Red de prensa popular latinoamericana

LAS RAZONES POR LAS QUE IRÁN NO ES RECONOCIDO COMO POTENCIA REGIONAL

Richard Gonzales

La lucha de clases se desarrolla en diferentes niveles y con distintas fuerzas en contienda, las cuales imponen su pauta y su particularidad en cada circunstancia histórica. Esta se desenvuelve en una tensión constante de poder, como ocurría cuando existía el bloque socialista, en el que se configuraba una bipolaridad nítida y sistémica.

El reconocimiento de China por parte de Estados Unidos durante el gobierno de Richard Nixon, en 1972, no fue una mera casualidad. Las razones estratégicas eran objetivas y estaban respaldadas por los hechos: en el mundo había emergido, tras un largo proceso, todo el campo socialista —particularmente Rusia y luego China—, que cumplía un papel clave y había desarrollado fuerzas y poder equiparables en todos los ámbitos, con perspectivas de mayor desarrollo y una correlación de fuerzas mayoritaria. Esa realidad permitió el reconocimiento en el tablero estratégico de poderes.

Fue el pragmatismo geopolítico de los estrategas yanquis (la realpolitik) y la correlación de fuerzas lo que rompió con más de dos décadas de aislamiento diplomático hacia China. Se inició entonces la diplomacia bajo Henry Kissinger, a raíz de la ruptura de China con la Unión Soviética (donde ya se había producido la restauración capitalista, causa de dicha ruptura). Esta apertura también convenía a Estados Unidos, debido a las confrontaciones que se arrastraban desde décadas atrás, incluso con riesgos de una III Guerra Mundial.

Se jugaban intereses de clase e intereses geopolíticos, como la guerra de Vietnam y el evitar el “aislamiento hostil”. El diagnóstico de la visión de Nixon, desde el realismo político, era claro: “no se podía excluir indefinidamente del concierto internacional a una nación con cientos de millones de habitantes”.

Tras el derrumbe del campo socialista, Estados Unidos emergió como superpotencia hegemónica hasta aproximadamente inicios de los años 2000. Impuso entonces todo su poder en todos los ámbitos. Sin embargo, nada es eterno ni inmutable en la materia ni en las sociedades. Ya a mediados de 2001 comenzó a germinar un nuevo bloque: la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS), cuyo proceso se iniciaba desde 1996. Con la crisis de 2008, el declive de Estados Unidos se tornó claro y nítido.

Ante el declive de una superpotencia emergen necesariamente nuevos actores en el mundo: Rusia, China, India, Turquía, Irán y Corea del Norte. Particularmente Irán. Ya desde 2006, Flynt Leverett —analista de la CIA, funcionario del Departamento de Estado y director senior para Oriente Medio en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Bush, posteriormente profesor de Relaciones Internacionales en Penn State— formulaba, desde el realismo geopolítico, que Washington había desperdiciado oportunidades de cooperación con Teherán y que debía abandonar la lógica del aislamiento. En 2008 su tesis adquirió mayor dimensión y, junto a Hillary Leverett (2010-2013), sostuvo que Estados Unidos debería reorientar su política hacia Irán de manera comparable a la apertura de Nixon hacia China. Incluso advertía que la política de aislamiento perjudicaba la posición estadounidense en Oriente Medio y aumentaba los riesgos para la seguridad energética.

¿Cuál era, en esencia, la tesis que sostenían estos dos altos funcionarios? Afirmaban: “el problema de Estados Unidos no es que Irán sea irracional o incapaz de ser contenido; el problema es que Washington se niega a reconocer que Irán se ha convertido en una potencia regional legítima y autónoma”.

Y esa es la cuestión de fondo. La República Islámica actúa estratégicamente y sus dirigentes calculan costos, beneficios, amenazas y oportunidades como toda potencia. Por tanto, no es la oposición a la proliferación de armas nucleares —que no es más que la excusa yanqui— la razón real. Ningún actor es irracional al punto de poseer la bomba atómica solo para usarla. Si vamos a los hechos históricos, fue Estados Unidos el único que utilizó la bomba atómica contra Japón, aun cuando este ya estaba derrotado. El asunto de fondo era enviar un mensaje a China y Rusia, mostrar su capacidad destructiva y contener el desarrollo y la expansión de esos dos actores potenciales.

Tampoco es cierto que tener una ideología religiosa haga a Irán incapaz de comportarse racionalmente en términos estratégicos. Irán no es el problema. El problema es el cambio en la correlación de fuerzas en el mundo y, particularmente, en Medio Oriente, que Estados Unidos se niega a aceptar porque altera la arquitectura regional de poder construida hasta entonces por este gendarme del mundo junto a sus aliados y servidores en la zona.

Ese campo —Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita y las monarquías del Golfo, Egipto, Jordania y otros socios regionales— se resiste al campo de resistencia y autonomía regional formado por Irán, Siria, Hezbollah, Hamas y otros actores. Se trata de una especie de guerra fría que ha pasado a guerra caliente y frontal, con el objetivo de mantener la arquitectura de poder de Occidente frente a los nuevos actores en resistencia y lucha, a los que se suman y apuntalan Rusia, China y otros.La cuestión central es: ¿quién determina las reglas de seguridad y poder en Medio Oriente? Allí cambia la ecuación, y esa es la razón de la guerra en la región. Los hechos demuestran que la guerra no está resolviendo el problema de Estados Unidos ni su perspectiva de poder; por el contrario, la pérdida de posición estratégica es evidente y hunde no solo la economía y el poder yanqui, sino toda la economía mundial. Ese es el valor estratégico de esta zona.

Resolver mediante la coerción un problema que en realidad es de reconocimiento geopolítico constituye un craso error de los estrategas yanquis, que persisten en aislar, debilitar y cambiar el comportamiento iraní, e incluso en intentar un cambio de régimen que ha fracasado. ¿Por qué? Porque Irán no acepta ser subordinado a la arquitectura estadounidense de Oriente Medio. Más aún: se ha sumado a la visión multipolar del mundo comandada por Rusia y China.

Esto implica que Estados Unidos no puede controlar unilateralmente la región. Sin el reconocimiento de Irán como potencia regional no habrá paz. Correspondería hacer con Irán algo similar a lo que Nixon hizo con China. Significa reconocer, a estas alturas, que la política internacional no funciona si una potencia pretende imponer unilateralmente la estructura regional contra una potencia local con suficiente capacidad para resistirla.

Por tanto, la cuestión nuclear iraní no puede separarse de la lucha por la hegemonía regional con nuevos actores expresos. Eso implica que se modifica el equilibrio estratégico que sostiene la primacía estadounidense-israelí. La incomprensión o la soberbia imperialista impiden reconocer ese hecho real. Solo así podemos comprender en profundidad la guerra en esa zona, en una ecuación de interés nacional, correlación de fuerzas, equilibrio regional y límites del poder estadounidense.

Washington ya no puede imponer unilateralmente su voluntad ni en el mundo ni en las regiones en disputa, con mayor razón cuando Irán, China, Rusia y otros actores forman una estructura de poder alternativo. Ante el declive de una superpotencia, la transición hacia el orden internacional multipolar es un hecho. Esa transición puede producirse por vía pacífica (diplomacia) o por vía violenta, como ocurre ahora. Lo real es que está en pleno proceso, aun cuando los riesgos son muy elevados. Esta realidad circunscribe un proceso multipolar conflictivo y caótico, con grandes peligros incluso para la humanidad misma.

05/10/2026

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