Red de prensa popular latinoamericana

¿CRISTO AL SERVICIO DEL PODER O DE LOS POBRES? FE, REBELDÍA Y CONCIENCIA EN TIEMPOS DE DESHUMANIZACIÓN

Por: Julio Gerardo Padilla Sánchez

                                                                                                                                                                                                

Por estos días, cuando la empatía parece disolverse, la sensibilidad humana se erosiona y la solidaridad social se debilita bajo el peso de un sistema capitalista en crisis, en su fase imperialista más agresiva contra pueblos hermanos, vuelve a sonar una pregunta incómoda: ¿Cristo está al servicio de quién?

En 1975, el cantautor venezolano Alí Primera lanzó una canción provocadora titulada “Cristo al servicio de quién”. En ella denunciaba a una iglesia jerárquica que, según su reflexión crítica, había terminado aliada con los poderosos y distante del pueblo trabajador oprimido. La pregunta no era solo teológica; era profundamente política y moral. ¿Puede el mensaje de Jesús convivir con la opresión? ¿Puede la cruz caminar de la mano de la espada?

La historia de América Latina ofrece episodios dolorosos. La conquista española se realizó “en nombre de Cristo y de la corona”, mientras pueblos originarios eran sometidos, despojados y exterminados. La evangelización muchas veces llegó acompañada de violencia despiadada y destrucción de todo tipo. Sin embargo, reducir la historia de la Iglesia a esa complicidad sería injusto. También hubo algunos religiosos que se colocaron del lado de los oprimidos y pagaron un alto precio por ello.

En México, durante la lucha por la independencia, sacerdotes como Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón y Mariano Matamoros encabezaron ejércitos insurgentes, abolieron la esclavitud y promovieron proyectos constitucionales que buscaban justicia social. El fraile Servando Teresa de Mier defendió la libertad de pensamiento y promovió el reconocimiento de Simón Bolívar como Libertador de América. Aquellos sacerdotes entendieron la fe no como resignación, sino como compromiso histórico.

Pero la emancipación latinoamericana pronto enfrentó nuevas formas de dominación. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe bajo el lema “América para los americanos”. Con el tiempo, esa consigna justificó intervenciones políticas, golpes de Estado y formas modernas de subordinación. La explotación del hombre por el hombre no desapareció; mutó. Hoy se expresa desigualdades extremas, migraciones forzadas, extractivismo salvaje, explotación, empobrecimiento de la vida.

En ese contexto, tras el Concilio Vaticano II, emergió en 1968 la Teología de la Liberación. Más que una corriente doctrinal, fue una opción ética: la “opción preferencial por los pobres”. Planteó que el Evangelio debía leerse desde la realidad de los explotados y oprimidos, así como dejo en claro que la fe implicaba transformación social. No bastaba con predicar; era necesario actuar.

En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal se integró al proceso revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. En El Salvador, Óscar Arnulfo Romero denunció con valentía las violaciones a los derechos humanos hasta ser asesinado mientras oficiaba misa en 1980. En México, el obispo Sergio Méndez Arceo se convirtió en una voz profética contra las dictaduras latinoamericanas; Samuel Ruiz García, conocido como “Tatik”, defendió a los pueblos indígenas y fue mediador con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Más recientemente, José Raúl Vera López ha destacado por su defensa de migrantes y víctimas de abusos de poder.

En Colombia, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo sostuvo que “la revolución es una necesidad cristiana” y se incorporó al Ejército de Liberación Nacional, donde murió en combate en 1966. Inspirados en él, sacerdotes como Domingo Laín y Manuel Pérez Martínez asumieron compromisos radicales. En Nicaragua, Gaspar García Laviana cayó combatiendo a la dictadura somocista. En El Salvador, el sacerdote Ernesto Barrera Moto también murió en el contexto de la lucha insurgente.

Se podrá analizar y debatir acerca de los métodos, sin embargo, no puede negarse la coherencia entre fe y compromiso con los oprimidos que marcó a estas figuras. Fueron hombres de Iglesia que optaron por caminar con el pueblo y no sobre él.

El poeta uruguayo Mario Benedetti lo expresó con fuerza en su poema “Padre Nuestro Latinoamericano”, donde interpela a un Dios que no puede ser cómplice de la miseria ni de los misiles. “Yo creo en vos, Cristo obrero…”, escribió, devolviendo al Evangelio su dimensión popular.

Hoy, cuando el individualismo extremo y la lógica del mercado erosionan valores, principios, conciencia, moral, estilo de vida, etc., la pregunta de Alí Primera sigue vigente. ¿Cristo al servicio de quién? ¿De los explotadores y opresores, de las potencias capitalistas e imperialistas y sus intereses geopolíticos? ¿O de los pueblos explotados y oprimidos que luchan por dignidad?

La crisis actual no es solo económica o política, también es una crisis de conciencia y moral. Se pierde la sensibilidad ante el dolor ajeno, se normaliza la desigualdad, se trivializa la violencia, se asume posturas indiferentes y de no importismo. Frente a ello, la tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que la fe auténtica no puede ser indiferente. Que el Evangelio no es un ornamento del poder, sino una interpelación permanente a la injusticia.

Quizá el mayor legado de aquellos sacerdotes comprometidos no sea su militancia concreta, sino su coherencia ética. Entendieron que no hay neutralidad posible ante la explotación, opresión y dominación contra naciones y pueblos como Cuba, Venezuela, Palestina, Líbano, Yemen, Irán, etc. Que callar también es tomar partido. Y que, si Cristo caminó entre pobres, sometidos y marginados, difícilmente podría estar del lado de quienes los someten, oprimen y explotan.

En tiempos de deshumanización, recuperar la empatía y la solidaridad no es solo un acto de conciencia y moral, sino que es un acto profundamente político. Porque, al final, la pregunta no es solo teológica. Es histórica y urgente: ¿de qué lado estamos?

Vicente Guerrero: El Inmortal de las Montañas y la Vigencia de «La Patria es Primero»

Por Julio Gerardo Padilla Sánchez

En la historia de México, pocos nombres resuenan con la fuerza moral y la coherencia de Vicente Ramón Guerrero Saldaña. A más de dos siglos de sus hazañas, la figura de este líder afroindígena no solo se recuerda por haber consumado la Independencia, sino por encarnar la resistencia frente a la tiranía. Su vida y su legado nos recuerdan que, ante la adversidad y el injerencismo extranjero, la dignidad nacional no se negocia.

De la montaña a la historia

Nacido en Tixtla, en el corazón de lo que hoy es el estado de Guerrero, Vicente provenía de una familia humilde y trabajadora. Hijo de Juan Pedro Guerrero, afrodescendiente, y María Guadalupe Saldaña, indígena, Vicente llevó en su sangre la herencia de los pueblos oprimidos de la Nueva España.

Su formación no se dio en las academias militares, sino en el fragor de las batallas y resistencias. Se unió a la insurgencia a finales de 1810, demostrando una valentía y una inteligencia táctica que pronto le valieron el rango de capitán otorgado por José María Morelos. Tras la muerte de Morelos en 1815, cuando muchos creían que la causa estaba perdida, Guerrero se convirtió en el alma de la resistencia (1816-1821).

Experto en la guerra de guerrillas, transformó las montañas del sur en una fortaleza inexpugnable. Conociendo el terreno como nadie y utilizando tácticas de desgaste, organizó a tropas que peleaban con lanzas, machetes y fusiles, volviéndose un estratega temido por los realistas. Fue su perseverancia militar la que obligó a Agustín de Iturbide a pactar, logrando la consumación de la independencia con el Plan de Iguala y la formación del Ejército Trigarante.

El humanista que rompió las cadenas

Más allá del fusil, Vicente Guerrero empuñó la pluma por la justicia social. Al asumir como el segundo presidente de la nación mexicana en 1829, su mandato, aunque breve (abril a diciembre), dejó una huella imborrable en los derechos del pueblo y en los derechos humanos.

El 15 de septiembre de 1829, Guerrero firmó el decreto que abolió oficialmente la esclavitud en México. Aunque Hidalgo y Morelos lo habían proclamado antes, fue Guerrero quien materializó la libertad efectiva, rompiendo las cadenas de miles de esclavos y enfrentándose a los intereses económicos de las clases sociales dominantes y las potencias extranjeras. Este acto colocó a México a la vanguardia humanista, mucho antes que otras naciones del continente.

«La Patria es Primero»: Un grito vigente

Posiblemente el momento que mejor define su estatura moral ocurrió antes de la victoria final. En 1820, el virrey Apodaca, incapaz de derrotarlo por las armas, intentó comprarlo. Envió al propio padre de Vicente, Juan Pedro Guerrero, para ofrecerle el indulto, dinero y puestos militares si deponía las armas.

La historia cuenta que su padre se arrodilló y le rogó que aceptara por el bien de la familia. Vicente, conmovido pero firme, reunió a sus soldados, señaló a su padre y pronunció la frase que hoy está inscrita en letras de oro en el Congreso: «Compañeros, este viejo es mi padre. Ha venido a ofrecerme el indulto en nombre de los españoles. Siempre he respetado a mi padre, pero… ¡La Patria es Primero!».

El legado de Guerrero ante la arremetida del Imperialismo estadounidense actual

Hoy, esa sentencia -«La Patria es Primero»- cobra una vigencia urgente en América Latina y el mundo. En la actual coyuntura, donde el cruel imperialismo estadounidense busca avasallar la soberanía de los pueblos aplicando abusivamente embargos, bloqueos, sanciones, guerras y masacres, el ejemplo de Guerrero es un faro de dignidad y lucha antiimperialista.

Así como Guerrero resistió en las montañas sin rendirse ante el imperio español, hoy los pueblos de Cuba, Venezuela e Irán resisten las políticas genocidas y los intentos de asfixia económica. Su frase resuena en la heroica resistencia del pueblo de Palestina, y en la lucha por la autodeterminación en Irán, Líbano y Yemen. Vicente Guerrero nos enseñó que la soberanía no se vende y que, frente a las amenazas de las potencias imperialistas, la lealtad a la patria y a los principios de liberación nacional es el único camino posible.

El precio de la consecuencia

La coherencia de sus ideales no lo libró de enfrentarse a traiciones y conflictos internos, pues, derrocado por fuerzas conservadoras, fue capturado y ejecutado en 1831, poniendo fin a una vida entregada por completo a la causa de la libertad y justicia de su pueblo.

Su memoria persiste no solo en los libros de historia, sino también en las plazas, monumentos y en la conciencia colectiva de quienes ven en su figura un ejemplo de entrega total a los principios de justicia, igualdad y libertad.

LA BIPOLARIDAD ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA EN ESCENARIOS DE COLUSIONES Y PUGNAS INTERIMPERIALISTAS

Alex A. Chamán Portugal

Introducción

Se destaca la crisis del orden unipolar y reconfiguración del capitalismo mundial, puesto que el sistema internacional se caracteriza por superar el perverso orden unipolar instaurado tras la disolución y desmembramiento de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La caída del orden unipolar estadounidense puede interpretarse como un reajuste del escenario internacional entre Estados, por consiguiente, una expresión histórica concreta de las contradicciones internas del capitalismo en su fase imperialista terminal. La hegemonía única estadounidense, consolidada en la década de los noventa en base al parasitario capital financiero, la supremacía militar y sus genocidas políticas guerreristas, el coaccionador control institucional del orden mundial, entró en una etapa de declive efectivo, erosionada por severas crisis recurrentes, sobreacumulación de capital y pérdida de legitimidad política.

En este contexto emerge una bipolaridad estructural entre el imperialismo de Estados Unidos y China capitalista, que no reproduce mecánicamente la lógica de la Guerra Fría (entre el campo capitalista versus el socialista), sino que se asienta plenamente en el marco del capitalismo mundial en descomposición. La actual rivalidad enfrenta dos formas relativamente diferenciadas de capitalismo, ambas insertas en la ley del valor, la acumulación ampliada y la competencia interimperialista expresada en apropiación de recursos naturales y disputas por mercados mundiales.

La bipolaridad en desarrollo es el resultado de la indetenible debacle hegemónica estadounidense y el imparable ascenso de China, situación que se caracteriza por la coexistencia contradictoria de colusión estructural e intensificación de las pugnas interimperialistas, particularmente en los ámbitos científico-tecnológico, financiero, industrial y comercial.

1. El imperialismo y el agotamiento de la unipolaridad

El imperialismo no constituye una política exterior accidental, sino una fase histórica terminal del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la exportación de capitales, la dominación financiera y la lucha entre grandes potencias capitalistas por mercados, recursos y zonas de influencia (Lenin, 1917/2008).

La unipolaridad estadounidense, posterior a la caída del Muro de Berlín de 1991, se sustentó en tres pilares esenciales:

a) Hegemonía financiera, siendo el dólar como moneda mundial de reserva y de transacciones, permitiendo a Estados Unidos financiar déficits estructurales y ejercer poder coercitivo mediante sanciones unilaterales.

b) Supremacía militar global, ya que más de 850 bases militares y un gasto de defensa que, incluso en 2023, superó los 880 mil millones de dólares, equivalente a cerca del 40 % del gasto militar mundial (SIPRI, 2024).

c) Dominio ideológico-institucional, mediante la imposición del fracasado y depredador neoliberalismo contra los pueblos del mundo, a través del FMI, el Banco Mundial y la OMC.

Referida configuración entró en profundos aprietos con la crisis financiera de 2008, que evidenció los límites del capital financiero desregulado y marcó el inicio de una desaceleración estructural del centro capitalista cuyo epicentro es Estados Unidos. A partir de ahí, el crecimiento económico mundial ha sido sostenido en gran medida por Asia, especialmente por China, que pasó de representar el 4 % del PIB mundial en el 2000 a superar el 18 % en el 2023, y más del 35 % del PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) (Banco Mundial, 2024).

2. China capitalista y su proyección imperialista

Contrariamente a las narrativas que presentan ilusamente a China como una alternativa al capitalismo, resulta más preciso caracterizarla como un capitalismo de Estado, en que el partido-Estado actúa como capitalista colectivo, orientando la acumulación explotadora, disciplinando al capital privado y proyectando intereses nacionales en el exterior.

La expansión china responde a contradicciones internas del proceso de acumulación capitalista, expresada en la sobrecapacidad industrial, necesidad imperiosa de nuevos mercados, aseguramiento voraz de materias primas y control de cadenas de valor estratégicas. La iniciativa de la Franja (ruta terrestre) y la Ruta (marítima) debe interpretarse, por consiguiente, como un mecanismo de exportación de capital, infraestructura y crédito, orientado a absorber excedentes y garantizar posiciones geoeconómicas en Asia, África, América Latina y Oceanía.

En términos materiales y económicos, el ascenso de china se expresa en datos importantes:

  • China concentra más del 30 % del valor agregado manufacturero mundial, superando ampliamente a Estados Unidos y con tendencia a ampliarse (UNIDO, 2023).
  • Controla aproximadamente el 90 % del procesamiento de tierras raras y más del 70 % de las cadenas de suministro de baterías de litio, insumos críticos-claves para la transición energética y la IV Revolución Industrial.
  • Su gasto militar oficial se despuntó por encima de 314 mil millones de dólares en 2023, aunque varias estimaciones independientes lo sitúan cerca de 450 mil millones, con una tasa de crecimiento sostenida superior al promedio occidental (SIPRI, 2024).

Estos aspectos permiten asegurar que China ha dejado de ser una potencia emergente para convertirse en un protagonista polo imperialista en desarrollo, en colisión directa con los intereses históricos del imperialismo estadounidense en creciente decadencia.

3. La bipolaridad como manifestación del capitalismo en ruinas

La bipolaridad actual no involucra un equilibrio estable entre Estados Unidos y China, sino una estructura de alta fricción, en que la feroz competencia se desarrolla en una coyuntura de interdependencia profunda en que la colusión y pugna son recurrentes. Así, Estados Unidos y China están atrapados en una relación que combina referidas dos importantes cuestiones:

a) Colusión estructural, en que el comercio bilateral es superior a 575 mil millones de dólares anuales, interdependencia financiera y estabilidad del sistema monetario global.

b) Pugnas interimperialistas, mediante la guerra tecnológica (semiconductores, IA), sanciones económicas, control de rutas comerciales, militarización del Indo-Pacífico.

Esta relación puede caracterizarse como una contradicción entre capitales nacionales altamente concentrados, en que la competencia no busca destruir el sistema, sino reordenar la jerarquía dentro del capitalismo globalizado. No existe aquí un proyecto alternativo emancipador en disputa, sino una lucha por la hegemonía en la reproducción ampliada del capital. En suma, se tiene potencias que contienden por perennizar el cruel orden capitalista.

4. Aportes teóricos para interpretar la bipolaridad

Autores como Giovanni Arrighi (2007) y David Harvey (2014) permiten comprender esta transición como parte de los ciclos sistémicos de acumulación histórica, en que una potencia declinante (Estados Unidos) conserva el poder financiero, político y militar, mientras una potencia ascendente (China) lidera la producción real, es decir, científica-tecnológica expresada en una vigorosa industrialización. Así, la bipolaridad expresa un desfase entre poder productivo industrial y poder financiero especulativo, generando tensiones estructurales prolongadas que las afectan.

Asimismo, desde la teoría del sistema-mundo (Wallerstein), la rivalidad entre China y Estados Unidos debe leerse como una disputa por el centro del modo de producción capitalista, con implicancias directas para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios de disputa, dependencia tecnológica y extracción de valor.

En suma, la bipolaridad entre Estados Unidos y China no es un fenómeno coyuntural ni meramente geopolítico, sino una forma histórica del imperialismo, surgida de las contradicciones del capitalismo globalizado en profundiza crisis. Su comprensión exige abandonar enfoques idealistas o normativos y asumir una lectura materialista-dialéctica y crítica, capaz de vincular poder, acumulación y lucha anticapitalista y antimperialista.

5. La guerra tecnológica y financiera como expresión de la pugna interimperialista

En la fase actual del capitalismo, la competencia interimperialista se ha desplazado gradualmente desde la confrontación político y militar directa hacia el control de los principales sectores estratégicos de la IV Revolución Industrial. Actualmente, la disputa entre Estados Unidos y China se expresa, con bastante ímpetu, en los ámbitos de los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones 5G, la robótica, la computación cuántica y las finanzas digitales.

Esta guerra tecnológica no es un absurdo, sino una manifestación inevitable de la tendencia del capital a apropiarse de las fuerzas productivas más avanzadas para garantizar ventajas en la competencia global. El control científico y tecnológico se constituye, así en una fuente de renta extraordinaria, ya que refuerza la concentración y centralización del capital a escala planetario.

El imperialismo estadounidense conserva una posición dominante en el diseño de microchips de alta gama y en el control de nodos críticos de la cadena global de valor de la industria de semiconductores, particularmente a través de empresas estratégicas como ASML, NVIDIA y TSMC. Esta supremacía tecnológica ha permitido a Estados Unidos desplegar arbitrariamente un conjunto de sanciones tecnológicas selectivas orientadas a frenar el ascenso científico-tecnológico de China, especialmente en los segmentos más avanzados de la producción de chips.

Entre 2019 y 2024, Estados Unidos acrecentó los controles de exportación que restringen el acceso de empresas chinas a equipos de litografía avanzada, software especializado y componentes críticos, con el objetivo explícito de ralentizar el desarrollo tecnológico autónomo de su principal competidor estratégico. De acuerdo con un informe del Congreso de Estados Unidos difundido por Infobae, estas determinaciones forman parte de una estrategia sistemática destinada a impedir que China alcance la autosuficiencia en la producción de semiconductores de última generación, considerados como un insumo clave para la inteligencia artificial, la industria militar y la digitalización de la economía (Infobae, 2025).

Estas restricciones no responden solamente a consideraciones de seguridad nacional, sino que constituyen una forma de intervención estatal directa al servicio del capital monopolista, orientada a preservar rentas tecnológicas extraordinarias y posiciones dominantes en el marco de la competencia interimperialista. La denominada guerra de los chips expresa así una de las contradicciones medulares del capitalismo actual, por lo que empeora la tensión entre la socialización global de las fuerzas productivas y su apropiación privada por un reducido núcleo de potencias capitalistas e imperialistas.

China ha respondido con una política estratégica de sustitución tecnológica acelerada, incrementando su inversión en investigación y desarrollo sofisticado hasta superar los 550 mil millones de dólares anuales, cifra que la sitúa en el segundo lugar a nivel mundial, apenas por debajo de Estados Unidos. Este esfuerzo no persigue ninguna ruptura con el capitalismo global, sino la consolidación de un polo científico y tecnológico propio dentro del mismo sistema.

En el escenario financiero, la pugna se articula en torno a la cada vez menor hegemonía del dólar. No obstante, este continúa representando cerca del 58 % de las reservas internacionales, por lo que su uso como instrumento de coerción política ha incentivado procesos de desdolarización parcial, impulsados por China mediante acuerdos bilaterales, la utilización del yuan en comercio energético y el fortalecimiento de bancos de desarrollo alternativos. Sin embargo, estas iniciativas no conllevan aún una ruptura sistémica, sino una erosión gradual del poder financiero estadounidense.

6. Militarización contenida y traslado del conflicto hacia las naciones y pueblos

A diferencia de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la bipolaridad actual se caracteriza por una velada carrera armamentista entre los polos centrales, sin soslayar a Rusia. También por la externalización del conflicto hacia regiones periféricas y semiperiféricas que se configuran como espacios de disputa indirecta, en la que se combinan intereses geoeconómicos, estratégicos y militares.

El imperialismo Yanqui mantiene cierta supremacía militar, con un presupuesto que supera ampliamente al de cualquier otro Estado. Sin embargo, China ha desarrollado sorprendentes capacidades de disuasión regional asimétrica, especialmente en el Mar de China Meridional y en el estrecho de Taiwán. Esta situación viene generando un equilibrio inestable con riesgos bélicos, en que la confrontación directa resulta altamente costosa para ambas potencias.

Esta dinámica puede interpretarse como una forma de gestión del conflicto interimperialista, en la que el empleo de la fuerza se subordina a la preservación de las condiciones generales de reproducción del capital global. La guerra abierta entre referidas potencias pondría en riesgo las cadenas globales de valor, el sistema financiero y la estabilidad del mercado mundial, afectando directamente a los grupos dominantes del capital en ambos países.

7. Naciones oprimidas y pueblos como espacios de disputa estructural

La bipolaridad China Estados Unidos tiene profundas implicancias para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios privilegiados de competencia para saquear los recursos naturales, apropiarse de mercados, ofertar infraestructura y concretar alineamientos políticos. Latinoamérica, ocupa un lugar estratégico por su cuantiosa riqueza en litio, cobre, oro, plata, hidrocarburos, biodiversidad y alimentos.

China se ha consolidado como principal socio comercial de muchos países latinoamericanos, desplazando a Estados Unidos en economías clave. Entre el 2000 y el 2023, el comercio entre China y América Latina pasó de 12 mil millones a más de 480 mil millones de dólares, acompañado por inversiones en rubros estratégicos como minería, energía e infraestructura. Sin embargo, esta relación reproduce, en la mayoría de los casos, una inserción dependiente basada en la exportación de materias primas, lo que impide el desarrollo industrial autónomo de la región. Este proceso se enmarca en la división internacional del trabajo estructurada por la lógica opresora del capitalismo, la cual reproduce y profundiza desigualdades estructurales al concentrar las actividades de alto valor agregado en las naciones industrializadas, mientras relega a las economías desindustrializadas a funciones subordinadas, primario-exportadoras y de bajo contenido científico tecnológico, consolidando así relaciones de dependencia y atraso.

Estados Unidos combina mecanismos tradicionales de influencia (instituciones financieras, tratados comerciales, cooperación militar) con estrategias coercitivas como las que se aplican en Venezuela Bolivariana, Cuba, etc., orientadas a contener la expansión china en su patio trasero o área histórica de influencia.

Esta situación no representa una oportunidad automática de emancipación para las naciones oprimidas y pueblos, sino una reconfiguración de las relaciones de dependencia, en que los Estados latinoamericanos capitalistas oscilan entre uno y otro polo sin modificar sustancialmente su lugar subordinado y de atraso en la división internacional del trabajo.

8. La IV Revolución Industrial y la lucha por el control de las fuerzas productivas

La IV Revolución Industrial constituye el campo estratégico central de la bipolaridad en la que contienden Estados Unidos y China. La automatización o robótica, la digitalización o internet de las cosas y la inteligencia artificial redefinen la productividad y reconfiguran las relaciones de clase social (explotadores versus explotados) a escala mundial, intensificando la lucha de clases merced a mayor explotación del trabajo y la precarización laboral, así como, a conculcación de derechos fundamentales y libertades demoliberales.

Estados Unidos y China buscan liderar esta transformación, no para transformar revolucionariamente la sociedad capitalista, sino para salvarle y pretender eternizarla asegurando posiciones dominantes en la apropiación del valor generado por las nuevas fuerzas productivas. Así, la disputa científica tecnológica es inseparable de la lucha por la hegemonía ideológica y cultural, en la que cada polo promueve narrativas demagógicas de “libertad”, “democracia”, “equidad”, “equilibrio”, “seguridad” o “desarrollo” funcionales a sus respectivos proyectos de poder imperialista.

9. Conclusiones

La bipolaridad del siglo XXI entre Estados Unidos y China debe ser comprendida no como la marcha hacia un nuevo modo de producción, sino como una expresión histórica de la crisis estructural del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de inaugurar una etapa de estabilidad, esta configuración bipolar representa una fase prolongada de descomposición del imperialismo, en la que los mecanismos tradicionales de regulación económica, política y geoestratégica han perdido eficacia frente a las contradicciones internas del capital.

Esta bipolaridad expresa, por un lado, la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense y sus aliados, incapaz de sostener de manera unilateral su dominación global, y por otro, el ascenso de un nuevo polo capitalista encabezado por China y sus aliados, que no rompe con la lógica del injusto sistema burgués, sino que busca reconfigurar las relaciones de poder dentro del mismo orden capitalista e imperialista. En este marco, la disputa no se orienta a superar el capitalismo, sino a redefinir las condiciones de la dominación, la apropiación del excedente y el control de las fuerzas productivas a escala mundial.

La pugna interimperialista no contiene en sí misma ningún potencial emancipador. Por el contrario, tiende a profundizar la explotación de la fuerza de trabajo, la dependencia de las naciones oprimidas, la desigualdad social y la militarización del sistema internacional expresada en políticas genocidas, incrementando el riesgo de guerras regionales y de una conflagración generalizada como la III Guerra Mundial en ciernes. Conviene recordar que la historia demuestra, fehacientemente, que las contradicciones entre potencias imperialistas se resuelven, en última instancia, mediante la violencia organizada, trasladando los costos humanos y materiales a los pueblos del mundo.

En consecuencia, la superación de esta lógica no puede provenir de la sustitución de una hegemonía imperialista por otra, ni de la ilusión de un capitalismo “alternativo” o “más humano”. La salida histórica solo puede construirse a partir de la articulación de proyectos políticos revolucionarios, anticapitalistas y antiimperialistas, protagonizados por las clases sociales explotadas, las naciones oprimidas y los pueblos del mundo, capaces de combatir radicalmente las bases materiales, políticas e ideológicas del capitalismo.

La humanidad no necesita un capitalismo en descomposición ni su fase imperialista, sino una sociedad superior, fundada en la abolición de la explotación del hombre por el hombre, en la emancipación de los pueblos y en una organización social orientada a la armonía, la justicia y la libertad plenas. En este devenir histórico, la lucha de clases y la revolución proletaria continúan siendo el motor fundamental de la transformación social.

Referencias (APA 7 – en español)


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Wallerstein, I. (2005). Análisis de sistemas-mundo. Siglo XXI Editores.

LAS ELECCIONES DEL 2026 EN PERU

Richard Gonzales

Dicen que la “democracia” es un sistema político donde la soberanía reside en el pueblo. Siendo así, el poder político supremo del pueblo, en estos más de 30 años, ha venido exigiendo cambios fundamentales, con mucha mayor razón en la última década, en la que la demanda por una nueva Constitución se vuelve indispensable para pensar, mínimamente, en cambios sustantivos, particularmente en lo que respecta al capítulo económico, que es fundamental para que realmente se pueda hablar de una “democratización de la sociedad”.

Redefinir y replantear el capítulo económico en la Constitución neoliberal vigente es clave, porque de ese cambio —pensando en los intereses de la nación, de los diferentes actores de la sociedad, de las inmensas masas que suman millones, así como de la propia industria nacional y de su necesidad de democratización— depende la orientación estratégica del país. Es decir, se trata de redefinir la disyuntiva central: o se prosigue con una visión de dependencia de las corporaciones mundiales, con beneficios para un puñado de grupos de poder nativo que se desenvuelven dentro de la organización mundial del trabajo y la producción, donde los centros de poder global determinan, mediante tratados comerciales y convenciones, un diseño en el que la inmensa mayoría de los países del tercer mundo quedan relegados al rol de simples proveedores de materias primas y mano de obra barata, mientras las grandes urbes imperialistas concentran las industrias y tecnologías más desarrolladas, que luego proveen a las naciones sometidas; o se asumen, con coherencia, los principios de soberanía, independencia y autodeterminación.

En el diseño actual, los acuerdos y tratados firmados por las clases dominantes de cada país han hecho que naciones enteras no puedan industrializarse. Este mismo sometimiento y dependencia, revertirlos implica ejercer una verdadera soberanía nacional, independencia y autodeterminación. Implica romper con aquellos tratados que impiden que una nación se industrialice, para que exista trabajo pleno, con derechos y salarios dignos.

Esto supone, a partir de allí, un rediseño integral del Estado, de la democracia y del gobierno. Implica la rebelión de las masas, la resistencia y la lucha democrática, aun cuando esta vía sea transitoria, reformista y se desenvuelva dentro de los términos capitalistas. Evidentemente, requiere organización y una voluntad popular férrea para ese proceso; una conciencia de masas capaz de luchar y defenderse; y la construcción de la unidad nacional. Porque ello implica la confrontación contra los intereses del imperialismo dominante y contra los satélites globalistas internos. Por tanto, ser antiimperialista es ineludible, sin lo cual no se puede pensar en un cambio serio y trascendente.

Todo ese proyecto soberano requerirá, además, un cambio en la dinámica educativa general, en el espíritu nacional, así como mecanismos y décadas de trabajo y sacrificios para ser concretado.

De los 43 partidos políticos en carrera para las elecciones del 2026, ¿cuántos y cuáles representan esos intereses? ¡Ninguno! Los partidos —entre comillas— que tienen la intención de defender o representar al pueblo, si los hay, no cuentan con arraigo popular, cuadros, proyectos, planes, mecanismos ni poder político real. Por tanto, solo serán avasallados y puestos en línea por la ultraderecha y las corporaciones saqueadoras, o simplemente serán víctimas de golpes de Estado bajo diferentes formas y mecanismos. Lo real es que la ultraderecha ha concentrado el poder, incluso, si fuera necesario, para consumar fraudes de manera descarada, como ocurrió hace poco en Ecuador.

Entonces, en estas elecciones que se vienen, ¿existen condiciones para un voto verdaderamente democrático? No las hay. Simplemente se trata de una farsa. ¿Podría cambiarse este estado de cosas? ¡Sí! Pero en la actualidad no aceptan ni siquiera una economía social de mercado. Véase el gobierno de Castillo: la ultraderecha reaccionaria, desde hace tiempo, pateó el tablero; las reglas que ellos mismos establecieron no las respetan ni les interesa respetarlas.

En el mundo hemos entrado en una fase del sistema mundial mucho más autoritaria. Las sociedades se han fascistizado; la soberanía popular ha sido barrida. ¿Podría recuperarse? ¡Por supuesto que sí! Depende de una correlación de fuerzas compactas y bien organizadas. Pero, en la actualidad, solo existe la soberanía de las corporaciones, sustentada en la violencia más franca y descarada. En esas condiciones, ¿tiene sentido que las masas vayan a votar? ¡De ninguna manera! Sería solo para avalar y legitimar la farsa, a no ser que exista una fuerza popular bien organizada en todos los planos y frentes.

La ultraderecha cuenta con fuerzas organizadas como las Fuerzas Armadas, el poder empresarial y económico, fuerzas ideológicas articuladas en un solo frente (medios informativos, académicos, escuelas, etc.), una tradición cultural mercantilista de siglos y los poderes del Estado a su servicio.

¿Qué corresponde entonces? Lo ideal sería dejar vacías las urnas de forma masiva, no acudir a esa farsa ni como votantes ni como personeros. Sería lo ideal, pero sabemos que no va a ocurrir, porque ello requiere como condición una acción compacta de millones de pobres dirigida por su propia organización. En la medida de lo posible, corresponde viciar el voto, no votar en blanco.

Dicha acción podría presionar y poner sobre la mesa la discusión de una nueva Constitución, así como el respeto de los actores históricos de poder real. Para ello se requiere preparar a los propios representantes, constituyentes y líderes, capaces de elaborar un contraproyecto y un nuevo programa de todas las clases del pueblo, con agenda y contenido claros.

La opinión masiva y popular está harta de todo este estado de cosas. Así lo reflejan incluso las encuestas de los sectores reaccionarios. Tal como va la trayectoria del Perú en todos los ámbitos, ¿podría canalizarse este malestar hacia una acción conjunta como la que se plantea? Por supuesto que sí. Requiere el uso intensivo de redes, una campaña sostenida, la activación decidida de los diferentes colectivos, cabildos, así como voluntad y decisión. Mucho depende de la madurez y determinación del pueblo, así como de sus líderes de base popular, con capacidad de dirigir hacia otro estado de cosas.

Esto requiere también un cuestionamiento sustentado de la juridicidad, es decir, un cuestionamiento del fundamento mismo del estado de cosas, impulsado por especialistas mediante múltiples acciones legales. No solo en el campo jurídico, sino también en la economía, la filosofía y otros ámbitos. Existen muchos hijos del pueblo, bien formados y organizados, que podrían aportar de manera decisiva en este frente.

24/04/2025

SOBRE LA PURGA DE ALTOS MANDOS MILITARES CHINOS.

Richard Gonzales

Evidentemente, se trata de una decisión que responde a la necesidad del control del «Partido» sobre el «fusil». Debemos comprender que, aun cuando el liderazgo chino pueda ser caracterizado como revisionista, no deja de manejar la doctrina de la Guerra Popular Prolongada, articulada a través del Ejército Popular de Liberación (EPL), cuya doctrina actual merece ser estudiada con detenimiento. Tal principio sigue siendo refrendado por su pensamiento militar.

Por tanto, en el manejo de una guerra prolongada frente a Occidente, el presidente Xi Jinping entiende con claridad la dinámica del escenario mundial y la forma en que se vienen perfilando los asuntos internacionales. De ahí que prepare a todo el Partido para esa necesidad histórica, en un contexto donde existen múltiples actores y no un árbitro único.

Asimismo, debe comprenderse que China se mantiene dentro de la doctrina de la Guerra Popular, lo que explica la movilización civil, la economía al servicio de la defensa, la fusión Estado-pueblo y una concepción estratégica de guerra prolongada.

En su doctrina actual de Guerra Popular en nuevas condiciones, oficializada desde la década de 1990, el EPL adapta elementos clave como:

  • la tecnología,
  • la información,
  • la economía global.

Esto implica una guerra integrada. Resulta imprescindible tomar en serio y estudiar a sus estrategas militares y políticos. Entre ellos destacan Qiao Liang y Wang Xiangsui, coroneles del EPL, quienes a partir de 1999 introducen la doctrina de la » Guerra sin restricciones», en la que se plantea que la guerra trasciende el campo estrictamente militar e involucra:

  • el comercio,
  • las finanzas,
  • el derecho internacional,
  • los ciberataques,
  • la información y propaganda.

Esta fusión, que posteriormente se oficializa bajo la presidencia de Xi Jinping, explica por qué se entiende que la empresa privada se suma a la potencia militar, que la infraestructura civil tenga uso dual y que la tecnología comercial y militar formen parte de un mismo entramado estratégico.

¿Tiene sentido priorizar la construcción de puertos, satélites y redes logísticas? Sí, porque está plenamente inserto en su doctrina. Ello significa que economía y defensa no están separadas, sino que constituyen un todo dentro de su desarrollo estratégico.

En lo inmediato, China busca evitar una guerra frontal directa con Occidente. Por esa razón, debe analizarse el rol de su aliado Rusia como el martillo que rompe el orden anterior, mientras China se concentra en la construcción de un nuevo orden mundial dentro de una estrategia global que se encuentra en pleno desarrollo.

Asimismo, es necesario observar cómo se reactualiza la doctrina de Sun Tzu: “ganar sin combatir”, en la medida de lo posible y dentro de los límites de la confrontación. Esto implica el socavamiento interno de Occidente mediante una guerra prolongada, para luego desplazar gradualmente la hegemonía occidental.

De ahí la prioridad otorgada a la seguridad de las cadenas de suministro, la tecnología, la soberanía política, la estabilidad interna y el mercado.

Por tanto, la reestructuración -o purga- de los altos mandos militares no es una cuestión meramente administrativa. Se trata de una operación política de profundidad estratégica, directamente ligada a la doctrina de la guerra prolongada y al escenario de una multipolaridad conflictiva en la que se desenvuelve la bipolaridad.

Esta purga también está vinculada a la necesidad de resolver problemas estructurales dentro del EPL, con miras a prepararse para escenarios de mayor tensión. Aun siendo revisionistas, no abandonan el principio de » El Partido manda el fusil», bajo su propia lógica y directriz. ¡Ojo!, ello responde a varios riesgos:

  • la autonomización de élites,
  • la formación de redes internas de lealtad,
  • la necesidad de contar con mandos más leales y con una fracción que permita que el Partido mande y concentre el poder para una alta tensión que se apresura,
  • conjurar la infiltración, cooptación o posicionamiento de agentes externos o favorables a los intereses de la estrategia occidental.

Debe considerarse el riesgo de una guerra frontal con Occidente, por ejemplo, en el problema de Taiwán, el mar del Sur de China y la competencia con EE. UU., así como las tensiones derivadas del rearme de Japón. Todo ello conduce a purgas orientadas a corregir debilidades. ¿De qué se acusa a los altos mandos? De corrupción y deslealtad. Un mando corrupto no sirve en momentos de alta tensión; menos aún uno incompetente o desleal.

En el plano interno, estas medidas implican blindar al Partido frente a posibles crisis en el EPL, al que reiteradamente se le ha definido como » garantes del orden”, conjurando así la experiencia de la restauración del capitalismo en Rusia y reafirmando la consigna de no perder el control del ejército.

En un mundo de multipolaridad en conflicto, la bipolaridad se desenvuelve en distintos frentes, con actores que se preparan o reajustan liderazgos para escenarios de mayor confrontación.

¿Acaso Trump no está rompiendo paradigmas de aquel imperialismo liberal que jugaba dentro de las » reglas” que ellos mismos construyeron? Es evidente que ese imperialismo ya no posee una hegemonía absoluta en todos los planos, aunque conserve un peso decisivo en las finanzas, médula del sistema. ¿No es consciente la dirección yanky de la necesidad de concentración del poder? ¿No se generan acaso crisis internas a propósito para ese fin?

Se habla incluso de una eventual reelección de Trump por dos periodos más, así como de la reestructuración de las enmiendas constitucionales para consolidar ese proyecto. Ello no niega la existencia de problemas reales internos en múltiples ámbitos, ni las fricciones entre fuerzas industriales, financieras y tecnológicas, cada una con su propia visión estratégica.

También se discute la posibilidad de una balcanización de Canadá, principalmente en la zona petrolera, o la fragmentación de una Europa resquebrajada, todo ello como parte del golpe a los llamados “globalistas”.

En Medio Oriente, región clave de disputa, convergen los intereses de EE. UU., China, Rusia e India, así como de potencias regionales como Irán, Turquía y Arabia Saudita. Estos actores compiten en el tablero mundial, lo que confirma el carácter multipolar del sistema, dado que hoy la guerra no es solo militar.

La posición de la bipolaridad es, en gran medida, una construcción discursiva del Pentágono con un objetivo narrativo. Los hechos en la realidad práctica muestran anarquía, caos y la ausencia de un centro único de poder.

Finalmente, debe considerarse el peso de la masa -la dimensión poblacional- como un factor estratégico. ¿Acaso no existe en China, India o Sudáfrica? La masa cuenta, y no solo como número poblacional.

31/01/2026

BIPOLARIDAD, TRIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD

Richard Gonzales

Los procesos históricos, en plena evolución, cambio y transformación, deben enfocarse a partir del materialismo dialéctico e histórico para explicar los fenómenos del mundo actual y la forma en que estos se desarrollan.

El asunto de la unipolaridad puede observarse con nítida claridad en momentos como el de la Roma imperial o, más recientemente, entre 1930 y 1945, período caracterizado por una multipolaridad en la que coexistían: el Reino Unido (potencia en declive), Francia (potencia continental), Estados Unidos (potencia económica dominante, aunque aislada hasta 1941), Alemania (República de Weimar–Tercer Reich), potencia reindustrializada y militarizada con la visión de reordenar Europa; la Unión Soviética, como proyecto antisistémico y socialista; Japón, potencia imperial-global con control del Pacífico y Asia Oriental; e Italia, potencia media con aspiraciones imperiales.

Luego del término de la Segunda Guerra Mundial se configura un proceso de bipolaridad, con Estados Unidos enfrentado a todo el bloque socialista. Entre 1989 y 1991 se inicia el período de la unipolaridad. ¿Qué hechos marcan este proceso? En 1989, la caída del Muro de Berlín pone fin al orden bipolar; posteriormente, el colapso del socialismo y la disolución de la URSS en 1991 dejan a Estados Unidos sin un rival estratégico equivalente.

Debe recordarse que Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, queda devastada, ocupada y dependiente. Alemania, derrotada, es dividida en dos; Japón, derrotado y ocupado. De este modo, Estados Unidos emerge como la única superpotencia global y como centro del sistema financiero internacional (dólar, FMI, BM). Así nace la unipolaridad.

Algunos hechos consolidan este proceso: la Guerra del Golfo en 1991; la expansión de la OTAN (1994–1999); las intervenciones “humanitarias” en Yugoslavia (1999), Somalia, Haití y Kosovo; la imposición del Consenso de Washington (neoliberalismo impuesto como “único modelo” para el mundo); y la instalación de la tesis del “fin de la historia” (Fukuyama).

Nada en la historia ni en las ciencias naturales es absoluto o perenne. Así, la unipolaridad comienza su inflexión por su propio desgaste entre 2001 y 2008. Hechos que marcan este proceso son las intensas luchas de los pueblos del mundo contra el neoliberalismo, la gran crisis financiera de 2008 y las guerras de Afganistán (2001) e Irak (2003). Si bien Estados Unidos logra victorias tácticas, a largo plazo enfrenta derrotas estratégicas, pues estas guerras reactivan el antimperialismo y la indignación de millones de pueblos y naciones. En la práctica, se trata de una derrota política estratégica. Además, la sobreexpansión de los imperios ha demostrado ser históricamente insostenible, y Estados Unidos no es la excepción.

En este contexto comienza a emerger China, especialmente tras su ingreso a la OMC, lo que marca su salto estructural.

Dos hitos señalan el término de la unipolaridad:

  • la crisis estructural de liderazgo de 2008,
  • y la crisis originada en el propio centro financiero del imperialismo estadounidense.

A partir de este hecho histórico, China emerge como sostén del sistema, produciendo un traslado del eje económico mundial hacia Asia. Esto no implica que Estados Unidos deje de ser una potencia central, pero sí que deja de ser el centro exclusivo del mundo.

El conflicto en Ucrania constituye un hecho clave en la crisis de la unipolaridad, así como la anexión de Crimea por parte de Rusia, que reaparece bajo la dirección de Putin como una potencia capaz de jugar en el tablero mundial, particularmente en el campo militar.

China, por su parte, avanza en el mar del Sur de China sin renunciar a sus aspiraciones de seguridad, estableciendo límites claros en sus zonas de influencia. A ello se suman hechos como la “retirada” de Afganistán (derrota de EE. UU. en 2021), la guerra en Ucrania iniciada en 2022 y el fracaso de las sanciones para colapsar a Rusia, como preveía Washington, incluyendo incluso intentos de balcanización con miras posteriores contra China.

¿Dónde se encuentra el asunto de fondo de todo lo expuesto? En la caída de la tasa de ganancia del capital, la sobreacumulación, la sobreproducción, los mercados saturados y la crisis de valorización, lo que conduce a la destrucción masiva de fuerzas productivas. Esto se expresa en quiebras, desempleo estructural y guerra total como manifestación de una crisis sistémica. Posteriormente, el sistema reinicia la acumulación mediante nuevas revoluciones industriales.

SOBRE MULTIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y TRIPOLARIDAD ACTUAL

Existen analistas que sostienen la tesis de la tripolaridad en las actuales condiciones de la lucha de clases, identificando como actores principales a Estados Unidos, Rusia y China, e incluso incorporando a la Unión Europea como un cuarto polo, pese a sus problemas estructurales y dependencia. Entre ellos se encuentran Ali Jarbawi, profesor y politólogo palestino, y Alfredo Jalife, analista geopolítico y geoestratégico mexicano. Se trata de un debate abierto.

Sin embargo, la tesis de la bipolaridad es sostenida principalmente por el Pentágono, cuyos estrategas priorizan el poder estructural duro antes que la cantidad de actores. Desde esta perspectiva, “no importa cuántos Estados relevantes existan, sino quién puede disputar el orden sistémico”.

Desde esta visión, el poder se entiende como la combinación de poder militar global, moneda de reserva y red de alianzas. China aparece como potencia industrial, tecnológica, financiera y demográfica. En síntesis, se identifican dos polos reales capaces de organizar el sistema.

Esta posición es defendida por autores como John Mearsheimer, teórico del realismo ofensivo, y Graham Allison, analista de seguridad nacional, así como por estrategas del Pentágono y la RAND Corporation.

No obstante, esta analogía con la Guerra Fría presenta problemas en las condiciones actuales. Hoy se observa un mundo sin árbitro único, con múltiples actores que no obedecen de forma absoluta a ninguno de los polos. Rusia, por ejemplo, primera potencia militar del mundo, no se subordina a ningún polo; India, potencia demográfica y tecnológica con autonomía estratégica, tampoco. Lo mismo ocurre con Irán, Arabia Saudita, Turquía y otros actores regionales.

En las circunstancias actuales, hablar de bipolaridad clásica implica ignorar la fragmentación del poder en múltiples dimensiones: energía, finanzas, tecnología, control de rutas, datos y narrativas. Los conflictos simultáneos en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Sahel o el Cáucaso son manifestaciones de una multipolaridad conflictiva, no de una bipolaridad tradicional.

Lo cierto es que hoy no existe un árbitro global, sino alianzas flexibles, guerras híbridas, sanciones, lawfare, conflictos por delegación y una escalada contenida pero permanente. Podría hablarse, en todo caso, de una bipolaridad estructural (EE. UU.–China) dentro de una multipolaridad conflictiva operativa.

Políticamente, la multipolaridad es transitoria, como lo demuestra la experiencia histórica. Sin embargo, en el momento actual constituye una realidad que abre márgenes de acción para los pueblos y naciones, siempre que estén organizados. La bipolaridad, en cambio, tiende a subordinar a los pueblos a uno de los polos, razón por la cual resulta funcional a la potencia dominante.

El mundo atraviesa una transición histórica, no un nuevo equilibrio. Existen diversas tesis -multipolaridad cooperativa, bipolaridad estabilizadora, orden reticular, perspectivas del Sur Global- que merecen ser estudiadas en profundidad.

Finalmente, es fundamental analizar cómo todo ello se expresa en América Latina: el comportamiento de las clases dominantes, la región como zona de disputa, las luchas antimperialistas de los pueblos, la lucha de clases y el papel del proletariado como clase dirigente. Todo ello en función de construir un camino propio, con independencia de clase, orientado a la cristalización del socialismo científico.

02/01/2026

Educación, ciencia y tecnología en el ocaso del capitalismo

Por Alex A. Chamán Portugal

Introducción

La educación en la sociedad capitalista no puede comprenderse como una teoría y práctica neutral, ni como un simple mecanismo de transmisión de conocimientos, ya que constituye un espacio central de reproducción ideológica con sus respectivas manifestaciones de conciencia social existente. Su estructuración y restructuración histórica responde a las necesidades del modo de producción capitalista, particularmente a la formación de una fuerza de trabajo funcional a la acumulación de capital y a la legitimación de las relaciones sociales de explotación en aras de coadyuvar a la dominación de una clase social sobre las otras.

En la fase actual imperialista de decadencia estructural del capitalismo, esta función se ha profundizado y radicalizado, por lo que la educación ha sido progresivamente despojada de su dimensión científica y humanizadora para convertirse en un instrumento de adiestramiento técnico, servicio mercantilizado y disciplinamiento cognitivo-social. La crisis de la educación liberal burguesa no es, por consiguiente, un fenómeno aislado ni accidental, sino una manifestación directa de la severa crisis económica, social, política e ideológica del capitalismo.

La función de la educación en la sociedad capitalista

Siguiendo a los maestros Marx y Engels, las ideas dominantes de cada época son las ideas de la clase dominante, y la educación actúa como uno de los principales mecanismos para su difusión y naturalización. Althusser, por su parte, caracterizó a la escuela como el aparato ideológico del Estado por excelencia, encargado de “educar y formar” a los individuos como sujetos obedientes al orden social existente.

En el capitalismo y su expresión neoliberal, la educación se orienta crecientemente a la formación y producción de “capital humano” acorde a los requerimientos de la lógica de la maquinaria burguesa. Así, los sistemas educativos priorizan competencias instrumentales, habilidades técnicas fragmentadas y saberes inmediatamente rentables, subordinando la formación filosófica, conciencial, ética y crítica a las exigencias depredadoras del mercado laboral, por lo que el estudiante deja de ser concebido como un sujeto histórico integral y pasa a ser convertido en un recurso productivo que debe ser optimizado y explotado.

Esta lógica mercantilista provoca una degradación de la conciencia social y de la moral colectiva, expresada en valores, principios y estilos de vida que deben guiar al ser humano. El individualismo competitivo, la meritocracia devaluada y la responsabilidad individual del éxito o fracaso reemplazan a la solidaridad, la cooperación, la honestidad y la comprensión estructural de la explotación y opresión como fuentes de las desigualdades. La educación liberal, lejos de cuestionar estas relaciones, contribuye a legitimarlas y reproducirlas.

Límites estructurales y negación de la formación integral

Una incapacidad esencial de la educación capitalista es su inoperancia para encaminar una formación integral del ser humano. Así, la fragmentación e instrumentalización conservadora del conocimiento, la especialización extrema y la desvinculación entre teoría y praxis impiden el desarrollo holístico de las capacidades humanas, tal como lo sostenía Marx en su crítica a la cosificación y automatización de la división social del trabajo.

Paulo Freire denunció la lógica anterior mediante el concepto de educación bancaria, en la que el educando es reducido a un receptor pasivo de contenidos, anulando su capacidad crítica, creativa y transformadora. En el capitalismo, esta pedagogía se ha modernizado, pero no superado, ya que se expresa hoy en currículos reaccionarizados, estandarizados, evaluaciones por competencias y una obsesión por la certificación de méritos y el rendimiento pragmático.

El resultado, en el mayor de los casos, es una formación tecnocrática sin conciencia de clase ni histórica, profesionales funcionales, pero ideológica y políticamente desarmados, y una progresiva pérdida del pensamiento dialéctico, reflexivo, creativo y propositivo. Esta carencia no es una falla casual del sistema, sino una condición vital y necesaria para su reproducción.

La crisis educativa como reflejo de la crisis del capitalismo

La crisis de la educación liberal es inseparable de la crisis estructural del modo de producción capitalista. La mercantilización del conocimiento y los títulos, la precarización del trabajo docente, las condiciones paupérrimas de la mayor parte de los estudiantes, la desigualdad en el acceso a una educación de calidad y el endeudamiento educativo son expresiones reales de esta crisis.

En contextos de crisis económica que caracteriza a la sociedad burguesa mundial, la educación deja de ser concebida como un derecho social y es convertida en un bien de consumo sujeto a la lógica rapaz del mercado. Así, la promesa de movilidad o ascenso social mediante la educación se desvanece, produciendo indignación, frustración, alienación y deslegitimación del sistema educativo vigente, ya que, lejos de corregir estas desigualdades, la educación capitalista las naturaliza o normaliza, responsabilizando al individuo por su exclusión y no al sistema.

Educación, ciencia y tecnología en la IV Revolución Industrial

La llamada IV Revolución Industrial, caracterizada por la expansión de la inteligencia artificial, la automatización, las plataformas digitales, el internet de las cosas, etc., ha repercutido enormemente en la educación burguesa. En el marco del decadente capitalismo, estas transformaciones no responden a fines emancipadores, sino a nuevas formas de acumulación del capital, manipulación y control social y subordinación del conocimiento al capital avaricioso.

La expansión de la educación virtual e híbrida -especialmente desde la pandemia del COVID 19-, presentada como innovación tecnológica y democratización social, suele encubrir procesos de precarización docente, deshumanización del vínculo pedagógico, dependencia tecnológica de grandes corporaciones transnacionales e insultante brecha digital. Asimismo, el aprendizaje se reduce a contenidos unilaterales, fragmentados, expeditivos y estandarizados, debilitando el ya deteriorado hábito de lectura comprensiva y la reflexión profunda.

Plataformas digitales, inteligencia artificial y crisis de la honestidad intelectual

El uso masivo y creciente de plataformas digitales, redes sociales e inteligencia artificial ha intensificado la manipulación ideológica y cognitiva, repercutiendo directamente en las dimensiones educativa e informativa. La instrumentalización de los algoritmos prioriza contenidos funcionales al sistema y a la lógica del mercado; de este modo, se moldean hábitos de atención dispersa, consumo superficial de la información y pensamiento inmediato que agravan la calidad de la ya alicaída educación burguesa.

En este escenario de descomposición de los valores liberales, se profundiza el abandono del hábito de lectura reflexiva e investigación rigurosa, mientras aumentan considerablemente las prácticas de plagio, la simulación académica y la dependencia acrítica de las herramientas digitales. La honestidad intelectual se erosiona de forma acelerada, no solo por razones morales individuales, sino por un sistema educativo y laboral que privilegia el resultado, la certificación y la productividad por encima del proceso formativo en conciencia y valores, así como en la transformación humana. Esta superficialidad cognitiva resulta funcional a un capitalismo en ruinas que no requiere sujetos críticos y creativos, sino usuarios eficientes del manejo de tecnologías que no cuestionen su instrumentalización ideológica-política ni su finalidad social.

Manipulación ideológica, crisis de la conciencia y empobrecimiento del pensamiento

La educación capitalista digitalizada enfrenta una profunda crisis de la conciencia y valores. La manipulación ideológica adopta formas cada vez más sofisticadas, colonizando la subjetividad y valoraciones mediante discursos tecnocráticos que suelen presentar la tecnología como imparcial e inevitable, cuando no puede serlo en una sociedad escindida en clases sociales con marcados intereses contrapuestos.

La progresiva pérdida del hábito de lectura comprensiva, el debilitamiento y anulación del pensamiento crítico y la desvalorización del conocimiento científico están directamente vinculados a esta ofensiva ideológica burguesa. La educación es orientada a competencias inmediatas y obsolescentes, mientras se abandona -premeditada y alevosamente- la formación histórica, filosófica, económica, ideológica, política y social.

La insalvable crisis económica y social global, el desempleo estructural y su precarización, la pobreza y extrema pobreza, la manipulación y domesticación social, la reducción de oportunidades para las mayorías populares profundizan esta situación, convirtiendo a la educación liberal en una fábrica de expectativas frustradas y profesionales-técnicos precarizados.

Hacia una educación crítica y emancipadora

Frente a este panorama de crisis, se impone la necesidad de una transformación radical de la educación que implica, necesariamente, una transformación estructural de la sociedad burguesa. Así, la educación podrá recuperar su vínculo con la praxis social, articulando teoría y práctica en aras de la transformación de la realidad que sirva a la construcción de un modo de producción superior y con aquello a forjar hombres de nuevo tipo.

En este camino, la ciencia y la tecnología no deben ser rechazadas ni fetichizadas, sino reapropiadas de forma crítica y creativa. Herramientas como la robótica, la inteligencia artificial y las plataformas digitales poseen un potencial emancipador, siempre que se subordinen a proyectos educativos comprometidos con el progreso colectivo, así como, caracterizados por la honestidad intelectual y la justicia social.

Lograrlo implica fortalecer el pensamiento crítico y propositivo, la ética del conocimiento y la lectura profunda, fomentando siempre la construcción colectiva del saber. En última instancia, se trata de defender una educación científica, pública, popular, democrática y humanizadora frente a las amenazas de la mercantilización, la precarización y el retroceso reaccionario.

Conclusión

La educación en el capitalismo atraviesa una crisis orgánica que refleja la decadencia del sistema que la sustenta. La IV Revolución Industrial, sometida a la lógica del capital, amenaza con profundizar la manipulación, la alienación, la superficialidad y la deshumanización.

Sin embargo, esta crisis también abre la posibilidad histórica de que los pueblos disputen el sentido de la educación. Es posible pensar y trabajar en conquistar ciertos espacios de una educación orientada a la formación integral, la conciencia de clase y la transformación radical de la sociedad. La educación dejará de ser una mercancía solo cuando el ser humano deje de serlo. Y aquello será en otra sociedad diferente de la actual.

Referencias

Althusser, L. (2003). Ideología y aparatos ideológicos del Estado. Siglo XXI.

Bonilla-Molina, L. (2020). Escuela, universidad y educación en la cuarta revolución industrial. https://luisbonillamolina.com/2020/09/13/escuela-universidad-y-educacion-en-la-cuarta-revolucion-industrial

Bourdieu, P., & Passeron, J. C. (2018). La reproducción: Elementos para una teoría del sistema de enseñanza. Siglo XXI.

Cabaluz Ducasse, J. F. (Ed.). (2023). Karl Marx y el campo pedagógico. OAPEN Library.

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI.

Han, B.-C. (2014). La sociedad del cansancio. Herder.

Kaplún, M. (2002). Una pedagogía de la comunicación. Caminos.

Marx, K. (2008). Contribución a la crítica de la economía política. Siglo XXI.

Marx, K., & Engels, F. (2009). La ideología alemana. Grijalbo.

Mészáros, I. (2008). La educación más allá del capital. Siglo XXI / CLACSO.

Mészáros, I. (2010). La crisis estructural del capital. Ministerio del Poder Popular para la Comunicación y la Información.

Sierra Caballero, F. (2024). La manipulación mediática en la era digital: nuevos retos para la izquierda. Nuestra Bandera.

Vega Cantor, R. (2015). La universidad de la ignorancia: Capitalismo académico y mercantilización de la educación superior. Ocean Sur.

UNIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y MULTIPOLARIDAD EN EL CAPITALISMO E IMPERIALISMO

Por Alex A. Chamán Portugal

Latinoamérica, enero 29 de 2026

Introducción

El debate actual referente a la estructura del orden internacional capitalista en su fase imperialista -unipolar, bipolar o multipolar- no es un simple ejercicio descriptivo de relaciones entre Estados, sino una disputa ideológica, filosófica y política sobre la naturaleza del poder global en la compleja etapa actual del capitalismo. Estas categorías y conceptos no pueden entenderse al margen de las leyes del desarrollo social, de la lucha de clases, del imperialismo como fase superior del capitalismo y de las contradicciones estructurales que atraviesan el orden mundial burgués en crisis.

Tras la restauración capitalista en la URSS y su posterior colapso en 1991, se impuso en el pensamiento dominante la tesis de la unipolaridad estadounidense, presentada como un orden necesario, natural y duradero. Sin embargo, tres décadas después, la realidad histórica muestra que dicho globalismo hegemónico no solo fue transitorio, sino que generó las condiciones de su propia crisis. El ascenso de China como potencia económica, tecnológica y estratégica ha reconfigurado la correlación de fuerzas global, dando lugar a una nueva forma de bipolaridad estructural, distinta a la de la Guerra Fría, pero igualmente decisiva en la actualidad, aunque en el escenario capitalista.

Este ensayo sostiene que el orden internacional vigente no es unipolar ni genuinamente multipolar. Predomina una bipolaridad entre el imperialismo estadounidense y China capitalista. Ambas potencias buscan preservar el orden mundial existente y no representan los intereses históricos de los pueblos del mundo ni de la humanidad entera. Esta bipolaridad se inscribe en el poder económico, político y militar, así como en las transformaciones productivas y tecnológicas propias de la IV Revolución Industrial en la era del imperialismo y su muerte inexorable.

1. La agonía del globalismo unipolar estadounidense

La unipolaridad describe una estructura internacional en la que una sola potencia concentra de manera abrumadora el poder económico, financiero, político, militar, tecnológico, jurídico e ideológico, imponiendo arbitrariamente reglas al resto del mundo. Históricamente, esta configuración se consolidó tras el fin de la Guerra Fría, cuando el revisionismo destruyó el socialismo en construcción restaurando el capitalismo en la Unión Soviética y Estados Unidos emergió sin rival estratégico de escala comparable.

Esta unipolaridad no representó estabilidad, sino hegemonía coercitiva del capital financiero transnacional articulado al Estado estadounidense. Harvey (2003) explica que este período estuvo marcado por “acumulación por desposesión”: guerras, privatizaciones, saqueo de recursos y disciplinamiento geopolítico de países dependientes.

Unipolaridad y sobreextensión imperial

La hegemonía del genocida imperialismo estadounidense se apoyó en:

• supremacía política y militar global

• control del sistema financiero internacional

• dominio cultural y manipulación informativa

• manejo vertical de las instituciones multilaterales
• promoción de decadentes valores liberales presentados como universales

Esta orientación no solo responde a intereses económicos, sino a una estrategia de preservación de su terrorífica primacía histórica. La atroz política exterior estadounidense ha buscado evitar el surgimiento de competidores estratégicos capaces de disputar su posición dominante.

Como advierte Amin (2006), esta hegemonía era inherentemente inestable porque profundizaba el desarrollo desigual del capitalismo y generaba resistencias. Las guerras prolongadas, las crisis financieras y el desgaste del depredador neoliberalismo marcaron el inicio del declive relativo del orden unipolar.

2. La bipolaridad histórica y su resignificación actual

La bipolaridad clásica de la Guerra Fría del siglo XX se estructuró en torno a dos polos antagónicos: Estados Unidos (campo capitalista) y la Unión Soviética (campo socialista). Se trató de una confrontación entre sistemas socioeconómicos sumamente opuesos, pero también de un equilibrio que limitó la guerra directa entre grandes potencias. Waltz (1979) señalaba que la bipolaridad reducía errores de cálculo estratégicos.

La bipolaridad como categoría dialéctica

La bipolaridad no es solo distribución de poder, sino unidad de contrarios. Mao Tse-tung (1937/1974) planteó que toda etapa histórica se organiza alrededor de una contradicción principal. Cuando esta se intensifica, el orden existente entra en transformación.

En el actual contexto, la bipolaridad ya no enfrenta capitalismo y socialismo, sino pugnas entre grandes potencias capitalistas que compiten por la hegemonía sin cuestionar el modo de producción dominante que destruye, a decir de Marx, la naturaleza y las fuerzas productivas.

La bipolaridad como expresión de la contradicción entre capitales dominantes

La bipolaridad expresa la lucha entre grandes capitales monopolistas por la hegemonía mundial. Lenin explicó que el imperialismo implica:

• concentración del capital
• dominio del capital financiero
• reparto del mundo entre potencias

Actualmente esta lógica se refleja en una bipolaridad económica:

• Estados Unidos se constituye en el centro del capital financiero, del dólar y de Wall Street.

• China es eje del desarrollo de la tecnología, de la producción material y de las cadenas industriales.

La IV Revolución Industrial profundiza esta contradicción:

• Estados Unidos busca sostener su hegemonía mediante patentes, guerras, sanciones y control financiero.
• China avanza en manufactura avanzada, l iv Revolución Industrial (IA, 5G) y logística global.

3. La multipolaridad y sus límites reales

La multipolaridad alude a varios centros de poder relativamente equilibrados. Aunque China y Rusia la promueven discursivamente, ello no elimina el imperialismo como fase superior y terminal del capitalismo insepulto. Amin (2018) sostiene que solo abre márgenes tácticos, pero no garantiza emancipación.

En la práctica, solo Estados Unidos y China poseen capacidades globales integrales. Rusia tiene peso militar, pero limitado alcance económico, en tanto, la Unión Europea carece de unidad estratégica, y otras potencias son principalmente regionales.

Por consiguiente, hablar de multipolaridad plena resulta analíticamente impreciso, puesto que el escenario muestra más bien una transición hacia una bipolaridad dominante.

En este contexto, puede aseverarse que la dependencia y atraso económico no se presenta como ayuda desinteresada, sino como mecanismos que atan a las naciones oprimidas principalmente a relaciones de subordinación-dominación que facilitan el saqueo de sus recursos y limitan su desarrollo autónomo. La autosuficiencia nacional se convierte en una necesidad para romper esas cadenas de dependencia, empero, las potencias capitalistas y naciones imperialistas se esfuerzan por impedirla.

4. Bipolaridad contemporánea: economía política y poder mundial

La actual bipolaridad entre Estados Unidos y China no se presenta como un enfrentamiento ideológico y político abierto, sino como una disputa estructural entre dos grandes formas de organización del capitalismo. Esta rivalidad expresa el desarrollo desigual del capitalismo mundial, ley ya señalada por Lenin, según la cual el ascenso de nuevas potencias genera tensiones inevitables con aquellas que ejercen la hegemonía previa.

China no emerge como potencia por casualidad, sino como resultado de una estrategia estatal de largo plazo basada en planificación, control de sectores estratégicos y articulación selectiva con el mercado mundial. Estados Unidos, en cambio, representa la fase más financiarizada del capitalismo, en que el poder económico descansa en el capital especulativo y en la capacidad de proyectar fuerza militar y presión política a escala global mediante sus políticas cruentas.

La bipolaridad actual no elimina la competencia entre otras potencias, sin embargo, logra organizar la dinámica central del poder mundial en torno a dos polos capitalistas dominantes.

La bipolaridad y la crisis de legitimidad del orden social

La bipolaridad surge también porque el orden neoliberal unipolar, como expresión del capitalismo, perdió legitimidad histórica.

En Estados Unidos se observa:

• desindustrialización sostenida
• precarización del empleo y mayor empobrecimiento
• fuerte polarización social con políticas fascistas
• debilitamiento del llamado “sueño americano”

En China, en contraste, se evidencia:

• consolidación de un capitalismo de Estado disciplinado
• alto control social sobre el pueblo
• legitimidad apoyada en crecimiento económico, estabilidad y nacionalismo

Así, se configura dos modelos sociales capitalistas contrapuestos:

• uno basado en la decadencia, individualismo extremo y financiarización;
• otro en planificación estratégica, control social y cohesión nacional relativa.

La bipolaridad se mantiene porque la mayor parte de las naciones, así como, millones de personas en el mundo comparan, evalúan y se alinean -consciente o inconscientemente- con uno u otro polo.

5. IV Revolución Industrial y disputa tecnológica

La IV Revolución Industrial constituye hoy uno de los principales escenarios de confrontación. No se trata solo de innovación científico técnica, sino del control de los nuevos medios de producción, vigilancia y dominación digital.

La inteligencia artificial, el big data, la automatización y la biotecnología transforman las relaciones entre capital y trabajo, generando nuevas formas de explotación y control social.

China ha logrado avances importantes en 5G, comercio electrónico, plataformas digitales e inteligencia artificial aplicada. La respuesta estadounidense que consiste en restricciones tecnológicas, bloqueos de chips y sanciones a empresas chinas revela el carácter bipolar de la disputa.

La creciente competencia tecnológica muestra que el poder mundial ya no depende únicamente de armas o finanzas, sino del dominio del conocimiento y la innovación productiva.

6. Guerra cognitiva y disputa por la conciencia social

La confrontación entre potencias capitalistas e imperialistas también se libra en el terreno de las ideas. La guerra cognitiva o ideológica apunta a influir en percepciones, valores y sentidos comunes.

Los grandes medios masivos de información y plataformas digitales funcionan como instrumentos de legitimación del poder burgués. Ramonet (2002) advertía que la concentración mediática permite moldear la opinión pública y construir enemigos funcionales a determinados intereses. Así, se manipula, doméstica y controla a poblaciones enteras para convertirlas en rebaños reproductores del cruel sistema capitalista.

La lucha ideológica es inseparable de la lucha política; por ello, resulta vital asumir como una necesidad imperiosa la forja de la conciencia de clase mediante el impulso sostenido del trabajo ideológico en las masas populares.

7. Crisis del derecho internacional burgués y retorno del darwinismo social

El derecho internacional no es neutral en una sociedad escindida en clases sociales contrapuestas, así, refleja los intereses de cada clase social y las correlaciones de fuerza.

La bipolaridad se intensifica porque:

• Estados Unido aplica siniestras sanciones, abyectos bloqueos y acciones militares terroristas al margen de normas internacionales.

• China defiende la legalidad internacional burguesa cuando coincide con sus intereses estratégicos.

El resultado observable es:

• precarización y desprestigio del derecho internacional liberal,
• reemplazo por reglas basadas en poder real imperialista,
• uso selectivo de injustas sanciones y tribunales cipayos.

Desde una mirada jurídica crítica, la bipolaridad expresa la crisis del orden legal burgués global.

El sistema capitalista y su etapa imperialista se sostiene en gran medida de la explotación de los países dependientes. Su fortaleza aparente oculta fragilidades profundas, puesto que necesita saquear recursos ajenos para mantenerse. Romper esa relación de subordinación no es solo una decisión política, sino una condición para que los pueblos construyan economías soberanas y desarrollen ciencia y tecnología propias.

La evidencia económica, social, política, tecnológica e ideológica muestra que la bipolaridad Estados Unidos – China organiza hoy la estructura principal del poder capitalista mundial. No se trata de una guerra fría tradicional, sino de una competencia prolongada que abarca reparto del mundo, apropiación de mercados, saqueos de recursos naturales estratégicos, producción, finanzas, tecnología, comunicación y legitimidad social.

Otros actores participan, pero no alteran la contradicción principal.

8. Implicancias históricas de la bipolaridad para los pueblos

La configuración bipolar actual no debe interpretarse como una alternativa favorable para la humanidad, las naciones oprimidas y los pueblos. La disputa entre Estados Unidos y China no representa un enfrentamiento entre proyectos emancipadores, sino entre grandes potencias que buscan preservar mezquinas posiciones de poder dentro del capitalismo mundial.

Ambos polos participan, con estilos distintos, en dinámicas de acumulación capitalista, competencia por apoderarse de recursos estratégicos y expansión de influencia económica, política y tecnológica. Así, la bipolaridad actual no implica el fin del imperialismo, sino su reconfiguración en el marco de la III Guerra Mundial en ciernes.

Para los países dependientes y atrasados, esta situación abre márgenes de maniobra, pero también riesgos de nuevas formas de dominación y sometimiento. La historia muestra que las potencias buscan aliados no por solidaridad, sino por interés.

9. La ilusión de la multipolaridad armoniosa

En ciertos discursos se presenta la multipolaridad como un escenario más democrático, pluralista y equilibrado. Sin embargo, la experiencia histórica enseña que la coexistencia de varias potencias no elimina la competencia por mercados, recursos y zonas de influencia.

La multipolaridad puede reducir la hegemonía absoluta de una sola potencia, sin embargo, no suprime la lógica expoliadora del capital ni la desigualdad internacional. Pensar que varios polos garantizan justicia global equivale a confundir redistribución del poder entre explotadores y opresores con la emancipación de los pueblos.

Consiguientemente, la multipolaridad debe analizarse con cautela, evitando subjetivismos.

10. Transformaciones del poder en el siglo XXI

El poder mundial actual en el viejo orden capitalista combina:

• control económico y financiero
• dominio científico y tecnológico
• influencia y manipulación mediática
• capacidad militar y políticas genocidas
• manejo de datos y maniobra de plataformas digitales

La IV Revolución Industrial se caracteriza porque ha convertido el conocimiento y la información en recursos estratégicos. La disputa por semiconductores, inteligencia artificial y redes digitales deja en evidencia que el poder ya no se define solo por territorios, sino por infraestructura tecnológica.

En este contexto, la soberanía educativa, científica y tecnológica adquiere importancia decisiva para cualquier proyecto integral y estratégico de desarrollo nacional.

11. Perspectiva crítica y tarea de los pueblos

Comprender la bipolaridad no implica tomar partido automático por una u otra potencia imperialista, sino analizar con claridad las contradicciones que encierra el capitalismo global.

Ante el avasallamiento de imperialista, los pueblos del mundo enfrentan el desafío de fortalecer soberanía económica, capacidad productiva propia y autonomía política. La dependencia prolongada limita e impide cualquier proyecto de desarrollo real.

La historia de la humanidad demuestra que las grandes transformaciones no provienen de disputas entre potencias, sino de genuinos procesos sociales internos, férrea organización popular y construcción de proyectos emancipatorios conducentes a una sociedad superior.

Conclusión general

El caduco orden internacional contemporáneo atraviesa una transición marcada por el declive relativo de la unipolaridad estadounidense y la emergencia de una bipolaridad entre Estados Unidos y China. Esta bipolaridad no replica la Guerra Fría, pero estructura la competencia central del poder mundial.

La multipolaridad, aunque presente como tendencia, aún no configura un equilibrio global estable. La realidad muestra que solamente dos polos poseen hoy capacidad integral de influencia planetaria.

Comprender esta situación permite analizar con mayor realismo las dinámicas internacionales, evitando lecturas simplistas o expectativas idealizadas.

El escenario global seguirá siendo inestable mientras persistan las contradicciones propias del capitalismo mundial y su fase imperialista. En ese marco, la tarea de los pueblos consiste en fortalecer soberanía, pensamiento crítico y capacidad de decisión propia.

Los pueblos no necesitan del rapaz imperialismo; es el imperialismo el que necesita de la sangre de los pueblos para sobrevivir. La supuesta ‘ayuda’ o ‘inversión’ no es más que una cadena de hierro para succionar las riquezas de las naciones oprimidas y mantenerlas en el atraso.

Referencias bibliográficas

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Amin, S. (2018). El imperialismo contemporáneo. Barcelona: El Viejo Topo.

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Harvey, D. (2007). Breve historia del neoliberalismo. Madrid: Akal.

Hobsbawm, E. (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Guzmán Reynoso, A. (1988/2006). Entrevista del siglo (concedida a El Diario). Lima: Ediciones Bandera Roja.

Lenin, V. I. (2009). El imperialismo, fase superior del capitalismo. Madrid: Fundación Federico Engels. (Obra original publicada en 1916).

Mao Tse-tung. (1974). Sobre la contradicción. Pekín: Ediciones en Lenguas Extranjeras.
(Trabajo original de 1937).

Ramonet, I. (2002). La tiranía de la comunicación. Madrid: Debate.

Schwab, K. (2016). La cuarta revolución industrial. Barcelona: Debate.

Waltz, K. N. (1988). Teoría de la política internacional. Buenos Aires: Grupo Editor Latinoamericano.

UN MUNDO DE MULTIPOLARIDAD INCOMPLETA Y CONFLICTIVA

Richard Gonzales

Hay personas que, desde una lógica dogmática, aún sostienen que “vivimos en un mundo bipolar”. Sin embargo, esta afirmación se realiza sin rigor, estudio ni investigación, aferrándose a análisis propios de contextos históricos determinados, cuyas definiciones fueron correctas en su momento, pero no necesariamente en la actualidad.

El marxista, ajustado a principios en la práctica, debería observar los sucesos y fenómenos materiales como procesos en constante evolución, cambio y transformación. La lucha de clases, como expresión de las contradicciones en el plano social, forma parte de ese proceso dinámico de la realidad, hoy más aún de manera acelerada, dados los hechos actuales: las contiendas interimperialistas, las luchas de los pueblos y naciones contra el gendarme del mundo, los nuevos procesos como la IV Revolución Industrial, la emergencia de nuevas fuerzas o la recuperación de potencias y superpotencias que hoy disputan el poder global.

La denominada “multipolaridad conflictiva” es un proceso que tiene como punto nodal el año 2014, aunque venía gestándose de manera progresiva. No obstante, se asume con mayor claridad a partir del inicio del conflicto Ucrania-Crimea, es decir, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, hecho que marca de manera nítida el inicio de esta multipolaridad conflictiva.

¿Qué implica esto? Implica el rompimiento abierto del orden posguerra fría y el desafío sin ambigüedades a la hegemonía occidental.

A partir de este hecho trascendente, Rusia rompe con el orden liberal y, por tanto, Estados Unidos asume que ya no puede disciplinar unilateralmente a otras potencias o superpotencias. ¿Por qué ocurre esto? Porque Rusia, con Putin a la cabeza y con estrategas plenamente conscientes de las pretensiones del gendarme del mundo, identifica claramente el hegemonismo estadounidense, que incluso llegó a pretender la balcanización de esta superpotencia militar para luego avanzar contra China.

China, por su parte, también tiene claridad sobre cómo marcha el mundo en términos civilizatorios. Marca su propio ritmo y estrategia, impulsada por su crecimiento y despegue como nuevo actor central en el tablero geoestratégico. Esto le permite acelerar su estrategia de largo plazo, orientada a la expansión y disputa de zonas de dominio, ya sea por mercados, energía o materias primas críticas y estratégicas. Un ejemplo claro de ello es la Iniciativa de la Franja y la Ruta.

Debemos considerar también a otros actores relevantes como India, Brasil, Turquía, Irán, Israel, Japón y la Unión Europea. Lo cierto es que, a partir de este escenario, se rompe el consenso internacional, lo que explica, entre otras cosas, las sanciones contra Rusia y el fin de la ilusión de la llamada “seguridad cooperativa”. Predomina el conflicto, caracterizado por el lenguaje bélico, la ley del más fuerte y una lógica darwinista. Es decir, la resolución de las contradicciones por medios bélicos: la política hablada a través de las armas para alcanzar objetivos políticos de diversa índole.

Entre 2017 y 2019 se ingresa a un conflicto abierto, aunque sin guerra directa. En ese período, Donald Trump declara explícitamente la competencia entre grandes potencias, entre las cuales se destacan:

  • La guerra comercial entre Estados Unidos y China.
  • La militarización del Indo-Pacífico.
  • El retorno de Rusia a Medio Oriente.

De este modo, la multipolaridad deja de ser solo un discurso y se convierte en una doctrina en curso. A ello se suma la aceleración estructural provocada por la pandemia, que contribuyó al quiebre de las cadenas globales, funcionó como un gran ensayo de control poblacional mediante el miedo y aceleró la implementación de los procesos vinculados a la IV Revolución Industrial. Asimismo, se intensifican los nacionalismos tecnológicos, marcando un proceso de soberanía estratégica en ámbitos como vacunas, chips y energía.

Así, el mundo deja de funcionar como un sistema único y se consolida de manera violenta el lenguaje de las armas y de las guerras de todo tipo. Entre ellas se pueden mencionar:

  • La guerra entre Rusia y Ucrania.
  • La reconfiguración de la OTAN.
  • La articulación estratégica entre Rusia y China como bloque.
  • El Sur Global, que comienza a ganar márgenes de maniobra con iniciativas múltiples.

¿Por qué hablar entonces de una multipolaridad incompleta y conflictiva?
Porque hoy es evidente que ningún Estado puede imponer reglas globales por sí solo, ni controlar simultáneamente la economía, las finanzas, la tecnología, la seguridad y la legitimidad.

¿Acaso estos hechos de la lucha de clases no constituyen un quiebre histórico? Los dogmáticos no entienden absolutamente nada: repiten contextualizaciones propias de un momento histórico determinado. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan en la investigación ni en el rigor científico; no se apegan al marxismo como ciencia viva frente a los cambios de la realidad. No lo asumen como arma de combate. Peor aún, ni siquiera logran ver estos cambios en términos empíricos, aunque se autoproclaman marxistas de pompa y ruido, apelando a jerarquías del pasado. De ahí que no ofrezcan soluciones a los grandes problemas actuales o, incluso, destruyan lo construido cuando debía impulsarse su desarrollo.

¿En qué se sustentan los polos reales? En los hechos existentes, que deben ser analizados con objetividad y sin prejuicios.

POLOS REALES EN LA ACTUALIDAD

  • Estados Unidos: sigue siendo la primera potencia, pero ya no es omnipotente.
  • China: polo económico-industrial y tecnológico en acelerado ascenso.
  • Rusia: polo militar-estratégico y energético.
  • Unión Europea: polo económico, pero sin plena soberanía estratégica.
  • India: polo demográfico-industrial emergente.
  • Sur Global organizado (BRICS ampliado): polo aún difuso, sin un poder financiero plenamente consolidado, pero en construcción y cada vez más coordinado como campo de fuerza con múltiples interconexiones internas.

Todos estos hechos, en el plano de la economía política, lo militar y otros ámbitos, tienen como consecuencia clara el fin de la hegemonía indiscutida de Estados Unidos. Esto no significa que haya perdido su poder dominante, pero sí que ya no puede ganar guerras largas (Irak, Afganistán, Ucrania), salvo a través de guerras proxy. Tampoco puede imponer sanciones sin costos sistémicos ni fijar unilateralmente las reglas del comercio y la tecnología. No obstante, aún mantiene un control significativo del sistema financiero (dólar, SWIFT) y proyecta poder global a través de su capacidad militar y tecnológica, condicionando alianzas clave.

Entonces, ¿Estados Unidos está a la ofensiva o a la defensiva estratégica? Evidentemente se encuentra en una hegemonía defensiva. Esto se expresa en:

  • La fragmentación económica.
  • La desdolarización parcial (energía, comercio bilateral).
  • La regionalización de las cadenas de valor.
  • Las sanciones que aceleran la formación de bloques alternativos.

¿Esto implica el colapso del dólar? No. Aún no. Se trata de una pérdida de monopolio, no de un colapso.

En este contexto defensivo, la guerra emerge como lenguaje político dominante que sustituye al consenso: la política por otros medios. Hoy, tanto por vías bélicas como no bélicas, se incrementan los riesgos de confrontación y de guerras abiertas, como se observa en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Cáucaso y otros conflictos regionales por el control de zonas y recursos estratégicos.

La crisis del llamado “orden liberal” es un hecho. Las reglas se aplican de manera selectiva: los derechos humanos y el derecho internacional se invocan solo cuando sirven a intereses propios; de lo contrario, se los pisotea. Esto fragmenta la legitimidad y genera narrativas propias en cada bloque.

Como consecuencia, surge la autonomía estratégica, visible en procesos como el rearme de Japón, las aspiraciones de Turquía, las redefiniciones de Arabia Saudita, Brasil y una Europa dejada a su propia suerte.

¿A dónde conduce esta nueva realidad y cuáles son los riesgos? La multipolaridad actual no conduce a la estabilidad estratégica, sino a una profunda inestabilidad que resulta extremadamente peligrosa para la humanidad. Se trata de transiciones históricas caracterizadas por guerras prolongadas, sin hegemonías claras ni reglas de convivencia aceptadas, agravadas por una carrera tecnológica aplicada al ámbito militar.

EN SÍNTESIS

La hegemonía liberal ya no es única ni organizadora del mundo. La multipolaridad es un hecho, mientras que un nuevo orden aún no existe. Cada bloque disputa poder con el riesgo permanente de guerra, lo que conduce a la fragmentación económica y al fortalecimiento de Estados cada vez más autoritarios, especialmente frente al temor de luchas populares masivas. De ahí la centralidad de la “seguridad interna”, orientada a contener la iniciativa popular y, particularmente, la acción proletaria organizada que disputa el poder político. Esta es la base de la fascistización de las sociedades y del derecho penal del enemigo.

En los procesos de declive imperial propios del capitalismo, pueden producirse colapsos regionales. Sin embargo, la historia demuestra que estas transiciones rara vez son pacíficas: suelen ser violentas. Así han caído imperios y han nacido y muerto civilizaciones.

El desafío está en cómo los pueblos, comprendiendo estos cambios históricos, se encaminen hacia su propio destino. Particularmente el proletariado internacional debe prepararse para este escenario complejo y emprender las grandes transformaciones en favor de los millones de explotados y oprimidos, utilizando todas las vías de lucha necesarias, apuntando a las formas más altas de confrontación política para la toma del poder y su consecuente proceso revolucionario.

26/01/2026

LA NUEVA DOCTRINA DE SEGURIDAD DE ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA Y LOS PUEBLOS DEL MUNDO

Por: Richard Gonzales

A partir de 2025, el gobierno de Donald Trump, cabeza del Estado imperialista más genocida del mundo, conduce, bajo el plan de la “Nueva Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos”, un proceso de restauración de la fortaleza de este gendarme.

Ello implica la “restauración de las fronteras soberanas”. Esta soberanía debe entenderse como la libertad y la decisión sin límites de esta superpotencia en su zona de dominio. Obviamente, esto implica que las “soberanías” de los países dentro de su dominio no existen más que dentro de los límites que impone el poder imperial.

Para tal proceso, tanto en el frente interno como externo, su lucha contra el globalismo es parte de la redefinición de su doctrina, tras el inmenso fracaso obtenido. Emprende así la eliminación de la “ideología de género” y la “cultura woke”, incluso dentro de las propias fuerzas armadas del imperialismo y en la sociedad yanqui, declarando y retomando la tradición familiar.

Uno de los asesores más influyentes de Trump, Peter Thiel, plantea que “la libertad y la democracia ya no son compatibles”. ¿De qué libertad se está hablando? De la libertad liberal, de la democracia formal, obviamente. Esta posición es compartida por las grandes tecnológicas de la inteligencia artificial y forma parte de la visión de ese nuevo orden mundial, en un proceso de restauración del dominio imperialista norteamericano.

¿Qué implicancias tiene este planteamiento? Según estas posiciones, el “progreso depende de las élites”, por lo que la “democracia liberal es un obstáculo”. Implica que los monopolios innovadores son los que deben dirigirlo todo. Esta visión sugiere y plantea que el futuro no está en el Estado de derecho ni en la democracia liberal, sino en la “dirección eficiente de los monopolios”, que debe construir un mundo menos democrático, con una dirección vertical, lo que muchos intelectuales denominan feudalismo en tiempos de tecnología o tecno-feudalismo.

En este proceso, caotizan la sociedad para luego reordenarla de acuerdo con la visión de ese futuro que diseñan. En esta IV Revolución Industrial, reconstruyen alianzas, redefinen zonas de dominio o recuperan aquellas que venían perdiendo. Paralelamente, el dominio de los recursos estratégicos es clave; por esa razón, “liberalizan” la producción energética, dando prioridad a la producción petrolera para “recuperar” su independencia como imperio. Esto tiene que ver con cómo la superpotencia en contienda, China, penetró en las mismas fauces del imperialismo yanqui. ¿Y dónde queda la teoría del calentamiento global? La han desechado; todo indica que fue una agenda que fracasó.

Los impuestos arancelarios son otra de las medidas, cuyo fin es el retorno de la industria al país de origen, no solo del imperialismo yanqui, sino también de las demás potencias “socias”, que sufren una gran presión para trasladar sus industrias al territorio de este gendarme. A la vez, se usa la energía -como en el caso del petróleo- como arma de guerra para generar dependencia y así presionar dentro de los objetivos y planes de su reindustrialización.

No debemos dejar de señalar que el exterminio civilizatorio del pueblo palestino es parte de ese plan de seguridad y constituye un mensaje claro para los pueblos del mundo sobre lo que se avecina. No se queda allí, sino que apunta a extenderse por todo Medio Oriente y dominarlo para monopolizar el petróleo. De ahí el sueño de la derrota total de Irán, como parte del cerco a China y de la confrontación directa hacia la que se encaminan.

Su supuesto “fin de la guerra en Gaza” es eso: el exterminio de pueblos sin miramientos. Eso es poner a “EE. UU. primero”, para que “siga siendo la nación más grande, poderosa y exitosa de la historia de la humanidad”, “el hogar de la libertad en la tierra”. Claro, el “hogar” del imperialismo más genocida, sin ley ni límites, con la libertad y el límite de su propia “moralidad”.

A nivel de la maquinaria estatal, su objetivo es reducirla aún más en lo inmediato: disminuir su papel asistencial, regulador y administrativo. Mayor monopolio en contra del “libre comercio”, así como la recuperación de una clase media que actúe como base social de su visión del mundo. La base de todo ello es recuperar la industria que sustenta la preeminencia económica y militar.

¿Sueñan con disolver los Estados soberanos dentro del imperio de estos tiempos? Si existió alguna vez “soberanía”, fue solo para las grandes potencias y superpotencias, mas no para los países sometidos. Sus “soberanías” llegaban solo en tanto y en cuanto no chocaran con los intereses de sus amos.

¿Cuál es el gran objetivo de esta nueva seguridad del gendarme? Como ellos lo dicen abiertamente: “la supervivencia y la seguridad continua de EE. UU. como república independiente y soberana, cuyo gobierno garantice los derechos naturales otorgados por Dios a sus ciudadanos”.

Por tanto, actúan como los designados por “Dios” en la Tierra: ese es su mesianismo. Todo lo que se oponga a su designio debe ser reducido y eliminado sin contemplaciones. Combatirán dentro y fuera toda fuerza hostil a su sistema, sean militares, personas, flujos de población “desestabilizadores”, propaganda destructiva o influencias hostiles.

Los pueblos y naciones están advertidos, así como los líderes o las disidencias, dado que “no pueden poner en peligro ni aceptarán adversario alguno que ponga en riesgo el dominio de los EE. UU.”. Por esa razón, reimpulsan la construcción imperial con capacidad para asumir ese papel, con armamento letal y tecnología más avanzada del mundo.

¿Quiere decir esto que incluso las luchas “democráticas” o sus propios líderes deberán actuar en la clandestinidad? Las actuales circunstancias exigen tomar medidas de alto nivel. Si se piensa o se brega por la transformación social al servicio del pueblo, la fascistización de la sociedad está a la orden del día, así como el control biométrico de la población.

Dentro de las contradicciones interimperialistas, pretenden una disuasión nuclear más sólida: armas mucho más letales y destructivas que las bombas atómicas lanzadas sobre Japón en la Segunda Guerra Mundial. Esas armas existen. ¿Se ha entrado en una carrera armamentística? Todo indica que sí.

Dentro de lo que pretenden, según su propio plan, señalan:

  • “…la base industrial más sólida del mundo (China ya les ganó la partida y es evidente su desindustrialización). El poder depende de un sector industrial fuerte… máxima prioridad”.
  • “…el sector energético más sólido, productivo e innovador del mundo… una de las principales industrias exportadoras de EE. UU., por derecho propio…”.
  • “…el país más avanzado e innovador del mundo en materia científica y tecnológica… dominio económico continuo y superioridad militar…”.
  • “…mantener el ‘poder blando’ que sirva a los verdaderos intereses nacionales de los EE. UU.”.
  • “…nuestro acceso continuo a ubicaciones estratégicas clave”, corolario de Trump a la Doctrina Monroe.
  • “…detener y revertir el daño causado por actores externos… mantener el Indo-Pacífico libre y abierto… libertad de navegación en todas las rutas marítimas, acceso a materiales críticos…”.

En buen cristiano, se trata de la restauración del dominio imperial en circunstancias de declive, pérdida de hegemonía y crisis sistémica general. Están dispuestos a todo para no perder su poder. Rompen todo paradigma y límite del liberalismo; es una restauración “civilizatoria” en todas las zonas de dominio y en nuevas áreas donde existan materias estratégicas, en función de la inteligencia artificial, la computación cuántica y el dominio global.

Tal como lo declaran abierta y francamente, ya comenzó una ofensiva mucho más frontal contra China y Rusia. Parte central de este plan es el dominio del Indo-Pacífico; por esa razón, la llamada “Operación Resolución Absoluta”, orientada a expulsar del continente americano a China, Rusia e Irán. Si bien tuvo un éxito táctico, el mensaje es claro para los pueblos de América Latina y para los países llamados “soberanos”.

Este planteamiento conduce a luchas de liberación nacional con alta organización, no por vías “democráticas” que ya no sirven, según la propia declaratoria del gendarme, sino mediante combates frontales contra sus lacayos en cada país, con fuerzas organizadas y vivas antiimperialistas.

En esta intervención imperialista, en el caso de Venezuela, la gran perdedora es China, que recibe un mensaje claro: el imperialismo yanqui le exige salir de su zona histórica de dominio. Se trata de una potente restauración del poder y de las prioridades de EE. UU. en el hemisferio occidental. Dicha acción pone en juego la estrategia de la Franja y la Ruta, la gobernanza global, el desarrollo, la seguridad y la civilización, planteamientos y planes de China y su proyección internacional.

Esto implica que no cederán en su zona de dominio y disputarán áreas estratégicas con mayor decisión, por encima de un derecho internacional que ya ha muerto, así como de las instituciones creadas tras la Segunda Guerra Mundial.

Es la reconstrucción de la preeminencia de EE. UU. ¿Hasta dónde? Hasta que las demás superpotencias en disputa logren imponer límites con fuerza real, dado que ya no es tiempo de diplomacia, Estado de derecho ni convencionalismos, sino de la ley de la fuerza, del darwinismo, de las sanciones y las invasiones; de la acumulación militar y la confrontación por zonas de dominio: hoy el Indo-Pacífico y Medio Oriente, y mañana África.

Es la agudización de las contradicciones interimperialistas por el dominio del mundo, pero también la reactivación de la contradicción entre naciones oprimidas e imperialismo, así como la de los pueblos del mundo contra el imperialismo.