Organizaciones políticas y populares de México reafirman solidaridad internacionalista durante movilizaciones por el Día del Proletariado Internacional
Ciudad de México, 02 de mayo de 2026.- En el marco de las jornadas de lucha por el Día Internacional del Proletariado, decenas de miles de trabajadores, maestros, estudiantes, campesinos y miembros de organizaciones populares participaron en multitudinarias movilizaciones desarrolladas en Ciudad de México, Puebla, Chiapas y otras regiones del país, en que además de exigir derechos laborales, expresaron su solidaridad con diversos pueblos del mundo que enfrentan agresiones imperialistas, sionistas y políticas represivas.
Durante las movilizaciones, distintos contingentes manifestaron su respaldo a los pueblos de Palestina, Irán, Cuba, Venezuela y Líbano, denunciando las políticas genocidas del imperialismo estadounidense y condenando las acciones militares y represivas atribuidas al régimen sionista de Israel contra el pueblo palestino y otras naciones del llamado Medio Oriente. Asimismo, se escucharon consignas de apoyo a la resistencia de los pueblos frente a las sanciones económicas, bloqueos y medidas coercitivas unilaterales impulsadas por la decadente potencia imperialista.
En diversos puntos de las marchas también se expresó solidaridad con el pueblo peruano, denunciándose la criminalización de la protesta social, la persecución política, el encarcelamiento y la represión contra sectores populares que exigen transformaciones estructurales en el Perú, entre ellas la democratización de la sociedad, la restitución de derechos y libertades, así como, la convocatoria a una Asamblea Constituyente para redactar una nueva Constitución Política.
En el marco de las libertades democráticas y derechos existentes en México y de las movilizaciones desarrolladas por el 1° de Mayo, diversos contingentes participaron difundiendo expresiones ideológicas y políticas vinculadas a organizaciones revolucionarias, colectivos populares y corrientes de izquierda. En ese contexto, algunos sectores agitaron consignas de respaldo al marxismo-leninismo-maoísmo, reivindicándolo como una herramienta ideológica y política para la lucha de clases y la transformación revolucionaria de la sociedad. Asimismo, se propagandizaron las Obras Escogidas del Dr. Abimael Guzmán Reinoso —correspondientes a los tomos I, II, III y IV— destacando su difusión en determinados espacios militantes y anunciando que actualmente se encuentran en preparación los tomos V y VI, en el marco de esfuerzos orientados a preservar y divulgar documentos políticos e ideológicos relacionados con la praxis maoísta en América Latina y el mundo.
A lo largo de la jornada también se observaron banderas rojas, símbolos obreros, pancartas y diversa propaganda política alusiva a organizaciones comunistas, movimientos populares y expresiones de solidaridad internacionalista presentes en distintos puntos de la nutrida marcha. Algunos contingentes reivindicaron la memoria de procesos revolucionarios latinoamericanos y la vigencia de las luchas antiimperialistas, mientras otros enfatizaron la necesidad de fortalecer la organización política y sindical de los trabajadores frente a las actuales crisis económicas, sociales y geopolíticas. Dentro de ese mosaico de expresiones políticas, determinadas agrupaciones hicieron referencia a planteamientos históricos del Partido Comunista del Perú y a la figura del Dr. Abimael Guzmán Reinoso desde una perspectiva reivindicativa y militante vinculada a sectores promaoístas presentes en la movilización.
Las movilizaciones estuvieron encabezadas por organizaciones sindicales y magisteriales como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), la cual reiteró sus demandas históricas relacionadas con la abrogación de la Ley del ISSSTE de 2007, incremento salarial, jubilaciones dignas y defensa de la educación pública. Las protestas se desarrollaron en medio de un creciente clima de inconformidad social frente al deterioro económico, la precarización laboral y las políticas consideradas favorables a grupos empresariales y financieros.
Las jornadas del 1° y 2 de mayo confirmaron que México continúa siendo un importante escenario de movilización social y debate político, en la que distintos sectores populares, sindicales y estudiantiles mantienen vigentes sus demandas históricas de justicia social, soberanía, derechos laborales y solidaridad internacionalista, así como, el derecho a edificar una sociedad superior.
Las luchas de las mujeres venezolanas en la construcción de la Patria Bolivariana
Por: Alex A. Chamán Portugal
Cada 8 de marzo los pueblos del mundo conmemoran el Día Internacional de la Mujer trabajadora, una fecha memorable que nació de las ejemplares luchas obreras y del sacrificio de mujeres dignas que enfrentaron la feroz explotación capitalista en fábricas y talleres. No es una celebración comercial, sino una jornada de memoria, reflexión, reafirmación y combate por la igualdad, la justicia social, la dignidad de las mujeres y por una sociedad superior.
A lo largo de la historia de la humanidad, las mujeres venezolanas han estado presentes en las grandes luchas por la libertad y la soberanía nacional. En el contexto de la guerra de independencia contra el imperio español participaron activamente como combatientes, mensajeras, organizadoras y defensoras de la causa libertaria. Mujeres como Josefa Joaquina Sánchez, Luisa Cáceres de Arismendi, Josefa Camejo y Juana “La Avanzadora” quienes desafiaron tanto al colonialismo como a las estructuras patriarcales que intentaban relegarlas al ámbito doméstico. Su participación resuelta y decisiva demostró que la lucha por la liberación nacional y la emnacipación de las mujeres han estado históricamente unidas.
En el siglo XX –era del imperialismo y de dos guerras mundiales de rapiña- esta tradición de lucha continuó con la organización de las mujeres trabajadoras. Tras la muerte del dictador Juan Vicente Gómez en 1935, comenzaron a surgir movimientos femeninos que exigieron importantes derechos laborales como la igualdad salarial, y derechos políticos como la protección social y la participación política. De esas luchas surgieron figuras emblemáticas como Eumelia Hernández, dirigente obrera y militante revolucionaria que enfrentó persecuciones y cárcel con torturas durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.
La conquista del sufragio femenino en 1946, tras la finalización de la II Guerra Mundial, fue uno de los hitos más importantes del movimiento de mujeres venezolanas, resultado de décadas de organización, movilización, educación política y formación ideológica. Desde entonces, las mujeres han sido protagonistas de la vida política y social del país.
Un nuevo momento histórico, económico, social y político se transformó con la llegada de la Revolución Bolivariana encabezada por el comandante Hugo Chávez, que incorporó la lucha por los derechos de las mujeres como parte esencial del proyecto de transformación social. Precisamente, la Constitución de 1999 consagró avances fundamentales en materia de igualdad, protección social y reconocimiento del trabajo doméstico. En el marco de referido proceso político, las mujeres alcanzaron una participación sin precedentes en las instituciones del Estado y en la vida pública del país.
El propio Hugo Chávez sostuvo que la verdadera liberación de los pueblos está ligada a la liberación de las mujeres, y que el socialismo debía caracterizarse por ser también profundamente feminista. Este enfoque impulsó políticas públicas orientadas a la igualdad, la participación política y el reconocimiento del papel de las mujeres en la construcción de una sociedad superior que se distinga por ser más justa e igualitaria.
En esta coyuntura de avances sociales y participación popular, Venezuela Bolivariana ha debido enfrentar también fuertes agresiones externas. El 03 de enero de 2026 el país sufrió una grave acción militar impulsada por el genocida y decadente imperialismo estadounidense que violó abiertamente el derecho internacional y la soberanía nacional. Durante esa agresión fueron asesinados cerca de dos centenares de ciudadanos venezolanos y cubanos, en un ataque que provocó profundo dolor y repudio en amplios sectores de la comunidad internacional.
En el marco de esa abominable operación injerencista, el presidente constitucional de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y su esposa, la dirigente revolucionariaCilia Flores, fueron secuestrados por fuerzas vinculadas a esa terrorista intervención extranjera. Este hecho representa una grave violación del derecho internacional, un atentado contra la soberanía del pueblo venezolano y un acto de injerencia que busca imponer en el país un gobierno subordinado a intereses externos y a políticas contrarias a la autodeterminación nacional y los derechos del pueblo.
La persistente agresión contra Venezuela no constituye únicamente un ataque contra un gobierno legítimamente constituido, sino contra el derecho primordial de los pueblos a decidir soberanamente su propio destino. Se trata de una nueva manifestación de la histórica política intervencionista del imperialismo estadounidense en América Latina, orientada a controlar y saquear recursos estratégicos, debilitar proyectos políticos soberanos y frenar los procesos de integración regional que buscan construir una América Latina digna y soberana.
En la actualidad, la vieja y nefasta Doctrina Monroe —“América para los americanos”— reaparece con renovada intensidad y servilismo de Gobiernos vasallos. Esta concepción de dominación imperialista, que históricamente ha servido para justificar intervenciones, golpes de Estado, masacres y genocidios, bloqueos económicos en la región y muchas otras atrocidades vuelve a ser utilizada para reafirmar la hegemonía estadounidense sobre el continente. La reciente cumbre denominada “Escudo de las Américas”, impulsada por el pedófilo y guerrerista Donald Trump, se inscribe precisamente en esa lógica de dominación hemisférica, al promover una reaccionaria coalición política y militar de gobiernos neoliberales alineados con los perversos intereses estratégicos de Estados Unidos.
Lejos de representar una iniciativa genuina para enfrentar los problemas de la región, esta alianza del imperialismo y sus Gobiernos lacayos procura consolidar un bloque subordinado al depredador capital transnacional y a los intereses del cartel de las barras y las estrellas. Bajo el pretexto de combatir el narcotráfico y gestionar la migración, se impulsa una siniestra agenda de militarización regional, mientras se criminaliza a millones de trabajadores desplazados por las profundas desigualdades que el propio modelo capitalista produce y pretende eternizar.
El resultado de esta política es la profundización de la condición de sometimiento, dependencia y opresión de las naciones latinoamericanas, reducidas a espacios subordinados dentro de la arquitectura del poder imperialista. Desde esa lógica de dominación, nuestros países son convertidos en territorios destinados a garantizar el despojo sistemático de sus recursos humanos, la superexplotación de sus pueblos y la preservación de la hegemonía económica, política y militar de Estados Unidos en Latinoamérica. Frente a este adverso panorama, la defensa de la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y la integración de la patria grande se convierte en una tarea histórica impostergable para quienes luchan por una América Latina verdaderamente libre, justa y soberana.
En el marco de estas circunstancias, las mujeres venezolanas continúan desempeñando un papel protagónico en la defensa de la soberanía, la organización popular y la construcción de un país más justo. Desde las comunidades, los espacios de trabajo, las organizaciones populares y las instituciones públicas, millones de mujeres siguen participando activamente en la vida política y social del país.
La historia demuestra que cuando los pueblos enfrentan injustas agresiones externas, la unidad y la organización se convierten en la principal fortaleza para defender la independencia y la dignidad nacional. Las mujeres venezolanas han demostrado a lo largo de la historia que son protagonistas de esa resistencia.
En este 8 de marzo reafirmamos el compromiso con la lucha por la justicia social, la igualdad y la soberanía de los pueblos. Recordamos a las mujeres que a lo largo de la historia han luchado por sus derechos laborales, sus libertades demoliberales, por lo que rendimos homenaje a quienes hoy continúan defendiendo la dignidad y la independencia de Venezuela Bolivariana.
La lucha de las mujeres trabajadoras no puede separarse de la lucha de los pueblos por la soberanía, la justicia social y la autodeterminación. Hoy más que nunca, frente a la agresión imperialista y a las nuevas formas de dominación global capitalista, se hace imprescindible fortalecer la unidad de los pueblos, la organización popular y la solidaridad internacionalista para avanzar hacia una sociedad superior que nos encamine a la armonía y libertad.
¡Contra el capitalismo y el imperialismo, unidad y lucha de los pueblos!
¡Ni dominación imperialista ni explotación capitalista: justicia y dignidad para los pueblos!
¡Mujeres, unidas en la lucha por la emancipación social y la autodeterminación de los pueblos!
Se destaca la crisis del orden unipolar y reconfiguración del capitalismo mundial, puesto que el sistema internacional se caracteriza por superar el perverso orden unipolar instaurado tras la disolución y desmembramiento de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). La caída del orden unipolar estadounidense puede interpretarse como un reajuste del escenario internacional entre Estados, por consiguiente, una expresión histórica concreta de las contradicciones internas del capitalismo en su fase imperialista terminal. La hegemonía única estadounidense, consolidada en la década de los noventa en base al parasitario capital financiero, la supremacía militar y sus genocidas políticas guerreristas, el coaccionador control institucional del orden mundial, entró en una etapa de declive efectivo, erosionada por severas crisis recurrentes, sobreacumulación de capital y pérdida de legitimidad política.
En este contexto emerge una bipolaridad estructural entre el imperialismo de Estados Unidos y China capitalista, que no reproduce mecánicamente la lógica de la Guerra Fría (entre el campo capitalista versus el socialista), sino que se asienta plenamente en el marco del capitalismo mundial en descomposición. La actual rivalidad enfrenta dos formas relativamente diferenciadas de capitalismo, ambas insertas en la ley del valor, la acumulación ampliada y la competencia interimperialista expresada en apropiación de recursos naturales y disputas por mercados mundiales.
La bipolaridad en desarrollo es el resultado de la indetenible debacle hegemónica estadounidense y el imparable ascenso de China, situación que se caracteriza por la coexistencia contradictoria de colusión estructural e intensificación de las pugnas interimperialistas, particularmente en los ámbitos científico-tecnológico, financiero, industrial y comercial.
1. El imperialismo y el agotamiento de la unipolaridad
El imperialismo no constituye una política exterior accidental, sino una fase histórica terminal del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital, la exportación de capitales, la dominación financiera y la lucha entre grandes potencias capitalistas por mercados, recursos y zonas de influencia (Lenin, 1917/2008).
La unipolaridad estadounidense, posterior a la caída del Muro de Berlín de 1991, se sustentó en tres pilares esenciales:
a) Hegemonía financiera, siendo el dólar como moneda mundial de reserva y de transacciones, permitiendo a Estados Unidos financiar déficits estructurales y ejercer poder coercitivo mediante sanciones unilaterales.
b) Supremacía militar global, ya que más de 850 bases militares y un gasto de defensa que, incluso en 2023, superó los 880 mil millones de dólares, equivalente a cerca del 40 % del gasto militar mundial (SIPRI, 2024).
c) Dominio ideológico-institucional, mediante la imposición del fracasado y depredador neoliberalismo contra los pueblos del mundo, a través del FMI, el Banco Mundial y la OMC.
Referida configuración entró en profundos aprietos con la crisis financiera de 2008, que evidenció los límites del capital financiero desregulado y marcó el inicio de una desaceleración estructural del centro capitalista cuyo epicentro es Estados Unidos. A partir de ahí, el crecimiento económico mundial ha sido sostenido en gran medida por Asia, especialmente por China, que pasó de representar el 4 % del PIB mundial en el 2000 a superar el 18 % en el 2023, y más del 35 % del PIB mundial medido en paridad de poder adquisitivo (PPA) (Banco Mundial, 2024).
2. China capitalista y su proyección imperialista
Contrariamente a las narrativas que presentan ilusamente a China como una alternativa al capitalismo, resulta más preciso caracterizarla como un capitalismo de Estado, en que el partido-Estado actúa como capitalista colectivo, orientando la acumulación explotadora, disciplinando al capital privado y proyectando intereses nacionales en el exterior.
La expansión china responde a contradicciones internas del proceso de acumulación capitalista, expresada en la sobrecapacidad industrial, necesidad imperiosa de nuevos mercados, aseguramiento voraz de materias primas y control de cadenas de valor estratégicas. La iniciativa de la Franja (ruta terrestre) y la Ruta (marítima) debe interpretarse, por consiguiente, como un mecanismo de exportaciónde capital, infraestructura y crédito, orientado a absorber excedentes y garantizar posiciones geoeconómicas en Asia, África, América Latina y Oceanía.
En términos materiales y económicos, el ascenso de china se expresa en datos importantes:
China concentra más del 30 % del valor agregado manufacturero mundial, superando ampliamente a Estados Unidos y con tendencia a ampliarse (UNIDO, 2023).
Controla aproximadamente el 90 % del procesamiento de tierras raras y más del 70 % de las cadenas de suministro de baterías de litio, insumos críticos-claves para la transición energética y la IV Revolución Industrial.
Su gasto militar oficial se despuntó por encima de 314 mil millones de dólares en 2023, aunque varias estimaciones independientes lo sitúan cerca de 450 mil millones, con una tasa de crecimiento sostenida superior al promedio occidental (SIPRI, 2024).
Estos aspectos permiten asegurar que China ha dejado de ser una potencia emergente para convertirse en un protagonista polo imperialista en desarrollo, en colisión directa con los intereses históricos del imperialismo estadounidense en creciente decadencia.
3. La bipolaridad como manifestación del capitalismo en ruinas
La bipolaridad actual no involucra un equilibrio estable entre Estados Unidos y China, sino una estructura de alta fricción, en que la feroz competencia se desarrolla en una coyuntura de interdependencia profunda en que la colusión y pugna son recurrentes. Así, Estados Unidos y China están atrapados en una relación que combina referidas dos importantes cuestiones:
a) Colusión estructural, en que el comercio bilateral es superior a 575 mil millones de dólares anuales, interdependencia financiera y estabilidad del sistema monetario global.
b)Pugnas interimperialistas, mediante la guerra tecnológica (semiconductores, IA), sanciones económicas, control de rutas comerciales, militarización del Indo-Pacífico.
Esta relación puede caracterizarse como una contradicción entre capitales nacionales altamente concentrados, en que la competencia no busca destruir el sistema, sino reordenar la jerarquía dentro del capitalismo globalizado. No existe aquí un proyecto alternativo emancipador en disputa, sino una lucha por la hegemonía en la reproducción ampliada del capital. En suma, se tiene potencias que contienden por perennizar el cruel orden capitalista.
4. Aportes teóricos para interpretar la bipolaridad
Autores como Giovanni Arrighi (2007) y David Harvey (2014) permiten comprender esta transición como parte de los ciclos sistémicos de acumulación histórica, en que una potencia declinante (Estados Unidos) conserva el poder financiero, político y militar, mientras una potencia ascendente (China) lidera la producción real, es decir, científica-tecnológica expresada en una vigorosa industrialización. Así, la bipolaridad expresa un desfase entre poder productivo industrial y poder financiero especulativo, generando tensiones estructurales prolongadas que las afectan.
Asimismo, desde la teoría del sistema-mundo (Wallerstein), la rivalidad entre China y Estados Unidos debe leerse como una disputa por el centro del modo de producción capitalista, con implicancias directas para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios de disputa, dependencia tecnológica y extracción de valor.
En suma, la bipolaridad entre Estados Unidos y China no es un fenómeno coyuntural ni meramente geopolítico, sino una forma histórica del imperialismo, surgida de las contradicciones del capitalismo globalizado en profundiza crisis. Su comprensión exige abandonar enfoques idealistas o normativos y asumir una lectura materialista-dialéctica y crítica, capaz de vincular poder, acumulación y lucha anticapitalista y antimperialista.
5. La guerra tecnológica y financiera como expresión de la pugna interimperialista
En la fase actual del capitalismo, la competencia interimperialista se ha desplazado gradualmente desde la confrontación político y militar directa hacia el control de los principales sectores estratégicos de la IV Revolución Industrial. Actualmente, la disputa entre Estados Unidos y China se expresa, con bastante ímpetu, en los ámbitos de los semiconductores, la inteligencia artificial, las telecomunicaciones 5G, la robótica, la computación cuántica y las finanzas digitales.
Esta guerra tecnológica no es un absurdo, sino una manifestación inevitable de la tendencia del capital a apropiarse de las fuerzas productivas más avanzadas para garantizar ventajas en la competencia global. El control científico y tecnológico se constituye, así en una fuente de renta extraordinaria, ya que refuerza la concentración y centralización del capital a escala planetario.
El imperialismo estadounidense conserva una posición dominante en el diseño de microchips de alta gama y en el control de nodos críticos de la cadena global de valor de la industria de semiconductores, particularmente a través de empresas estratégicas como ASML, NVIDIA y TSMC. Esta supremacía tecnológica ha permitido a Estados Unidos desplegar arbitrariamente un conjunto de sanciones tecnológicas selectivas orientadas a frenar el ascenso científico-tecnológico de China, especialmente en los segmentos más avanzados de la producción de chips.
Entre 2019 y 2024, Estados Unidos acrecentó los controles de exportación que restringen el acceso de empresas chinas a equipos de litografía avanzada, software especializado y componentes críticos, con el objetivo explícito de ralentizar el desarrollo tecnológico autónomo de su principal competidor estratégico. De acuerdo con un informe del Congreso de Estados Unidos difundido por Infobae, estas determinaciones forman parte de una estrategia sistemática destinada a impedir que China alcance la autosuficiencia en la producción de semiconductores de última generación, considerados como un insumo clave para la inteligencia artificial, la industria militar y la digitalización de la economía (Infobae, 2025).
Estas restricciones no responden solamente a consideraciones de seguridad nacional, sino que constituyen una forma de intervención estatal directa al servicio del capital monopolista, orientada a preservar rentas tecnológicas extraordinarias y posiciones dominantes en el marco de la competencia interimperialista. La denominada guerra de los chips expresa así una de las contradicciones medulares del capitalismo actual, por lo que empeora la tensión entre la socialización global de las fuerzas productivas y su apropiación privada por un reducido núcleo de potencias capitalistas e imperialistas.
China ha respondido con una política estratégica de sustitución tecnológica acelerada, incrementando su inversión en investigación y desarrollo sofisticado hasta superar los 550 mil millones de dólares anuales, cifra que la sitúa en el segundo lugar a nivel mundial, apenas por debajo de Estados Unidos. Este esfuerzo no persigue ninguna ruptura con el capitalismo global, sino la consolidación de un polo científico y tecnológico propio dentro del mismo sistema.
En el escenario financiero, la pugna se articula en torno a la cada vez menor hegemonía del dólar. No obstante, este continúa representando cerca del 58 % de las reservas internacionales, por lo que su uso como instrumento de coerción política ha incentivado procesos de desdolarización parcial, impulsados por China mediante acuerdos bilaterales, la utilización del yuan en comercio energético y el fortalecimiento de bancos de desarrollo alternativos. Sin embargo, estas iniciativas no conllevan aún una ruptura sistémica, sino una erosión gradual del poder financiero estadounidense.
6. Militarización contenida y traslado del conflicto hacia las naciones y pueblos
A diferencia de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la bipolaridad actual se caracteriza por una velada carrera armamentista entre los polos centrales, sin soslayar a Rusia. También por la externalización del conflicto hacia regiones periféricas y semiperiféricas que se configuran como espacios de disputa indirecta, en la que se combinan intereses geoeconómicos, estratégicos y militares.
El imperialismo Yanqui mantiene cierta supremacía militar, con un presupuesto que supera ampliamente al de cualquier otro Estado. Sin embargo, China ha desarrollado sorprendentes capacidades de disuasión regional asimétrica, especialmente en el Mar de China Meridional y en el estrecho de Taiwán. Esta situación viene generando un equilibrio inestable con riesgos bélicos, en que la confrontación directa resulta altamente costosa para ambas potencias.
Esta dinámica puede interpretarse como una forma de gestión del conflicto interimperialista, en la que el empleo de la fuerza se subordina a la preservación de las condiciones generales de reproducción del capital global. La guerra abierta entre referidas potencias pondría en riesgo las cadenas globales de valor, el sistema financiero y la estabilidad del mercado mundial, afectando directamente a los grupos dominantes del capital en ambos países.
7. Naciones oprimidas y pueblos como espacios de disputa estructural
La bipolaridad China Estados Unidos tiene profundas implicancias para las naciones oprimidas y pueblos del mundo, que se convierten en escenarios privilegiados de competencia para saquear los recursos naturales, apropiarse de mercados, ofertar infraestructura y concretar alineamientos políticos. Latinoamérica, ocupa un lugar estratégico por su cuantiosa riqueza en litio, cobre, oro, plata, hidrocarburos, biodiversidad y alimentos.
China se ha consolidado como principal socio comercial de muchos países latinoamericanos, desplazando a Estados Unidos en economías clave. Entre el 2000 y el 2023, el comercio entre China y América Latina pasó de 12 mil millones a más de 480 mil millones de dólares, acompañado por inversiones en rubros estratégicos como minería, energía e infraestructura. Sin embargo, esta relación reproduce, en la mayoría de los casos, una inserción dependiente basada en la exportación de materias primas, lo que impide el desarrollo industrial autónomo de la región. Este proceso se enmarca en la división internacional del trabajo estructurada por la lógica opresora del capitalismo, la cual reproduce y profundiza desigualdades estructurales al concentrar las actividades de alto valor agregado en las naciones industrializadas, mientras relega a las economías desindustrializadas a funciones subordinadas, primario-exportadoras y de bajo contenido científico tecnológico, consolidando así relaciones de dependencia y atraso.
Estados Unidos combina mecanismos tradicionales de influencia (instituciones financieras, tratados comerciales, cooperación militar) con estrategias coercitivas como las que se aplican en Venezuela Bolivariana, Cuba, etc., orientadas a contener la expansión china en su patio trasero o área histórica de influencia.
Esta situación no representa una oportunidad automática de emancipación para las naciones oprimidas y pueblos, sino una reconfiguración de las relaciones de dependencia, en que los Estados latinoamericanos capitalistas oscilan entre uno y otro polo sin modificar sustancialmente su lugar subordinado y de atraso en la división internacional del trabajo.
8. La IV Revolución Industrial y la lucha por el control de las fuerzas productivas
La IV Revolución Industrial constituye el campo estratégico central de la bipolaridad en la que contienden Estados Unidos y China. La automatización o robótica, la digitalización o internet de las cosas y la inteligencia artificial redefinen la productividad y reconfiguran las relaciones de clase social (explotadores versus explotados) a escala mundial, intensificando la lucha de clases merced a mayor explotación del trabajo y la precarización laboral, así como, a conculcación de derechos fundamentales y libertades demoliberales.
Estados Unidos y China buscan liderar esta transformación, no para transformar revolucionariamente la sociedad capitalista, sino para salvarle y pretender eternizarla asegurando posiciones dominantes en la apropiación del valor generado por las nuevas fuerzas productivas. Así, la disputa científica tecnológica es inseparable de la lucha por la hegemonía ideológica y cultural, en la que cada polo promueve narrativas demagógicas de “libertad”, “democracia”, “equidad”, “equilibrio”, “seguridad” o “desarrollo” funcionales a sus respectivos proyectos de poder imperialista.
9. Conclusiones
La bipolaridad del siglo XXI entre Estados Unidos y China debe ser comprendida no como la marcha hacia un nuevo modo de producción, sino como una expresión histórica de la crisis estructural del capitalismo en su fase imperialista. Lejos de inaugurar una etapa de estabilidad, esta configuración bipolar representa una fase prolongada de descomposición del imperialismo, en la que los mecanismos tradicionales de regulación económica, política y geoestratégica han perdido eficacia frente a las contradicciones internas del capital.
Esta bipolaridad expresa, por un lado, la crisis de hegemonía del imperialismo estadounidense y sus aliados, incapaz de sostener de manera unilateral su dominación global, y por otro, el ascenso de un nuevo polo capitalista encabezado por China y sus aliados, que no rompe con la lógica del injusto sistema burgués, sino que busca reconfigurar las relaciones de poder dentro del mismo orden capitalista e imperialista. En este marco, la disputa no se orienta a superar el capitalismo, sino a redefinir las condiciones de la dominación, la apropiación del excedente y el control de las fuerzas productivas a escala mundial.
La pugna interimperialista no contiene en sí misma ningún potencial emancipador. Por el contrario, tiende a profundizar la explotación de la fuerza de trabajo, la dependencia de las naciones oprimidas, la desigualdad social y la militarización del sistema internacional expresada en políticas genocidas, incrementando el riesgo de guerras regionales y de una conflagración generalizada como la III Guerra Mundial en ciernes. Conviene recordar que la historia demuestra, fehacientemente, que las contradicciones entre potencias imperialistas se resuelven, en última instancia, mediante la violencia organizada, trasladando los costos humanos y materiales a los pueblos del mundo.
En consecuencia, la superación de esta lógica no puede provenir de la sustitución de una hegemonía imperialista por otra, ni de la ilusión de un capitalismo “alternativo” o “más humano”. La salida histórica solo puede construirse a partir de la articulación de proyectos políticos revolucionarios, anticapitalistas y antiimperialistas, protagonizados por las clases sociales explotadas, las naciones oprimidas y los pueblos del mundo, capaces de combatir radicalmente las bases materiales, políticas e ideológicas del capitalismo.
La humanidad no necesita un capitalismo en descomposición ni su fase imperialista, sino una sociedad superior, fundada en la abolición de la explotación del hombre por el hombre, en la emancipación de los pueblos y en una organización social orientada a la armonía, la justicia y la libertad plenas. En este devenir histórico, la lucha de clases y la revolución proletaria continúan siendo el motor fundamental de la transformación social.
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Los procesos históricos, en plena evolución, cambio y transformación, deben enfocarse a partir del materialismo dialéctico e histórico para explicar los fenómenos del mundo actual y la forma en que estos se desarrollan.
El asunto de la unipolaridad puede observarse con nítida claridad en momentos como el de la Roma imperial o, más recientemente, entre 1930 y 1945, período caracterizado por una multipolaridad en la que coexistían: el Reino Unido (potencia en declive), Francia (potencia continental), Estados Unidos (potencia económica dominante, aunque aislada hasta 1941), Alemania (República de Weimar–Tercer Reich), potencia reindustrializada y militarizada con la visión de reordenar Europa; la Unión Soviética, como proyecto antisistémico y socialista; Japón, potencia imperial-global con control del Pacífico y Asia Oriental; e Italia, potencia media con aspiraciones imperiales.
Luego del término de la Segunda Guerra Mundial se configura un proceso de bipolaridad, con Estados Unidos enfrentado a todo el bloque socialista. Entre 1989 y 1991 se inicia el período de la unipolaridad. ¿Qué hechos marcan este proceso? En 1989, la caída del Muro de Berlín pone fin al orden bipolar; posteriormente, el colapso del socialismo y la disolución de la URSS en 1991 dejan a Estados Unidos sin un rival estratégico equivalente.
Debe recordarse que Europa, tras la Segunda Guerra Mundial, queda devastada, ocupada y dependiente. Alemania, derrotada, es dividida en dos; Japón, derrotado y ocupado. De este modo, Estados Unidos emerge como la única superpotencia global y como centro del sistema financiero internacional (dólar, FMI, BM). Así nace la unipolaridad.
Algunos hechos consolidan este proceso: la Guerra del Golfo en 1991; la expansión de la OTAN (1994–1999); las intervenciones “humanitarias” en Yugoslavia (1999), Somalia, Haití y Kosovo; la imposición del Consenso de Washington (neoliberalismo impuesto como “único modelo” para el mundo); y la instalación de la tesis del “fin de la historia” (Fukuyama).
Nada en la historia ni en las ciencias naturales es absoluto o perenne. Así, la unipolaridad comienza su inflexión por su propio desgaste entre 2001 y 2008. Hechos que marcan este proceso son las intensas luchas de los pueblos del mundo contra el neoliberalismo, la gran crisis financiera de 2008 y las guerras de Afganistán (2001) e Irak (2003). Si bien Estados Unidos logra victorias tácticas, a largo plazo enfrenta derrotas estratégicas, pues estas guerras reactivan el antimperialismo y la indignación de millones de pueblos y naciones. En la práctica, se trata de una derrota política estratégica. Además, la sobreexpansión de los imperios ha demostrado ser históricamente insostenible, y Estados Unidos no es la excepción.
En este contexto comienza a emerger China, especialmente tras su ingreso a la OMC, lo que marca su salto estructural.
Dos hitos señalan el término de la unipolaridad:
la crisis estructural de liderazgo de 2008,
y la crisis originada en el propio centro financiero del imperialismo estadounidense.
A partir de este hecho histórico, China emerge como sostén del sistema, produciendo un traslado del eje económico mundial hacia Asia. Esto no implica que Estados Unidos deje de ser una potencia central, pero sí que deja de ser el centro exclusivo del mundo.
El conflicto en Ucrania constituye un hecho clave en la crisis de la unipolaridad, así como la anexión de Crimea por parte de Rusia, que reaparece bajo la dirección de Putin como una potencia capaz de jugar en el tablero mundial, particularmente en el campo militar.
China, por su parte, avanza en el mar del Sur de China sin renunciar a sus aspiraciones de seguridad, estableciendo límites claros en sus zonas de influencia. A ello se suman hechos como la “retirada” de Afganistán (derrota de EE. UU. en 2021), la guerra en Ucrania iniciada en 2022 y el fracaso de las sanciones para colapsar a Rusia, como preveía Washington, incluyendo incluso intentos de balcanización con miras posteriores contra China.
¿Dónde se encuentra el asunto de fondo de todo lo expuesto? En la caída de la tasa de ganancia del capital, la sobreacumulación, la sobreproducción, los mercados saturados y la crisis de valorización, lo que conduce a la destrucción masiva de fuerzas productivas. Esto se expresa en quiebras, desempleo estructural y guerra total como manifestación de una crisis sistémica. Posteriormente, el sistema reinicia la acumulación mediante nuevas revoluciones industriales.
SOBRE MULTIPOLARIDAD, BIPOLARIDAD Y TRIPOLARIDAD ACTUAL
Existen analistas que sostienen la tesis de la tripolaridad en las actuales condiciones de la lucha de clases, identificando como actores principales a Estados Unidos, Rusia y China, e incluso incorporando a la Unión Europea como un cuarto polo, pese a sus problemas estructurales y dependencia. Entre ellos se encuentran Ali Jarbawi, profesor y politólogo palestino, y Alfredo Jalife, analista geopolítico y geoestratégico mexicano. Se trata de un debate abierto.
Sin embargo, la tesis de la bipolaridad es sostenida principalmente por el Pentágono, cuyos estrategas priorizan el poder estructural duro antes que la cantidad de actores. Desde esta perspectiva, “no importa cuántos Estados relevantes existan, sino quién puede disputar el orden sistémico”.
Desde esta visión, el poder se entiende como la combinación de poder militar global, moneda de reserva y red de alianzas. China aparece como potencia industrial, tecnológica, financiera y demográfica. En síntesis, se identifican dos polos reales capaces de organizar el sistema.
Esta posición es defendida por autores como John Mearsheimer, teórico del realismo ofensivo, y Graham Allison, analista de seguridad nacional, así como por estrategas del Pentágono y la RAND Corporation.
No obstante, esta analogía con la Guerra Fría presenta problemas en las condiciones actuales. Hoy se observa un mundo sin árbitro único, con múltiples actores que no obedecen de forma absoluta a ninguno de los polos. Rusia, por ejemplo, primera potencia militar del mundo, no se subordina a ningún polo; India, potencia demográfica y tecnológica con autonomía estratégica, tampoco. Lo mismo ocurre con Irán, Arabia Saudita, Turquía y otros actores regionales.
En las circunstancias actuales, hablar de bipolaridad clásica implica ignorar la fragmentación del poder en múltiples dimensiones: energía, finanzas, tecnología, control de rutas, datos y narrativas. Los conflictos simultáneos en Ucrania, Gaza, el Mar Rojo, el Sahel o el Cáucaso son manifestaciones de una multipolaridad conflictiva, no de una bipolaridad tradicional.
Lo cierto es que hoy no existe un árbitro global, sino alianzas flexibles, guerras híbridas, sanciones, lawfare, conflictos por delegación y una escalada contenida pero permanente. Podría hablarse, en todo caso, de una bipolaridad estructural (EE. UU.–China) dentro de una multipolaridad conflictiva operativa.
Políticamente, la multipolaridad es transitoria, como lo demuestra la experiencia histórica. Sin embargo, en el momento actual constituye una realidad que abre márgenes de acción para los pueblos y naciones, siempre que estén organizados. La bipolaridad, en cambio, tiende a subordinar a los pueblos a uno de los polos, razón por la cual resulta funcional a la potencia dominante.
El mundo atraviesa una transición histórica, no un nuevo equilibrio. Existen diversas tesis -multipolaridad cooperativa, bipolaridad estabilizadora, orden reticular, perspectivas del Sur Global- que merecen ser estudiadas en profundidad.
Finalmente, es fundamental analizar cómo todo ello se expresa en América Latina: el comportamiento de las clases dominantes, la región como zona de disputa, las luchas antimperialistas de los pueblos, la lucha de clases y el papel del proletariado como clase dirigente. Todo ello en función de construir un camino propio, con independencia de clase, orientado a la cristalización del socialismo científico.
El estudio de la formación económico social estadounidense exige una ruptura con la historiografía liberal burguesa que presenta a esta potencia como el faro de la democracia y libertad, puesto que Estados Unidos constituye la expresión más acabada y, a la vez, más abyecta del desarrollo capitalista. Su evolución no es una sucesión de eventos casuales, sino una trayectoria dialéctica en que la acumulación de capital requiere, necesariamente, la aniquilación de lo humano y la naturaleza.
Entender al genocida imperialismo estadounidense hoy no es solo identificar y describir sus perversas agresiones políticas y militares, sino comprenderlo como una estructura económica, social en crisis terminal irreversible. En tal sentido, el imperialismo no es necesario para los pueblos del mundo. Asimismo, se trata del sistema capitalista en imperialismo, pues éste es su fase superior, no se pueden separar, ya que es una condición dialéctica indisoluble. El presente ensayo se propone desentrañar el andamiaje del poder capitalista e imperialista yanqui, desde su avasalladora acumulación originaria basada en el genocidio, expansionismo y saqueo, hasta su presente como una bestia moribunda que, en su declive, amenaza la existencia misma de la humanidad.
La acumulación originaria vía el genocidio como piedra angular y motor del capital
El nacimiento y desenvolvimiento de los Estados Unidos de América no representa, bajo ningún concepto, una gesta de libertad ilustrada ni un avance civilizatorio como suele suceder; por el contrario, constituye un singular proceso violento de acumulación originaria. Como bien señaló Carlos Marx (1867/2017), el capital viene al mundo «chorreando sangre y lodo por todos los poros», y en el territorio norteamericano esta sentencia alcanzó niveles de barbarie sin precedentes.
Esta premisa científica se radicaliza y adquiere plena vigencia en el magistral análisis del Partido Comunista del Perú (PCP), el cual desmitifica la esencia del sistema capitalista al destacar que el imperialismo no es un error fortuito de la historia, sino una etapa de descomposición y agonía del capital que requiere, por su propia naturaleza parasitaria, de la violencia reaccionaria más extrema para subsistir. Bajo la firme concepción del Dr. Abimael Guzmán, se desenmascara al imperialismo yanqui como la «bestia sedienta de sangre», en tanto, una entidad criminal que ha edificado su hegemonía global sobre un inconmensurable cerro de cadáveres pertenecientes a los pueblos originarios y a la clase obrera internacional (PCP, 1988). El exterminio de las naciones nativas no fue un daño colateral, sino la condición sine qua non para la expansión latifundista y el posterior desarrollo del capitalismo de monopolios.
La neocolonizadora Doctrina Monroe y la infamia del «Destino Manifiesto»
Desde 1823, la neocolonizadora Doctrina Monroe estableció la base jurídica y política del injerencismo sistemático en nuestra América. Lo que la retórica imperial presenta como una defensa continental, no es más que una declaración de propiedad privada sobre todo un hemisferio. Esta reaccionaria política evolucionó dialécticamente hacia el «Destino Manifiesto», convirtiéndose en una construcción ideológica perversa. Mediante este mito, se pretendió otorgar a la rapaz burguesía estadounidense un supuesto «mandato divino» para justificar el despojo territorial, el saqueo descarado de los recursos naturales y el aplastamiento de las naciones oprimidas hasta convertirlas en servidumbres.
Frente a esta pretensión hegemónica, el comandante Hugo Chávez Frías (2005) denunciaba, con una vehemencia acertada y necesaria, la vigencia de este mecanismo de opresión estructural. Chávez identificó con claridad que el imperialismo no solo es un sistema de explotación económica, sino la mayor amenaza para la supervivencia de la especie humana. Su consigna histórica resuena hoy con más fuerza que nunca ante la severa crisis capitalista e imperialista: «La Doctrina Monroe debe ser enterrada definitivamente en el siglo XXI», para dar paso a la verdadera soberanía de los pueblos que hoy resisten los embates de la bestia en declive.
Análisis de la economía política para entender al imperialismo en declive y descomposición
Desde las tesis de la economía política marxista, el declive del imperialismo yanqui no es un fenómeno coyuntural ni puramente político, pues es un proceso estructural, multicausal y terminal. La agonía de la hegemonía estadounidense se explica a través de la profundización de las contradicciones inherentes al modo de producción capitalista en su fase superior y terminal. Procedemos a la argumentación de este desmoronamiento:
1. Tendencia decreciente de la tasa de ganancia y el sobrecrecimiento financiero
El capital estadounidense enfrenta de manera inevitable la ley descubierta por Carlos Marx: la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Ante la saturación de sus mercados internos y una caída estrepitosa en la rentabilidad de su sector productivo real, la lumpen burguesía imperialista ha huido hacia la financiarización especulativa extrema.
Esta mutación ha convertido a la economía yanqui en un sistema de capitalismo parasitario en que la especulación financiera domina tiránicamente sobre la producción social. El resultado es una economía de burbujas insostenibles que, al estallar, descargan sus crisis sobre las espaldas de las naciones oprimidas y pueblos del mundo. Estados Unidos ya no produce para satisfacer necesidades, sino para alimentar el hambre insaciable de un capital ficticio que no tiene respaldo en la realidad material.
2. La crisis del petrodólar y el fin del privilegio exorbitante
La hegemonía del dólar como moneda de reserva mundial, impuesta autoritariamente tras los acuerdos de Bretton Woods en 1944 y reforzada con el sistema del petrodólar, viene siendo desafiada por la emergencia de nuevas y soberanas arquitecturas financieras. Esta pérdida paulatina del monopolio monetario es un golpe letal al andamiaje imperialista.
Sin el control del dólar, Estados Unidos pierde su capacidad de exportar su inflación al resto del planeta como lo viene haciendo, socavando radicalmente su facultad para financiar de forma parasitaria su gigantesco déficit fiscal y su monstruoso aparato militar. El dólar, antes arma de chantaje, se convierte hoy en el talón de Aquiles del imperialismo que ya no puede sostener su nivel de vida a través del simple arbitraje del papel moneda sin respaldo.
3. Parasitismo y descomposición encarnado en el Complejo Militar-Industrial
Lenin (1916/2013) caracterizó magistralmente al imperialismo como «capitalismo agonizante y descompuesto». Hoy, esta definición cobra una vigencia aterradora, ya que Estados Unidos ha renunciado a competir mediante el desarrollo científico-tecnológico; en su lugar, utiliza las invasiones y masacres, sanciones económicas unilaterales, la elevación e imposición de aranceles, la especulación como únicos mecanismos de supervivencia y otras extorsiones político-militares.
Su industria manufacturera ha sido desplazada y desmantelada, quedando prácticamente solo el Complejo Militar-Industrial como el motor real de su economía. Esta distorsión estructural obliga al Estado imperialista a generar y perpetuar despiadadas guerras artificiales y focos de desestabilización global para dar salida a su producción bélica y garantizar el flujo de capitales hacia las corporaciones del terrorismo imperialista. Es un sistema que necesita el insaciable saqueo de recursos y la destrucción de la vida en la periferia para mantener el latido artificial de su centro financiero imperialista.
La hegemonía post-1945 y la barbarie de la guerra permanente
Tras la cruenta Segunda Guerra Mundial, el imperialismo estadounidense no buscó la paz, sino la consolidación de un orden global de servidumbre, asumiendo el rol de gendarme mundial de la reacción. Su supervivencia no radica en el consenso, sino en lo que el comandante Ernesto «Che» Guevara (1967) definió con lucidez como una lucha desesperada y sangrienta por mantener sus privilegios de la burguesía explotadora. En su histórico Mensaje a la Tricontinental, el Che sentenció una verdad que hoy golpea con fuerza: «El imperialismo es un sistema mundial, última etapa del capitalismo, y debe ser vencido en una gran confrontación mundial… la fiera es más peligrosa cuando se siente herida». Esta ferocidad se traduce en la guerra permanente; un estado de excepción global en que Estados Unidos aplica políticas expansionistas; bombardeando, destruyendo, masacrando y desestabilizando cualquier proceso soberano que amenace el flujo de capitales hacia el centro imperialista.
El Complejo Militar-Industrial y la ofensiva de la guerra cognitiva
El aparato de dominación capitalista e imperialista yanqui no solo se sostiene sobre sus armas de exterminio, sino sobre una estructura simbiótica entre el mafioso Complejo Militar-Industrial y los sofisticados mecanismos de control social. El PCP (1988), en su defensa del marxismo-leninismo-maoísmo, advertía con precisión que el imperialismo utiliza la manipulación cultural, el entretenimiento alienante y el reformismo para intentar frenar y desviar la potencia revolucionaria de las masas populares, especialmente del proletariado y el campesinado.
En la actualidad, esta estrategia ha mutado hacia la denominada guerra cognitiva. A través de su formidable aparato de propaganda (Hollywood, redes sociales, corporaciones mediáticas, inteligencia artificial, etc.), el imperialismo busca que los pueblos acepten voluntariamente su propia esclavitud bajo los fetiches del consumo y el alienante individualismo burgués. El objetivo es desarticular la identidad de las naciones oprimidas y convertir a las mayorías en rebaños dóciles, ciegos ante la arremetida político-militar que saquea sus recursos y aplasta su dignidad.
La ofensiva y agonía de la bestia imperialista en franca descomposición
La agresividad criminal y sostenida contra Cuba, Venezuela, Palestina, Líbano, Yemen, Irán y otros pueblos que se niegan a someterse, es el síntoma inequívoco de la desesperación imperialista. En Asia Occidental, el respaldo activo y la financiación del genocidio en Palestina han revelado el rostro más atroz y deshumanizado del imperialismo yanqui y su engendro nazista como es el genocida régimen sionista de Israel. Estados Unidos ha devenido en la nación más criminal de la historia contemporánea, destrozando incluso su propia legalidad e instituciones del cacareado derecho internacional burgués para intentar sostener, mediante el terrorismo, un orden unipolar que se le escapa de las manos.
Sin embargo, como afirmaba el comandante Hugo Chávez ante la Asamblea General de la ONU (2006), el «olor a azufre» que exhala la presencia imperialista es hoy repudiado por la creciente conciencia universal de los pueblos. El imperialismo es, en esencia y según la tesis del gran maestro del proletariado Mao Tse-tung, un «tigre de papel», o sea, una estructura que proyecta una imagen de invulnerabilidad técnica y militar, pero que está estratégicamente condenada a la derrota. Su base social es nula, su economía es parasitaria y su moral burguesa es paupérrima frente a la movilización consciente y la resistencia heroica de los explotados y oprimidos.
Conclusión
El derrotero histórico de los Estados Unidos de América constituye la crónica de una formación social cuya génesis en el genocidio determinó su esencia depredadora y genocida. No es un sistema que lucha por la convivencia, sino que pretende perpetuarse mediante el exterminio global y el saqueo sistemático contra naciones oprimidas y pueblos del mundo. La estructural crisis que hoy presenciamos no debe confundirse con una recesión cíclica, ya que, es la agonía de una fiera herida de muerte en su fase de descomposición superior. En su desesperación, el imperialismo yanqui, como enemigo principal de la humanidad, intenta arrastrar a la especie humana a la catástrofe para sostener el modo de producción capitalista que se caracteriza por ser caduco y un cadáver insepulto.
La caída de esta potencia capitalista e imperialista no es solo un deseo voluntarista, sino una necesidad histórica y política. La libertad de las naciones y pueblos no vendrá de las concesiones de la diplomacia imperialista ni de sus organismos lacayos, menos de sus esbirros de todo pelaje, sino que será el fruto de la lucha inquebrantable y la movilización consciente de las masas hacedoras de la historia. La tarea política, guiada por el análisis científico materialista y dialéctico de la realidad, así como, por la memoria de los mártires de la resistencia, es acelerar el derrumbe de este «gigante con pies de barro». Solamente la unidad estratégica de los pueblos del mundo y el papel dirigente del proletariado, en tanto última clase de la historia y la más revolucionaria, conducirán a la destrucción total del andamiaje militar-financiero yanqui permitiendo la construcción de una formación económico-social superior, liberada de la explotación y opresión, y acorde al progreso ineludible de la historia.
Referencias bibliográficas
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Galeano, E. (2021). Las venas abiertas de América Latina (Ed. revisada). Siglo XXI Editores. (Obra original publicada en 1971). Referencia fundamental sobre el saqueo de recursos naturales.
Guevara, E. (1977). Mensaje a la Tricontinental. En Escritos y discursos (Tomo 9). Editorial de Ciencias Sociales. (Obra original publicada en 1967). Llamado a la confrontación mundial contra el imperialismo.
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Partido Comunista del Perú [PCP]. (1988). Línea Internacional. Documentos Fundamentales. Análisis sobre la colusión y pugna de las potencias y el papel de EE. UU.
Hoy, 26 de diciembre de 2025, los pueblos conscientes del mundo, el proletariado internacional y las fuerzas revolucionarias consecuentes conmemoran el 132 aniversario del nacimiento del Presidente Mao Tse-tung, gigante del pensamiento y obra revolucionaria, dirigente comunista de talla universal y forjador de una de las más grandes experiencias de transformación social en la historia de la humanidad.
Recordar al presidente Mao Tse-tung es una reafirmación de que el maoísmo constituye la tercera y superior etapa del marxismo, desarrollada en la época del imperialismo, de la revolución proletaria mundial y de la lucha irreconciliable entre revolución y contrarrevolución. El maoísmo es el marxismo de nuestra época. Es teoría revolucionaria integral; es concepción científica del mundo, doctrina del proletariado, línea ideológica y política, metodología, estrategia y táctica para la toma del poder, y guía segura para la construcción de la nueva sociedad.
Como ideología científica del proletariado, el maoísmo expresa los intereses históricos de la última clase de la historia, la clase más revolucionaria, la única capaz de abolir toda forma de explotación, opresión y dominación de clase. Por ello, es una ideología justa, correcta, científica e invicta, porque se sustenta en las leyes objetivas del desarrollo social y en la práctica transformadora de las masas. El Presidente Mao Tse-tung elevó el marxismo-leninismo a una nueva cumbre al demostrar, en la teoría y en la práctica, el papel decisivo de las masas populares como verdaderos sujetos de la historia, al desarrollar la línea de masas, la guerra popular prolongada, la revolución cultural como continuidad de la lucha de clases bajo el socialismo, y la lucha permanente contra el revisionismo y toda forma de restauración capitalista.
En el decadente modo de producción capitalista, atravesado por la crisis estructural del capitalismo, el recrudecimiento del imperialismo, el neocolonialismo y las guerras de rapiña, el maoísmo se confirma como la ideología transformadora que conduce y conducirá a la humanidad hacia una sociedad superior, una sociedad de armonía, libertad, justicia social y emancipación plena.
La correcta línea ideológica y política maoísta contribuye a la forja de revolucionarios, socialistas y comunistas auténticos. Cumple una tarea estratégica esencial al proletarizar a la pequeña burguesía, clase social oscilante y vacilante por su ubicación en la estructura de clases, dotándola de una férrea posición de clase, de disciplina revolucionaria y de compromiso histórico al servicio de la humanidad y de la revolución proletaria.
Desde la Red de Prensa Popular Latinoamericana, reafirmamos que el maoísmo es una guía viva para la acción, una herramienta indispensable para la lucha ideológica, política y comunicacional contra la hegemonía capitalista, los monopolios mediáticos, el imperialismo y todas las formas de dominación.
Hoy, al rendir homenaje al Presidente Mao Tse-tung en el 132 aniversario de su nacimiento, reafirmamos nuestro compromiso irrestricto con el marxismo-leninismo-maoísmo, con la organización consciente de las masas, con la verdad revolucionaria y con la construcción de un mundo nuevo, sin explotadores ni explotados.
¡VIVA EL PRESIDENTE MAO TSE-TUNG! ¡VIVA EL MAOÍSMO, TERCERA Y SUPERIOR ETAPA DEL MARXISMO! ¡VIVA EL PROLETARIADO INTERNACIONAL!
Red de Prensa Popular Latinoamericana 26 de diciembre
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