertos espacios de una educación orientada a la formación integral, la conciencia de clase y la transformación radical de la sociedad. La educación dejará de ser una mercancía solo cuando el ser humano deje de serlo. Y aquello será en otra sociedad diferente de la actual.

Referencias

Althusser, L. (2003). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Siglo XXI.

Bonilla-Molina, L. (2020). Escuela, universidad y educación en la cuarta revolución industrial. https://luisbonillamolina.com/2020/09/13/escuela-universidad-y-educacion-en-la-cuarta-revolucion-industrial

Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (2018). La reproducción: Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Siglo XXI.

Cabaluz Ducasse, J. F. (Ed.). (2023). Karl Marx y el campo pedagógico. OAPEN Library.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2014). La sociedad del cansancio. Herder.

Kaplún, M. (2002). Una pedagogía de la comunicación. Caminos.

Marx, K. (2008). Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI.

Marx, K., & Engels, F. (2009). La ideología alemana. Grijalbo.

Mészáros, I. (2008). La educación más allá del capital. Siglo XXI / CLACSO.

Mészáros, I. (2010). La crisis estructural del capital. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.

Sierra Caballero, F. (2024). La manipulación mediática en la era digital: nuevos retos para la izquierda. Nuestra Bandera.

Vega Cantor, R. (2015). La universidad de la ignorancia: Capitalismo académico y mercantilización de la educación superior. Ocean Sur.

UNIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD EN EL CAPITALISMO E IMPERIALISMO

Por Alex A. Chamán Portugal

Latinoamérica, enero 29 de 2026

Introducción

El debate actual referente a la estructura del orden internacional capitalista en su fase imperialista -unipolar, bipolar o multipolar- no es un simple ejercicio descriptivo de relaciones entre Estados, sino una disputa ideológica, filosófica y política sobre la naturaleza del poder global en la compleja etapa actual del capitalismo. Estas categorías y conceptos no pueden entenderse al margen de las leyes del desarrollo social, de la lucha de clases, del imperialismo como fase superior del capitalismo y de las contradicciones estructurales que atraviesan el orden mundial burgués en crisis.

Tras la restauración capitalista en la URSS y su posterior colapso en 1991, se impuso en el pensamiento dominante la tesis de la unipolaridad estadounidense, presentada como un orden necesario, natural y duradero. Sin embargo, tres décadas después, la realidad histórica muestra que dicho globalismo hegemónico no solo fue transitorio, sino que generó las condiciones de su propia crisis. El ascenso de China como potencia económica, tecnológica y estratégica ha reconfigurado la correlación de fuerzas global, dando lugar a una nueva forma de bipolaridad estructural, distinta a la de la Guerra Fría, pero igualmente decisiva en la actualidad, aunque en el escenario capitalista.

Este ensayo sostiene que el orden internacional vigente no es unipolar ni genuinamente multipolar. Predomina una bipolaridad entre el imperialismo estadounidense y China capitalista. Ambas potencias buscan preservar el orden mundial existente y no representan los intereses históricos de los pueblos del mundo ni de la humanidad entera. Esta bipolaridad se inscribe en el poder económico, político y militar, así como en las transformaciones productivas y tecnológicas propias de la IV Revolución Industrial en la era del imperialismo y su muerte inexorable.

1. La agonía del globalismo unipolar estadounidense

La unipolaridad describe una estructura internacional en la que una sola potencia concentra de manera abrumadora el poder económico, financiero, político, militar, tecnológico, jurídico e ideológico, imponiendo arbitrariamente reglas al resto del mundo. Históricamente, esta configuración se consolidó tras el fin de la Guerra Fría, cuando el revisionismo destruyó el socialismo en construcción restaurando el capitalismo en la Unión Soviética y Estados Unidos emergió sin rival estratégico de escala comparable.

Esta unipolaridad no representó estabilidad, sino hegemonía coercitiva del capital financiero transnacional articulado al Estado estadounidense. Harvey (2003) explica que este período estuvo marcado por “acumulación por desposesión”: guerras, privatizaciones, saqueo de recursos y disciplinamiento geopolítico de países dependientes.

Unipolaridad y sobreextensión imperial

La hegemonía del genocida imperialismo estadounidense se apoyó en:

• supremacía política y militar global

• control del sistema financiero internacional

• dominio cultural y manipulación informativa

• manejo vertical de las instituciones multilaterales
• promoción de decadentes valores liberales presentados como universales

Esta orientación no solo responde a intereses económicos, sino a una estrategia de preservación de su terrorífica primacía histórica. La atroz política exterior estadounidense ha buscado evitar el surgimiento de competidores estratégicos capaces de disputar su posición dominante.

Como advierte Amin (2006), esta hegemonía era inherentemente inestable porque profundizaba el desarrollo desigual del capitalismo y generaba resistencias. Las guerras prolongadas, las crisis financieras y el desgaste del depredador neoliberalismo marcaron el inicio del declive relativo del orden unipolar.

2. La bipolaridad histórica y su resignificación actual

La bipolaridad clásica de la Guerra Fría del siglo XX se estructuró en torno a dos polos antagónicos: Estados Unidos (campo capitalista) y la Unión Soviética (campo socialista). Se trató de una confrontación entre sistemas socioeconómicos sumamente opuesos, pero también de un equilibrio que limitó la guerra directa entre grandes potencias. Waltz (1979) señalaba que la bipolaridad reducía errores de cálculo estratégicos.

La bipolaridad como categoría dialéctica

La bipolaridad no es solo distribución de poder, sino unidad de contrarios. Mao Tse-tung (1937/1974) planteó que toda etapa histórica se organiza alrededor de una contradicción principal. Cuando esta se intensifica, el orden existente entra en transformación.

En el actual contexto, la bipolaridad ya no enfrenta capitalismo y socialismo, sino pugnas entre grandes potencias capitalistas que compiten por la hegemonía sin cuestionar el modo de producción dominante que destruye, a decir de Marx, la naturaleza y las fuerzas productivas.

La bipolaridad como expresión de la contradicción entre capitales dominantes

La bipolaridad expresa la lucha entre grandes capitales monopolistas por la hegemonía mundial. Lenin explicó que el imperialismo implica:

• concentración del capital
• dominio del capital financiero
• reparto del mundo entre potencias

Actualmente esta lógica se refleja en una bipolaridad económica:

• Estados Unidos se constituye en el centro del capital financiero, del dólar y de Wall Street.

• China es eje del desarrollo de la tecnología, de la producción material y de las cadenas industriales.

La IV Revolución Industrial profundiza esta contradicción:

• Estados Unidos busca sostener su hegemonía mediante patentes, guerras, sanciones y control financiero.
• China avanza en manufactura avanzada, l iv Revolución Industrial (IA, 5G) y logística global.

3. La multipolaridad y sus límites reales

La multipolaridad alude a varios centros de poder relativamente equilibrados. Aunque China y Rusia la promueven discursivamente, ello no elimina el imperialismo como fase superior y terminal del capitalismo insepulto. Amin (2018) sostiene que solo abre márgenes tácticos, pero no garantiza emancipación.

En la práctica, solo Estados Unidos y China poseen capacidades globales integrales. Rusia tiene peso militar, pero limitado alcance económico, en tanto, la Unión Europea carece de unidad estratégica, y otras potencias son principalmente regionales.

Por consiguiente, hablar de multipolaridad plena resulta analíticamente impreciso, puesto que el escenario muestra más bien una transición hacia una bipolaridad dominante.

En este contexto, puede aseverarse que la dependencia y atraso económico no se presenta como ayuda desinteresada, sino como mecanismos que atan a las naciones oprimidas principalmente a relaciones de subordinación-dominación que facilitan el saqueo de sus recursos y limitan su desarrollo autónomo. La autosuficiencia nacional se convierte en una necesidad para romper esas cadenas de dependencia, empero, las potencias capitalistas y naciones imperialistas se esfuerzan por impedirla.

4. Bipolaridad contemporánea: economía política y poder mundial

La actual bipolaridad entre Estados Unidos y China no se presenta como un enfrentamiento ideológico y político abierto, sino como una disputa estructural entre dos grandes formas de organización del capitalismo. Esta rivalidad expresa el desarrollo desigual del capitalismo mundial, ley ya señalada por Lenin, según la cual el ascenso de nuevas potencias genera tensiones inevitables con aquellas que ejercen la hegemonía previa.

China no emerge como potencia por casualidad, sino como resultado de una estrategia estatal de largo plazo basada en planificación, control de sectores estratégicos y articulación selectiva con el mercado mundial. Estados Unidos, en cambio, representa la fase más financiarizada del capitalismo, en que el poder económico descansa en el capital especulativo y en la capacidad de proyectar fuerza militar y presión política a escala global mediante sus políticas cruentas.

La bipolaridad actual no elimina la competencia entre otras potencias, sin embargo, logra organizar la dinámica central del poder mundial en torno a dos polos capitalistas dominantes.

La bipolaridad y la crisis de legitimidad del orden social

La bipolaridad surge también porque el orden neoliberal unipolar, como expresión del capitalismo, perdió legitimidad histórica.

En Estados Unidos se observa:

• desindustrialización sostenida
• precarización del empleo y mayor empobrecimiento
• fuerte polarización social con políticas fascistas
• debilitamiento del llamado “sueño americano”

En China, en contraste, se evidencia:

• consolidación de un capitalismo de Estado disciplinado
• alto control social sobre el pueblo
• legitimidad apoyada en crecimiento económico, estabilidad y nacionalismo

Así, se configura dos modelos sociales capitalistas contrapuestos:

• uno basado en la decadencia, individualismo extremo y financiarización;
• otro en planificación estratégica, control social y cohesión nacional relativa.

La bipolaridad se mantiene porque la mayor parte de las naciones, así como, millones de personas en el mundo comparan, evalúan y se alinean -consciente o inconscientemente- con uno u otro polo.

5. IV Revolución Industrial y disputa tecnológica

La IV Revolución Industrial constituye hoy uno de los principales escenarios de confrontación. No se trata solo de innovación científico técnica, sino del control de los nuevos medios de producción, vigilancia y dominación digital.

La inteligencia artificial, el big data, la automatización y la biotecnología transforman las relaciones entre capital y trabajo, generando nuevas formas de explotación y control social.

China ha logrado avances importantes en 5G, comercio electrónico, plataformas digitales e inteligencia artificial aplicada. La respuesta estadounidense que consiste en restricciones tecnológicas, bloqueos de chips y sanciones a empresas chinas revela el carácter bipolar de la disputa.

La creciente competencia tecnológica muestra que el poder mundial ya no depende únicamente de armas o finanzas, sino del dominio del conocimiento y la innovación productiva.

6. Guerra cognitiva y disputa por la conciencia social

La confrontación entre potencias capitalistas e imperialistas también se libra en el terreno de las ideas. La guerra cognitiva o ideológica apunta a influir en percepciones, valores y sentidos comunes.

Los grandes medios masivos de información y plataformas digitales funcionan como instrumentos de legitimación del poder burgués. Ramonet (2002) advertía que la concentración mediática permite moldear la opinión pública y construir enemigos funcionales a determinados intereses. Así, se manipula, doméstica y controla a poblaciones enteras para convertirlas en rebaños reproductores del cruel sistema capitalista.

La lucha ideológica es inseparable de la lucha política; por ello, resulta vital asumir como una necesidad imperiosa la forja de la conciencia de clase mediante el impulso sostenido del trabajo ideológico en las masas populares.

7. Crisis del derecho internacional burgués y retorno del darwinismo social

El derecho internacional no es neutral en una sociedad escindida en clases sociales contrapuestas, así, refleja los intereses de cada clase social y las correlaciones de fuerza.

La bipolaridad se intensifica porque:

• Estados Unido aplica siniestras sanciones, abyectos bloqueos y acciones militares terroristas al margen de normas internacionales.

• China defiende la legalidad internacional burguesa cuando coincide con sus intereses estratégicos.

El resultado observable es:

• precarización y desprestigio del derecho internacional liberal,
• reemplazo por reglas basadas en poder real imperialista,
• uso selectivo de injustas sanciones y tribunales cipayos.

Desde una mirada jurídica crítica, la bipolaridad expresa la crisis del orden legal burgués global.

El sistema capitalista y su etapa imperialista se sostiene en gran medida de la explotación de los países dependientes. Su fortaleza aparente oculta fragilidades profundas, puesto que necesita saquear recursos ajenos para mantenerse. Romper esa relación de subordinación no es solo una decisión política, sino una condición para que los pueblos construyan economías soberanas y desarrollen ciencia y tecnología propias.

La evidencia económica, social, política, tecnológica e ideológica muestra que la bipolaridad Estados Unidos – China organiza hoy la estructura principal del poder capitalista mundial. No se trata de una guerra fría tradicional, sino de una competencia prolongada que abarca reparto del mundo, apropiación de mercados, saqueos de recursos naturales estratégicos, producción, finanzas, tecnología, comunicación y legitimidad social.

Otros actores participan, pero no alteran la contradicción principal.

8. Implicancias históricas de la bipolaridad para los pueblos

La configuración bipolar actual no debe interpretarse como una alternativa favorable para la humanidad, las naciones oprimidas y los pueblos. La disputa entre Estados Unidos y China no representa un enfrentamiento entre proyectos emancipadores, sino entre grandes potencias que buscan preservar mezquinas posiciones de poder dentro del capitalismo mundial.

Ambos polos participan, con estilos distintos, en dinámicas de acumulación capitalista, competencia por apoderarse de recursos estratégicos y expansión de influencia económica, política y tecnológica. Así, la bipolaridad actual no implica el fin del imperialismo, sino su reconfiguración en el marco de la III Guerra Mundial en ciernes.

Para los países dependientes y atrasados, esta situación abre márgenes de maniobra, pero también riesgos de nuevas formas de dominación y sometimiento. La historia muestra que las potencias buscan aliados no por solidaridad, sino por interés.

9. La ilusión de la multipolaridad armoniosa

En ciertos discursos se presenta la multipolaridad como un escenario más democrático, pluralista y equilibrado. Sin embargo, la experiencia histórica enseña que la coexistencia de varias potencias no elimina la competencia por mercados, recursos y zonas de influencia.

La multipolaridad puede reducir la hegemonía absoluta de una sola potencia, sin embargo, no suprime la lógica expoliadora del capital ni la desigualdad internacional. Pensar que varios polos garantizan justicia global equivale a confundir redistribución del poder entre explotadores y opresores con la emancipación de los pueblos.

Consiguientemente, la multipolaridad debe analizarse con cautela, evitando subjetivismos.

10. Transformaciones del poder en el siglo XXI

El poder mundial actual en el viejo orden capitalista combina:

• control económico y financiero
• dominio científico y tecnológico
• influencia y manipulación mediática
• capacidad militar y políticas genocidas
• manejo de datos y maniobra de plataformas digitales

La IV Revolución Industrial se caracteriza porque ha convertido el conocimiento y la información en recursos estratégicos. La disputa por semiconductores, inteligencia artificial y redes digitales deja en evidencia que el poder ya no se define solo por territorios, sino por infraestructura tecnológica.

En este contexto, la soberanía educativa, científica y tecnológica adquiere importancia decisiva para cualquier proyecto integral y estratégico de desarrollo nacional.

11. Perspectiva crítica y tarea de los pueblos

Comprender la bipolaridad no implica tomar partido automático por una u otra potencia imperialista, sino analizar con claridad las contradicciones que encierra el capitalismo global.

Ante el avasallamiento de imperialista, los pueblos del mundo enfrentan el desafío de fortalecer soberanía económica, capacidad productiva propia y autonomía política. La dependencia prolongada limita e impide cualquier proyecto de desarrollo real.

La historia de la humanidad demuestra que las grandes transformaciones no provienen de disputas entre potencias, sino de genuinos procesos sociales internos, férrea organización popular y construcción de proyectos emancipatorios conducentes a una sociedad superior.

Conclusión general

El caduco orden internacional contemporáneo atraviesa una transición marcada por el declive relativo de la unipolaridad estadounidense y la emergencia de una bipolaridad entre Estados Unidos y China. Esta bipolaridad no replica la Guerra Fría, pero estructura la competencia central del poder mundial.

La multipolaridad, aunque presente como tendencia, aún no configura un equilibrio global estable. La realidad muestra que solamente dos polos poseen hoy capacidad integral de influencia planetaria.

Comprender esta situación permite analizar con mayor realismo las dinámicas internacionales, evitando lecturas simplistas o expectativas idealizadas.

El escenario global seguirá siendo inestable mientras persistan las contradicciones propias del capitalismo mundial y su fase imperialista. En ese marco, la tarea de los pueblos consiste en fortalecer soberanía, pensamiento crítico y capacidad de decisión propia.

Los pueblos no necesitan del rapaz imperialismo; es el imperialismo el que necesita de la sangre de los pueblos para sobrevivir. La supuesta ‘ayuda’ o ‘inversión’ no es más que una cadena de hierro para succionar las riquezas de las naciones oprimidas y mantenerlas en el atraso.

Referencias bibliográficas

Amin, S. (2006). Más allá del capitalismo senil: Por un siglo XXI no estadounidense. Barcelona: El Viejo Topo.

Amin, S. (2018). El imperialismo contemporáneo. Barcelona: El Viejo Topo.

Arrighi, G. (2007). Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Madrid: Akal.

Harvey, D. (2003). El nuevo imperialismo. Madrid: Akal.

Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Guzmán Reynoso, A. (1988/2006). Entrevista del siglo (concedida a El Diario). Lima: Ediciones Bandera Roja.

Lenin, V. I. (2009). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Madrid: Fundación Federico Engels. (Obra original publicada en 1916).

Mao Tse-tung. (1974). Sobre la contradicción. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.
(Trabajo original de 1937).

Ramonet, I. (2002). La tiranía de la comunicación. Madrid: Debate.

Schwab, K. (2016). La cuarta revolución industrial. Barcelona: Debate.

Waltz, K. N. (1988). Teoría de la política internacional. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

UN MUNDO DE MULTIPOLARIDAD INCOMPLETA Y CONFLICTIVA

Richard Gonzales

Hay personas que, desde una lógica dogmática, aún sostienen que “vivimos en un mundo bipolar”. Sin embargo, esta afirmación se realiza sin rigor, estudio ni investigación, aferrándose a análisis propios de contextos históricos determinados, cuyas definiciones fueron correctas en su momento, pero no necesariamente en la actualidad.

El marxista, ajustado a principios en la práctica, debería observar los sucesos y fenómenos materiales como procesos en constante evolución, cambio y transformación. La lucha de clases, como expresión de las contradicciones en el plano social, forma parte de ese proceso dinámico de la realidad, hoy más aún de manera acelerada, dados los hechos actuales: las contiendas interimperialistas, las luchas de los pueblos y naciones contra el gendarme del mundo, los nuevos procesos como la IV Revolución Industrial, la emergencia de nuevas fuerzas o la recuperación de potencias y superpotencias que hoy disputan el poder global.

La denominada “multipolaridad conflictiva” es un proceso que tiene como punto nodal el año 2014, aunque venía gestándose de manera progresiva. No obstante, se asume con mayor claridad a partir del inicio del conflicto Ucrania-Crimea, es decir, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, hecho que marca de manera nítida el inicio de esta multipolaridad conflictiva.

¿Qué implica esto? Implica el rompimiento abierto del orden posguerra fría y el desafío sin ambigüedades a la hegemonía occidental.

A partir de este hecho trascendente, Rusia rompe con el orden liberal y, por tanto, Estados Unidos asume que ya no puede disciplinar unilateralmente a otras potencias o superpotencias. ¿Por qué ocurre esto? Porque Rusia, con Putin a la cabeza y con estrategas plenamente conscientes de las pretensiones del gendarme del mundo, identifica claramente el hegemonismo estadounidense, que incluso llegó a pretender la balcanización de esta superpotencia militar para luego avanzar contra China.

China, por su parte, también tiene claridad sobre cómo marcha el mundo en términos civilizatorios. Marca su propio ritmo y estrategia, impulsada por su crecimiento y despegue como nuevo actor central en el tablero geoestratégico. Esto le permite acelerar su estrategia de largo plazo, orientada a la expansión y disputa de zonas de dominio, ya sea por mercados, energía o materias primas críticas y estratégicas. Un ejemplo claro de ello es la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Debemos considerar también a otros actores relevantes como India, Brasil, Turquía, Irán, Israel, Japón y la Unión Europea. Lo cierto es que, a partir de este escenario, se rompe el consenso internacional, lo que explica, entre otras cosas, las sanciones contra Rusia y el fin de la ilusión de la llamada “seguridad cooperativa”. Predomina el conflicto, caracterizado por el lenguaje bélico, la ley del más fuerte y una lógica darwinista. Es decir, la resolución de las contradicciones por medios bélicos: la política hablada a través de las armas para alcanzar objetivos políticos de diversa índole.

Entre 2017 y 2019 se ingresa a un conflicto abierto, aunque sin guerra directa. En ese período, Donald Trump declara explícitamente la competencia entre grandes potencias, entre las cuales se destacan:

  • La guerra comercial entre Estados Unidos y China.
  • La militarización del Indo-Pacífico.
  • El retorno de Rusia a Medio Oriente.

De este modo, la multipolaridad deja de ser solo un discurso y se convierte en una doctrina en curso. A ello se suma la aceleración estructural provocada por la pandemia, que contribuyó al quiebre de las cadenas globales, funcionó como un gran ensayo de control poblacional mediante el miedo y aceleró la implementación de los procesos vinculados a la IV Revolución Industrial. Asimismo, se intensifican los nacionalismos tecnológicos, marcando un proceso de soberanía estratégica en ámbitos como vacunas, chips y energía.

Así, el mundo deja de funcionar como un sistema único y se consolida de manera violenta el lenguaje de las armas y de las guerras de todo tipo. Entre ellas se pueden mencionar:

  • La guerra entre Rusia y Ucrania.
  • La reconfiguración de la OTAN.
  • La articulación estratégica entre Rusia y China como bloque.
  • El Sur Global, que comienza a ganar márgenes de maniobra con iniciativas múltiples.

¿Por qué hablar entonces de una multipolaridad incompleta y conflictiva?
Porque hoy es evidente que ningún Estado puede imponer reglas globales por sí solo, ni controlar simultáneamente la economía, las finanzas, la tecnología, la seguridad y la legitimidad.

¿Acaso estos hechos de la lucha de clases no constituyen un quiebre histórico? Los dogmáticos no entienden absolutamente nada: repiten contextualizaciones propias de un momento histórico determinado. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan en la investigación ni en el rigor científico; no se apegan al marxismo como ciencia viva frente a los cambios de la realidad. No lo asumen como arma de combate. Peor aún, ni siquiera logran ver estos cambios en términos empíricos, aunque se autoproclaman marxistas de pompa y ruido, apelando a jerarquías del pasado. De ahí que no ofrezcan soluciones a los grandes problemas actuales o, incluso, destruyan lo construido cuando debía impulsarse su desarrollo.

¿En qué se sustentan los polos reales? En los hechos existentes, que deben ser analizados con objetividad y sin prejuicios.

POLOS REALES EN LA ACTUALIDAD

  • Estados Unidos: sigue siendo la primera potencia, pero ya no es omnipotente.
  • China: polo económico-industrial y tecnológico en acelerado ascenso.
  • Rusia: polo militar-estratégico y energético.
  • Unión Europea: polo económico, pero sin plena soberanía estratégica.
  • India: polo demográfico-industrial emergente.
  • Sur Global organizado (BRICS ampliado): polo aún difuso, sin un poder financiero plenamente consolidado, pero en construcción y cada vez más coordinado como campo de fuerza con múltiples interconexiones internas.

Todos estos hechos, en el plano de la economía política, lo militar y otros ámbitos, tienen como consecuencia clara el fin de la hegemonía indiscutida de Estados Unidos. Esto no significa que haya perdido su poder dominante, pero sí que ya no puede ganar guerras largas (Irak, Afganistán, Ucrania), salvo a través de guerras proxy. Tampoco puede imponer sanciones sin costos sistémicos ni fijar unilateralmente las reglas del comercio y la tecnología. No obstante, aún mantiene un control significativo del sistema financiero (dólar, SWIFT) y proyecta poder global a través de su capacidad militar y tecnológica, condicionando alianzas clave.

Entonces, ¿Estados Unidos está a la ofensiva o a la defensiva estratégica? Evidentemente se encuentra en una hegemonía defensiva. Esto se expresa en:

  • La fragmentación económica.
  • La desdolarización parcial (energía, comercio bilateral).
  • La regionalización de las cadenas de valor.
  • Las sanciones que aceleran la formación de bloques alternativos.

¿Esto implica el colapso del dólar? No. Aún no. Se trata de una pérdida de monopolio, no de un colapso.

En este contexto defensivo, la guerra emerge como lenguaje político dominante que sustituye al consenso: la política por otros medios. Hoy, tanto por vías bélicas como no bélicas, se incrementan los riesgos de confrontación y de guerras abiertas, como se observa en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Cáucaso y otros conflictos regionales por el control de zonas y recursos estratégicos.

La crisis del llamado “orden liberal” es un hecho. Las reglas se aplican de manera selectiva: los derechos humanos y el derecho internacional se invocan solo cuando sirven a intereses propios; de lo contrario, se los pisotea. Esto fragmenta la legitimidad y genera narrativas propias en cada bloque.

Como consecuencia, surge la autonomía estratégica, visible en procesos como el rearme de Japón, las aspiraciones de Turquía, las redefiniciones de Arabia Saudita, Brasil y una Europa dejada a su propia suerte.

¿A dónde conduce esta nueva realidad y cuáles son los riesgos? La multipolaridad actual no conduce a la estabilidad estratégica, sino a una profunda inestabilidad que resulta extremadamente peligrosa para la humanidad. Se trata de transiciones históricas caracterizadas por guerras prolongadas, sin hegemonías claras ni reglas de convivencia aceptadas, agravadas por una carrera tecnológica aplicada al ámbito militar.

EN SÍNTESIS

La hegemonía liberal ya no es única ni organizadora del mundo. La multipolaridad es un hecho, mientras que un nuevo orden aún no existe. Cada bloque disputa poder con el riesgo permanente de guerra, lo que conduce a la fragmentación económica y al fortalecimiento de Estados cada vez más autoritarios, especialmente frente al temor de luchas populares masivas. De ahí la centralidad de la “seguridad interna”, orientada a contener la iniciativa popular y, particularmente, la acción proletaria organizada que disputa el poder político. Esta es la base de la fascistización de las sociedades y del derecho penal del enemigo.

En los procesos de declive imperial propios del capitalismo, pueden producirse colapsos regionales. Sin embargo, la historia demuestra que estas transiciones rara vez son pacíficas: suelen ser violentas. Así han caído imperios y han nacido y muerto civilizaciones.

El desafío está en cómo los pueblos, comprendiendo estos cambios históricos, se encaminen hacia su propio destino. Particularmente el proletariado internacional debe prepararse para este escenario complejo y emprender las grandes transformaciones en favor de los millones de explotados y oprimidos, utilizando todas las vías de lucha necesarias, apuntando a las formas más altas de confrontación política para la toma del poder y su consecuente proceso revolucionario.

26/01/2026