Hay personas que, desde una lógica dogmática, aún sostienen que “vivimos en un mundo bipolar”. Sin embargo, esta afirmación se realiza sin rigor, estudio ni investigación, aferrándose a análisis propios de contextos históricos determinados, cuyas definiciones fueron correctas en su momento, pero no necesariamente en la actualidad.
El marxista, ajustado a principios en la práctica, debería observar los sucesos y fenómenos materiales como procesos en constante evolución, cambio y transformación. La lucha de clases, como expresión de las contradicciones en el plano social, forma parte de ese proceso dinámico de la realidad, hoy más aún de manera acelerada, dados los hechos actuales: las contiendas interimperialistas, las luchas de los pueblos y naciones contra el gendarme del mundo, los nuevos procesos como la IV Revolución Industrial, la emergencia de nuevas fuerzas o la recuperación de potencias y superpotencias que hoy disputan el poder global.
La denominada “multipolaridad conflictiva” es un proceso que tiene como punto nodal el año 2014, aunque venía gestándose de manera progresiva. No obstante, se asume con mayor claridad a partir del inicio del conflicto Ucrania-Crimea, es decir, con la anexión de Crimea por parte de Rusia, hecho que marca de manera nítida el inicio de esta multipolaridad conflictiva.
¿Qué implica esto? Implica el rompimiento abierto del orden posguerra fría y el desafío sin ambigüedades a la hegemonía occidental.
A partir de este hecho trascendente, Rusia rompe con el orden liberal y, por tanto, Estados Unidos asume que ya no puede disciplinar unilateralmente a otras potencias o superpotencias. ¿Por qué ocurre esto? Porque Rusia, con Putin a la cabeza y con estrategas plenamente conscientes de las pretensiones del gendarme del mundo, identifica claramente el hegemonismo estadounidense, que incluso llegó a pretender la balcanización de esta superpotencia militar para luego avanzar contra China.
China, por su parte, también tiene claridad sobre cómo marcha el mundo en términos civilizatorios. Marca su propio ritmo y estrategia, impulsada por su crecimiento y despegue como nuevo actor central en el tablero geoestratégico. Esto le permite acelerar su estrategia de largo plazo, orientada a la expansión y disputa de zonas de dominio, ya sea por mercados, energía o materias primas críticas y estratégicas. Un ejemplo claro de ello es la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Debemos considerar también a otros actores relevantes como India, Brasil, Turquía, Irán, Israel, Japón y la Unión Europea. Lo cierto es que, a partir de este escenario, se rompe el consenso internacional, lo que explica, entre otras cosas, las sanciones contra Rusia y el fin de la ilusión de la llamada “seguridad cooperativa”. Predomina el conflicto, caracterizado por el lenguaje bélico, la ley del más fuerte y una lógica darwinista. Es decir, la resolución de las contradicciones por medios bélicos: la política hablada a través de las armas para alcanzar objetivos políticos de diversa índole.
Entre 2017 y 2019 se ingresa a un conflicto abierto, aunque sin guerra directa. En ese período, Donald Trump declara explícitamente la competencia entre grandes potencias, entre las cuales se destacan:
La guerra comercial entre Estados Unidos y China.
La militarización del Indo-Pacífico.
El retorno de Rusia a Medio Oriente.
De este modo, la multipolaridad deja de ser solo un discurso y se convierte en una doctrina en curso. A ello se suma la aceleración estructural provocada por la pandemia, que contribuyó al quiebre de las cadenas globales, funcionó como un gran ensayo de control poblacional mediante el miedo y aceleró la implementación de los procesos vinculados a la IV Revolución Industrial. Asimismo, se intensifican los nacionalismos tecnológicos, marcando un proceso de soberanía estratégica en ámbitos como vacunas, chips y energía.
Así, el mundo deja de funcionar como un sistema único y se consolida de manera violenta el lenguaje de las armas y de las guerras de todo tipo. Entre ellas se pueden mencionar:
La guerra entre Rusia y Ucrania.
La reconfiguración de la OTAN.
La articulación estratégica entre Rusia y China como bloque.
El Sur Global, que comienza a ganar márgenes de maniobra con iniciativas múltiples.
¿Por qué hablar entonces de una multipolaridad incompleta y conflictiva? Porque hoy es evidente que ningún Estado puede imponer reglas globales por sí solo, ni controlar simultáneamente la economía, las finanzas, la tecnología, la seguridad y la legitimidad.
¿Acaso estos hechos de la lucha de clases no constituyen un quiebre histórico? Los dogmáticos no entienden absolutamente nada: repiten contextualizaciones propias de un momento histórico determinado. ¿Por qué? Porque no se esfuerzan en la investigación ni en el rigor científico; no se apegan al marxismo como ciencia viva frente a los cambios de la realidad. No lo asumen como arma de combate. Peor aún, ni siquiera logran ver estos cambios en términos empíricos, aunque se autoproclaman marxistas de pompa y ruido, apelando a jerarquías del pasado. De ahí que no ofrezcan soluciones a los grandes problemas actuales o, incluso, destruyan lo construido cuando debía impulsarse su desarrollo.
¿En qué se sustentan los polos reales? En los hechos existentes, que deben ser analizados con objetividad y sin prejuicios.
POLOS REALES EN LA ACTUALIDAD
Estados Unidos: sigue siendo la primera potencia, pero ya no es omnipotente.
China: polo económico-industrial y tecnológico en acelerado ascenso.
Rusia: polo militar-estratégico y energético.
Unión Europea: polo económico, pero sin plena soberanía estratégica.
India: polo demográfico-industrial emergente.
Sur Global organizado (BRICS ampliado): polo aún difuso, sin un poder financiero plenamente consolidado, pero en construcción y cada vez más coordinado como campo de fuerza con múltiples interconexiones internas.
Todos estos hechos, en el plano de la economía política, lo militar y otros ámbitos, tienen como consecuencia clara el fin de la hegemonía indiscutida de Estados Unidos. Esto no significa que haya perdido su poder dominante, pero sí que ya no puede ganar guerras largas (Irak, Afganistán, Ucrania), salvo a través de guerras proxy. Tampoco puede imponer sanciones sin costos sistémicos ni fijar unilateralmente las reglas del comercio y la tecnología. No obstante, aún mantiene un control significativo del sistema financiero (dólar, SWIFT) y proyecta poder global a través de su capacidad militar y tecnológica, condicionando alianzas clave.
Entonces, ¿Estados Unidos está a la ofensiva o a la defensiva estratégica? Evidentemente se encuentra en una hegemonía defensiva. Esto se expresa en:
La fragmentación económica.
La desdolarización parcial (energía, comercio bilateral).
La regionalización de las cadenas de valor.
Las sanciones que aceleran la formación de bloques alternativos.
¿Esto implica el colapso del dólar? No. Aún no. Se trata de una pérdida de monopolio, no de un colapso.
En este contexto defensivo, la guerra emerge como lenguaje político dominante que sustituye al consenso: la política por otros medios. Hoy, tanto por vías bélicas como no bélicas, se incrementan los riesgos de confrontación y de guerras abiertas, como se observa en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Cáucaso y otros conflictos regionales por el control de zonas y recursos estratégicos.
La crisis del llamado “orden liberal” es un hecho. Las reglas se aplican de manera selectiva: los derechos humanos y el derecho internacional se invocan solo cuando sirven a intereses propios; de lo contrario, se los pisotea. Esto fragmenta la legitimidad y genera narrativas propias en cada bloque.
Como consecuencia, surge laautonomía estratégica, visible en procesos como el rearme de Japón, las aspiraciones de Turquía, las redefiniciones de Arabia Saudita, Brasil y una Europa dejada a su propia suerte.
¿A dónde conduce esta nueva realidad y cuáles son los riesgos? La multipolaridad actual no conduce a la estabilidad estratégica, sino a una profunda inestabilidad que resulta extremadamente peligrosa para la humanidad. Se trata de transiciones históricas caracterizadas por guerras prolongadas, sin hegemonías claras ni reglas de convivencia aceptadas, agravadas por una carrera tecnológica aplicada al ámbito militar.
EN SÍNTESIS
La hegemonía liberal ya no es única ni organizadora del mundo. La multipolaridad es un hecho, mientras que un nuevo orden aún no existe. Cada bloque disputa poder con el riesgo permanente de guerra, lo que conduce a la fragmentación económica y al fortalecimiento de Estados cada vez más autoritarios, especialmente frente al temor de luchas populares masivas. De ahí la centralidad de la “seguridad interna”, orientada a contener la iniciativa popular y, particularmente, la acción proletaria organizada que disputa el poder político. Esta es la base de la fascistización de las sociedades y del derecho penal del enemigo.
En los procesos de declive imperial propios del capitalismo, pueden producirse colapsos regionales. Sin embargo, la historia demuestra que estas transiciones rara vez son pacíficas: suelen ser violentas. Así han caído imperios y han nacido y muerto civilizaciones.
El desafío está en cómo los pueblos, comprendiendo estos cambios históricos, se encaminen hacia su propio destino. Particularmente el proletariado internacional debe prepararse para este escenario complejo y emprender las grandes transformaciones en favor de los millones de explotados y oprimidos, utilizando todas las vías de lucha necesarias, apuntando a las formas más altas de confrontación política para la toma del poder y su consecuente proceso revolucionario.
Panelista: Mag. Manuel Loli Conductor del Programa “Trinchera 3” Director de la Agencia de Comunicación IPNews – Estados Unidos
Panelista: Dr. Alex A. Chamán Portugal Director de la Revista Atreverse e IPNews Bolivia Docente en universidades públicas de Bolivia
Viernes 31 de octubre de 2025
Horarios: ⏰ 19:00 México, Nicaragua y USA. ⏰ 20:00 Colombia, Cuba, Ecuador y Perú ⏰ 21:00 Bolivia y Venezuela ⏰ 22:00 Argentina, Chile, Brasil y Paraguay
Desde la invasión del imperio español, cuando la masa campesina era considerada como no humana, explotada y exterminada con todo tipo de trabajos forzados, hasta el sometimiento cultural impuesto bajo la cruz y el mosquete, el pueblo peruano ha vivido siglos de dominación.
Tras la llamada “emancipación”, aquella humillación se profundizó bajo las botas de los hijos de los españoles, quienes pasaron del dominio imperial español al dominio de Inglaterra.
A pesar de la lucha y resistencia de los pueblos —tanto bajo el yugo del imperio español como del inglés— la crueldad y el sufrimiento prosiguieron bajo el imperialismo yanqui.
La explotación y la opresión ya no provenían de un solo imperio, sino de un sistema capitalista que combinaba la semifeudalidad con un capitalismo tardío y burocrático.
La humillación a la nación se evidenció de forma nítida durante la guerra con Chile, un conflicto alentado por intereses imperiales en disputa. La burguesía y los terratenientes peruanos, sin una pizca de patriotismo, servían a las tropas invasoras en banquetes y pailas, mientras estas violaban a sus “compatriotas” y tomaban Lima.
La resistencia fue protagonizada por un puñado de patriotas y por la inmensa masa popular. No así por la burguesía parasitaria, cuyos funcionarios negociaban con el enemigo, robaban los presupuestos destinados a la defensa o entregaban parte del territorio nacional, como ocurrió con Ecuador, Brasil y Colombia.
La pérdida reiterada de territorio demuestra que a esta burguesía nunca le importaron la patria ni la nación. El pueblo, en cambio, siempre resistió; él es el verdadero patriota, no las calañas vendepatrias.
La esencia de esta burguesía ha sido siempre la misma: una clase que jamás asumió la cultura, las tradiciones, las costumbres ni las identidades de su propio pueblo, esas que han forjado la historia y los símbolos de la nación.
No sienten esta patria como suya, salvo para saquearla o venderla. Son simples mercachifles, incapaces de diseñar un proyecto real de desarrollo autónomo, independiente y soberano, como sí lo lograron otros países capitalistas que hoy son potencias o superpotencias.
Podríamos preguntarnos: ¿en qué revolución industrial fueron partícipes o mentores? ¡En ninguna! Solo han sido lamebotas, entreguistas, mercachifles bárbaros.
Siempre soñaron con emular a sus amos, aspirando a una cultura europea —hoy en decadencia y decrepitud— o a la de su amo yanqui. Por eso desprecian al indio, al pobre, al “marginado”, al habitante de los conos y provincias que trabaja en sus fábricas, comercios, casas, maneja sus autos y cuida a sus hijos.
Las sociedades con raíces quechuas, aimaras y de otras minorías nacionales solo existen para ellos en la medida en que puedan ser mercantilizadas: extraerles impuestos, explotarlos en sus industrias, negarles derechos. Para esa clase dominante, son sociedades inexistentes dentro del mundo que sueñan; no los consideran sujetos históricos transformadores ni generadores de riqueza, sino bestias de carga —adiestradas o no—, reemplazables y desechables, disciplinadas por un marco jurídico que legitima la explotación y la opresión.
La crueldad y la humillación persisten aún en la sociedad actual, capitalista y dependiente del imperialismo. Si existiera una burguesía “madura”, debería ser la base de un verdadero desarrollo nacional; sin embargo, ocurre lo contrario: hoy está más sometida que nunca a sus antiguos y nuevos amos, profundizando la desintegración interna, la corrupción y la caotización social para seguir saqueando todo lo que puedan, como vulgares asaltantes de esquina.
Por tanto, no debe haber contemplación alguna con estos canallas. No debe haber miedo ni consideración. Solo debe expresarse nuestro odio de clase, nuestra rabia contenida, la cual debe explotar, aunque haya costos que pagar.
Por esa misma razón, se impone la necesidad de una organización única del pueblo en un frente único, guiado por sus mejores hijos, para cristalizar otro mundo para los explotados y oprimidos, utilizando las herramientas que la historia ha dado a los pueblos del mundo: las experiencias vivas que permitan retomar y culminar los procesos truncos del acero.
Estamos en esa disyuntiva: tomar las riendas de nuestro destino o permitir que ellos impongan su sociedad elitista y tecno-feudal.
Acercate a nuestro espacio para colaborar, participar o simplemente conocernos. La comunicación popular también se construye cara a cara.
Red de prensa popular
Consulta nuestra dirección via google maps
Lugar exacto
Av. Arce s/n La Paz - Bolivia.
Una red tejida con palabras que luchan, imágenes que acompañan y verdades que arden; donde cada historia es una semilla de conciencia para la emancipación de nuestros pueblos.
Suscríbete gratis
Síguenos y suscríbete: la verdad del pueblo no espera en la televisión
En un mundo saturado de mentiras mediáticas, nuestra red construye otra forma de contar, desde la calle, desde abajo, desde la lucha. Al seguirnos y suscribirte a nuestro boletín, te mantendrás cerca de la verdad incómoda, de las voces silenciadas, de los pueblos que resisten. Porque estar informadx también es un acto de rebeldía.
La paz - Bolivia Teléfono: 59177594242
Informar, formar y movilizar a los pueblos de Latinoamérica a través de una comunicación popular, crítica y profundamente comprometida con la transformación. Somos un espacio donde la palabra es herramienta de lucha, donde la noticia no es mercancía, sino una chispa para despertar conciencias y encender la esperanza. Somos una voz continental que nace de la tierra y del grito de los pueblos.