Red de prensa popular latinoamericana

Educación, ciencia y tecnología en el ocaso del capitalismo

Por Alex A. Chamán Portugal

Introducción

La educación en la sociedad capitalista no puede comprenderse como una teoría y práctica neutral, ni como un simple mecanismo de transmisión de conocimientos, ya que constituye un espacio central de reproducción ideológica con sus respectivas manifestaciones de conciencia social existente. Su estructuración y restructuración histórica responde a las necesidades del modo de producción capitalista, particularmente a la formación de una fuerza de trabajo funcional a la acumulación de capital y a la legitimación de las relaciones sociales de explotación en aras de coadyuvar a la dominación de una clase social sobre las otras.

En la fase actual imperialista de decadencia estructural del capitalismo, esta función se ha profundizado y radicalizado, por lo que la educación ha sido progresivamente despojada de su dimensión científica y humanizadora para convertirse en un instrumento de adiestramiento técnico, servicio mercantilizado y disciplinamiento cognitivo-social. La crisis de la educación liberal burguesa no es, por consiguiente, un fenómeno aislado ni accidental, sino una manifestación directa de la severa crisis económica, social, política e ideológica del capitalismo.

La función de la educación en la sociedad capitalista

Siguiendo a los maestros Marx y Engels, las ideas dominantes de cada época son las ideas de la clase dominante, y la educación actúa como uno de los principales mecanismos para su difusión y naturalización. Althusser, por su parte, caracterizó a la escuela como el aparato ideológico del Estado por excelencia, encargado de “educar y formar” a los individuos como sujetos obedientes al orden social existente.

En el capitalismo y su expresión neoliberal, la educación se orienta crecientemente a la formación y producción de “capital humano” acorde a los requerimientos de la lógica de la maquinaria burguesa. Así, los sistemas educativos priorizan competencias instrumentales, habilidades técnicas fragmentadas y saberes inmediatamente rentables, subordinando la formación filosófica, conciencial, ética y crítica a las exigencias depredadoras del mercado laboral, por lo que el estudiante deja de ser concebido como un sujeto histórico integral y pasa a ser convertido en un recurso productivo que debe ser optimizado y explotado.

Esta lógica mercantilista provoca una degradación de la conciencia social y de la moral colectiva, expresada en valores, principios y estilos de vida que deben guiar al ser humano. El individualismo competitivo, la meritocracia devaluada y la responsabilidad individual del éxito o fracaso reemplazan a la solidaridad, la cooperación, la honestidad y la comprensión estructural de la explotación y opresión como fuentes de las desigualdades. La educación liberal, lejos de cuestionar estas relaciones, contribuye a legitimarlas y reproducirlas.

Límites estructurales y negación de la formación integral

Una incapacidad esencial de la educación capitalista es su inoperancia para encaminar una formación integral del ser humano. Así, la fragmentación e instrumentalización conservadora del conocimiento, la especialización extrema y la desvinculación entre teoría y praxis impiden el desarrollo holístico de las capacidades humanas, tal como lo sostenía Marx en su crítica a la cosificación y automatización de la división social del trabajo.

Paulo Freire denunció la lógica anterior mediante el concepto de educación bancaria, en la que el educando es reducido a un receptor pasivo de contenidos, anulando su capacidad crítica, creativa y transformadora. En el capitalismo, esta pedagogía se ha modernizado, pero no superado, ya que se expresa hoy en currículos reaccionarizados, estandarizados, evaluaciones por competencias y una obsesión por la certificación de méritos y el rendimiento pragmático.

El resultado, en el mayor de los casos, es una formación tecnocrática sin conciencia de clase ni histórica, profesionales funcionales, pero ideológica y políticamente desarmados, y una progresiva pérdida del pensamiento dialéctico, reflexivo, creativo y propositivo. Esta carencia no es una falla casual del sistema, sino una condición vital y necesaria para su reproducción.

La crisis educativa como reflejo de la crisis del capitalismo

La crisis de la educación liberal es inseparable de la crisis estructural del modo de producción capitalista. La mercantilización del conocimiento y los títulos, la precarización del trabajo docente, las condiciones paupérrimas de la mayor parte de los estudiantes, la desigualdad en el acceso a una educación de calidad y el endeudamiento educativo son expresiones reales de esta crisis.

En contextos de crisis económica que caracteriza a la sociedad burguesa mundial, la educación deja de ser concebida como un derecho social y es convertida en un bien de consumo sujeto a la lógica rapaz del mercado. Así, la promesa de movilidad o ascenso social mediante la educación se desvanece, produciendo indignación, frustración, alienación y deslegitimación del sistema educativo vigente, ya que, lejos de corregir estas desigualdades, la educación capitalista las naturaliza o normaliza, responsabilizando al individuo por su exclusión y no al sistema.

Educación, ciencia y tecnología en la IV Revolución Industrial

La llamada IV Revolución Industrial, caracterizada por la expansión de la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales, el internet de las cosas, etc., ha repercutido enormemente en la educación burguesa. En el marco del decadente capitalismo, estas transformaciones no responden a fines emancipadores, sino a nuevas formas de acumulación del capital, manipulación y control social y subordinación del conocimiento al capital avaricioso.

La expansión de la educación virtual e híbrida -especialmente desde la pandemia del COVID 19-, presentada como innovación tecnológica y democratización social, suele encubrir procesos de precarización docente, deshumanización del vínculo pedagógico, dependencia tecnológica de grandes corporaciones transnacionales e insultante brecha digital. Asimismo, el aprendizaje se reduce a contenidos unilaterales, fragmentados, expeditivos y estandarizados, debilitando el ya deteriorado hábito de lectura comprensiva y la reflexión profunda.

Plataformas digitales, inteligencia artificial y crisis de la honestidad intelectual

El uso masivo y creciente de plataformas digitales, redes sociales e inteligencia artificial ha intensificado la manipulación ideológica y cognitiva, repercutiendo directamente en las dimensiones educativa e informativa. La instrumentalización de los algoritmos prioriza contenidos funcionales al sistema y a la lógica del mercado; de este modo, se moldean hábitos de atención dispersa, consumo superficial de la información y pensamiento inmediato que agravan la calidad de la ya alicaída educación burguesa.

En este escenario de descomposición de los valores liberales, se profundiza el abandono del hábito de lectura reflexiva e investigación rigurosa, mientras aumentan considerablemente las prácticas de plagio, la simulación académica y la dependencia acrítica de las herramientas digitales. La honestidad intelectual se erosiona de forma acelerada, no solo por razones morales individuales, sino por un sistema educativo y laboral que privilegia el resultado, la certificación y la productividad por encima del proceso formativo en conciencia y valores, así como en la transformación humana. Esta superficialidad cognitiva resulta funcional a un capitalismo en ruinas que no requiere sujetos críticos y creativos, sino usuarios eficientes del manejo de tecnologías que no cuestionen su instrumentalización ideológica-política ni su finalidad social.

Manipulación ideológica, crisis de la conciencia y empobrecimiento del pensamiento

La educación capitalista digitalizada enfrenta una profunda crisis de la conciencia y valores. La manipulación ideológica adopta formas cada vez más sofisticadas, colonizando la subjetividad y valoraciones mediante discursos tecnocráticos que suelen presentar la tecnología como imparcial e inevitable, cuando no puede serlo en una sociedad escindida en clases sociales con marcados intereses contrapuestos.

La progresiva pérdida del hábito de lectura comprensiva, el debilitamiento y anulación del pensamiento crítico y la desvalorización del conocimiento científico están directamente vinculados a esta ofensiva ideológica burguesa. La educación es orientada a competencias inmediatas y obsolescentes, mientras se abandona -premeditada y alevosamente- la formación histórica, filosófica, económica, ideológica, política y social.

La insalvable crisis económica y social global, el desempleo estructural y su precarización, la pobreza y extrema pobreza, la manipulación y domesticación social, la reducción de oportunidades para las mayorías populares profundizan esta situación, convirtiendo a la educación liberal en una fábrica de expectativas frustradas y profesionales-técnicos precarizados.

Hacia una educación crítica y emancipadora

Frente a este panorama de crisis, se impone la necesidad de una transformación radical de la educación que implica, necesariamente, una transformación estructural de la sociedad burguesa. Así, la educación podrá recuperar su vínculo con la praxis social, articulando teoría y práctica en aras de la transformación de la realidad que sirva a la construcción de un modo de producción superior y con aquello a forjar hombres de nuevo tipo.

En este camino, la ciencia y la tecnología no deben ser rechazadas ni fetichizadas, sino reapropiadas de forma crítica y creativa. Herramientas como la robótica, la inteligencia artificial y las plataformas digitales poseen un potencial emancipador, siempre que se subordinen a proyectos educativos comprometidos con el progreso colectivo, así como, caracterizados por la honestidad intelectual y la justicia social.

Lograrlo implica fortalecer el pensamiento crítico y propositivo, la ética del conocimiento y la lectura profunda, fomentando siempre la construcción colectiva del saber. En última instancia, se trata de defender una educación científica, pública, popular, democrática y humanizadora frente a las amenazas de la mercantilización, la precarización y el retroceso reaccionario.

Conclusión

La educación en el capitalismo atraviesa una crisis orgánica que refleja la decadencia del sistema que la sustenta. La IV Revolución Industrial, sometida a la lógica del capital, amenaza con profundizar la manipulación, la alienación, la superficialidad y la deshumanización.

Sin embargo, esta crisis también abre la posibilidad histórica de que los pueblos disputen el sentido de la educación. Es posible pensar y trabajar en conquistar ciertos espacios de una educación orientada a la formación integral, la conciencia de clase y la transformación radical de la sociedad. La educación dejará de ser una mercancía solo cuando el ser humano deje de serlo. Y aquello será en otra sociedad diferente de la actual.

Referencias

Althusser, L. (2003). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Siglo XXI.

Bonilla-Molina, L. (2020). Escuela, universidad y educación en la cuarta revolución industrial. https://luisbonillamolina.com/2020/09/13/escuela-universidad-y-educacion-en-la-cuarta-revolucion-industrial

Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (2018). La reproducción: Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Siglo XXI.

Cabaluz Ducasse, J. F. (Ed.). (2023). Karl Marx y el campo pedagógico. OAPEN Library.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2014). La sociedad del cansancio. Herder.

Kaplún, M. (2002). Una pedagogía de la comunicación. Caminos.

Marx, K. (2008). Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI.

Marx, K., & Engels, F. (2009). La ideología alemana. Grijalbo.

Mészáros, I. (2008). La educación más allá del capital. Siglo XXI / CLACSO.

Mészáros, I. (2010). La crisis estructural del capital. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.

Sierra Caballero, F. (2024). La manipulación mediática en la era digital: nuevos retos para la izquierda. Nuestra Bandera.

Vega Cantor, R. (2015). La universidad de la ignorancia: Capitalismo académico y mercantilización de la educación superior. Ocean Sur.

UNIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD EN EL CAPITALISMO E IMPERIALISMO

Por Alex A. Chamán Portugal

Latinoamérica, enero 29 de 2026

Introducción

El debate actual referente a la estructura del orden internacional capitalista en su fase imperialista -unipolar, bipolar o multipolar- no es un simple ejercicio descriptivo de relaciones entre Estados, sino una disputa ideológica, filosófica y política sobre la naturaleza del poder global en la compleja etapa actual del capitalismo. Estas categorías y conceptos no pueden entenderse al margen de las leyes del desarrollo social, de la lucha de clases, del imperialismo como fase superior del capitalismo y de las contradicciones estructurales que atraviesan el orden mundial burgués en crisis.

Tras la restauración capitalista en la URSS y su posterior colapso en 1991, se impuso en el pensamiento dominante la tesis de la unipolaridad estadounidense, presentada como un orden necesario, natural y duradero. Sin embargo, tres décadas después, la realidad histórica muestra que dicho globalismo hegemónico no solo fue transitorio, sino que generó las condiciones de su propia crisis. El ascenso de China como potencia económica, tecnológica y estratégica ha reconfigurado la correlación de fuerzas global, dando lugar a una nueva forma de bipolaridad estructural, distinta a la de la Guerra Fría, pero igualmente decisiva en la actualidad, aunque en el escenario capitalista.

Este ensayo sostiene que el orden internacional vigente no es unipolar ni genuinamente multipolar. Predomina una bipolaridad entre el imperialismo estadounidense y China capitalista. Ambas potencias buscan preservar el orden mundial existente y no representan los intereses históricos de los pueblos del mundo ni de la humanidad entera. Esta bipolaridad se inscribe en el poder económico, político y militar, así como en las transformaciones productivas y tecnológicas propias de la IV Revolución Industrial en la era del imperialismo y su muerte inexorable.

1. La agonía del globalismo unipolar estadounidense

La unipolaridad describe una estructura internacional en la que una sola potencia concentra de manera abrumadora el poder económico, financiero, político, militar, tecnológico, jurídico e ideológico, imponiendo arbitrariamente reglas al resto del mundo. Históricamente, esta configuración se consolidó tras el fin de la Guerra Fría, cuando el revisionismo destruyó el socialismo en construcción restaurando el capitalismo en la Unión Soviética y Estados Unidos emergió sin rival estratégico de escala comparable.

Esta unipolaridad no representó estabilidad, sino hegemonía coercitiva del capital financiero transnacional articulado al Estado estadounidense. Harvey (2003) explica que este período estuvo marcado por “acumulación por desposesión”: guerras, privatizaciones, saqueo de recursos y disciplinamiento geopolítico de países dependientes.

Unipolaridad y sobreextensión imperial

La hegemonía del genocida imperialismo estadounidense se apoyó en:

• supremacía política y militar global

• control del sistema financiero internacional

• dominio cultural y manipulación informativa

• manejo vertical de las instituciones multilaterales
• promoción de decadentes valores liberales presentados como universales

Esta orientación no solo responde a intereses económicos, sino a una estrategia de preservación de su terrorífica primacía histórica. La atroz política exterior estadounidense ha buscado evitar el surgimiento de competidores estratégicos capaces de disputar su posición dominante.

Como advierte Amin (2006), esta hegemonía era inherentemente inestable porque profundizaba el desarrollo desigual del capitalismo y generaba resistencias. Las guerras prolongadas, las crisis financieras y el desgaste del depredador neoliberalismo marcaron el inicio del declive relativo del orden unipolar.

2. La bipolaridad histórica y su resignificación actual

La bipolaridad clásica de la Guerra Fría del siglo XX se estructuró en torno a dos polos antagónicos: Estados Unidos (campo capitalista) y la Unión Soviética (campo socialista). Se trató de una confrontación entre sistemas socioeconómicos sumamente opuesos, pero también de un equilibrio que limitó la guerra directa entre grandes potencias. Waltz (1979) señalaba que la bipolaridad reducía errores de cálculo estratégicos.

La bipolaridad como categoría dialéctica

La bipolaridad no es solo distribución de poder, sino unidad de contrarios. Mao Tse-tung (1937/1974) planteó que toda etapa histórica se organiza alrededor de una contradicción principal. Cuando esta se intensifica, el orden existente entra en transformación.

En el actual contexto, la bipolaridad ya no enfrenta capitalismo y socialismo, sino pugnas entre grandes potencias capitalistas que compiten por la hegemonía sin cuestionar el modo de producción dominante que destruye, a decir de Marx, la naturaleza y las fuerzas productivas.

La bipolaridad como expresión de la contradicción entre capitales dominantes

La bipolaridad expresa la lucha entre grandes capitales monopolistas por la hegemonía mundial. Lenin explicó que el imperialismo implica:

• concentración del capital
• dominio del capital financiero
• reparto del mundo entre potencias

Actualmente esta lógica se refleja en una bipolaridad económica:

• Estados Unidos se constituye en el centro del capital financiero, del dólar y de Wall Street.

• China es eje del desarrollo de la tecnología, de la producción material y de las cadenas industriales.

La IV Revolución Industrial profundiza esta contradicción:

• Estados Unidos busca sostener su hegemonía mediante patentes, guerras, sanciones y control financiero.
• China avanza en manufactura avanzada, l iv Revolución Industrial (IA, 5G) y logística global.

3. La multipolaridad y sus límites reales

La multipolaridad alude a varios centros de poder relativamente equilibrados. Aunque China y Rusia la promueven discursivamente, ello no elimina el imperialismo como fase superior y terminal del capitalismo insepulto. Amin (2018) sostiene que solo abre márgenes tácticos, pero no garantiza emancipación.

En la práctica, solo Estados Unidos y China poseen capacidades globales integrales. Rusia tiene peso militar, pero limitado alcance económico, en tanto, la Unión Europea carece de unidad estratégica, y otras potencias son principalmente regionales.

Por consiguiente, hablar de multipolaridad plena resulta analíticamente impreciso, puesto que el escenario muestra más bien una transición hacia una bipolaridad dominante.

En este contexto, puede aseverarse que la dependencia y atraso económico no se presenta como ayuda desinteresada, sino como mecanismos que atan a las naciones oprimidas principalmente a relaciones de subordinación-dominación que facilitan el saqueo de sus recursos y limitan su desarrollo autónomo. La autosuficiencia nacional se convierte en una necesidad para romper esas cadenas de dependencia, empero, las potencias capitalistas y naciones imperialistas se esfuerzan por impedirla.

4. Bipolaridad contemporánea: economía política y poder mundial

La actual bipolaridad entre Estados Unidos y China no se presenta como un enfrentamiento ideológico y político abierto, sino como una disputa estructural entre dos grandes formas de organización del capitalismo. Esta rivalidad expresa el desarrollo desigual del capitalismo mundial, ley ya señalada por Lenin, según la cual el ascenso de nuevas potencias genera tensiones inevitables con aquellas que ejercen la hegemonía previa.

China no emerge como potencia por casualidad, sino como resultado de una estrategia estatal de largo plazo basada en planificación, control de sectores estratégicos y articulación selectiva con el mercado mundial. Estados Unidos, en cambio, representa la fase más financiarizada del capitalismo, en que el poder económico descansa en el capital especulativo y en la capacidad de proyectar fuerza militar y presión política a escala global mediante sus políticas cruentas.

La bipolaridad actual no elimina la competencia entre otras potencias, sin embargo, logra organizar la dinámica central del poder mundial en torno a dos polos capitalistas dominantes.

La bipolaridad y la crisis de legitimidad del orden social

La bipolaridad surge también porque el orden neoliberal unipolar, como expresión del capitalismo, perdió legitimidad histórica.

En Estados Unidos se observa:

• desindustrialización sostenida
• precarización del empleo y mayor empobrecimiento
• fuerte polarización social con políticas fascistas
• debilitamiento del llamado “sueño americano”

En China, en contraste, se evidencia:

• consolidación de un capitalismo de Estado disciplinado
• alto control social sobre el pueblo
• legitimidad apoyada en crecimiento económico, estabilidad y nacionalismo

Así, se configura dos modelos sociales capitalistas contrapuestos:

• uno basado en la decadencia, individualismo extremo y financiarización;
• otro en planificación estratégica, control social y cohesión nacional relativa.

La bipolaridad se mantiene porque la mayor parte de las naciones, así como, millones de personas en el mundo comparan, evalúan y se alinean -consciente o inconscientemente- con uno u otro polo.

5. IV Revolución Industrial y disputa tecnológica

La IV Revolución Industrial constituye hoy uno de los principales escenarios de confrontación. No se trata solo de innovación científico técnica, sino del control de los nuevos medios de producción, vigilancia y dominación digital.

La inteligencia artificial, el big data, la automatización y la biotecnología transforman las relaciones entre capital y trabajo, generando nuevas formas de explotación y control social.

China ha logrado avances importantes en 5G, comercio electrónico, plataformas digitales e inteligencia artificial aplicada. La respuesta estadounidense que consiste en restricciones tecnológicas, bloqueos de chips y sanciones a empresas chinas revela el carácter bipolar de la disputa.

La creciente competencia tecnológica muestra que el poder mundial ya no depende únicamente de armas o finanzas, sino del dominio del conocimiento y la innovación productiva.

6. Guerra cognitiva y disputa por la conciencia social

La confrontación entre potencias capitalistas e imperialistas también se libra en el terreno de las ideas. La guerra cognitiva o ideológica apunta a influir en percepciones, valores y sentidos comunes.

Los grandes medios masivos de información y plataformas digitales funcionan como instrumentos de legitimación del poder burgués. Ramonet (2002) advertía que la concentración mediática permite moldear la opinión pública y construir enemigos funcionales a determinados intereses. Así, se manipula, doméstica y controla a poblaciones enteras para convertirlas en rebaños reproductores del cruel sistema capitalista.

La lucha ideológica es inseparable de la lucha política; por ello, resulta vital asumir como una necesidad imperiosa la forja de la conciencia de clase mediante el impulso sostenido del trabajo ideológico en las masas populares.

7. Crisis del derecho internacional burgués y retorno del darwinismo social

El derecho internacional no es neutral en una sociedad escindida en clases sociales contrapuestas, así, refleja los intereses de cada clase social y las correlaciones de fuerza.

La bipolaridad se intensifica porque:

• Estados Unido aplica siniestras sanciones, abyectos bloqueos y acciones militares terroristas al margen de normas internacionales.

• China defiende la legalidad internacional burguesa cuando coincide con sus intereses estratégicos.

El resultado observable es:

• precarización y desprestigio del derecho internacional liberal,
• reemplazo por reglas basadas en poder real imperialista,
• uso selectivo de injustas sanciones y tribunales cipayos.

Desde una mirada jurídica crítica, la bipolaridad expresa la crisis del orden legal burgués global.

El sistema capitalista y su etapa imperialista se sostiene en gran medida de la explotación de los países dependientes. Su fortaleza aparente oculta fragilidades profundas, puesto que necesita saquear recursos ajenos para mantenerse. Romper esa relación de subordinación no es solo una decisión política, sino una condición para que los pueblos construyan economías soberanas y desarrollen ciencia y tecnología propias.

La evidencia económica, social, política, tecnológica e ideológica muestra que la bipolaridad Estados Unidos – China organiza hoy la estructura principal del poder capitalista mundial. No se trata de una guerra fría tradicional, sino de una competencia prolongada que abarca reparto del mundo, apropiación de mercados, saqueos de recursos naturales estratégicos, producción, finanzas, tecnología, comunicación y legitimidad social.

Otros actores participan, pero no alteran la contradicción principal.

8. Implicancias históricas de la bipolaridad para los pueblos

La configuración bipolar actual no debe interpretarse como una alternativa favorable para la humanidad, las naciones oprimidas y los pueblos. La disputa entre Estados Unidos y China no representa un enfrentamiento entre proyectos emancipadores, sino entre grandes potencias que buscan preservar mezquinas posiciones de poder dentro del capitalismo mundial.

Ambos polos participan, con estilos distintos, en dinámicas de acumulación capitalista, competencia por apoderarse de recursos estratégicos y expansión de influencia económica, política y tecnológica. Así, la bipolaridad actual no implica el fin del imperialismo, sino su reconfiguración en el marco de la III Guerra Mundial en ciernes.

Para los países dependientes y atrasados, esta situación abre márgenes de maniobra, pero también riesgos de nuevas formas de dominación y sometimiento. La historia muestra que las potencias buscan aliados no por solidaridad, sino por interés.

9. La ilusión de la multipolaridad armoniosa

En ciertos discursos se presenta la multipolaridad como un escenario más democrático, pluralista y equilibrado. Sin embargo, la experiencia histórica enseña que la coexistencia de varias potencias no elimina la competencia por mercados, recursos y zonas de influencia.

La multipolaridad puede reducir la hegemonía absoluta de una sola potencia, sin embargo, no suprime la lógica expoliadora del capital ni la desigualdad internacional. Pensar que varios polos garantizan justicia global equivale a confundir redistribución del poder entre explotadores y opresores con la emancipación de los pueblos.

Consiguientemente, la multipolaridad debe analizarse con cautela, evitando subjetivismos.

10. Transformaciones del poder en el siglo XXI

El poder mundial actual en el viejo orden capitalista combina:

• control económico y financiero
• dominio científico y tecnológico
• influencia y manipulación mediática
• capacidad militar y políticas genocidas
• manejo de datos y maniobra de plataformas digitales

La IV Revolución Industrial se caracteriza porque ha convertido el conocimiento y la información en recursos estratégicos. La disputa por semiconductores, inteligencia artificial y redes digitales deja en evidencia que el poder ya no se define solo por territorios, sino por infraestructura tecnológica.

En este contexto, la soberanía educativa, científica y tecnológica adquiere importancia decisiva para cualquier proyecto integral y estratégico de desarrollo nacional.

11. Perspectiva crítica y tarea de los pueblos

Comprender la bipolaridad no implica tomar partido automático por una u otra potencia imperialista, sino analizar con claridad las contradicciones que encierra el capitalismo global.

Ante el avasallamiento de imperialista, los pueblos del mundo enfrentan el desafío de fortalecer soberanía económica, capacidad productiva propia y autonomía política. La dependencia prolongada limita e impide cualquier proyecto de desarrollo real.

La historia de la humanidad demuestra que las grandes transformaciones no provienen de disputas entre potencias, sino de genuinos procesos sociales internos, férrea organización popular y construcción de proyectos emancipatorios conducentes a una sociedad superior.

Conclusión general

El caduco orden internacional contemporáneo atraviesa una transición marcada por el declive relativo de la unipolaridad estadounidense y la emergencia de una bipolaridad entre Estados Unidos y China. Esta bipolaridad no replica la Guerra Fría, pero estructura la competencia central del poder mundial.

La multipolaridad, aunque presente como tendencia, aún no configura un equilibrio global estable. La realidad muestra que solamente dos polos poseen hoy capacidad integral de influencia planetaria.

Comprender esta situación permite analizar con mayor realismo las dinámicas internacionales, evitando lecturas simplistas o expectativas idealizadas.

El escenario global seguirá siendo inestable mientras persistan las contradicciones propias del capitalismo mundial y su fase imperialista. En ese marco, la tarea de los pueblos consiste en fortalecer soberanía, pensamiento crítico y capacidad de decisión propia.

Los pueblos no necesitan del rapaz imperialismo; es el imperialismo el que necesita de la sangre de los pueblos para sobrevivir. La supuesta ‘ayuda’ o ‘inversión’ no es más que una cadena de hierro para succionar las riquezas de las naciones oprimidas y mantenerlas en el atraso.

Referencias bibliográficas

Amin, S. (2006). Más allá del capitalismo senil: Por un siglo XXI no estadounidense. Barcelona: El Viejo Topo.

Amin, S. (2018). El imperialismo contemporáneo. Barcelona: El Viejo Topo.

Arrighi, G. (2007). Adam Smith en Pekín: Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Madrid: Akal.

Harvey, D. (2003). El nuevo imperialismo. Madrid: Akal.

Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Guzmán Reynoso, A. (1988/2006). Entrevista del siglo (concedida a El Diario). Lima: Ediciones Bandera Roja.

Lenin, V. I. (2009). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Madrid: Fundación Federico Engels. (Obra original publicada en 1916).

Mao Tse-tung. (1974). Sobre la contradicción. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.
(Trabajo original de 1937).

Ramonet, I. (2002). La tiranía de la comunicación. Madrid: Debate.

Schwab, K. (2016). La cuarta revolución industrial. Barcelona: Debate.

Waltz, K. N. (1988). Teoría de la política internacional. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

UN MUNDO DE MULTIPOLARIDAD INCOMPLETA Y CONFLICTIVA

Richard Gonzales

Hay personas que, desde una lógica dogmática, aún sostienen que “vivimos en un mundo bipolar”. Sin embargo, esta afirmación se realiza sin rigor, estudio ni investigación, aferrándose a análisis propios de contextos históricos determinados, cuyas definiciones fueron correctas en su momento, pero no necesariamente en la actualidad.

El marxista, ajustado a principios en la práctica, debería observar los sucesos y fenómenos materiales como procesos en constante evolución, cambio y transformación. La lucha de clases, como expresión de las contradicciones en el plano social, forma parte de ese proceso dinámico de la realidad, hoy más aún de manera acelerada, dados los hechos actuales: las contiendas interimperialistas, las luchas de los pueblos y naciones contra el gendarme del mundo, los nuevos procesos como la IV Revolución Industrial, la emergencia de nuevas fuerzas o la recuperación de potencias y superpotencias que hoy disputan el poder global.

La denominada “multipolaridad conflictiva” es un proceso que tiene como punto nodal el año 2014, aunque venía gestándose de manera progresiva. No obstante, se asume con mayor claridad a partir del inicio del conflicto Ucrania-Crimea, es decir, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, hecho que marca de manera nítida el inicio de esta multipolaridad conflictiva.

¿Qué implica esto? Implica el rompimiento abierto del orden posguerra fría y el desafío sin ambigüedades a la hegemonía occidental.

A partir de este hecho trascendente, Rusia rompe con el orden liberal y, por tanto, Estados Unidos asume que ya no puede disciplinar unilateralmente a otras potencias o superpotencias. ¿Por qué ocurre esto? Porque Rusia, con Putin a la cabeza y con estrategas plenamente conscientes de las pretensiones del gendarme del mundo, identifica claramente el hegemonismo estadounidense, que incluso llegó a pretender la balcanización de esta superpotencia militar para luego avanzar contra China.

China, por su parte, también tiene claridad sobre cómo marcha el mundo en términos civilizatorios. Marca su propio ritmo y estrategia, impulsada por su crecimiento y despegue como nuevo actor central en el tablero geoestratégico. Esto le permite acelerar su estrategia de largo plazo, orientada a la expansión y disputa de zonas de dominio, ya sea por mercados, energía o materias primas críticas y estratégicas. Un ejemplo claro de ello es la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Debemos considerar también a otros actores relevantes como India, Brasil, Turquía, Irán, Israel, Japón y la Unión Europea. Lo cierto es que, a partir de este escenario, se rompe el consenso internacional, lo que explica, entre otras cosas, las sanciones contra Rusia y el fin de la ilusión de la llamada “seguridad cooperativa”. Predomina el conflicto, caracterizado por el lenguaje bélico, la ley del más fuerte y una lógica darwinista. Es decir, la resolución de las contradicciones por medios bélicos: la política hablada a través de las armas para alcanzar objetivos políticos de diversa índole.

Entre 2017 y 2019 se ingresa a un conflicto abierto, aunque sin guerra directa. En ese período, Donald Trump declara explícitamente la competencia entre grandes potencias, entre las cuales se destacan:

  • La guerra comercial entre Estados Unidos y China.
  • La militarización del Indo-Pacífico.
  • El retorno de Rusia a Medio Oriente.

De este modo, la multipolaridad deja de ser solo un discurso y se convierte en una doctrina en curso. A ello se suma la aceleración estructural provocada por la pandemia, que contribuyó al quiebre de las cadenas globales, funcionó como un gran ensayo de control poblacional mediante el miedo y aceleró la implementación de los procesos vinculados a la IV Revolución Industrial. Asimismo, se intensifican los nacionalismos tecnológicos, marcando un proceso de soberanía estratégica en ámbitos como vacunas, chips y energía.

Así, el mundo deja de funcionar como un sistema único y se consolida de manera violenta el lenguaje de las armas y de las guerras de todo tipo. Entre ellas se pueden mencionar:

  • La guerra entre Rusia y Ucrania.
  • La reconfiguración de la OTAN.
  • La articulación estratégica entre Rusia y China como bloque.
  • El Sur Global, que comienza a ganar márgenes de maniobra con iniciativas múltiples.

¿Por qué hablar entonces de una multipolaridad incompleta y conflictiva?
Porque hoy es evidente que ningún Estado puede imponer reglas globales por sí solo, ni controlar simultáneamente la economía, las finanzas, la tecnología, la seguridad y la legitimidad.

¿Acaso estos hechos de la lucha de clases no constituyen un quiebre histórico? Los dogmáticos no entienden absolutamente nada: repiten contextualizaciones propias de un momento histórico determinado. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan en la investigación ni en el rigor científico; no se apegan al marxismo como ciencia viva frente a los cambios de la realidad. No lo asumen como arma de combate. Peor aún, ni siquiera logran ver estos cambios en términos empíricos, aunque se autoproclaman marxistas de pompa y ruido, apelando a jerarquías del pasado. De ahí que no ofrezcan soluciones a los grandes problemas actuales o, incluso, destruyan lo construido cuando debía impulsarse su desarrollo.

¿En qué se sustentan los polos reales? En los hechos existentes, que deben ser analizados con objetividad y sin prejuicios.

POLOS REALES EN LA ACTUALIDAD

  • Estados Unidos: sigue siendo la primera potencia, pero ya no es omnipotente.
  • China: polo económico-industrial y tecnológico en acelerado ascenso.
  • Rusia: polo militar-estratégico y energético.
  • Unión Europea: polo económico, pero sin plena soberanía estratégica.
  • India: polo demográfico-industrial emergente.
  • Sur Global organizado (BRICS ampliado): polo aún difuso, sin un poder financiero plenamente consolidado, pero en construcción y cada vez más coordinado como campo de fuerza con múltiples interconexiones internas.

Todos estos hechos, en el plano de la economía política, lo militar y otros ámbitos, tienen como consecuencia clara el fin de la hegemonía indiscutida de Estados Unidos. Esto no significa que haya perdido su poder dominante, pero sí que ya no puede ganar guerras largas (Irak, Afganistán, Ucrania), salvo a través de guerras proxy. Tampoco puede imponer sanciones sin costos sistémicos ni fijar unilateralmente las reglas del comercio y la tecnología. No obstante, aún mantiene un control significativo del sistema financiero (dólar, SWIFT) y proyecta poder global a través de su capacidad militar y tecnológica, condicionando alianzas clave.

Entonces, ¿Estados Unidos está a la ofensiva o a la defensiva estratégica? Evidentemente se encuentra en una hegemonía defensiva. Esto se expresa en:

  • La fragmentación económica.
  • La desdolarización parcial (energía, comercio bilateral).
  • La regionalización de las cadenas de valor.
  • Las sanciones que aceleran la formación de bloques alternativos.

¿Esto implica el colapso del dólar? No. Aún no. Se trata de una pérdida de monopolio, no de un colapso.

En este contexto defensivo, la guerra emerge como lenguaje político dominante que sustituye al consenso: la política por otros medios. Hoy, tanto por vías bélicas como no bélicas, se incrementan los riesgos de confrontación y de guerras abiertas, como se observa en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Cáucaso y otros conflictos regionales por el control de zonas y recursos estratégicos.

La crisis del llamado “orden liberal” es un hecho. Las reglas se aplican de manera selectiva: los derechos humanos y el derecho internacional se invocan solo cuando sirven a intereses propios; de lo contrario, se los pisotea. Esto fragmenta la legitimidad y genera narrativas propias en cada bloque.

Como consecuencia, surge la autonomía estratégica, visible en procesos como el rearme de Japón, las aspiraciones de Turquía, las redefiniciones de Arabia Saudita, Brasil y una Europa dejada a su propia suerte.

¿A dónde conduce esta nueva realidad y cuáles son los riesgos? La multipolaridad actual no conduce a la estabilidad estratégica, sino a una profunda inestabilidad que resulta extremadamente peligrosa para la humanidad. Se trata de transiciones históricas caracterizadas por guerras prolongadas, sin hegemonías claras ni reglas de convivencia aceptadas, agravadas por una carrera tecnológica aplicada al ámbito militar.

EN SÍNTESIS

La hegemonía liberal ya no es única ni organizadora del mundo. La multipolaridad es un hecho, mientras que un nuevo orden aún no existe. Cada bloque disputa poder con el riesgo permanente de guerra, lo que conduce a la fragmentación económica y al fortalecimiento de Estados cada vez más autoritarios, especialmente frente al temor de luchas populares masivas. De ahí la centralidad de la “seguridad interna”, orientada a contener la iniciativa popular y, particularmente, la acción proletaria organizada que disputa el poder político. Esta es la base de la fascistización de las sociedades y del derecho penal del enemigo.

En los procesos de declive imperial propios del capitalismo, pueden producirse colapsos regionales. Sin embargo, la historia demuestra que estas transiciones rara vez son pacíficas: suelen ser violentas. Así han caído imperios y han nacido y muerto civilizaciones.

El desafío está en cómo los pueblos, comprendiendo estos cambios históricos, se encaminen hacia su propio destino. Particularmente el proletariado internacional debe prepararse para este escenario complejo y emprender las grandes transformaciones en favor de los millones de explotados y oprimidos, utilizando todas las vías de lucha necesarias, apuntando a las formas más altas de confrontación política para la toma del poder y su consecuente proceso revolucionario.

26/01/2026

PRONUNCIAMIENTO Y SALUTACIÓN A 132 AÑOS DEL NACIMIENTO DEL PRESIDENTE MAO TSE – TUNG ! VIVA EL MAOÍSMO, MARXISMO DE NUESTRA ÉPOCA!

Red de Prensa Popular Latinoamericana

Hoy, 26 de diciembre de 2025, los pueblos conscientes del mundo, el proletariado internacional y las fuerzas revolucionarias consecuentes conmemoran el 132 aniversario del nacimiento del Presidente Mao Tse-tung, gigante del pensamiento y obra revolucionaria, dirigente comunista de talla universal y forjador de una de las más grandes experiencias de transformación social en la historia de la humanidad.

Recordar al presidente Mao Tse-tung es una reafirmación de que el maoísmo constituye la tercera y superior etapa del marxismo, desarrollada en la época del imperialismo, de la revolución proletaria mundial y de la lucha irreconciliable entre revolución y contrarrevolución. El maoísmo es el marxismo de nuestra época. Es teoría revolucionaria integral; es concepción científica del mundo, doctrina del proletariado, línea ideológica y política, metodología, estrategia y táctica para la toma del poder, y guía segura para la construcción de la nueva sociedad.

Como ideología científica del proletariado, el maoísmo expresa los intereses históricos de la última clase de la historia, la clase más revolucionaria, la única capaz de abolir toda forma de explotación, opresión y dominación de clase. Por ello, es una ideología justa, correcta, científica e invicta, porque se sustenta en las leyes objetivas del desarrollo social y en la práctica transformadora de las masas. El Presidente Mao Tse-tung elevó el marxismo-leninismo a una nueva cumbre al demostrar, en la teoría y en la práctica, el papel decisivo de las masas populares como verdaderos sujetos de la historia, al desarrollar la línea de masas, la guerra popular prolongada, la revolución cultural como continuidad de la lucha de clases bajo el socialismo, y la lucha permanente contra el revisionismo y toda forma de restauración capitalista.

En el decadente modo de producción capitalista, atravesado por la crisis estructural del capitalismo, el recrudecimiento del imperialismo, el neocolonialismo y las guerras de rapiña, el maoísmo se confirma como la ideología transformadora que conduce y conducirá a la humanidad hacia una sociedad superior, una sociedad de armonía, libertad, justicia social y emancipación plena.

La correcta línea ideológica y política maoísta contribuye a la forja de revolucionarios, socialistas y comunistas auténticos. Cumple una tarea estratégica esencial al proletarizar a la pequeña burguesía, clase social oscilante y vacilante por su ubicación en la estructura de clases, dotándola de una férrea posición de clase, de disciplina revolucionaria y de compromiso histórico al servicio de la humanidad y de la revolución proletaria.

Desde la Red de Prensa Popular Latinoamericana, reafirmamos que el maoísmo es una guía viva para la acción, una herramienta indispensable para la lucha ideológica, política y comunicacional contra la hegemonía capitalista, los monopolios mediáticos, el imperialismo y todas las formas de dominación.

Hoy, al rendir homenaje al Presidente Mao Tse-tung en el 132 aniversario de su nacimiento, reafirmamos nuestro compromiso irrestricto con el marxismo-leninismo-maoísmo, con la organización consciente de las masas, con la verdad revolucionaria y con la construcción de un mundo nuevo, sin explotadores ni explotados.

¡VIVA EL PRESIDENTE MAO TSE-TUNG!
¡VIVA EL MAOÍSMO, TERCERA Y SUPERIOR ETAPA DEL MARXISMO!
¡VIVA EL PROLETARIADO INTERNACIONAL!

Red de Prensa Popular Latinoamericana
26 de diciembre

EL NEOMONROÍSMO CRIMINAL

Por Richard Gonzales

La escalada del imperialismo yanki contra Venezuela, en el marco de lo que ha denominado su “nueva estrategia de seguridad”, mediante la cual redefine la Doctrina Monroe, no es otra cosa que la reafirmación de la preeminencia de Estados Unidos en el hemisferio occidental.

La Doctrina Monroe, que en sus orígenes se planteó como una oposición al colonialismo inglés y francés —es decir, como un principio de no intromisión europea en América Latina—, se sintetizaba en la consigna “América para los americanos”. Sin embargo, esta formulación terminó consolidándose como la expresión más descarada del dominio estadounidense sobre todo el continente.

Hoy asistimos a una reiteración de esa lógica, orientada a reafirmar el control hegemónico de Estados Unidos frente a la expansión de potencias consideradas sus enemigos estratégicos, como China, Rusia e Irán.

Evidentemente, esta escalada no se limita a Venezuela. El objetivo es todo el continente. En el marco de la actual contienda entre superpotencias, Washington apunta a debilitar y desintegrar a los BRICS+, imponiendo de manera gangsteril y colonialista sus condiciones de dominación criminal sobre países como Venezuela, Brasil, Colombia, Nicaragua y Cuba, al tiempo que envía un mensaje explícito de intervención militar contra cualquier nación que forme parte de bloques contrarios a su hegemonía.

Asimismo, pretende expulsar a Rusia y China del continente americano, aun cuando, bajo una lógica de reciprocidad entre potencias, Estados Unidos tampoco debería intervenir en Asia, Medio Oriente o Europa. Se trata, por tanto, de una doctrina hipócrita y gangsteril que, sin embargo, busca fragmentar a Rusia mediante la guerra indirecta en Ucrania, apoyándose en su vasallo de la OTAN; promueve a Israel en su accionar genocida para consolidar el dominio en Medio Oriente; y moviliza a Australia, Japón, Corea del Sur, Taiwán y otros aliados para cercar estratégicamente a China.

El monroísmo no es un fenómeno nuevo. Basta recordar la intervención de Napoleón III en México para instalar un emperador, episodio en el cual se volvió a invocar la Doctrina Monroe. En 1890, esta doctrina fue nuevamente esgrimida en relación con el conflicto territorial entre Venezuela y Guayana, durante el gobierno del presidente estadounidense Benjamin Harrison, del Partido Republicano. El diferendo se resolvió mediante arbitraje internacional y fue sometido en 1891 al Consejo Federal Suizo, cuyo fallo favoreció a Francia.

En el caso de la Guayana Británica, en 1895, ante la expansión del Reino Unido, Venezuela apeló a la Doctrina Monroe, y Estados Unidos, bajo la presidencia de Grover Cleveland, intervino diplomáticamente para frenar la expansión de la reclamación imperial europea. Conviene recordar que en aquel entonces Gran Bretaña era la principal potencia imperialista del mundo, con una influencia que se extendió hasta 1945.

La expansión y el imperialismo continental yanki se consolidaron a partir de 1901, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt, dando inicio a una etapa de dominación sistemática en América Latina que se ha prolongado hasta la actualidad. Saqueo de recursos, derrocamiento de gobiernos, invasiones, asesinatos, adoctrinamiento criminal de fuerzas cipayas bajo el pretexto del “combate al comunismo”, el Plan Cóndor y la actuación de la CIA contra gobiernos progresistas o de izquierda forman parte de este historial de violencia estructural.

Hoy, en el contexto de la pérdida de hegemonía del imperialismo estadounidense, marcada por derrotas reiteradas en Afganistán, Irak, Irán y Ucrania, así como por profundas contradicciones internas —endeudamiento extremo, desindustrialización, inflación, desempleo masivo y pobreza creciente—, la sobreextensión imperial resulta cada vez más insostenible. Los enormes gastos en bases militares y operaciones bélicas han generado un desgaste global que ha permitido el avance de potencias como China, Rusia e Irán en zonas antes controladas por el antiguo gendarme mundial.

¿Acaso pretende Estados Unidos parapetarse en América Latina para subsistir? El repliegue en antiguas zonas de dominio es evidente, al igual que la insostenibilidad de su hegemonía frente al avance de China, sustentado en una poderosa industria, desarrollo tecnológico y capacidad militar, y frente a la preeminencia militar de Rusia, hoy primera potencia militar mundial, que enfrenta y derrota a Occidente en Ucrania. Si a ello se suma la progresiva pérdida de la hegemonía del dólar, se comprende con mayor claridad la ofensiva contra Venezuela.

Estados Unidos está dispuesto incluso a una confrontación directa para defender su zona de influencia, expulsando a China, Rusia e Irán de Venezuela. Pero el objetivo no es solo ese país, sino todo el continente. Por ello, los pueblos deben ser plenamente conscientes de las consecuencias del neomonroísmo, particularmente para las luchas populares, la disidencia política, los liderazgos sociales y las organizaciones democráticas y antiimperialistas. Este proceso implica una intensificación de la reacción, la criminalización, la persecución, la estigmatización y, en muchos casos, el asesinato abierto y descarado.

En este escenario, la resistencia, la lucha, el ejercicio pleno de la soberanía, la autodeterminación, la independencia y el antiimperialismo se colocan como tareas prioritarias para los pueblos de América Latina. Ello exige organización continental, enfrentamiento directo a los regímenes cipayos y una lucha planificada y sostenida por la liberación de los pueblos y naciones oprimidas.

17/12/2025

Bolivia en su bicentenario: La restauración neoliberal avanza bajo Rodrigo Paz entre reciclajes políticos y viejas mafias partidarias

Por Alex A. Chamán Portugal

Bolivia, 24 de noviembre de 2025

Han pasado apenas dos semanas desde que Rodrigo Paz Pereira, heredero de la dinastía neoliberal que forjó el Decreto 21060 en 1985, juró como presidente de Bolivia en el Palacio Quemado. El 8 de noviembre, el hijo de Jaime Paz Zamora se erigió como el 68º mandatario de la República. Su posesión representa la consumación de la restauración neoliberal con lo que se conculcarán derechos sociales y libertades demoliberales, así como, depredará los recursos nacionales. Este retorno no es un accidente electoral, sino la expresión caduca de un capitalismo atrasado y dependiente que, en su agonía, desangra a la nación y al pueblo para alimentar a la burguesía apátrida, entreguista y proimperialista. En el Bicentenario de la farsa republicana, Bolivia enfrenta no solo la crisis económica y política heredada, sino la afrenta simbólica y material contra su esencia plurinacional.

Recordemos que el perverso neoliberalismo irrumpió en Bolivia como un terremoto económico, político y social en agosto de 1985 bajo el Gobierno del MNR, a la cabeza de Víctor Paz Estenssoro. El DS 21060 representó el cierre de minas estatales y el despido de decenas de miles de mineros de COMIBOL bajo el pretexto de la “relocalización”; la privatización de YPFB, ENTEL y otras empresas públicas que olieran a soberanía. Lo que denominaron “estabilización” significó entreguismo, negociados, explotación, opresión, desempleo, pobreza e indigencia, las mismas injusticias que el capitalismo reproduce en todo el mundo. La hiperinflación del 24.000% se controló a costa de salarios congelados y una desigualdad que multiplicó por 42 los ingresos del 10% más rico frente al más pobre. El converso neoliberal Jaime Paz Zamora, padre de Rodrigo, profundizó las injusticias entre 1989 y 1993: legalizó el “impuesto al consumo” que golpeó a los sectores populares; abrió las puertas al narcotráfico en la banca; y firmó pactos con el siniestro FMI que convirtieron la deuda externa en cadenas de sometimiento. Gonzalo Sánchez de Lozada, genocida y neoliberal fugitivo, capitalizó y privatizó el gas y el agua, entregando regalías del 18% a transnacionales mientras el pueblo libraba la Guerra del Agua (2000) y la Guerra del Gas (2003), sacrificando casi un centenar de vidas en defensa de los intereses de la patria y la sociedad boliviana en su conjunto.

El nefasto periodo neoliberal (1985-2005) no fue ninguna “modernización”, como mienten los apologistas del imperialismo estadounidense y sus lacayos, puesto que fue una brutal acumulación del capital por despojo. Se impuso la superexplotación laboral en que el 80% de la fuerza de trabajo sigue hoy en la informalidad, la precarización sistemática de los derechos sociales y la conculcación de las libertades bajo el manto hipócrita de la “mano invisible”. Aquella ofensiva feroz demolió conquistas históricas, desmanteló la organización sindical y golpeó la capacidad de resistencia obrera y popular.

El Estado, esa maquinaria de dominación de clase, quedó reducido a su esencia represiva a través de la policía, las fuerzas armadas y cárceles, mientras el mercado, verdadera dictadura del capital financiero, devoraba la industria nacional y convertía a Bolivia en simple exportadora primaria: estaño ayer, gas hoy, litio mañana. Las consecuencias fueron devastadoras: desempleo, pobreza del 60%, analfabetismo y ecocidio en la Amazonía. Las relaciones sociales de desigualdad, explotación y opresión se profundizaron de manera ignominiosa.

En 200 años de vida republicana y sociedad capitalista jamás existió un genuino Proyecto Estratégico de Desarrollo Nacional, por lo que prevalecieron políticas entreguistas y favorables a las clases sociales dominantes, no dirigentes. Hoy, en pleno Bicentenario, el pueblo lo comprueba fehacientemente. Sin educación científica y sin desarrollo de las fuerzas productivas no hay avance tecnológico; de ahí la desindustrialización crónica y sus severas consecuencias para seguir como nación oprimida y “tercermundista”. Sin mercado interno no hay progreso ni cohesión nacional. El empresariado boliviano -esa burguesía parasitaria, mafiosa y rentista- nunca asumió un rol dirigente: se limitó a intermediar importaciones, vivir de la renta petrolera y realizar negociados con el narcotráfico, quebró entidades financieras para apropiarse ilícitamente de capitales y otras prácticas ilícitas para hacerse de capitales mientras el Estado se corrompía en prebendas, clientelismo y narconegocios, desde los Fondos Reservados hasta los lavados del MIR.

En 2006, con Evo Morales y el Gobierno del MAS, se viabilizó la estatización de los hidrocarburos, ENTEL y otras empresas estratégicas, además de la progresiva creación de nuevas empresas públicas. Se redujo la pobreza al 36%, se implementaron bonos sociales, se erradicó el analfabetismo y se recuperó la Whipala como emblema del Estado Plurinacional. La Ley Avelino Siñani–Elizardo Pérez (2010) encarnó la apuesta por la descolonización educativa mediante la interculturalidad, el reconocimiento de saberes ancestrales aymaras, quechuas, guaraníes y otros, así como la ruptura con el currículo neoliberal que pretendía domesticar y alienar al educando.

El Estado Plurinacional, consolidado en la CPE de 2009, reconoció 36 nacionalidades indígenas y estableció derechos colectivos largamente negados. Sin embargo, el capital, en su lógica imperialista, no tolera tales rupturas. La crisis global de 2008, agravada por la crisis interna de 2020, marcada por el golpe de Añez y las masacres de Senkata y Sacaba, junto con severos problemas e inadmisibles desaciertos del Gobierno de Arce–Choquehuanca, allanaron el camino para una restauración neoliberal encabezada por Rodrigo Paz. Este ya exhibe su esencia neoliberal al resucitar y cogobernar con lo que otrora fue el MIR, a pesar de no haber logrado la victoria electoral en su propia región de Tarija.

El gabinete ministerial del presidente Rodrigo Paz está conformado por José Luis Lupo en Economía, colaborador del empresario neoliberal Samuel Doria Medina, quien clama: “No creo en subsidios… Se nacionalizó el gas y no hay gas”. Viceministros del MIR, vinculados a casos de corrupción en hidrocarburos, colocan a operadores políticos que prometieron “capitalismo para todos” pero aplican ajustes salvajes. Incumplimientos flagrantes abundan, ya que Paz juró “sin FMI ni deuda”, pero se reunió con Nigel Clarke del FMI el 1 de noviembre, recibiendo “apoyo para reformas”. “El país que recibimos está devastado”, mintió en su posesión, culpando al MAS de una supuesta malversación de 15.000 millones de dólares, ignorando deliberadamente que su linaje familiar y político forjó el neoliberalismo depredador con negociados en desmedro de la nación.

La afrenta simbólica hiere más que el garrote económico lo que se aprecia en que el 8 de noviembre, Rodrigo Paz ordenó retirar la Whipala de las banderas oficiales en Palacio, tildándola de “símbolo divisivo”. En redes sociales miles de personas expresaron su repudio, recordando que “la Whipala no se toca” y denunciando que Paz “ataca nuestra identidad para complacer a la oligarquía cruceña”. Es un acto de genocidio simbólico mediante un golpe al artículo 1 de la CPE que reabre heridas coloniales y fortalece logias fascistas como la Nación Camba.

El continuismo proimperialista es descarado. El 15 de noviembre se acordó la “cooperación antinarcóticos” con la funesta DEA. Se reestablecieron relaciones con Estados Unidos, la nación más genocida y terrorista del planeta, prometiendo “estabilidad económica y apertura al mundo”. Se retomó el sometimiento al FMI y al BM mediante préstamos condicionados a privatizaciones, shock fiscal, eliminación de subsidios, apertura comercial y tratados de “libre comercio” con Estados Unidos y la Unión Europea, además de la exportación de litio y soya sin regalías. Y la traición mayor ocurrió el 18 de noviembre, cuando se suscribió un acuerdo diplomático con el régimen sionista y exterminador de Israel, reabriendo la embajada en Tel Aviv. Así, Paz se alinea con el despreciable régimen sionista mientras Palestina sigue siendo bombardeada y asesinada.

A todo lo anterior se suma la creciente injerencia del empresario neoliberal Samuel Doria Medina, cuya sombra se proyecta sobre las decisiones clave del nuevo gobierno. Diversas organizaciones sociales, así como el propio vicepresidente Edmand Lara, han denunciado que Doria Medina impone ministros, viceministros y directores, configurando un cogobierno no declarado. Su presencia expresa la continuidad de un proyecto entreguista vinculado al capital financiero, al expolio empresarial de los años 90 y al viejo esquema de endeudamiento condicionante del FMI y del Banco Mundial. Lejos de representar una renovación, Doria Medina reencarna el viejo modelo oligárquico que parasita al Estado, privatiza sus recursos y subordina la soberanía nacional a intereses imperialistas.

Los antecedentes de quienes hoy ocupan los ministerios y viceministerios profundizan esta alarma, ya que exfuncionarios del MIR fueron implicados en coimas, turbias operaciones políticas del ciclo 1989-2004 y exautoridades del régimen de Jeanine Áñez -algunos relacionados con masacres, represión o negociados en hidrocarburos- han sido reciclados como “tecnócratas” del nuevo gabinete. Esta restauración de figuras desprestigiadas y cómplices de políticas antinacionales revela la verdadera naturaleza del gobierno entrante, por ende, no representa un proyecto modernizador, sino la reposición desnuda del neoliberalismo más rancio, antipopular y enemigo de la soberanía boliviana.

CUATROCIENTOS NOVENTA Y TRES AÑOS DE HUMILLACIÓN DEL PUEBLO PERUANO

Richard Gonzales

Desde la invasión del imperio español, cuando la masa campesina era considerada como no humana, explotada y exterminada con todo tipo de trabajos forzados, hasta el sometimiento cultural impuesto bajo la cruz y el mosquete, el pueblo peruano ha vivido siglos de dominación.

Tras la llamada “emancipación”, aquella humillación se profundizó bajo las botas de los hijos de los españoles, quienes pasaron del dominio imperial español al dominio de Inglaterra.

A pesar de la lucha y resistencia de los pueblos —tanto bajo el yugo del imperio español como del inglés— la crueldad y el sufrimiento prosiguieron bajo el imperialismo yanqui.

La explotación y la opresión ya no provenían de un solo imperio, sino de un sistema capitalista que combinaba la semifeudalidad con un capitalismo tardío y burocrático.

La humillación a la nación se evidenció de forma nítida durante la guerra con Chile, un conflicto alentado por intereses imperiales en disputa. La burguesía y los terratenientes peruanos, sin una pizca de patriotismo, servían a las tropas invasoras en banquetes y pailas, mientras estas violaban a sus “compatriotas” y tomaban Lima.

La resistencia fue protagonizada por un puñado de patriotas y por la inmensa masa popular. No así por la burguesía parasitaria, cuyos funcionarios negociaban con el enemigo, robaban los presupuestos destinados a la defensa o entregaban parte del territorio nacional, como ocurrió con Ecuador, Brasil y Colombia.

La pérdida reiterada de territorio demuestra que a esta burguesía nunca le importaron la patria ni la nación. El pueblo, en cambio, siempre resistió; él es el verdadero patriota, no las calañas vendepatrias.

La esencia de esta burguesía ha sido siempre la misma: una clase que jamás asumió la cultura, las tradiciones, las costumbres ni las identidades de su propio pueblo, esas que han forjado la historia y los símbolos de la nación.

No sienten esta patria como suya, salvo para saquearla o venderla. Son simples mercachifles, incapaces de diseñar un proyecto real de desarrollo autónomo, independiente y soberano, como sí lo lograron otros países capitalistas que hoy son potencias o superpotencias.

Podríamos preguntarnos: ¿en qué revolución industrial fueron partícipes o mentores? ¡En ninguna! Solo han sido lamebotas, entreguistas, mercachifles bárbaros.

Siempre soñaron con emular a sus amos, aspirando a una cultura europea —hoy en decadencia y decrepitud— o a la de su amo yanqui. Por eso desprecian al indio, al pobre, al “marginado”, al habitante de los conos y provincias que trabaja en sus fábricas, comercios, casas, maneja sus autos y cuida a sus hijos.

Las sociedades con raíces quechuas, aimaras y de otras minorías nacionales solo existen para ellos en la medida en que puedan ser mercantilizadas: extraerles impuestos, explotarlos en sus industrias, negarles derechos. Para esa clase dominante, son sociedades inexistentes dentro del mundo que sueñan; no los consideran sujetos históricos transformadores ni generadores de riqueza, sino bestias de carga —adiestradas o no—, reemplazables y desechables, disciplinadas por un marco jurídico que legitima la explotación y la opresión.

La crueldad y la humillación persisten aún en la sociedad actual, capitalista y dependiente del imperialismo. Si existiera una burguesía “madura”, debería ser la base de un verdadero desarrollo nacional; sin embargo, ocurre lo contrario: hoy está más sometida que nunca a sus antiguos y nuevos amos, profundizando la desintegración interna, la corrupción y la caotización social para seguir saqueando todo lo que puedan, como vulgares asaltantes de esquina.

Por tanto, no debe haber contemplación alguna con estos canallas. No debe haber miedo ni consideración. Solo debe expresarse nuestro odio de clase, nuestra rabia contenida, la cual debe explotar, aunque haya costos que pagar.

Por esa misma razón, se impone la necesidad de una organización única del pueblo en un frente único, guiado por sus mejores hijos, para cristalizar otro mundo para los explotados y oprimidos, utilizando las herramientas que la historia ha dado a los pueblos del mundo: las experiencias vivas que permitan retomar y culminar los procesos truncos del acero.

Estamos en esa disyuntiva: tomar las riendas de nuestro destino o permitir que ellos impongan su sociedad elitista y tecno-feudal.

17 de octubre de 2025

UNA COSA ES LOS PROBLEMAS EN LA DIRECCION DEL ESTADO REACCIONARIO Y OTRA COSA ES EL DESARROLLAR DEL CAMINO DEL PUEBLO

Richard Gonzales
10 de octubre de 2025

Los problemas que enfrenta el capitalismo dependiente del imperialismo en el Perú no son nuevos y están estrechamente vinculados a su modo de producción, aún caracterizado por un capitalismo tardío. Las relaciones productivas existentes atraviesan una profunda crisis, que forma parte de la crisis general del sistema imperante. Las disputas por el poder y la persistente acumulación del capital tienen como contraparte la más descarada explotación y opresión, expresadas en la precariedad laboral, la conculcación de derechos, la democracia formal y la disfuncionalidad del Estado. Ante el creciente descontento popular, la respuesta de las clases dominantes es el autoritarismo y la caotización de la sociedad, como mecanismos para contener la lucha de las masas que desborda los límites del orden burgués.

Pero el asunto va más allá de los hechos coyunturales. Debemos comprender los sucesos de este país como manifestaciones de fenómenos universales, necesarios para explicar la caotización contemporánea de las sociedades. El problema de fondo radica en que el capitalismo en su fase imperialista ha alcanzado un nivel de reaccionarización tal, que hoy barre con su propia democracia liberal y con los derechos que alguna vez proclamó, intentando imponer un nuevo conservadurismo moral y social, una redefinición regresiva del orden mundial.

Para ello, las élites capitalistas buscan romper toda cohesión social y nacional, destruir los límites y los obstáculos heredados de las revoluciones burguesas que aún contenían parcialmente la voracidad del capital. Pretenden así garantizar el derecho absoluto de las corporaciones, llevándolo al extremo de una codicia sin restricciones.

De ahí que necesiten promover un conflicto permanente y profundo para justificar lo que Steve Bannon denomina una “crisis civilizatoria”. Como él mismo señala: “No basta ganar elecciones, tomar instituciones, infiltrar cargos públicos o influir en los think tanks; se trata de moldear estructuras estatales” para un mayor desencadenamiento del poder real burgués.

En ese marco, la Cuarta Revolución Industrial acelera este proceso, en el que se busca el control total de la población y el dominio global mediante la tecnología. Para el capital transnacional, la democracia liberal —con ciertos derechos extendidos— entra en conflicto con lo que ellos consideran su “libertad individual” y el “progreso tecnológico ilimitado”. En consecuencia, plantean no la igualdad universal, sino la desigualdad estructural como principio de funcionamiento del sistema.

En sus propias concepciones, libertad y democracia ya no son compatibles en sus formas actuales. Se debe, según ellos, abandonar el humanismo de la revolución burguesa y avanzar hacia una etapa “poshumanista”, donde la tecnología sustituya al ser humano como fuerza de trabajo. Proponen así un maquinismo extremo, una tecnomanía o incluso un neofeudalismo tecnológico.

Estamos, pues, ante un proceso de nihilismo y antihumanismo: la desintegración del valor del ser humano como sujeto central. La centralidad del “hombre” como valor supremo del capitalismo liberal está agotada. En su lugar, se promueven los flujos del capital, el mecanicismo tecnológico y otros procesos evolutivos desprovistos de toda referencia humana. Sobre esa base se proyecta el ideal del “homo deus” de una minoría privilegiada, mientras el resto de la humanidad es reducido a siervos sin derechos ni libertades, subordinados a los designios de las élites.

El resto de la población se convierte, gradualmente, en un excedente eliminable, ya sea mediante la guerra, el hambre o los llamados “métodos blandos” de control poblacional. De esta manera, las sociedades son caotizadas deliberadamente para provocar que los propios explotados se eliminen entre sí, reduciendo el “exceso” humano que el capital ya no necesita.

Estas élites proponen una sociedad dirigida por corporaciones jerarquizadas, no por votos ni por derechos universales, sino por el poder de unos pocos. Se trata de un elitismo global, una forma de darwinismo social, la implantación de una aristocracia tecnológica o tecnocapitalismo.

Según su planteamiento, el futuro no pertenece a las masas ni a su acción transformadora, sino a las máquinas, los algoritmos y las redes autónomas. El objetivo es liberar al capital y a la tecnología de toda restricción moral o democrática, instaurando un autoritarismo tecnológico y poshumano extremo, una auténtica filosofía del caos y del colapso, carente de toda ética humana.

Solo comprendiendo estos procesos podemos explicar los sucesos del mundo actual. Lo que se halla en marcha es la acción deliberada de las élites globales contra la humanidad, razón por la cual se requiere mayor conciencia, capacidad de lucha, rebeldía y organización universal como contraparte de estos planes en curso.

Los sujetos históricos deben activarse con decisión y firmeza frente al sistema inicuo y cruel que pretende conducirnos hacia una civilización de la deshumanización y la servidumbre tecnológica.

10/10/2025

Why stock brokers should be 1 of the 7 deadly sins

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