Red de prensa popular latinoamericana

DDE TUXPAN A LA VICTORIA: EL ABRAZO DE MÉXICO A LA REVOLUCIÓN CUBANA Y SU RESISTENCIA ACTUAL

Julio Gerardo, CONAICOP SECRETARÍA México.

Hablar de la Revolución Cubana es, ineludiblemente, reconocer a México como un escenario vital en su gestación y desarrollo. Hoy, cuando el pueblo cubano sigue enfrentando las brutales medidas de asfixia económica y las constantes agresiones por parte del imperialismo estadounidense, mirar hacia atrás nos permite comprender que esta Revolución no nació de la improvisación, sino de una profunda resistencia histórica y del abrazo solidario entre los pueblos latinoamericanos.

Los orígenes de la rebeldía y el juicio a la dignidad 

La chispa definitiva se encendió el 26 de julio de 1953 con el asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes. Esta acción armada, dirigida por Fidel Castro contra la dictadura de Fulgencio Batista —régimen fielmente sostenido por los Estados Unidos—, marcó el inicio de una nueva era emancipadora. Aunque la operación fracasó en términos estrictamente militares, sentó las bases políticas e ideológicas del Movimiento 26 de Julio.

Tras ser apresado, el 16 de octubre de 1953, Fidel Castro enfrentó un juicio anómalo en Santiago de Cuba. Confinado por razones de seguridad en una pequeña sala de enfermeras del Hospital Civil, Fidel asumió su propia defensa. Al ser cuestionado sobre quién era el autor intelectual del asalto, su respuesta fue tajante: José Martí, el apóstol de la independencia. Aquel alegato culminó con una frase que trascendería los muros de aquella sala para instalarse en la memoria de los pueblos oprimidos: «La Historia me absolverá».

Fidel y Raúl Castro, así como otros combatientes fueron condenados a 15 años de prisión, pero la inmensa presión popular obligó al dictador pro imperialista Batista a firmar una amnistía general. Tras 21 meses en presidio, el 15 de mayo de 1955, recobraron su libertad. El siguiente paso exigía un terreno fértil para reorganizar la esperanza, y ese lugar fue México.

México y el encuentro de los imprescindibles

Raúl Castro fue el primero en pisar tierra mexicana, el 24 de junio de 1955. Poco después, en julio, llegó Fidel para reestructurar la lucha armada bajo la bandera del Movimiento 26 de Julio.

Para entonces, en México ya se encontraba un joven médico exiliado tras presenciar el golpe de Estado orquestado por Washington contra el presidente guatemalteco Jacobo Árbenz, nos referimos a Ernesto Guevara de la Serna quien había llegado a la Ciudad de México en septiembre de 1954, trabajando como fotógrafo y médico en el Hospital General. Su inmersión en los círculos de la izquierda comunista fue facilitada por Hilda Gadea Acosta, economista y política peruana, militante de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA), con quien contrajo matrimonio el 18 de agosto de 1955 en Tepotzotlán, Estado de México.

El destino tejió sus hilos en junio de 1955 en la colonia Tabacalera de la capital mexicana. En el número 49 de la calle José Emparán, Fidel Castro y Ernesto Guevara sostuvieron una histórica y extensa conversación. Esa misma noche, el argentino aceptó unirse a la expedición armada como médico y combatiente. Fue en tierras mexicanas donde, por su insistencia en usar esa expresión típica de su país, Fidel y sus compañeros lo bautizaron para la eternidad, pues allí nació para el mundo el mítico Ernesto «Che» Guevara.

La forja de la expedición con férrea solidaridad y disciplina 

Preparar a 82 expedicionarios fue un proceso clandestino, intenso y lleno de sacrificios que duró casi un año. Esta gesta no habría sido posible sin la solidaridad del pueblo mexicano. Antonio del Conde, a quien Fidel bautizó cariñosamente como «El Cuate», fue una pieza clave al facilitar armas y la embarcación que haría historia, nos referimos a el Yate Granma.

El entrenamiento fue integral, puesto que no solo se forjó la resistencia física, sino la táctica guerrillera, la disciplina militar y la entereza mental bajo condiciones de persecución y escasez. Escenarios como el Rancho Santa Rosa en Chalco, Estado de México, sirvieron para prácticas con fuego real bajo la mirada de Fidel y el Che. Asimismo, el luchador mexicano Anastasio «El Kid» Venegas impartió técnicas de defensa personal y albergó a varios revolucionarios en su propio hogar. El Cerro del Chiquihuite, en el norte de la Ciudad de México, fue testigo de las extenuantes marchas para alcanzar la máxima resistencia humana.

Los preparativos finales se discutían a media voz entre tazas de café. El legendario Café Habana, en la esquina de Bucareli y Morelos, fue uno de los puntos de reunión donde Fidel, Raúl, el Che y otros revolucionarios ultimaban los detalles antes de partir hacia Veracruz.

«Si salimos, llegamos…» 

En Santiago de la Peña, a orillas del río Tuxpan en Veracruz, Fidel rentó una casa que sirvió como cuartel final. Allí se congregaron líderes de la talla de Juan Almeida Bosque, Camilo Cienfuegos, Ramiro Valdés, Juan Manuel Márquez, el capitán Norberto Collado, el mexicano Alfonso Guillén Zelaya, el dominicano Ramón Mejía del Castillo («Pichirilo») y el italiano Gino Donè Paro.

Antes de zarpar, Fidel selló el compromiso con una máxima implacable: «Si salimos llegamos, si llegamos entramos, si entramos triunfamos».

La madrugada del 25 de noviembre de 1956, desafiando condiciones meteorológicas adversas, el Yate Granma salió sigilosamente del embarcadero del río Tuxpan con 82 almas a bordo. Durante la travesía, en medio de la oscuridad y un mar agitado, el expedicionario Roberto Roque Muñiz cayó al agua. En un acto que demostraba que en la Revolución el humanismo está por encima del cálculo frío, Fidel ordenó detener la marcha. Buscaron durante casi una hora, arriesgando toda la operación, hasta que lograron rescatarlo con vida. Nadie se quedaba atrás.

La victoria de la fe inquebrantable 

El 2 de diciembre de 1956, acorralados por el barrizal y el fango, el Granma encalló en Los Cayuelos, cerca de la playa Las Coloradas (Niquero). Poco después del desembarco, sufrieron un duro revés militar que dispersó a los combatientes.

Para el 5 de diciembre, tras el bautismo de fuego, Fidel logró reagruparse con un puñado de hombres y unas pocas armas. Al preguntar por el arsenal disponible, la respuesta fue desalentadora: solo traían cinco fusiles. Con la mirada puesta en el horizonte histórico, Fidel sumó los dos suyos y sentenció: «¡Siete! ¡Ahora sí ganamos la guerra!».

Reflexión final 

Esa misma convicción insumisa que llevó a un puñado de hombres de los pantanos de Las Coloradas al triunfo definitivo en 1959, es la que hoy sostiene a Cuba frente a la asfixia de un bloqueo imperialista criminal. Recordar a México como el sendero de esta Revolución es recordar que las grandes transformaciones sociales requieren organización, solidaridad internacionalista y una fe inquebrantable en la justicia popular. Hoy, más que nunca, la historia de hermandad entre México y Cuba nos enseña que el cruel imperialismo estadounidense no es invencible cuando un pueblo decide ser libre.

Julio Gerardo, Activista CONAICOP SECRETARÍA México.

SOBERANÍA EN DISPUTA: NARCOTRÁFICO, DERECHA MEXICANA Y LA SOMBRA DE ESTADOS UNIDOS

Por: Julio Gerardo Padilla Sánchez CONAICOP SCRETARÍA México

“La soberanía no se negocia y la seguridad de México se decide en México”. Esta frase no es solo una consigna política, sino que además es una definición histórica en un contexto donde la violencia del narcotráfico, la injerencia extranjera y la disputa interna por el poder se entrecruzan peligrosamente.

El 22 de febrero del presente año quedó marcado como un punto histórico en la confrontación contra el crimen organizado, en medio de versiones acerca del abatimiento de un importante líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, grupo que durante años ha sido considerado uno de los más poderosos y violentos del país. Más allá de los hechos específicos, hay un elemento estructural que no puede ignorarse, ya que la mayoría de las armas sofisticadas utilizadas por los cárteles provienen de Estados Unidos.

Armas que cruzan la frontera

Diversos informes han señalado que un alto porcentaje del armamento incautado en México tiene origen estadounidense. Este fenómeno no es casual ni reciente, puesto que, durante el gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, se desarrolló la polémica operación “Rápido y Furioso” (2009-2011), implementada por agencias estadounidenses, que permitió el ingreso ilegal de miles de armas a territorio mexicano con el argumento de rastrearlas hasta los cárteles. Muchas de esas armas terminaron fortaleciendo a las organizaciones criminales.

La llamada “guerra contra el narcotráfico”, declarada en 2006 por Calderón tras una elección con indicios de fraude y profundamente cuestionada, dejó una estela de violencia y decenas de miles de muertos. Lo que se presentó como una cruzada por la seguridad derivó en una espiral de confrontación que dividió al crimen organizado, multiplicó los grupos armados y profundizó la crisis humanitaria.

Años después, la condena en Estados Unidos de Genaro García Luna —exsecretario de Seguridad Pública de ese gobierno— por vínculos con el Cártel de Sinaloa confirmó lo que durante años fue denunciado por amplios sectores sociales como la infiltración del narcotráfico en las más altas esferas del poder. García Luna fue sentenciado en 2024 a 38 años de prisión por una corte estadounidense, en un proceso que expuso la colusión entre estructuras estatales y crimen organizado.

La doble moral del imperialismo de Estados Unidos

Estados Unidos se presenta como aliado en la lucha contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo su mercado es el principal destino de las drogas y su industria armamentista provee el arsenal que nutre la violencia en México. Mientras exige resultados y califica situaciones internas, no asume con la misma firmeza su responsabilidad en el tráfico ilegal de armas ni en la demanda interna de estupefacientes.

La designación de Ronald Johnson como embajador —exmilitar con antecedentes en operaciones de seguridad en América Latina— fue interpretada por muchos analistas como una señal de endurecimiento en la política bilateral, particularmente bajo la influencia de Donald Trump, cuya narrativa ha girado reiteradamente en torno a la criminalización de México y la amenaza de intervenciones unilaterales.

La historia latinoamericana demuestra que cuando Washington habla de seguridad hemisférica, muchas veces se traduce en injusta presión política, injerencia o condicionamientos económicos. La soberanía mexicana, por tanto, no es un concepto retórico, sino es una línea roja.

La derecha mexicana y sus contradicciones

En el plano interno, partidos políticos mafiosos como el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI) gobernaron durante décadas en contextos donde el narcotráfico creció, se consolidó y penetró instituciones. Distintos exfuncionarios de esos periodos han sido investigados o señalados por vínculos con redes criminales.

Resulta descarado que sectores de esa misma derecha acusen hoy al actual gobierno progresista de ser un narcoestado e incluso vergonzosamente hayan acudido a instancias estadounidenses para solicitar intervención o presión internacional. Estas acciones, más que una preocupación genuina por la seguridad, parecen responder a una estrategia política de deslegitimación y confrontación contra el proyecto de la llamada Cuarta Transformación.

En momentos de crisis, la difusión de rumores, noticias falsas y la amplificación del miedo se convierten en herramientas de disputa política. La quema de vehículos, bloqueos y otros actos vandálicos son utilizados mediáticamente para proyectar la imagen de un Estado fallido. Sin embargo, el combate al crimen organizado no puede analizarse sin revisar el armazón histórico de complicidades, desatenciones y decisiones que nos trajeron hasta aquí.

Seguridad con soberanía

La administración gubernamental encabezada por la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ha planteado una estrategia que combina programas sociales, fortalecimiento institucional y coordinación con fuerzas armadas, bajo el principio de que la seguridad nacional no puede subordinarse a intereses extranjeros.

El debate de fondo no es solo policial o militar, sino también político y estructural. ¿Puede México combatir eficazmente al narcotráfico mientras persista el flujo de armas desde Estados Unidos? ¿Puede hablarse de cooperación real cuando existe una desigualdad histórica en la relación bilateral? ¿Qué autoridad moral tienen quienes gobernaron en medio de escándalos de corrupción y colusión con el narcotráfico para presentarse ahora como defensores de la legalidad?

La soberanía no implica negar la cooperación internacional, sino establecerla en términos de respeto mutuo. Significa asumir responsabilidades compartidas en que México participa en el combate interno a las organizaciones criminales; Estados Unidos en el control efectivo del tráfico de armas y la reducción de la demanda de drogas.

Hoy más que nunca, el desafío consiste en desenmascarar la doble moral de Estados Unidos y de los neoliberales que entregaron y destruyeron la patria, denunciar las complicidades del pasado y evitar que la lucha contra el narcotráfico sea utilizada como instrumento de desestabilización política.

Porque la seguridad no puede construirse sobre la hipocresía.

Y porque, en última instancia, la soberanía —como la dignidad— no se negocia.

¿CRISTO AL SERVICIO DEL PODER O DE LOS POBRES? FE, REBELDÍA Y CONCIENCIA EN TIEMPOS DE DESHUMANIZACIÓN

Por: Julio Gerardo Padilla Sánchez

                                                                                                                                                                                                

Por estos días, cuando la empatía parece disolverse, la sensibilidad humana se erosiona y la solidaridad social se debilita bajo el peso de un sistema capitalista en crisis, en su fase imperialista más agresiva contra pueblos hermanos, vuelve a sonar una pregunta incómoda: ¿Cristo está al servicio de quién?

En 1975, el cantautor venezolano Alí Primera lanzó una canción provocadora titulada “Cristo al servicio de quién”. En ella denunciaba a una iglesia jerárquica que, según su reflexión crítica, había terminado aliada con los poderosos y distante del pueblo trabajador oprimido. La pregunta no era solo teológica; era profundamente política y moral. ¿Puede el mensaje de Jesús convivir con la opresión? ¿Puede la cruz caminar de la mano de la espada?

La historia de América Latina ofrece episodios dolorosos. La conquista española se realizó “en nombre de Cristo y de la corona”, mientras pueblos originarios eran sometidos, despojados y exterminados. La evangelización muchas veces llegó acompañada de violencia despiadada y destrucción de todo tipo. Sin embargo, reducir la historia de la Iglesia a esa complicidad sería injusto. También hubo algunos religiosos que se colocaron del lado de los oprimidos y pagaron un alto precio por ello.

En México, durante la lucha por la independencia, sacerdotes como Miguel Hidalgo y Costilla, José María Morelos y Pavón y Mariano Matamoros encabezaron ejércitos insurgentes, abolieron la esclavitud y promovieron proyectos constitucionales que buscaban justicia social. El fraile Servando Teresa de Mier defendió la libertad de pensamiento y promovió el reconocimiento de Simón Bolívar como Libertador de América. Aquellos sacerdotes entendieron la fe no como resignación, sino como compromiso histórico.

Pero la emancipación latinoamericana pronto enfrentó nuevas formas de dominación. En 1823, el presidente estadounidense James Monroe proclamó la llamada Doctrina Monroe bajo el lema “América para los americanos”. Con el tiempo, esa consigna justificó intervenciones políticas, golpes de Estado y formas modernas de subordinación. La explotación del hombre por el hombre no desapareció; mutó. Hoy se expresa desigualdades extremas, migraciones forzadas, extractivismo salvaje, explotación, empobrecimiento de la vida.

En ese contexto, tras el Concilio Vaticano II, emergió en 1968 la Teología de la Liberación. Más que una corriente doctrinal, fue una opción ética: la “opción preferencial por los pobres”. Planteó que el Evangelio debía leerse desde la realidad de los explotados y oprimidos, así como dejo en claro que la fe implicaba transformación social. No bastaba con predicar; era necesario actuar.

En Nicaragua, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal se integró al proceso revolucionario del Frente Sandinista de Liberación Nacional. En El Salvador, Óscar Arnulfo Romero denunció con valentía las violaciones a los derechos humanos hasta ser asesinado mientras oficiaba misa en 1980. En México, el obispo Sergio Méndez Arceo se convirtió en una voz profética contra las dictaduras latinoamericanas; Samuel Ruiz García, conocido como “Tatik”, defendió a los pueblos indígenas y fue mediador con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Más recientemente, José Raúl Vera López ha destacado por su defensa de migrantes y víctimas de abusos de poder.

En Colombia, el sacerdote y sociólogo Camilo Torres Restrepo sostuvo que “la revolución es una necesidad cristiana” y se incorporó al Ejército de Liberación Nacional, donde murió en combate en 1966. Inspirados en él, sacerdotes como Domingo Laín y Manuel Pérez Martínez asumieron compromisos radicales. En Nicaragua, Gaspar García Laviana cayó combatiendo a la dictadura somocista. En El Salvador, el sacerdote Ernesto Barrera Moto también murió en el contexto de la lucha insurgente.

Se podrá analizar y debatir acerca de los métodos, sin embargo, no puede negarse la coherencia entre fe y compromiso con los oprimidos que marcó a estas figuras. Fueron hombres de Iglesia que optaron por caminar con el pueblo y no sobre él.

El poeta uruguayo Mario Benedetti lo expresó con fuerza en su poema “Padre Nuestro Latinoamericano”, donde interpela a un Dios que no puede ser cómplice de la miseria ni de los misiles. “Yo creo en vos, Cristo obrero…”, escribió, devolviendo al Evangelio su dimensión popular.

Hoy, cuando el individualismo extremo y la lógica del mercado erosionan valores, principios, conciencia, moral, estilo de vida, etc., la pregunta de Alí Primera sigue vigente. ¿Cristo al servicio de quién? ¿De los explotadores y opresores, de las potencias capitalistas e imperialistas y sus intereses geopolíticos? ¿O de los pueblos explotados y oprimidos que luchan por dignidad?

La crisis actual no es solo económica o política, también es una crisis de conciencia y moral. Se pierde la sensibilidad ante el dolor ajeno, se normaliza la desigualdad, se trivializa la violencia, se asume posturas indiferentes y de no importismo. Frente a ello, la tradición de la Teología de la Liberación nos recuerda que la fe auténtica no puede ser indiferente. Que el Evangelio no es un ornamento del poder, sino una interpelación permanente a la injusticia.

Quizá el mayor legado de aquellos sacerdotes comprometidos no sea su militancia concreta, sino su coherencia ética. Entendieron que no hay neutralidad posible ante la explotación, opresión y dominación contra naciones y pueblos como Cuba, Venezuela, Palestina, Líbano, Yemen, Irán, etc. Que callar también es tomar partido. Y que, si Cristo caminó entre pobres, sometidos y marginados, difícilmente podría estar del lado de quienes los someten, oprimen y explotan.

En tiempos de deshumanización, recuperar la empatía y la solidaridad no es solo un acto de conciencia y moral, sino que es un acto profundamente político. Porque, al final, la pregunta no es solo teológica. Es histórica y urgente: ¿de qué lado estamos?

Vicente Guerrero: El Inmortal de las Montañas y la Vigencia de «La Patria es Primero»

Por Julio Gerardo Padilla Sánchez

En la historia de México, pocos nombres resuenan con la fuerza moral y la coherencia de Vicente Ramón Guerrero Saldaña. A más de dos siglos de sus hazañas, la figura de este líder afroindígena no solo se recuerda por haber consumado la Independencia, sino por encarnar la resistencia frente a la tiranía. Su vida y su legado nos recuerdan que, ante la adversidad y el injerencismo extranjero, la dignidad nacional no se negocia.

De la montaña a la historia

Nacido en Tixtla, en el corazón de lo que hoy es el estado de Guerrero, Vicente provenía de una familia humilde y trabajadora. Hijo de Juan Pedro Guerrero, afrodescendiente, y María Guadalupe Saldaña, indígena, Vicente llevó en su sangre la herencia de los pueblos oprimidos de la Nueva España.

Su formación no se dio en las academias militares, sino en el fragor de las batallas y resistencias. Se unió a la insurgencia a finales de 1810, demostrando una valentía y una inteligencia táctica que pronto le valieron el rango de capitán otorgado por José María Morelos. Tras la muerte de Morelos en 1815, cuando muchos creían que la causa estaba perdida, Guerrero se convirtió en el alma de la resistencia (1816-1821).

Experto en la guerra de guerrillas, transformó las montañas del sur en una fortaleza inexpugnable. Conociendo el terreno como nadie y utilizando tácticas de desgaste, organizó a tropas que peleaban con lanzas, machetes y fusiles, volviéndose un estratega temido por los realistas. Fue su perseverancia militar la que obligó a Agustín de Iturbide a pactar, logrando la consumación de la independencia con el Plan de Iguala y la formación del Ejército Trigarante.

El humanista que rompió las cadenas

Más allá del fusil, Vicente Guerrero empuñó la pluma por la justicia social. Al asumir como el segundo presidente de la nación mexicana en 1829, su mandato, aunque breve (abril a diciembre), dejó una huella imborrable en los derechos del pueblo y en los derechos humanos.

El 15 de septiembre de 1829, Guerrero firmó el decreto que abolió oficialmente la esclavitud en México. Aunque Hidalgo y Morelos lo habían proclamado antes, fue Guerrero quien materializó la libertad efectiva, rompiendo las cadenas de miles de esclavos y enfrentándose a los intereses económicos de las clases sociales dominantes y las potencias extranjeras. Este acto colocó a México a la vanguardia humanista, mucho antes que otras naciones del continente.

«La Patria es Primero»: Un grito vigente

Posiblemente el momento que mejor define su estatura moral ocurrió antes de la victoria final. En 1820, el virrey Apodaca, incapaz de derrotarlo por las armas, intentó comprarlo. Envió al propio padre de Vicente, Juan Pedro Guerrero, para ofrecerle el indulto, dinero y puestos militares si deponía las armas.

La historia cuenta que su padre se arrodilló y le rogó que aceptara por el bien de la familia. Vicente, conmovido pero firme, reunió a sus soldados, señaló a su padre y pronunció la frase que hoy está inscrita en letras de oro en el Congreso: «Compañeros, este viejo es mi padre. Ha venido a ofrecerme el indulto en nombre de los españoles. Siempre he respetado a mi padre, pero… ¡La Patria es Primero!».

El legado de Guerrero ante la arremetida del Imperialismo estadounidense actual

Hoy, esa sentencia -«La Patria es Primero»- cobra una vigencia urgente en América Latina y el mundo. En la actual coyuntura, donde el cruel imperialismo estadounidense busca avasallar la soberanía de los pueblos aplicando abusivamente embargos, bloqueos, sanciones, guerras y masacres, el ejemplo de Guerrero es un faro de dignidad y lucha antiimperialista.

Así como Guerrero resistió en las montañas sin rendirse ante el imperio español, hoy los pueblos de Cuba, Venezuela e Irán resisten las políticas genocidas y los intentos de asfixia económica. Su frase resuena en la heroica resistencia del pueblo de Palestina, y en la lucha por la autodeterminación en Irán, Líbano y Yemen. Vicente Guerrero nos enseñó que la soberanía no se vende y que, frente a las amenazas de las potencias imperialistas, la lealtad a la patria y a los principios de liberación nacional es el único camino posible.

El precio de la consecuencia

La coherencia de sus ideales no lo libró de enfrentarse a traiciones y conflictos internos, pues, derrocado por fuerzas conservadoras, fue capturado y ejecutado en 1831, poniendo fin a una vida entregada por completo a la causa de la libertad y justicia de su pueblo.

Su memoria persiste no solo en los libros de historia, sino también en las plazas, monumentos y en la conciencia colectiva de quienes ven en su figura un ejemplo de entrega total a los principios de justicia, igualdad y libertad.

LA BIPOLARIDAD ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA EN ESCENARIOS DE COLUSIONES Y PUGNAS INTERIMPERIALISTAS

Alex A. Chamán Portugal

Introducción

Se destaca la crisis del orden unipolar y reconfiguración del capitalismo mundial, puesto que el sistema internacional se caracteriza por superar el perverso orden unipolar instaurado tras la disolución y desmembramiento de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La caída del orden unipolar estadounidense puede interpretarse como un reajuste del escenario internacional entre Estados, por consiguiente, una expresión histórica concreta de las contradicciones internas del capitalismo en su fase imperialista terminal. La hegemonía única estadounidense, consolidada en la década de los noventa en base al parasitario capital financiero, la supremacía militar y sus genocidas políticas guerreristas, el coaccionador control institucional del orden mundial, entró en una etapa de declive efectivo, erosionada por severas crisis recurrentes, sobreacumulación de capital y pérdida de legitimidad política.

En este contexto emerge una bipolaridad estructural entre el imperialismo de Estados Unidos y China capitalista, que no reproduce mecánicamente la lógica de la Guerra Fría (entre el campo capitalista versus el socialista), sino que se asienta plenamente en el marco del capitalismo mundial en descomposición. La actual rivalidad enfrenta dos formas relativamente diferenciadas de capitalismo, ambas insertas en la ley del valor, la acumulación ampliada y la competencia interimperialista expresada en apropiación de recursos naturales y disputas por mercados mundiales.

La bipolaridad en desarrollo es el resultado de la indetenible debacle hegemónica estadounidense y el imparable ascenso de China, situación que se caracteriza por la coexistencia contradictoria de colusión estructural e intensificación de las pugnas interimperialistas, particularmente en los ámbitos científico-tecnológico, financiero, industrial y comercial.

1. El imperialismo y el agotamiento de la unipolaridad

El imperialismo no constituye una política exterior accidental, sino una fase histórica terminal del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la exportación de capitales, la dominación financiera y la lucha entre grandes potencias capitalistas por mercados, recursos y zonas de influencia (Lenin, 1917/2008).

La unipolaridad estadounidense, posterior a la caída del Muro de Berlín de 1991, se sustentó en tres pilares esenciales:

a) Hegemonía financiera, siendo el dólar como moneda mundial de reserva y de transacciones, permitiendo a Estados Unidos financiar déficits estructurales y ejercer poder coercitivo mediante sanciones unilaterales.

b) Supremacía militar global, ya que más de 850 bases militares y un gasto de defensa que, incluso en 2023, superó los 880 mil millones de dólares, equivalente a cerca del 40 % del gasto militar mundial (SIPRI, 2024).

c) Dominio ideológico-institucional, mediante la imposición del fracasado y depredador neoliberalismo contra los pueblos del mundo, a través del FMI, el Banco Mundial y la OMC.

Referida configuración entró en profundos aprietos con la crisis financiera de 2008, que evidenció los límites del capital financiero desregulado y marcó el inicio de una desaceleración estructural del centro capitalista cuyo epicentro es Estados Unidos. A partir de ahí, el crecimiento económico mundial ha sido sostenido en gran medida por Asia, especialmente por China, que pasó de representar el 4 % del PIB mundial en el 2000 a superar el 18 % en el 2023, y más del 35 % del PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) (Banco Mundial, 2024).

2. China capitalista y su proyección imperialista

Contrariamente a las narrativas que presentan ilusamente a China como una alternativa al capitalismo, resulta más preciso caracterizarla como un capitalismo de Estado, en que el partido-Estado actúa como capitalista colectivo, orientando la acumulación explotadora, disciplinando al capital privado y proyectando intereses nacionales en el exterior.

La expansión china responde a contradicciones internas del proceso de acumulación capitalista, expresada en la sobrecapacidad industrial, necesidad imperiosa de nuevos mercados, aseguramiento voraz de materias primas y control de cadenas de valor estratégicas. La iniciativa de la Franja (ruta terrestre) y la Ruta (marítima) debe interpretarse, por consiguiente, como un mecanismo de exportación de capital, infraestructura y crédito, orientado a absorber excedentes y garantizar posiciones geoeconómicas en Asia, África, América Latina y Oceanía.

En términos materiales y económicos, el ascenso de china se expresa en datos importantes:

  • China concentra más del 30 % del valor agregado manufacturero mundial, superando ampliamente a Estados Unidos y con tendencia a ampliarse (UNIDO, 2023).
  • Controla aproximadamente el 90 % del procesamiento de tierras raras y más del 70 % de las cadenas de suministro de baterías de litio, insumos críticos-claves para la transición energética y la IV Revolución Industrial.
  • Su gasto militar oficial se despuntó por encima de 314 mil millones de dólares en 2023, aunque varias estimaciones independientes lo sitúan cerca de 450 mil millones, con una tasa de crecimiento sostenida superior al promedio occidental (SIPRI, 2024).

Estos aspectos permiten asegurar que China ha dejado de ser una potencia emergente para convertirse en un protagonista polo imperialista en desarrollo, en colisión directa con los intereses históricos del imperialismo estadounidense en creciente decadencia.

3. La bipolaridad como manifestación del capitalismo en ruinas

La bipolaridad actual no involucra un equilibrio estable entre Estados Unidos y China, sino una estructura de alta fricción, en que la feroz competencia se desarrolla en una coyuntura de interdependencia profunda en que la colusión y pugna son recurrentes. Así, Estados Unidos y China están atrapados en una relación que combina referidas dos importantes cuestiones:

a) Colusión estructural, en que el comercio bilateral es superior a 575 mil millones de dólares anuales, interdependencia financiera y estabilidad del sistema monetario global.

b) Pugnas interimperialistas, mediante la guerra tecnológica (semiconductores, IA), sanciones económicas, control de rutas comerciales, militarización del Indo-Pacífico.

Esta relación puede caracterizarse como una contradicción entre capitales nacionales altamente concentrados, en que la competencia no busca destruir el sistema, sino reordenar la jerarquía dentro del capitalismo globalizado. No existe aquí un proyecto alternativo emancipador en disputa, sino una lucha por la hegemonía en la reproducción ampliada del capital. En suma, se tiene potencias que contienden por perennizar el cruel orden capitalista.

4. Aportes teóricos para interpretar la bipolaridad

Autores como Giovanni Arrighi (2007) y David Harvey (2014) permiten comprender esta transición como parte de los ciclos sistémicos de acumulación histórica, en que una potencia declinante (Estados Unidos) conserva el poder financiero, político y militar, mientras una potencia ascendente (China) lidera la producción real, es decir, científica-tecnológica expresada en una vigorosa industrialización. Así, la bipolaridad expresa un desfase entre poder productivo industrial y poder financiero especulativo, generando tensiones estructurales prolongadas que las afectan.

Asimismo, desde la teoría del sistema-mundo (Wallerstein), la rivalidad entre China y Estados Unidos debe leerse como una disputa por el centro del modo de producción capitalista, con implicancias directas para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios de disputa, dependencia tecnológica y extracción de valor.

En suma, la bipolaridad entre Estados Unidos y China no es un fenómeno coyuntural ni meramente geopolítico, sino una forma histórica del imperialismo, surgida de las contradicciones del capitalismo globalizado en profundiza crisis. Su comprensión exige abandonar enfoques idealistas o normativos y asumir una lectura materialista-dialéctica y crítica, capaz de vincular poder, acumulación y lucha anticapitalista y antimperialista.

5. La guerra tecnológica y financiera como expresión de la pugna interimperialista

En la fase actual del capitalismo, la competencia interimperialista se ha desplazado gradualmente desde la confrontación político y militar directa hacia el control de los principales sectores estratégicos de la IV Revolución Industrial. Actualmente, la disputa entre Estados Unidos y China se expresa, con bastante ímpetu, en los ámbitos de los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones 5G, la robótica, la computación cuántica y las finanzas digitales.

Esta guerra tecnológica no es un absurdo, sino una manifestación inevitable de la tendencia del capital a apropiarse de las fuerzas productivas más avanzadas para garantizar ventajas en la competencia global. El control científico y tecnológico se constituye, así en una fuente de renta extraordinaria, ya que refuerza la concentración y centralización del capital a escala planetario.

El imperialismo estadounidense conserva una posición dominante en el diseño de microchips de alta gama y en el control de nodos críticos de la cadena global de valor de la industria de semiconductores, particularmente a través de empresas estratégicas como ASML, NVIDIA y TSMC. Esta supremacía tecnológica ha permitido a Estados Unidos desplegar arbitrariamente un conjunto de sanciones tecnológicas selectivas orientadas a frenar el ascenso científico-tecnológico de China, especialmente en los segmentos más avanzados de la producción de chips.

Entre 2019 y 2024, Estados Unidos acrecentó los controles de exportación que restringen el acceso de empresas chinas a equipos de litografía avanzada, software especializado y componentes críticos, con el objetivo explícito de ralentizar el desarrollo tecnológico autónomo de su principal competidor estratégico. De acuerdo con un informe del Congreso de Estados Unidos difundido por Infobae, estas determinaciones forman parte de una estrategia sistemática destinada a impedir que China alcance la autosuficiencia en la producción de semiconductores de última generación, considerados como un insumo clave para la inteligencia artificial, la industria militar y la digitalización de la economía (Infobae, 2025).

Estas restricciones no responden solamente a consideraciones de seguridad nacional, sino que constituyen una forma de intervención estatal directa al servicio del capital monopolista, orientada a preservar rentas tecnológicas extraordinarias y posiciones dominantes en el marco de la competencia interimperialista. La denominada guerra de los chips expresa así una de las contradicciones medulares del capitalismo actual, por lo que empeora la tensión entre la socialización global de las fuerzas productivas y su apropiación privada por un reducido núcleo de potencias capitalistas e imperialistas.

China ha respondido con una política estratégica de sustitución tecnológica acelerada, incrementando su inversión en investigación y desarrollo sofisticado hasta superar los 550 mil millones de dólares anuales, cifra que la sitúa en el segundo lugar a nivel mundial, apenas por debajo de Estados Unidos. Este esfuerzo no persigue ninguna ruptura con el capitalismo global, sino la consolidación de un polo científico y tecnológico propio dentro del mismo sistema.

En el escenario financiero, la pugna se articula en torno a la cada vez menor hegemonía del dólar. No obstante, este continúa representando cerca del 58 % de las reservas internacionales, por lo que su uso como instrumento de coerción política ha incentivado procesos de desdolarización parcial, impulsados por China mediante acuerdos bilaterales, la utilización del yuan en comercio energético y el fortalecimiento de bancos de desarrollo alternativos. Sin embargo, estas iniciativas no conllevan aún una ruptura sistémica, sino una erosión gradual del poder financiero estadounidense.

6. Militarización contenida y traslado del conflicto hacia las naciones y pueblos

A diferencia de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la bipolaridad actual se caracteriza por una velada carrera armamentista entre los polos centrales, sin soslayar a Rusia. También por la externalización del conflicto hacia regiones periféricas y semiperiféricas que se configuran como espacios de disputa indirecta, en la que se combinan intereses geoeconómicos, estratégicos y militares.

El imperialismo Yanqui mantiene cierta supremacía militar, con un presupuesto que supera ampliamente al de cualquier otro Estado. Sin embargo, China ha desarrollado sorprendentes capacidades de disuasión regional asimétrica, especialmente en el Mar de China Meridional y en el estrecho de Taiwán. Esta situación viene generando un equilibrio inestable con riesgos bélicos, en que la confrontación directa resulta altamente costosa para ambas potencias.

Esta dinámica puede interpretarse como una forma de gestión del conflicto interimperialista, en la que el empleo de la fuerza se subordina a la preservación de las condiciones generales de reproducción del capital global. La guerra abierta entre referidas potencias pondría en riesgo las cadenas globales de valor, el sistema financiero y la estabilidad del mercado mundial, afectando directamente a los grupos dominantes del capital en ambos países.

7. Naciones oprimidas y pueblos como espacios de disputa estructural

La bipolaridad China Estados Unidos tiene profundas implicancias para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios privilegiados de competencia para saquear los recursos naturales, apropiarse de mercados, ofertar infraestructura y concretar alineamientos políticos. Latinoamérica, ocupa un lugar estratégico por su cuantiosa riqueza en litio, cobre, oro, plata, hidrocarburos, biodiversidad y alimentos.

China se ha consolidado como principal socio comercial de muchos países latinoamericanos, desplazando a Estados Unidos en economías clave. Entre el 2000 y el 2023, el comercio entre China y América Latina pasó de 12 mil millones a más de 480 mil millones de dólares, acompañado por inversiones en rubros estratégicos como minería, energía e infraestructura. Sin embargo, esta relación reproduce, en la mayoría de los casos, una inserción dependiente basada en la exportación de materias primas, lo que impide el desarrollo industrial autónomo de la región. Este proceso se enmarca en la división internacional del trabajo estructurada por la lógica opresora del capitalismo, la cual reproduce y profundiza desigualdades estructurales al concentrar las actividades de alto valor agregado en las naciones industrializadas, mientras relega a las economías desindustrializadas a funciones subordinadas, primario-exportadoras y de bajo contenido científico tecnológico, consolidando así relaciones de dependencia y atraso.

Estados Unidos combina mecanismos tradicionales de influencia (instituciones financieras, tratados comerciales, cooperación militar) con estrategias coercitivas como las que se aplican en Venezuela Bolivariana, Cuba, etc., orientadas a contener la expansión china en su patio trasero o área histórica de influencia.

Esta situación no representa una oportunidad automática de emancipación para las naciones oprimidas y pueblos, sino una reconfiguración de las relaciones de dependencia, en que los Estados latinoamericanos capitalistas oscilan entre uno y otro polo sin modificar sustancialmente su lugar subordinado y de atraso en la división internacional del trabajo.

8. La IV Revolución Industrial y la lucha por el control de las fuerzas productivas

La IV Revolución Industrial constituye el campo estratégico central de la bipolaridad en la que contienden Estados Unidos y China. La automatización o robótica, la digitalización o internet de las cosas y la inteligencia artificial redefinen la productividad y reconfiguran las relaciones de clase social (explotadores versus explotados) a escala mundial, intensificando la lucha de clases merced a mayor explotación del trabajo y la precarización laboral, así como, a conculcación de derechos fundamentales y libertades demoliberales.

Estados Unidos y China buscan liderar esta transformación, no para transformar revolucionariamente la sociedad capitalista, sino para salvarle y pretender eternizarla asegurando posiciones dominantes en la apropiación del valor generado por las nuevas fuerzas productivas. Así, la disputa científica tecnológica es inseparable de la lucha por la hegemonía ideológica y cultural, en la que cada polo promueve narrativas demagógicas de “libertad”, “democracia”, “equidad”, “equilibrio”, “seguridad” o “desarrollo” funcionales a sus respectivos proyectos de poder imperialista.

9. Conclusiones

La bipolaridad del siglo XXI entre Estados Unidos y China debe ser comprendida no como la marcha hacia un nuevo modo de producción, sino como una expresión histórica de la crisis estructural del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de inaugurar una etapa de estabilidad, esta configuración bipolar representa una fase prolongada de descomposición del imperialismo, en la que los mecanismos tradicionales de regulación económica, política y geoestratégica han perdido eficacia frente a las contradicciones internas del capital.

Esta bipolaridad expresa, por un lado, la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense y sus aliados, incapaz de sostener de manera unilateral su dominación global, y por otro, el ascenso de un nuevo polo capitalista encabezado por China y sus aliados, que no rompe con la lógica del injusto sistema burgués, sino que busca reconfigurar las relaciones de poder dentro del mismo orden capitalista e imperialista. En este marco, la disputa no se orienta a superar el capitalismo, sino a redefinir las condiciones de la dominación, la apropiación del excedente y el control de las fuerzas productivas a escala mundial.

La pugna interimperialista no contiene en sí misma ningún potencial emancipador. Por el contrario, tiende a profundizar la explotación de la fuerza de trabajo, la dependencia de las naciones oprimidas, la desigualdad social y la militarización del sistema internacional expresada en políticas genocidas, incrementando el riesgo de guerras regionales y de una conflagración generalizada como la III Guerra Mundial en ciernes. Conviene recordar que la historia demuestra, fehacientemente, que las contradicciones entre potencias imperialistas se resuelven, en última instancia, mediante la violencia organizada, trasladando los costos humanos y materiales a los pueblos del mundo.

En consecuencia, la superación de esta lógica no puede provenir de la sustitución de una hegemonía imperialista por otra, ni de la ilusión de un capitalismo “alternativo” o “más humano”. La salida histórica solo puede construirse a partir de la articulación de proyectos políticos revolucionarios, anticapitalistas y antiimperialistas, protagonizados por las clases sociales explotadas, las naciones oprimidas y los pueblos del mundo, capaces de combatir radicalmente las bases materiales, políticas e ideológicas del capitalismo.

La humanidad no necesita un capitalismo en descomposición ni su fase imperialista, sino una sociedad superior, fundada en la abolición de la explotación del hombre por el hombre, en la emancipación de los pueblos y en una organización social orientada a la armonía, la justicia y la libertad plenas. En este devenir histórico, la lucha de clases y la revolución proletaria continúan siendo el motor fundamental de la transformación social.

Referencias (APA 7 – en español)


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SIPRI
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Wallerstein, I. (2005). Análisis de sistemas-mundo. Siglo XXI Editores.

LAS ELECCIONES DEL 2026 EN PERU

Richard Gonzales

Dicen que la “democracia” es un sistema político donde la soberanía reside en el pueblo. Siendo así, el poder político supremo del pueblo, en estos más de 30 años, ha venido exigiendo cambios fundamentales, con mucha mayor razón en la última década, en la que la demanda por una nueva Constitución se vuelve indispensable para pensar, mínimamente, en cambios sustantivos, particularmente en lo que respecta al capítulo económico, que es fundamental para que realmente se pueda hablar de una “democratización de la sociedad”.

Redefinir y replantear el capítulo económico en la Constitución neoliberal vigente es clave, porque de ese cambio —pensando en los intereses de la nación, de los diferentes actores de la sociedad, de las inmensas masas que suman millones, así como de la propia industria nacional y de su necesidad de democratización— depende la orientación estratégica del país. Es decir, se trata de redefinir la disyuntiva central: o se prosigue con una visión de dependencia de las corporaciones mundiales, con beneficios para un puñado de grupos de poder nativo que se desenvuelven dentro de la organización mundial del trabajo y la producción, donde los centros de poder global determinan, mediante tratados comerciales y convenciones, un diseño en el que la inmensa mayoría de los países del tercer mundo quedan relegados al rol de simples proveedores de materias primas y mano de obra barata, mientras las grandes urbes imperialistas concentran las industrias y tecnologías más desarrolladas, que luego proveen a las naciones sometidas; o se asumen, con coherencia, los principios de soberanía, independencia y autodeterminación.

En el diseño actual, los acuerdos y tratados firmados por las clases dominantes de cada país han hecho que naciones enteras no puedan industrializarse. Este mismo sometimiento y dependencia, revertirlos implica ejercer una verdadera soberanía nacional, independencia y autodeterminación. Implica romper con aquellos tratados que impiden que una nación se industrialice, para que exista trabajo pleno, con derechos y salarios dignos.

Esto supone, a partir de allí, un rediseño integral del Estado, de la democracia y del gobierno. Implica la rebelión de las masas, la resistencia y la lucha democrática, aun cuando esta vía sea transitoria, reformista y se desenvuelva dentro de los términos capitalistas. Evidentemente, requiere organización y una voluntad popular férrea para ese proceso; una conciencia de masas capaz de luchar y defenderse; y la construcción de la unidad nacional. Porque ello implica la confrontación contra los intereses del imperialismo dominante y contra los satélites globalistas internos. Por tanto, ser antiimperialista es ineludible, sin lo cual no se puede pensar en un cambio serio y trascendente.

Todo ese proyecto soberano requerirá, además, un cambio en la dinámica educativa general, en el espíritu nacional, así como mecanismos y décadas de trabajo y sacrificios para ser concretado.

De los 43 partidos políticos en carrera para las elecciones del 2026, ¿cuántos y cuáles representan esos intereses? ¡Ninguno! Los partidos —entre comillas— que tienen la intención de defender o representar al pueblo, si los hay, no cuentan con arraigo popular, cuadros, proyectos, planes, mecanismos ni poder político real. Por tanto, solo serán avasallados y puestos en línea por la ultraderecha y las corporaciones saqueadoras, o simplemente serán víctimas de golpes de Estado bajo diferentes formas y mecanismos. Lo real es que la ultraderecha ha concentrado el poder, incluso, si fuera necesario, para consumar fraudes de manera descarada, como ocurrió hace poco en Ecuador.

Entonces, en estas elecciones que se vienen, ¿existen condiciones para un voto verdaderamente democrático? No las hay. Simplemente se trata de una farsa. ¿Podría cambiarse este estado de cosas? ¡Sí! Pero en la actualidad no aceptan ni siquiera una economía social de mercado. Véase el gobierno de Castillo: la ultraderecha reaccionaria, desde hace tiempo, pateó el tablero; las reglas que ellos mismos establecieron no las respetan ni les interesa respetarlas.

En el mundo hemos entrado en una fase del sistema mundial mucho más autoritaria. Las sociedades se han fascistizado; la soberanía popular ha sido barrida. ¿Podría recuperarse? ¡Por supuesto que sí! Depende de una correlación de fuerzas compactas y bien organizadas. Pero, en la actualidad, solo existe la soberanía de las corporaciones, sustentada en la violencia más franca y descarada. En esas condiciones, ¿tiene sentido que las masas vayan a votar? ¡De ninguna manera! Sería solo para avalar y legitimar la farsa, a no ser que exista una fuerza popular bien organizada en todos los planos y frentes.

La ultraderecha cuenta con fuerzas organizadas como las Fuerzas Armadas, el poder empresarial y económico, fuerzas ideológicas articuladas en un solo frente (medios informativos, académicos, escuelas, etc.), una tradición cultural mercantilista de siglos y los poderes del Estado a su servicio.

¿Qué corresponde entonces? Lo ideal sería dejar vacías las urnas de forma masiva, no acudir a esa farsa ni como votantes ni como personeros. Sería lo ideal, pero sabemos que no va a ocurrir, porque ello requiere como condición una acción compacta de millones de pobres dirigida por su propia organización. En la medida de lo posible, corresponde viciar el voto, no votar en blanco.

Dicha acción podría presionar y poner sobre la mesa la discusión de una nueva Constitución, así como el respeto de los actores históricos de poder real. Para ello se requiere preparar a los propios representantes, constituyentes y líderes, capaces de elaborar un contraproyecto y un nuevo programa de todas las clases del pueblo, con agenda y contenido claros.

La opinión masiva y popular está harta de todo este estado de cosas. Así lo reflejan incluso las encuestas de los sectores reaccionarios. Tal como va la trayectoria del Perú en todos los ámbitos, ¿podría canalizarse este malestar hacia una acción conjunta como la que se plantea? Por supuesto que sí. Requiere el uso intensivo de redes, una campaña sostenida, la activación decidida de los diferentes colectivos, cabildos, así como voluntad y decisión. Mucho depende de la madurez y determinación del pueblo, así como de sus líderes de base popular, con capacidad de dirigir hacia otro estado de cosas.

Esto requiere también un cuestionamiento sustentado de la juridicidad, es decir, un cuestionamiento del fundamento mismo del estado de cosas, impulsado por especialistas mediante múltiples acciones legales. No solo en el campo jurídico, sino también en la economía, la filosofía y otros ámbitos. Existen muchos hijos del pueblo, bien formados y organizados, que podrían aportar de manera decisiva en este frente.

24/04/2025

SOBRE LA PURGA DE ALTOS MANDOS MILITARES CHINOS.

Richard Gonzales

Evidentemente, se trata de una decisión que responde a la necesidad del control del «Partido» sobre el «fusil». Debemos comprender que, aun cuando el liderazgo chino pueda ser caracterizado como revisionista, no deja de manejar la doctrina de la Guerra Popular Prolongada, articulada a través del Ejército Popular de Liberación (EPL), cuya doctrina actual merece ser estudiada con detenimiento. Tal principio sigue siendo refrendado por su pensamiento militar.

Por tanto, en el manejo de una guerra prolongada frente a Occidente, el presidente Xi Jinping entiende con claridad la dinámica del escenario mundial y la forma en que se vienen perfilando los asuntos internacionales. De ahí que prepare a todo el Partido para esa necesidad histórica, en un contexto donde existen múltiples actores y no un árbitro único.

Asimismo, debe comprenderse que China se mantiene dentro de la doctrina de la Guerra Popular, lo que explica la movilización civil, la economía al servicio de la defensa, la fusión Estado-pueblo y una concepción estratégica de guerra prolongada.

En su doctrina actual de Guerra Popular en nuevas condiciones, oficializada desde la década de 1990, el EPL adapta elementos clave como:

  • la tecnología,
  • la información,
  • la economía global.

Esto implica una guerra integrada. Resulta imprescindible tomar en serio y estudiar a sus estrategas militares y políticos. Entre ellos destacan Qiao Liang y Wang Xiangsui, coroneles del EPL, quienes a partir de 1999 introducen la doctrina de la » Guerra sin restricciones», en la que se plantea que la guerra trasciende el campo estrictamente militar e involucra:

  • el comercio,
  • las finanzas,
  • el derecho internacional,
  • los ciberataques,
  • la información y propaganda.

Esta fusión, que posteriormente se oficializa bajo la presidencia de Xi Jinping, explica por qué se entiende que la empresa privada se suma a la potencia militar, que la infraestructura civil tenga uso dual y que la tecnología comercial y militar formen parte de un mismo entramado estratégico.

¿Tiene sentido priorizar la construcción de puertos, satélites y redes logísticas? Sí, porque está plenamente inserto en su doctrina. Ello significa que economía y defensa no están separadas, sino que constituyen un todo dentro de su desarrollo estratégico.

En lo inmediato, China busca evitar una guerra frontal directa con Occidente. Por esa razón, debe analizarse el rol de su aliado Rusia como el martillo que rompe el orden anterior, mientras China se concentra en la construcción de un nuevo orden mundial dentro de una estrategia global que se encuentra en pleno desarrollo.

Asimismo, es necesario observar cómo se reactualiza la doctrina de Sun Tzu: “ganar sin combatir”, en la medida de lo posible y dentro de los límites de la confrontación. Esto implica el socavamiento interno de Occidente mediante una guerra prolongada, para luego desplazar gradualmente la hegemonía occidental.

De ahí la prioridad otorgada a la seguridad de las cadenas de suministro, la tecnología, la soberanía política, la estabilidad interna y el mercado.

Por tanto, la reestructuración -o purga- de los altos mandos militares no es una cuestión meramente administrativa. Se trata de una operación política de profundidad estratégica, directamente ligada a la doctrina de la guerra prolongada y al escenario de una multipolaridad conflictiva en la que se desenvuelve la bipolaridad.

Esta purga también está vinculada a la necesidad de resolver problemas estructurales dentro del EPL, con miras a prepararse para escenarios de mayor tensión. Aun siendo revisionistas, no abandonan el principio de » El Partido manda el fusil», bajo su propia lógica y directriz. ¡Ojo!, ello responde a varios riesgos:

  • la autonomización de élites,
  • la formación de redes internas de lealtad,
  • la necesidad de contar con mandos más leales y con una fracción que permita que el Partido mande y concentre el poder para una alta tensión que se apresura,
  • conjurar la infiltración, cooptación o posicionamiento de agentes externos o favorables a los intereses de la estrategia occidental.

Debe considerarse el riesgo de una guerra frontal con Occidente, por ejemplo, en el problema de Taiwán, el mar del Sur de China y la competencia con EE. UU., así como las tensiones derivadas del rearme de Japón. Todo ello conduce a purgas orientadas a corregir debilidades. ¿De qué se acusa a los altos mandos? De corrupción y deslealtad. Un mando corrupto no sirve en momentos de alta tensión; menos aún uno incompetente o desleal.

En el plano interno, estas medidas implican blindar al Partido frente a posibles crisis en el EPL, al que reiteradamente se le ha definido como » garantes del orden”, conjurando así la experiencia de la restauración del capitalismo en Rusia y reafirmando la consigna de no perder el control del ejército.

En un mundo de multipolaridad en conflicto, la bipolaridad se desenvuelve en distintos frentes, con actores que se preparan o reajustan liderazgos para escenarios de mayor confrontación.

¿Acaso Trump no está rompiendo paradigmas de aquel imperialismo liberal que jugaba dentro de las » reglas” que ellos mismos construyeron? Es evidente que ese imperialismo ya no posee una hegemonía absoluta en todos los planos, aunque conserve un peso decisivo en las finanzas, médula del sistema. ¿No es consciente la dirección yanky de la necesidad de concentración del poder? ¿No se generan acaso crisis internas a propósito para ese fin?

Se habla incluso de una eventual reelección de Trump por dos periodos más, así como de la reestructuración de las enmiendas constitucionales para consolidar ese proyecto. Ello no niega la existencia de problemas reales internos en múltiples ámbitos, ni las fricciones entre fuerzas industriales, financieras y tecnológicas, cada una con su propia visión estratégica.

También se discute la posibilidad de una balcanización de Canadá, principalmente en la zona petrolera, o la fragmentación de una Europa resquebrajada, todo ello como parte del golpe a los llamados “globalistas”.

En Medio Oriente, región clave de disputa, convergen los intereses de EE. UU., China, Rusia e India, así como de potencias regionales como Irán, Turquía y Arabia Saudita. Estos actores compiten en el tablero mundial, lo que confirma el carácter multipolar del sistema, dado que hoy la guerra no es solo militar.

La posición de la bipolaridad es, en gran medida, una construcción discursiva del Pentágono con un objetivo narrativo. Los hechos en la realidad práctica muestran anarquía, caos y la ausencia de un centro único de poder.

Finalmente, debe considerarse el peso de la masa -la dimensión poblacional- como un factor estratégico. ¿Acaso no existe en China, India o Sudáfrica? La masa cuenta, y no solo como número poblacional.

31/01/2026