Red de prensa popular latinoamericana

El gasolinazo neoliberal en Bolivia es un feroz ataque frontal al pueblo y la soberanía nacional

Por Alex Chamán Portugal

En el marco de la severa crisis y decadencia capitalista global, el gobierno proimperialista y prosionista de Rodrigo Paz en Bolivia ha desatado una ofensiva neoliberal que revela su carácter proempresarial y antipopular. El anuncio de hoy 17 de diciembre de 2025, mediante el cual se elimina el subsidio a los combustibles, no es más que la punta de lanza de una agenda diseñada para transferir injustamente la pesada carga de la crisis económica del Estado burgués a las espaldas de la clase obrera y los sectores populares. Este «gasolinazo» cuyo término evoca los traumáticos ajustes estructurales de las décadas pasadas, eleva el precio de la gasolina especial de 3,72 Bs a 6,96 Bs por litro (un aumento del 87%), el diésel de 3,74 Bs a 9,80 Bs (un incremento del 162%) y la gasolina premium a 11 Bs, bajo el pretexto de «garantizar el abastecimiento continuo» y combatir la corrupción en YPFB. Esta medida no resuelve la raíz del problema expresada en la dependencia imperialista y la explotación capitalista de los recursos naturales, sino que profundiza la desigualdad económica y social, favoreciendo a las depredadoras empresas transnacionales y al gran capital de la burguesía nacional a expensas del pueblo.

El gobierno de Paz y sus socios, electo en octubre de 2025 tras dos décadas de gobiernos progresistas del MAS, representa el retorno triunfal del nefasto y fracasado neoliberalismo en Bolivia, alineado con los intereses del genocida imperialismo estadounidense y las perversas instituciones financieras internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Sus promesas de «seguridad jurídica» para inversiones avasalladoras, repatriación de capitales con cero impuestos, simplificación tributaria y liberación de exportaciones no son más que eufemismos para una política neoliberal favorable al capital extranjero, que prioriza la despiadada acumulación privada sobre la redistribución con justicia social. Al declarar el país en «emergencia económica, financiera y energética», el Gobierno de turno justifica estas reformas como un «salvataje para la patria», culpando a la gestión anterior de «saqueo» y «desfalco». Sin embargo, esta novela oculta la verdadera causa en que la crisis inherente al capitalismo atrasado y dependiente boliviano, exacerbada por la caída en la producción de gas natural y la volatilidad de los precios internacionales de materias primas, que benefician a las potencias imperialistas mientras dejan a naciones oprimidas como Bolivia en la periferia del sistema capitalista mundial.

Una vez más, se golpea la economía popular con el encarecimiento de productos y servicios básicos de primera necesidad. El alza en los combustibles no se limita a los surtidores; puesto que permea toda la cadena productiva y de consumo. El diésel, vital para el transporte pesado, la agricultura y la industria, encarecerá los fletes, consiguientemente, los precios de alimentos como el pan (que ya ha subido un 60% debido a recortes previos en subsidios), la carne (con incrementos del 90% por la liberación de exportaciones) y otros bienes esenciales. Esto no es casualidad, ya que, en un caduco sistema capitalista, los costos de reproducción de la fuerza de trabajo (comida, transporte, vivienda, etc.) se trasladan directamente a la mayoría de las masas trabajadoras, erosionando su poder adquisitivo y perpetuando la pobreza e indigencia. Las migajas ofrecidas por el gobierno, como el incremento del salario mínimo nacional de 2.750 Bs a 3.300 Bs (un 20% que apenas compensa la inflación proyectada) y el alza en la Renta Dignidad a 500 Bs, resultan insuficientes e irrisorios. Peor aún, el bono Juancito Pinto de 300 Bs por estudiante y un programa de protección de 200 Bs cada cuatro meses no mitigan el cruel impacto real, pues una inflación galopante que podría superar el 10% en 2026, según proyecciones basadas en experiencias similares en la región. En esencia, estas «medidas financiadas» son un velo para la redistribución inversa, ya que el 50% de los recursos liberados por la quita de subsidios irá a gobiernos subnacionales, pero sin garantías de que beneficien a los a los explotados y oprimidos, sino a las clases sociales dominantes y las élites locales aliadas con el capital.

Los efectos sociales serán devastadores, profundizando la pauperización absoluta y relativa del pueblo trabajador. El aumento en los costos de transporte y producción impulsará despidos masivos en sectores como la agricultura, el comercio y la industria informal, que representan el 70% de la economía boliviana. Esto elevará el desempleo, el subempleo y la precarización laboral, forzando a decenas de miles a migrar a la informalidad o la mendicidad. Históricamente, ajustes neoliberales como este han correlacionado con picos en la delincuencia, ya que la desesperación económica empuja a los excluidos hacia la supervivencia marginal. En Bolivia, donde la crisis ambiental y la sequía ya agravan la vulnerabilidad rural, este inmisericorde gasolinazo acelerará la proletarización forzada, convirtiendo a más campesinos e indígenas en mano de obra barata para las transnacionales. Esto no es un accidente económico, sino la lógica monstruosa del capital: acumular mediante la desposesión, como lo describió Marx en El Capital, donde la plusvalía se extrae a costa de la miseria creciente.

Pero el neoliberalismo no se limita a lo económico; puesto que prepara el terreno para la represión política y la privatización salvaje. El gobierno de Paz, consciente de la resistencia popular que generará desatará una criminalización de la protesta. Ya en su primer mes, dos manifestantes han sido asesinados por la policía en Colcapirhua – Cochabamba, y persisten escaseces de combustibles pese a las promesas. Esta violencia estatal, típica de regímenes proimperialistas, busca sofocar la lucha de clases mediante persecución política, encarcelamientos y leyes de emergencia que violan la Constitución Política del Estado de 2009, forjada en la lucha antineoliberal de los movimientos sociales. Al igual que en los ochenta y noventa, cuando narco-gobiernos como los de Paz Zamora y Sánchez de Lozada privatizaron YPFB, el agua y los hidrocarburos en beneficio de empresas estadounidenses, el actual régimen allana el camino para una nueva ola de privatizaciones. La transformación de YPFB anunciada por Paz, junto con la facilitación de importaciones de diésel y la promoción de inversiones extractivistas, apunta a desmantelar la soberanía energética y entregar recursos estratégicos al capital transnacional, en desmedro de la nación y el pueblo. Si es necesario, violentarán la CPE, invocando la emergencia para imponer decretos autoritarios, como en los inicios de los 2000, que culminaron en la Guerra del Gas y el derrocamiento del genocida Sánchez de Lozada que presidía la mafiosa y entreguista megacoalición de politiqueros neoliberales.

Este momento exige la unidad del pueblo boliviano contra el capitalismo y su expresión neoliberal. La historia boliviana, de la Revolución de 1952 a la Agenda de Octubre de 2003, demuestra que solo la movilización masiva y la construcción de poder popular pueden revertir estos ataques. No basta con reformas paliativas como las de las últimas casi dos décadas; urge expropiar al gran capital, nacionalizar genuinamente los recursos bajo control obrero y avanzar hacia una sociedad superior. El gobierno de Paz, con su retórica de «verdad» y «responsabilidad», no es más que un instrumento de la burguesía carente de un proyecto integral de desarrollo nacional, aliada al imperialismo. Pero el pueblo, motor de la historia, no se doblegará: ¡la lucha continúa por una Bolivia libre, soberana, anticapitalista y antineoliberal!

18/12/2025

DEBILITAMIENTO DEL SISTEMA IMPERIALISTA

(AGOTAMIENTO HISTÓRICO Y SU DESTRUCCIÓN)

Por: Richard Gonzales

“…Los cambios que se producen en la sociedad se deben principalmente al desarrollo de sus contradicciones internas, es decir, las contradicciones entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, entre las clases y entre lo viejo y lo nuevo. Es el desarrollo de estas contradicciones lo que hace avanzar la sociedad e impulsa la sustitución de la vieja sociedad por la nueva…”

— Presidente Mao. Sobre la contradicción (Agosto de 1937), Obras Escogidas, t. I.

“…He dicho que todos los reaccionarios, tenidos por fuertes, no son más que tigres de papel. La razón es que viven divorciados del pueblo. ¡Miren! ¿No era Hitler un tigre de papel? ¿No fue acaso derribado? También dije que el zar de Rusia, el emperador de China y el imperialismo japonés fueron todos tigres de papel. Como saben ustedes, todos ellos han sido derribados. El imperialismo norteamericano no ha sido derribado aún y tiene la bomba atómica. Estoy seguro de que asimismo será derribado. También es un tigre de papel.”

— Presidente Mao. Intervención en la Conferencia de Representantes de los Partidos Comunistas y Obreros de Moscú (18 de noviembre de 1957).

A lo largo de la historia, los imperios se han sucedido unos a otros; viejos imperios milenarios han sido reemplazados por nuevas estructuras de poder. La razón fundamental reside en que unas relaciones productivas dadas caducan y otras nuevas se desarrollan para sustituirlas. Si bien es cierto que las leyes sociales son más complejas que las leyes de la naturaleza, nadie puede sostener que el quehacer humano sea estático, perenne o absoluto. Todo lo creado, tanto en los conflictos sociales —la lucha de clases— como en la materia misma, se encuentra en constante transformación.

En la actual etapa de imperialismo, fase superior y última del capitalismo, y aun desenvolviéndose en el marco de una Cuarta Revolución Industrial, las crisis económicas se vuelven recurrentes y más profundas. Observamos una frecuencia creciente de recesiones globales y la caída de las tasas de ganancia del capital —interrumpidas apenas por recuperaciones transitorias—, así como un endeudamiento público y privado que se torna impagable. Estos hechos conducen inevitablemente a inestabilidad financiera, burbujas especulativas y fuga de capitales.

Hoy vemos, en el caso de EE. UU. —gendarme y enemigo principal de los pueblos del mundo—, un evidente debilitamiento industrial y productivo estratégico. Aunque en su pretensión de recuperar la hegemonía perdida aún no se hunde estrepitosamente, es nítido su proceso de declive geopolítico.

Esta realidad conlleva el surgimiento de potencias y superpotencias alternativas dentro del mismo sistema capitalista (China, India, Rusia), las cuales confrontan por el poder global, ya sea regionalmente o en disputa abierta por el liderazgo mundial. Esta confrontación abarca desde conflictos bélicos y no bélicos, guerras de todo tipo, estancamiento y derrotas militares, hasta la dificultad para mantener guerras prolongadas y ocupaciones, llegando al exterminio de pueblos, como en el caso de Oriente Medio. Son expresiones de una sociedad en decadencia y debilitamiento sistémico que, en los hechos, derivan en acciones desesperadas por la subsistencia a costa del desprestigio internacional tras intervenciones fallidas.

Según el derecho internacional, los países son soberanos y pueden decidir libremente sus alianzas, acuerdos económicos y socios estratégicos. Bajo esa legalidad, ninguna nación tiene «derecho» a controlar las relaciones diplomáticas de otra. Sin embargo, por encima de esa legalidad se impone la necesidad de influencias regionales y mundiales, más aún cuando los bloques se avivan en confrontaciones por el control de recursos y mercados.

¿Qué demuestran tales hechos? Que las libertades económicas, el libre mercado, la no intervención y el comercio sin barreras son válidos en tanto no intervengan otras potencias en sus zonas de influencia. Es decir, las libertades económicas son condicionales a la potencia y sus zonas de dominio. Por tanto, priman la «seguridad nacional», la contención de rivales, la defensa de aliados, el control de rutas energéticas y la preservación de la influencia geopolítica.

Hoy, una sociedad que se radicaliza hacia el control social total, la fascistización y el militarismo, prueba en los hechos que este sistema está debilitado. Han caído sus paradigmas; el mismo neoliberalismo se hunde en su propio fracaso. Esto genera conflictos internos en la misma «ubre de la bestia», con expresiones de polarización política, crisis profunda de legitimidad institucional y movimientos sociales que ya no callan, luchando por derechos y libertades ante condiciones de vida paupérrimas, cuestionando el modelo económico dominante.

El sistema transita, entonces, por un proceso de deslegitimación ideológica. Esta es la razón de la desconfianza generalizada hacia las instituciones financieras globales, así como las críticas al libre comercio y a la financiarización. Existe una fatiga social concreta y con mayor peso en perspectiva, dada la creciente y grosera desigualdad. Mientras el empobrecimiento aumenta, los movimientos sociales se tornan explosivos.

RECONFIGURACIÓN DEL ORDEN ECONÓMICO GLOBAL

Es evidente la pérdida de dominio del dólar y el surgimiento de transacciones en divisas regionales propias, hecho que causa pánico al gendarme del mundo ante la aparición de monedas alternativas o sistemas paralelos a la divisa hegemónica. Aunque la sustitución del dólar no es tarea fácil ni simple, dado que aún es la divisa porcentualmente dominante, debemos registrar el proceso de reubicación de cadenas productivas fuera de las superpotencias tradicionales. Esto explica el avance de integraciones como la cooperación Sur-Sur; es decir, la reconfiguración de las zonas de dominio en todos los planos y la confrontación entre bloques.

Si a esto sumamos la crisis tecnológica y social, la incapacidad del sistema para responder a la crisis ambiental, las tensiones éticas por el control tecnológico (datos, IA, automatización) y las migraciones masivas que desafían fronteras políticas, el panorama muestra una erosión múltiple: económica, militar, geopolítica, ideológica y social. No es otra cosa que la crisis general del sistema imperante.

TENDENCIA A LA BAJA DE LA TASA DE GANANCIA DEL CAPITAL

Para sobrevivir, el capitalismo necesita una innovación constante de tecnología y maquinaria (capital constante), con mayor razón al haber entrado en su fase imperialista. Su propósito es bajar los costos de producción reduciendo el trabajo del obrero (fuente de la plusvalía) para competir entre los monopolios.

Esto nos lleva a analizar la composición orgánica del capital. Hoy, en la Cuarta Revolución Industrial, la innovación en máquinas, tecnología, IA y robótica (capital constante) va en aumento acelerado frente a un estancamiento salarial y pérdida de capacidad adquisitiva (capital variable), con el fin de proseguir en esa competencia sin fin.

Este hecho evidencia la baja de la tasa de ganancia del capital. En el caso de EE. UU., existe una tendencia secular a la caída; según Michael Roberts, la tasa de ganancia en el sector financiero estadounidense habría caído un 32% desde 1945. Roberts señala que esto implica, en parte, un aumento de la «composición orgánica del capital» (más capital constante relativo al capital variable), sumado a una disminución de la tasa de plusvalía en ciertos periodos. Asimismo, sus datos indican que, entre 1946 y décadas recientes, habría un alza secular del capital constante de un 60%.

A nivel mundial, según el artículo “La transitoriedad histórica del capital”, existe una estimación de la tasa de ganancia mundial para el periodo 1955-2010. La tasa ponderada mundial (sin China) tiene picos y caídas; por ejemplo, se estima que en 2008 rondaba el 20,9% incluyendo a China, mientras que sin ella sería más baja (16,4%). Estas estimaciones muestran fluctuaciones: no es una caída lineal sin interrupciones, pues hay periodos de recuperación, pero la presión a la baja sigue siendo relevante a largo plazo.

Si bien la intensificación de la explotación (mayor plusvalía), la desvalorización del capital o su rotación más rápida pueden moderar o revertir temporalmente la caída —según Chris Harman—, la tendencia persiste. La caída de la tasa de ganancia no significa el colapso inmediato del capitalismo; no existiendo un «topo» organizado con la fuerza para desplazarlo al basurero de la historia, el sistema no caerá por sí solo.

Como decía el Presidente Mao:

“El imperialismo no vivirá mucho porque perpetra toda clase de infamias. Sostiene con obstinación a los reaccionarios de los distintos países, hostiles a los pueblos. Ocupa por la fuerza muchas colonias, semicolonias y bases militares. Amenaza la paz con una guerra atómica. De esta manera, forzada por el imperialismo, más del 90 por ciento de la población mundial se está alzando o se alzará en masa a la lucha contra él. Pero el imperialismo aún está vivo; todavía hace y deshace en Asia, África y América Latina. En el mundo occidental, los imperialistas siguen oprimiendo a las masas populares de sus propios países. Esta situación ha de cambiar. Es tarea de los pueblos del mundo entero poner término a la agresión y opresión que realiza el imperialismo, principalmente el imperialismo norteamericano.”

(Entrevista con un corresponsal de la Agencia de Noticias Xinhua, 29 de septiembre de 1958).

Y también:

“Con su despótica actuación en todas partes, el imperialismo norteamericano se ha convertido en el enemigo de los pueblos del mundo y se ha aislado cada vez más. Nadie que se niegue a ser esclavo se dejará atemorizar por las bombas atómicas y de hidrógeno en manos de los imperialistas norteamericanos. La marejada de indignación de los pueblos del mundo entero contra los agresores norteamericanos es irresistible. La lucha de los pueblos del mundo contra el imperialismo norteamericano y sus lacayos logrará indefectiblemente victorias aún mayores.”

Declaraciones de apoyo al pueblo panameño en su justa lucha patriótica contra el imperialismo norteamericano (12 de enero de 1964).

Debemos incluir también la pérdida del valor del dólar. Aunque su rol hegemónico aún es preponderante —allí radica la fortaleza del imperialismo yanqui— y sigue siendo la moneda de reserva internacional, su peso disminuye. Según el FMI, la cuota del dólar en las reservas oficiales ha caído de un 53% al 32% en el segundo trimestre de 2025. Estas caídas se deben a tipos de cambio y a la apreciación de otras monedas frente al dólar.

Analistas como Jen & Freire sugieren que la caída podría haberse acelerado por factores geopolíticos recientes, como las sanciones y la diversificación de divisas. Se estima que la cuota del dólar bajó del 73% (2001) al 47% en 2022, aunque estas cifras dependen de los métodos de cálculo.

En lo inmediato y en las décadas venideras, esto no significa que el dólar deje de ser moneda de reserva de la noche a la mañana. Incluso a China, pese a poseer bonos estadounidenses, no le conviene una caída estrepitosa del dólar. Sin embargo, a la larga, dejará de ser la moneda de reserva dominante o se convertirá en una divisa regional más.

La tendencia a la desdolarización es un hecho. Será una caída gradual, concretándose a la larga en un sistema financiero multipolar —varios polos de poder sin un centro hegemónico único— o en hegemonías regionales. Esto, a menos que en el proceso de confrontación el sistema financiero se desacredite totalmente por la acción política entre imperialismos, la desconfianza estructural por fracturas y las confiscaciones o robos descarados de divisas, como ya ocurre en el tablero geopolítico.

Existen múltiples tensiones: deudas internas, fragilidad geopolítica, confrontación abierta entre superpotencias y explosiones sociales. Aun así, el sistema no cae por sí solo. Al no haber un contendor abierto y franco construyendo un poder para las masas —un proceso de contienda de una nueva sociedad sobre la vieja—, el sistema se recicla y se recompone, volviendo con más destrucción y muerte.

El Presidente Mao habló de un horizonte de 50 a 100 años para la caída del imperialismo; estamos en ese proceso. Esto no significa que las relaciones productivas capitalistas desaparezcan automáticamente. En definitiva, para que el sistema sea barrido existe una condición indispensable y contundente: la acción de los Partidos Comunistas y la organización del proletariado mundial construyendo el socialismo. Caso contrario, el sufrimiento y las desgracias para las masas del mundo se prolongarán mucho más.

12/12/2025

LA MIGRACIÓN Y SU CRIMINALIZACIÓN

Richard Gonzales – 17/11/2025

A lo largo de la historia, las diferentes especies humanas han mantenido una movilidad constante. El desplazamiento es una característica fundamental del Homo sapiens, motivado por razones climáticas, la búsqueda de alimentos o los conflictos entre grupos humanos, procesos que han impulsado esta dinámica desde tiempos remotos.

Desde nuestro origen común en África —según la evidencia científica— nos expandimos por todo el planeta, construyendo las culturas, sociedades e identidades que conforman la civilización actual. Por esta razón, es falaz hablar de pueblos “originales” o “puros”: ningún grupo humano es originario de un territorio en sentido absoluto, pues todos somos resultado de largos procesos migratorios.

Hace aproximadamente 300 000 años, nuestros antepasados africanos iniciaron desplazamientos hacia Asia, Europa, América y Australia. Aunque el surgimiento de la agricultura generó asentamientos sedentarios, la falta de fertilidad de algunos suelos, su desgaste por el uso intensivo o el crecimiento demográfico provocaron nuevas migraciones en busca de mejores tierras, recursos y agua. Estos desplazamientos, a su vez, dieron lugar a civilizaciones con características propias y con trayectorias históricas particulares.

Desde las primeras civilizaciones organizadas en imperios —Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Persia, entre otras— las expansiones territoriales impulsaron migraciones producto de invasiones, guerras y desplazamientos forzados. Con ello llegaron también mezclas de pueblos, costumbres y técnicas. Nada de lo que hoy consideramos “propio” de una cultura tiene un origen único: tanto las prácticas agrícolas como los conocimientos científicos son el resultado de múltiples fusiones históricas y de una síntesis permanente entre civilizaciones.

Los factores que explican la migración son múltiples. En la modernidad, los procesos económicos, políticos y sociales han intensificado este fenómeno. La globalización, el desarrollo capitalista, los avances tecnológicos y las variaciones climáticas han incrementado la movilidad humana. A ello se suma la lucha de clases, que genera desplazamientos por motivos económicos, políticos, sociales y educativos.

La migración, por tanto, es una constante de la humanidad. Criminalizarla contradice la esencia misma del ser humano y vulnera la libertad fundamental de buscar mejores condiciones de vida. Además, la migración enriquece las sociedades cultural, social, científica y económicamente.

La pregunta central es: ¿cómo explicar, en el capitalismo imperialista, la estigmatización y criminalización de la migración? La expansión del capital y la búsqueda constante de productividad generan una demanda estructural de mano de obra desregulada y barata. De ahí que los Estados capitalistas e imperialistas abran periodos de migración para captar fuerza laboral explotable, con derechos restringidos y sometida a condiciones de extrema vulnerabilidad.

Los factores económicos, militares (déficit de tropas), demográficos (baja tasa de reemplazo poblacional) y del modelo neoliberal —basado en una división internacional del trabajo que relega a ciertos países a la extracción de materias primas— explican por qué el sistema necesita migrantes, pero a la vez los rechaza cuando dejan de ser útiles. El “modelo de estabilidad” del capitalismo imperialista implica la expulsión de fuerza de trabajo, un fenómeno que se agudiza en el contexto de la IV Revolución Industrial.

La migración hacia Norteamérica en el siglo XX ejemplifica este proceso. La expansión capitalista exigía fuerza laboral para los ferrocarriles, la industria manufacturera, las maquilas fronterizas instaladas desde los años sesenta y otros sectores. La búsqueda de plusvalía impulsó la subcontratación y la sobreexplotación de trabajadores migrantes, quienes constituyeron una fuerza clave en la acumulación capitalista.

Hoy, tras décadas de desindustrialización, Estados Unidos considera “excedente” esa mano de obra que durante años explotó intensamente. A pesar de sus esfuerzos por reindustrializarse, la economía no absorbe a toda la fuerza laboral, por lo que los migrantes son expulsados, perseguidos, encarcelados, separados de sus familias y despojados de sus bienes. El “trato humano” del sistema imperialista se revela como una lógica profundamente utilitarista y cruel.

Europa reproduce dinámicas similares: criminaliza a migrantes, los instrumentaliza políticamente o los usa como chivos expiatorios en momentos de crisis económicas, alimentando discursos racistas y xenófobos que fortalecen a la ultraderecha fascista.

Sobre legalidad y criminalidad

Ningún ser humano es ilegal. El planeta no es propiedad del capital; es resultado de procesos naturales de millones de años. Sin embargo, la propiedad privada de los medios de producción convirtió el espacio común en bienes privativos de unos pocos. La clase obrera lucha por devolver esos espacios a la humanidad, sin divisiones ni clases.

La criminalidad, por su parte, tiene raíces económicas: surge de las relaciones sociales que estructuran este sistema. El capitalismo expulsa fuerza de trabajo y, a la vez, concentra la riqueza generada por ella. La historia del sistema está marcada por redes criminales, explotación esclava o formas modernas de esclavitud asalariada. Incluso el narcotráfico ha sido utilizado para intervenir territorios y desestabilizar países, provocando migración forzada.

En periodos de auge económico, el sistema necesita mano de obra; en tiempos de crisis, la expulsa y demoniza mediante narrativas racistas y xenófobas —como las asociadas al movimiento MAGA en Estados Unidos—. Lo mismo ocurrió durante el desplazamiento masivo del campo a la ciudad.

La clase obrera consciente reconoce el origen estructural de estos dramas humanos. Aunque la historia avance entre contradicciones, serán los pueblos quienes transformen estas relaciones sociales y recuperen las bases de una verdadera humanización, pese a los costos que ello implique.