A lo largo de la historia, las diferentes especies humanas han mantenido una movilidad constante. El desplazamiento es una característica fundamental del Homo sapiens, motivado por razones climáticas, la búsqueda de alimentos o los conflictos entre grupos humanos, procesos que han impulsado esta dinámica desde tiempos remotos.
Desde nuestro origen común en África —según la evidencia científica— nos expandimos por todo el planeta, construyendo las culturas, sociedades e identidades que conforman la civilización actual. Por esta razón, es falaz hablar de pueblos “originales” o “puros”: ningún grupo humano es originario de un territorio en sentido absoluto, pues todos somos resultado de largos procesos migratorios.
Hace aproximadamente 300 000 años, nuestros antepasados africanos iniciaron desplazamientos hacia Asia, Europa, América y Australia. Aunque el surgimiento de la agricultura generó asentamientos sedentarios, la falta de fertilidad de algunos suelos, su desgaste por el uso intensivo o el crecimiento demográfico provocaron nuevas migraciones en busca de mejores tierras, recursos y agua. Estos desplazamientos, a su vez, dieron lugar a civilizaciones con características propias y con trayectorias históricas particulares.
Desde las primeras civilizaciones organizadas en imperios —Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Persia, entre otras— las expansiones territoriales impulsaron migraciones producto de invasiones, guerras y desplazamientos forzados. Con ello llegaron también mezclas de pueblos, costumbres y técnicas. Nada de lo que hoy consideramos “propio” de una cultura tiene un origen único: tanto las prácticas agrícolas como los conocimientos científicos son el resultado de múltiples fusiones históricas y de una síntesis permanente entre civilizaciones.
Los factores que explican la migración son múltiples. En la modernidad, los procesos económicos, políticos y sociales han intensificado este fenómeno. La globalización, el desarrollo capitalista, los avances tecnológicos y las variaciones climáticas han incrementado la movilidad humana. A ello se suma la lucha de clases, que genera desplazamientos por motivos económicos, políticos, sociales y educativos.
La migración, por tanto, es una constante de la humanidad. Criminalizarla contradice la esencia misma del ser humano y vulnera la libertad fundamental de buscar mejores condiciones de vida. Además, la migración enriquece las sociedades cultural, social, científica y económicamente.
La pregunta central es: ¿cómo explicar, en el capitalismo imperialista, la estigmatización y criminalización de la migración? La expansión del capital y la búsqueda constante de productividad generan una demanda estructural de mano de obra desregulada y barata. De ahí que los Estados capitalistas e imperialistas abran periodos de migración para captar fuerza laboral explotable, con derechos restringidos y sometida a condiciones de extrema vulnerabilidad.
Los factores económicos, militares (déficit de tropas), demográficos (baja tasa de reemplazo poblacional) y del modelo neoliberal —basado en una división internacional del trabajo que relega a ciertos países a la extracción de materias primas— explican por qué el sistema necesita migrantes, pero a la vez los rechaza cuando dejan de ser útiles. El “modelo de estabilidad” del capitalismo imperialista implica la expulsión de fuerza de trabajo, un fenómeno que se agudiza en el contexto de la IV Revolución Industrial.
La migración hacia Norteamérica en el siglo XX ejemplifica este proceso. La expansión capitalista exigía fuerza laboral para los ferrocarriles, la industria manufacturera, las maquilas fronterizas instaladas desde los años sesenta y otros sectores. La búsqueda de plusvalía impulsó la subcontratación y la sobreexplotación de trabajadores migrantes, quienes constituyeron una fuerza clave en la acumulación capitalista.
Hoy, tras décadas de desindustrialización, Estados Unidos considera “excedente” esa mano de obra que durante años explotó intensamente. A pesar de sus esfuerzos por reindustrializarse, la economía no absorbe a toda la fuerza laboral, por lo que los migrantes son expulsados, perseguidos, encarcelados, separados de sus familias y despojados de sus bienes. El “trato humano” del sistema imperialista se revela como una lógica profundamente utilitarista y cruel.
Europa reproduce dinámicas similares: criminaliza a migrantes, los instrumentaliza políticamente o los usa como chivos expiatorios en momentos de crisis económicas, alimentando discursos racistas y xenófobos que fortalecen a la ultraderecha fascista.
Sobre legalidad y criminalidad
Ningún ser humano es ilegal. El planeta no es propiedad del capital; es resultado de procesos naturales de millones de años. Sin embargo, la propiedad privada de los medios de producción convirtió el espacio común en bienes privativos de unos pocos. La clase obrera lucha por devolver esos espacios a la humanidad, sin divisiones ni clases.
La criminalidad, por su parte, tiene raíces económicas: surge de las relaciones sociales que estructuran este sistema. El capitalismo expulsa fuerza de trabajo y, a la vez, concentra la riqueza generada por ella. La historia del sistema está marcada por redes criminales, explotación esclava o formas modernas de esclavitud asalariada. Incluso el narcotráfico ha sido utilizado para intervenir territorios y desestabilizar países, provocando migración forzada.
En periodos de auge económico, el sistema necesita mano de obra; en tiempos de crisis, la expulsa y demoniza mediante narrativas racistas y xenófobas —como las asociadas al movimiento MAGA en Estados Unidos—. Lo mismo ocurrió durante el desplazamiento masivo del campo a la ciudad.
La clase obrera consciente reconoce el origen estructural de estos dramas humanos. Aunque la historia avance entre contradicciones, serán los pueblos quienes transformen estas relaciones sociales y recuperen las bases de una verdadera humanización, pese a los costos que ello implique.
La Ley Educativa 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez: Aciertos, desaciertos, contradicciones y desafíos de una educación emancipadora
Por Alex A. Chamán Portugal
Bolivia, noviembre 11 de 2025
1. Introducción
La promulgación de la Ley de Educación 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez, en diciembre de 2010, constituyó un hito histórico en la construcción del Estado Plurinacional de Bolivia. Su objetivo central fue superar las limitaciones estructurales, pedagógicas y culturales de la anterior Ley 1565 de 1994, inspirada en los lineamientos del alienador neoliberalismo y en las recomendaciones de organismos internacionales proimperialistas como el Banco Mundial y el BID. La nueva ley aspiró a reemplazar una educación individualista, competitiva y tecnocrática por una educación comunitaria, descolonizadora y productiva.
La Ley 070, discursivamente, representa una ruptura ideológica en el campo educativo, al situar la educación como práctica liberadora, vinculada a la transformación social y no como instrumento de adaptación al mercado. Como afirmaba Freire (1970), “la educación es un acto político: o sirve para la domesticación o para la liberación de los pueblos” (p. 68). En esta tensión se inscriben tanto los aciertos como las contradicciones del proceso educativo boliviano de las últimas dos décadas.
2. Avances y mejoras respecto a la Ley 1565
La comparación entre la Ley 070 y la Ley 1565 revela una profunda transformación filosófica, estructural y curricular, que marca el tránsito de un modelo neoliberal y domesticador a uno comunitario y emancipador.
2.1. De la educación bancaria a la educación liberadora
Mientras la Ley 1565 promovía la “calidad educativa” bajo criterios burgueses de eficiencia, productividad y competencia individual, la Ley 070 recupera una visión crítica, dialógica y transformadora del aprendizaje. Inspirada en la Pedagogía del oprimido de Freire (1970), sustituye la educación bancaria en la que el estudiante es un recipiente pasivo por una educación activa, participativa y contextualizada.
2.2. De la homogeneización cultural al pluralismo educativo
La Ley 1565 concebía la interculturalidad de manera limitada, como reconocimiento folklórico de la diversidad. En cambio, la Ley 070 establece un Estado Plurinacional y unaeducación intracultural, intercultural y plurilingüe, que reconoce el derecho de los pueblos originarios a aprender y enseñar en sus propias lenguas y cosmovisiones. En palabras de Fanon (1961), “el colonizado se libera al reapropiarse de su cultura y devolverle su sentido de dignidad” (p. 114).
2.3. De la desmembración educativa al enfoque sociocomunitario productivo
El modelo neoliberal separaba la educación de la vida productiva, limitándola a la instrucción teórica. El Modelo Educativo Sociocomunitario Productivo (MESCP) se esfuerza por integrar trabajo, conocimiento y comunidad, superando la división capitalista entre trabajo manual e intelectual. Como diría Mariátegui (1928), “educar no es instruir, sino formar hombres que comprendan su realidad para transformarla” (p. 147).
2.4. De la subordinación internacional a la soberanía pedagógica
La Ley 1565 respondía a una lógica de dependencia filosófica y epistemológica por lo que adoptaba metodologías y contenidos extremadamente capitalistas y neoliberales. La Ley 070, en cambio, promueve una educación relativamente soberana, basada en el conocimiento local y la construcción colectiva del saber. Boaventura de Sousa Santos (2010) denomina a este proceso “epistemologías del Sur”, es decir, la recuperación de saberes subalternos que desafían el monopolio eurocéntrico capitalista del conocimiento (p. 89).
2.5. De la exclusión social a la inclusión y democratización
Bajo el neoliberalismo, la educación se convirtió en una mercancía y su acceso dependía de la capacidad económica. Las universidades, institutos y unidades educativas privadas proliferaron mercantilizando la educación. La Ley 070 amplió la cobertura, erradicó el analfabetismo y fortaleció la educación técnica y superior pública. Vega Cantor (2015) advierte que “una política educativa popular se mide por su capacidad de democratizar el conocimiento y ponerlo al servicio de las mayorías trabajadoras” (p. 217).
2.6. De la pedagogía tecnocrática a la formación crítica del docente
La Ley 1565 redujo al maestro a un simple ejecutor de contenidos estandarizados ajenos a la compleja realidad y problemática que afecta el quehacer educativo. En cambio, la Ley 070 reconoce al docente como sujeto político, investigador y constructor de conocimiento. Ponce (1934) señalaba que “el maestro revolucionario no repite, crea; no adoctrina, despierta conciencia” (p. 91).
3. Aciertos de la Ley 070 “Avelino Siñani – Elizardo Pérez”
Además de superar las limitaciones impuestas por el paradigma neoliberal de la Ley 1565, la Ley 070 constituye un proyecto educativo de base ideológica democrática y popular, orientado a generar importantes avances en los escenarios económico, social, cultural y cognitivo del pueblo boliviano. Entre sus principales aciertos destacan:
3.1. Descolonización del conocimiento y revalorización cultural.
La ley impulsa la ruptura con la hegemonía epistemológica capitalista, promoviendo una conciencia histórica crítica y la recuperación de saberes ancestrales como pilares del desarrollo nacional y del Vivir Bien. Este principio coincide con la pedagogía liberadora de Freire (1970), quien sostenía que “nadie educa a nadie, nadie se educa solo: los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo” (p. 72). En este sentido, la Ley 070 abre la posibilidad de un diálogo horizontal entre ciencia moderna y conocimientos originarios.
3.2. Democratización educativa y construcción de poder popular.
La educación deja de ser una mercancía, como en la etapa neoliberal, y se reivindica como un derecho social, colectivo y gratuito. Se amplía la cobertura en zonas rurales, indígenas y periféricas, configurando un proceso de democratización del saber. Ello se inscribe en la lucha histórica del pueblo trabajador por el acceso equitativo al conocimiento, reivindicada por Mariátegui (1928), quien planteaba que la educación debía servir a la emancipación del proletariado y no a la reproducción del orden burgués.
3.3. Reorientación curricular integral y vínculo con la producción.
El Modelo Educativo Sociocomunitario Productivo (MESCP) se esfuerza por integrar teoría y práctica, articulando la escuela con la vida, la comunidad y la producción. Esta orientación busca formar sujetos reflexivos, críticos y transformadores, no meros reproductores del injusto sistema capitalista decadente. Como señalaba Ponce (1934), la educación del hombre nuevo solo puede surgir del trabajo consciente y liberador, no del aprendizaje pasivo impuesto por el capital y su educación alienante.
3.4. Reconocimiento del Estado Plurinacional de Bolivia y su proyecto descolonizador.
El sistema educativo se articula al proyecto político de refundación del Estado Plurinacional, que procura romper con las estructuras semicoloniales, racistas y clasistas. La Ley 070 apuesta por una identidad nacional diversa y soberana, alineada con la concepción de Vega Cantor (2015), quien enfatiza que la emancipación educativa solo es posible si se acompaña de un proceso político anticapitalista y de soberanía cultural.
4. Desaciertos, contradicciones y desafíos estructurales
Pese a sus avances ideológicos y normativos, la implementación de la Ley 070 enfrenta contradicciones inherentes al vigente modo de producción capitalista atrasado y dependiente, lo que limita su potencial emancipador:
4.1. Persistencia de la dependencia económica y tecnológica.
El sistema educativo se desarrolla dentro de un modelo capitalista extractivista con presencia de elementos neoliberales, subordinado a los intereses del capital transnacional y a las clases sociales dominantes. Esta condición impide la consolidación de una educación científica y de un aparato productivo autónomo. Vega Cantor (2015) advierte que mientras no se transformen las relaciones sociales de producción, toda reforma educativa seguirá sujeta a los límites estructurales del capitalismo periférico.
4.2. Productivismo formalista y desarticulado.
Muchos proyectos socioproductivos se reducen a actividades de subsistencia o manualidades, sin desarrollar realmente las fuerzas productivas y fortalecer el mercado interno con productos propios ni vincularse con procesos de transformación económica y social. Esto refleja, como plantea Freire (1970), una práctica educativa “bancaria” que transmite contenidos sin praxis transformadora.
4.3. Brecha tecnológica y déficit en la formación docente.
El rezago en infraestructura digital, investigación científica y capacitación pedagógica impide materializar el potencial del MESCP. De Sousa Santos (2010) advierte que la “epistemología del sur” exige no solo reconocimiento cultural, sino también óptimas condiciones materiales y tecnológicas para ejercer el derecho al conocimiento.
4.4. Burocratización y centralismo institucional.
Aunque la Ley 070 impulsa la participación social, en la práctica esta se ve muy limitada por estructuras administrativas verticales y burocráticas, así como por prácticas corruptas e ineficientes. Ello genera un distanciamiento entre las comunidades y las certeras decisiones educativas, debilitando el carácter sociocomunitario del modelo. Según Fanon (1961), los procesos emancipadores corren el riesgo de burocratizarse si no se mantiene viva la acción crítica y popular.
5. Responsabilidad del Estado, las instituciones y los actores educativos
Si bien la Ley 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez representa un avance histórico en la descolonización educativa y en la democratización del conocimiento, su implementación insuficiente y fragmentariaha reveladoproblemas estructurales, institucionales y políticos que deben ser asumidas con un espíritu autocrítico profundo por parte de todos los actores implicados.
5.1. Responsabilidad del Estado y del Ministerio de Educación.
El Estado boliviano, en su conjunto, ha mostrado una falta de coherencia entre el discurso descolonizador y la práctica administrativa y económica.Aunque la Ley 070 plantea una educación emancipadora y sociocomunitaria, el Estado ha mantenido unaestructura burocrática vertical, unaplanificación educativa tecnocráticay presupuestos limitados que reproducen la dependencia del capital y la centralización institucional. De Sousa Santos (2010) advierte que no puede existir una “epistemología del Sur” sin una “política del Sur” que materialice las condiciones estructurales para ejercer el conocimiento como poder popular. En este sentido, la responsabilidad estatal radica en no haber fracturado contundentemente las lógicas capitalistas y semicoloniales de gestión, así como haber resuelto la subordinación del conocimiento al mercado y al financiamiento externo.
5.2. Responsabilidad del magisterio y de las organizaciones sindicales.
Los sindicatos del magisterio, tanto urbano como rural, han jugado históricamente un rol combativo en defensa de la educación pública. Sin embargo, en el marco de la Ley 070, su papel ha oscilado entre la resistencia gremial y la reproducción burocrática. En lugar de asumir un protagonismo transformador en la construcción del nuevo paradigma educativo, muchos sectores hanlimitado su participación a la defensa salarial o administrativa,sin impulsar de manera sostenida larevolución pedagógicaque exige el modelo sociocomunitario productivo. Como señalaba Freire (1970), “nadie se libera solo; los hombres se liberan en comunión” (p. 58). La praxis liberadora requiere un magisterio consciente y comprometido de su rol histórico como sujeto político e ideológico.
5.3. Responsabilidad de las autoridades educativas.
Las direcciones distritales, departamentales y universitarias del sistema educativo han reproducido una cultura institucional de control y formalismo, en que el cumplimiento burocrático ha sustituido la reflexión pedagógica crítica. Esta situación ha generado una orfandad ideológica del espíritu emancipador de la Ley 070, reduciéndola a un documento administrativo más. Mariátegui (1928) ya advertía que las reformas no son eficaces cuando se implementan sin espíritu revolucionario, pues terminan absorbidas por la inercia del Estado que sigue representando al sistema capitalista.
5.4. Responsabilidad de los profesores y profesoras.
Una parte significativa del magisterio no ha internalizado plenamente el sentido político, filosófico y pedagógico de la Ley 070. Esto se debe tanto a la falta de formación ideológica como a la ausencia de espacios de debate crítico en las unidades educativas. Muchos docentes continúan enseñando desde una pedagogía bancaria y transmisiva, sin vincular el conocimiento con la producción, la comunidad y la transformación social. En este punto, Freire (1970) plantea que la educación debe ser praxis, “reflexión y acción del hombre sobre el mundo para transformarlo” (p. 75). La autocrítica docente debe orientarse a superar el individualismo, la rutina, la mediocridad y la despolitización pedagógica, recuperando el papel del educador como intelectual orgánico del pueblo, tal como lo conceptualiza Ponce (1934).
5.5. Contradicciones colectivas del proceso.
La falta de articulación entre el Estado, los docentes, las Escuelas Superiores de Formación de Maestros, las universidades, las comunidades y los movimientos sociales ha impedido construir una hegemonía educativa verdaderamente popular y comunitaria. Fanon (1961) advertía que los procesos de liberación pueden estancarse cuando las nuevas élites sustituyen la opresión externa por una burocracia interna que desvía la energía revolucionaria hacia el conformismo y la mediocridad. Así, la Ley 070 enfrenta críticas no solo de los sectores conservadores o neoliberales, sino también de las propias bases populares que no ven reflejados sus intereses en la práctica educativa cotidiana.
6. Desafíos estructurales y políticas educativas a mediano plazo
El horizonte de una educación socialista y emancipadora en Bolivia exige comprender que los desafíos del proceso educativo trascienden el ámbito pedagógico y se enmarcan en la lucha de clases, la transformación estructural del Estadoy lareconstrucción del proyecto nacional-popular. La Ley 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez ha sentado las bases de una educación descolonizadora, sociocomunitaria y productiva; sin embargo, su consolidación requiere avanzar hacia un nuevo momento histórico de transformación estructural que combine soberanía educativa, justicia social y poder popular.
Desde una visión estratégica, los desafíos y políticas educativas a mediano plazo deben orientarse a construir un sistema soberano, científico, productivo y sólido en valores,articulado a la emancipación material e intelectual del pueblo boliviano:
6.1. Superar la dependencia capitalista y tecnológica.
Es imperativo romper con el capitalismo extractivista, atrasado y dependiente que impide el desarrollo de una educación científica y emancipadora. La soberanía educativa implica invertir en ciencia, tecnología e innovación propia,vinculadas a las necesidades del país y no a los mandatos de las potencias capitalistas y sus empresas transnacionales. Como señala Vega Cantor (2015), la independencia científica solo es posible en un marco político anticapitalista que libere el conocimiento de la lógica expoliadora del capital.
6.2. Profundizar la formación política, crítica e ideológica del magisterio.
El docente debe consolidarse como sujeto revolucionario, crítico y transformador, no como simple transmisor de contenidos o burócrata del sistema. La formación continua debe orientarse a fortalecer la conciencia de clase, el compromiso social y la pedagogía liberadora (Freire, 1970). Una educación socialista requiere educadores que comprendan su papel como intelectuales orgánicos del pueblo (Ponce, 1934), capaces de generar praxis y no mera instrucción.
6.3. Repolitizar la educación y articularla a las organizaciones populares.
La escuela debe recuperar su función política e ideológica como espacio de lucha y organización popular,integrándose con las comunidades, los sindicatos, las organizaciones campesinas, indígenas y obreras. Esta repolitización significa construir un sistema educativo que alimente la conciencia social y la acción colectiva, no que la neutralice. Esto implica transformar estructuralmente la sociedad para construir una sociedad nueva y superior. Como planteaba Fanon (1961), la liberación solo es posible si el pueblo toma en sus manos el proceso histórico de transformación.
6.4. Fortalecer la educación técnica, científica y productiva con identidad cultural.
El desarrollo nacional requiere consolidar un sistema educativo integral y productivo, que promueva la investigación aplicada, la autosuficiencia tecnológica y la transformación de los recursos desde una perspectiva sustentable y comunitaria. Esto implica integrar el saber ancestral con la ciencia moderna, superando la dicotomía entre tradición y progreso, en coherencia con la epistemología del Sur (De Sousa Santos, 2010).
6.5. Desmercantilizar y democratizar la educación.
La educación debe afirmarse como derecho social y no como mercancía, limitando la privatización, el fraccionamiento y la lógica competitiva impuesta por el neoliberalismo. Se requiere garantizar igualdad de acceso, calidad crítica y participación popular en todas las etapas del proceso educativo. Ello supone fortalecer el rol del Estado, sus instituciones y de las comunidades como garantes del conocimiento emancipador.
6.6. Consolidar la gestión comunitaria y el control social.
La construcción del nuevo modelo educativo demanda una democratización real de la gestión, con participación efectiva de los actores sociales (comunidades, organizaciones, estudiantes y docentes) en la planificación, evaluación y seguimiento de políticas educativas. Esta participación debe convertirse en un ejercicio de poder popular que transforme la gestión pública desde abajo.
6.7. Vincular la educación, la ciencia y la tecnología a proyectos de desarrollo nacional.
El conocimiento debe ponerse al servicio de la transformación productiva y social del país, articulando la educación con el desarrollo científico y tecnológico en el marco de una concepción científica del mundo y valores correctos que guíen su actuar. Así, la escuela se convierte en motor del desarrollo nacional independiente, coherente con los principios del Vivir Bien y la soberanía económica.
8. Necesario balance autocrítico
En consecuencia, la autocrítica revolucionaria debe reconocer que la educación emancipadora no se decreta, ya que se construye en la lucha de clases, en la conciencia política y en la práctica social. El Estado, el Ministerio de Educación, los sindicatos y los docentes comparten una responsabilidad histórica en el desafío de hacer de la Ley 070 un instrumento real de liberación nacional y emancipación social, no un ideal retórico.
Como diría Mariátegui (1928), “no queremos que la revolución sea calco ni copia, sino creación heroica” (p. 15). Hoy, esa creación heroica exige que la educación boliviana rompa con las inercias del formalismo y del discurso vacío, para impulsarse como educación liberadora, popular, crítica y productiva, capaz de transformar la realidad material y simbólica del país.
9. Justificación de la vigencia y continuidad de la Ley 070
La Ley de Educación 070 Avelino Siñani – Elizardo Pérez constituye uno de los logros más significativos del proceso de transformación educativa boliviana. Su concepción filosófica, política y pedagógica representa la ruptura más profunda con la herencia neoliberal instaurada por la Ley 1565 de Reforma Educativa (1994), la cual impuso una visión tecnocrática, privatizadora y subordinada a los organismos financieros internacionales proimperialistas. En cambio, la Ley 070 se erige como expresión jurídica de un proyecto histórico nacional-popular, orientado a la descolonización del conocimiento, la democratización del acceso educativo, la revalorización cultural y la construcción de un Estado Plurinacional soberano.
Renunciar a la Ley 070 significaría retroceder en las conquistas ideológicas y sociales alcanzadas por el pueblo boliviano, volviendo a someter la educación a la lógica del capital y del mercado. La educación neoliberal, como señala Vega Cantor (2015), “subordina el conocimiento a la rentabilidad y vacía la formación de todo contenido emancipador” (p. 92). La propuesta neoliberal concibe al estudiante como recurso humano, al docente como ejecutor técnico y a la escuela como empresa competitiva, despojando al acto educativo de su dimensión política y liberadora.
En cambio, la Ley 070 parte de una concepción comunitaria y humanista de la educación, que la entiende como derecho social, deber del Estado y responsabilidad colectiva. Este enfoque, inspirado en las pedagogías críticas de Freire (1970), busca formar sujetos conscientes y comprometidos con la transformación de su realidad. Como expresaba el educador brasileño, “la educación no cambia el mundo, cambia a las personas que van a cambiar el mundo” (p. 84). La vigencia de la Ley 070, por tanto, no es un mero acto administrativo, sino una defensa del proyecto emancipador del pueblo boliviano.
10. Educación como política de Estado, no de gobierno
La política educativa no debe ser objeto de improvisación ni de manipulación coyuntural. En términos de planificación estructural, la educación debe ser una política de Estado a mediano y largo plazo, no una medida circunstancial del gobierno de turno. Mariátegui (1928) advertía que la educación revolucionaria requiere continuidad histórica y una base económica y cultural sólida; de lo contrario, se convierte en simple instrumento ideológico del poder dominante.
Cambiar la Ley 070 significaría interrumpir un proceso histórico de descolonización y construcción del Estado Plurinacional, desmantelando una estructura que, aunque imperfecta y con diversos problemas como la solidez formativa en docentes y estudiantes, ha permitido avances en inclusión social, democratización del conocimiento, expansión de la educación intercultural bilingüe y participación comunitaria.
11. Ajustes necesarios, no reemplazo regresivo
Resulta legítimo y necesario reconocer que la Ley 070 presenta limitaciones, contradicciones y desafíos no resueltos como deficiencias en la formación docente, precario desarrollo científico-tecnológico, burocratización institucional y escasa articulación entre escuela, comunidad y producción. Sin embargo, estas falencias no justifican su defenestración, sino más bien exigen profundizar su implementación real y autocrítica.
Como sostiene Fanon (1961), toda revolución enfrenta el riesgo de que las élites sustituyan el proyecto liberador por una administración burocrática del poder; por eso, la tarea del pueblo es radicalizar la conciencia y fortalecer la praxis transformadora (p. 114). La educación boliviana debe seguir este camino: revisar, ajustar y fortalecer, pero nunca retroceder hacia un modelo de subordinación semicolonial y neoliberal.
12. Defensa del proyecto emancipador y soberano
La vigencia de la Ley 070 debe defenderse no solo por razones pedagógicas, sino por razones de soberanía nacional y de dignidad popular. La educación plurinacional no es una moda ideológica, sino una conquista histórica que expresa la resistencia de los pueblos indígenas, campesinos, obreros y sectores populares a cinco siglos de opresión colonial y semicolonial.
Reemplazarla por una ley neoliberal significaría negar la memoria histórica de lucha y despojar al país de su proyecto emancipador, sustituyendo la formación crítica por la instrucción utilitaria y la conciencia colectiva por la competencia individual.
En este sentido, como plantea Ponce (1934), la educación solo puede ser liberadora si “se halla unida al movimiento social que busca la emancipación de los oprimidos” (p. 52). La Ley 070 es, en su esencia, una ley del pueblo trabajador, indígena y popular, no del capital ni del mercado. Por ende, su defensa debe asumirse como una tarea política y ética del magisterio, las organizaciones sociales y las instituciones del Estado, bajo el principio de que la educación es una herramienta de soberanía cultural, ideológica y política.
Conclusión
La Ley 070 “Avelino Siñani – Elizardo Pérez” debe mantenerse vigente porque constituye el núcleo filosófico, ideológico y político de la transformación educativa boliviana. Su esencia radica en proyectar una educación liberadora, descolonizadora, sociocomunitaria y productiva, orientada al desarrollo integral del ser humano y a la construcción de una sociedad más justa, igualitaria y soberana.
Si bien la Ley presenta limitaciones, desaciertos y vacíos operativos, estos no justifican su abrogación ni su reemplazo por una normativa de corte neoliberal. Antes bien, demandan un proceso de ajuste, actualización y profundización autocrítica, que involucre al Estado, al Ministerio de Educación, a las autoridades académicas, a los sindicatos magisteriales y a los propios docentes como sujetos históricos del cambio educativo.
Derogar esta Ley significaría renunciar a la soberanía pedagógica y al proyecto histórico del pueblo boliviano, y retroceder hacia modelos educativos subordinados a los intereses del capital, la mercantilización del conocimiento y el imperialismo cultural. En palabras de José Carlos Mariátegui (1928), “la revolución no consiste en negar lo existente, sino en realizar lo que la historia ha preparado como posibilidad liberadora” (p. 41).
Por tanto, mantener la vigencia de la Ley 070 es un acto de defensa del horizonte emancipador de Bolivia, de su identidad cultural y de la aspiración a una educación pública, gratuita, científica y transformadora. Como también advertía Mariátegui (1928), “toda verdadera revolución educativa es inseparable de una revolución social” (p. 160).
El desafío pendiente consiste en continuar la construcción de un sistema educativo crítico, productivo y soberano, articulado a un proyecto nacional de liberación económica, social y cultural. Solo así la educación podrá cumplir su papel histórico que consiste en formar hombres y mujeres libres, conscientes, solidarios y comprometidos con la transformación estructural del país y con la defensa de la Patria Grande latinoamericana.
Referencias
De Sousa Santos, B. (2010). Refundación del Estado en América Latina: Perspectivas desde una epistemología del Sur. Siglo XXI Editores.
Fanon, F. (1961). Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica.
Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
Mariátegui, J. C. (1928). Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Biblioteca Amauta.
Ponce, A. (1934). Educación y lucha de clases. Ediciones Sociales.
Vega Cantor, R. (2015). Ciencia, tecnología y capitalismo: Una mirada crítica desde América Latina. Editorial Ocean Sur.
¡Viva el marxismo-leninismo-maoísmo, ideología invicta del proletariado mundial!
Este 7 de noviembre conmemoramos el 108.º aniversario de la Gran Revolución Socialista de Octubre de 1917, acontecimiento que transformó radicalmente la historia humana y marcó el triunfo de la revolución proletaria en el país más extenso del planeta. Bajo la conducción del Partido Bolchevique y del gran maestro Vladímir Ilich Lenin, el proletariado ruso conquistó el poder político para el proletariado y el pueblo, inauguró la era de las revoluciones proletarias y comenzó la construcción del socialismo, logrando avances inigualables en todos los campos —económicos, sociales, políticos, jurídicos, científicos, culturales, tecnológicos, aeronáuticos y militares— en beneficio de la nación, la sociedad y, sobre todo, del proletariado y su aliado principal el campesinado. Por primera vez se consagraron derechos laborales universales (jornada de 8 horas, descanso remunerado), beneficios sociales y libertades colectivas, haciendo del trabajo —y no del privilegio— el centro de la vida social e inspirando conquistas mundiales para las masas populares hacedoras de la historia.
La ideología científica invicta del proletariado —el marxismo-leninismo— guió la conquista y ejercicio del poder político, combatiendo férreamente a enemigos internos (oportunistas, reformistas, revisionistas) y externos (fascismo, nazismo, imperialismo yanqui y sus lacayos). Lenin demostró que la emancipación obrera exige la ruptura total con el viejo e injusto orden burgués. Con el camarada Iósif Stalin, gran comunista en forja y dirigente de la Gran Guerra Patria, se profundizó la construcción socialista, se derrotaron las fuerzas contrarrevolucionarias internas y se encabezó la lucha mundial contra el fascismo y nazismo. En la Gran Guerra Patria, el pueblo soviético sacrificó 28 millones de sus mejores hijos e hijas para salvar a la humanidad de la barbarie hitleriana, erigiendo el marxismo-leninismo como guía suprema en la era del imperialismo, fase terminal del capitalismo.
El Partido Comunista de la URSS (PCUS), vanguardia organizada junto al heroico Ejército Rojo de nuevo tipo y el frente revolucionario, encarnó la disciplina y el compromiso revolucionario. Su práctica internacionalista inspiró al proletariado mundial, alentó movimientos de liberación nacional y avivó la lucha de clases en todos los continentes que contribuyeron a las luchas de liberación nacional.
Gracias al prestigio de la triunfante Revolución Proletaria de Octubre, se expandieron las revoluciones socialistas y las luchas emancipatorias por todo el planeta; muchas fueron aplastadas a sangre y fuego por la reacción mundial, pero triunfó la Revolución China de 1949, dirigida por el Partido Comunista de China y el presidente Mao Tse-tung, quien —además de encabezar la Gran Revolución Cultural Proletaria para combatir resueltamente al revisionismo y al oportunismo, forjando así al hombre de nuevo tipo— elevó el marxismo-leninismo a pensamiento Mao Tse-tung, aportando la guerra popular y perspectivas creadoras para los países dependientes.
La guerra popular del Partido Comunista del Perú, presidido por el Dr. Abimael Guzmán (Presidente Gonzalo), forjó el marxismo-leninismo-maoísmo como tercera, nueva y superior etapa de la ideología proletaria, principal arma transformadora hacia el socialismo científico y el comunismo. Hoy, en la crisis estructural del capitalismo —cadáver insepulto en decadencia—, las condiciones objetivas y subjetivas impulsan la Gran Revolución Proletaria Mundial para sepultar al modo de producción capitalista.
Frente a la ofensiva del capitalismo en su fase depredadora —el neoliberalismo— y del imperialismo que saquea y expolia a nuestros pueblos, reafirmamos la perspectiva luminosa del socialismo y el comunismo para el bienestar de la humanidad, los pueblos del mundo y el proletariado, última clase de la historia y clase dirigente por excelencia. En el marco de la III Guerra Mundial en ciernes, que reconfigura el orden burgués en plena decadencia, se perfila una bipolaridad interimperialista: Por un lado, el imperialismo estadounidense, enemigo jurado de los pueblos del mundo en su condición de nación genocida, terrorista y expoliadora, junto a sus vasallos principales: Europa, Japón, Corea del Sur y Canadá. Por otro, China, con crecientes afanes imperialistas, aliada a Rusia, Corea del Norte y otros contendientes. Esta pugna entre potencias no es más que la agonía del sistema capitalista-imperialista, que acelera las condiciones objetivas para la Revolución Proletaria Mundial.
La Red Popular de Prensa Latinoamericana rinde homenaje eterno al heroico pueblo soviético y a los millones de seres humanos conscientes, dignos y consecuentes que, desde 1917, luchan por la emancipación. Su legado nos convoca a defender el poder creador de las masas.
¡Gloria eterna a la Revolución de Octubre!
¡Viva el marxismo-leninismo-maoísmo!
¡Muerte al imperialismo, revisionismo y reacción mundial!
La democracia parlamentaria es una forma de gobierno en la que el poder ejecutivo emana del poder legislativo. En este sistema, el gobierno puede ser destituido por el parlamento mediante un voto de censura o de desconfianza.
Siendo la soberanía popular la que elige a sus representantes mediante elecciones “libres”, esta forma de democracia se caracteriza por una separación de poderes más flexible que la del presidencialismo. En ella, existen un jefe de gobierno y un jefe de Estado; sin embargo, el poder político debería emanar del pueblo. Pero cuando, en una democracia parlamentaria, las corporaciones o grupos de poder fáctico controlan totalmente el poder, el sistema democrático se vacía de contenido. Aunque formalmente conserve su estructura, en la práctica deja de ser real, convirtiéndose en una fachada civil que encubre una dictadura.
En tales circunstancias, los medios de comunicación ejercen una influencia decisiva. Estos se convierten en actores políticos e ideológicos que, mediante campañas de propaganda, legitiman la concentración del poder. El parlamento, entonces, se transforma en una amalgama y maquinaria de lobbying corporativo. En consecuencia, la democracia deviene inexistente: los poderes del Estado se reducen a simples nomenclaturas para el engaño.
Así, el voto pierde su efectividad real y, por ende, la legitimidad del orden político se vuelve nula. Si bien en la Constitución se consagran derechos y libertades, si en la práctica imperan el monopolio y la dictadura del poder económico, la democracia formal carece de sustancia.
Por tanto, no existe equidad, igualdad, libertad ni capacidad de decisión colectiva. El sistema se reduce a los intereses oligárquicos: un gobierno de ricos legitimado por los mismos pobres.
La democracia liberal se ha sustentado en dos principios fundamentales:
El liberalismo económico, que defiende la libertad de mercado, la igualdad de derechos y la iniciativa individual.
La democracia política, que promueve la igualdad de derechos, la soberanía popular y la redistribución del poder.
Sin embargo, estos principios han sido trastocados. El dinero y el capital deciden por encima del voto, que se convierte simplemente en un instrumento de legitimación del poder financiero e industrial. Este proceso conduce al desmantelamiento del Estado social o Estado de bienestar. La capacidad de decisión del ciudadano deja de ser relevante, siendo reemplazada por el dominio de las oligarquías, en un proceso paulatino de concentración del poder.
¿En qué se convierte entonces el voto bajo esas circunstancias? En la legitimación del poder oligárquico: una dictadura abierta del poder financiero e industrial, sostenida por una constante campaña de despolitización y desideologización. La ciudadanía es transformada en mera consumidora, en una cifra estadística. La captura del Estado implica legislar en favor del capital financiero e industrial, lo que supone la pérdida de la soberanía popular.
Ese poder ya no rinde cuentas a nadie, no tiene controles ni obligaciones con nadie; es un poder sin patria y sin equilibrio de poderes. Se sostiene en la violencia abierta, en las bayonetas y la represión. Sobre esta base, las élites corporativas saquean los recursos, acumulan riqueza de manera desenfrenada y fragmentan a la sociedad, generando una desigualdad monumental.
La desintegración social es parte de esa lógica. Por ello, se fomenta el caos mediante todo tipo de vicios, se incrementa el individualismo extremo, la desconfianza mutua y la fractura social. Ya no existen canales de participación ciudadana; el poder legislativo se convierte en un mero gestor de las políticas dictadas por las corporaciones.
Todo esto se acompaña de desinformación, manipulación y del uso de las emociones. Una “ciudadanía entretenida” mediante programas banales o narrativas justificadoras de la desigualdad termina defendiendo su propia subordinación, como ocurre con buena parte de la población.
Esa es la razón por la que los servicios públicos se debilitan o son llevados a un deterioro inducido. Paralelamente, el costo de vida aumenta sin cesar, generando angustia, empobrecimiento, inseguridad emocional y estrés colectivo. De esta manera, la población queda sometida y el dominio absoluto de las corporaciones se legitima una vez más.
Frente a esta realidad, las masas deben activar todo tipo de organización colectiva donde se ejerza una democracia real. Es necesario construir organizaciones paralelas en todos los ámbitos, promover núcleos comunitarios de desarrollo colectivo y no abandonar la lucha por la democracia y los derechos. La movilización es fuente de aprendizaje y ejercicio para luchas más avanzadas y para la formación de contrapoderes en sindicatos, organizaciones sociales y frentes amplios que articulen a las masas sin prejuicios ni sectarismos.
Los sectores pensantes deben impulsar una campaña amplia, profunda y bien sustentada de desenmascaramiento y combate ideológico y político. Solo así podrá promoverse la conciencia organizada del pueblo, capaz de desarrollar en el futuro luchas más elevadas y transformadoras.
El sistema imperante atraviesa una profunda crisis en todos los planos, lo que genera todo tipo de sufrimiento humano. Superar y transformar esta realidad dependerá de la comprensión y de la acción organizada. Para ello, se requiere un ente consciente que aglutine, dirija y oriente los esfuerzos en la construcción de un sistema opuesto y distinto al que hoy agoniza.
El momento histórico en el que se vive, dentro de este sistema-mundo civilizatorio, refleja la más profunda crisis general: ideológica, política, económica y cultural. Es una crisis terminal, sin retorno, dado que se pierde el monopolio de la economía, la cultura y la política, hasta ahora jerarquizadas en los centros, las semiperiferias y las periferias. La hegemonía está rota y supura pestes por todos lados: criminalidad, desconcierto, caos, banalización, inmoralidad y toda forma de perversión humana expuesta a su máxima expresión, sin tapujos.
El sistema se encuentra en su mayor debilidad y, por tanto, ataca todo aquello que amenace su subsistencia: ideas, movimientos, modelos alternativos o liderazgos. Para ello, utiliza incluso mecanismos que van más allá del llamado “derecho penal del enemigo”.
La pérdida del control hegemónico de Occidente, después de quinientos años de dirección, influencia y dominio, no es poca cosa en el proceso histórico que hoy presenciamos.
1. Caotización de la sociedad como herramienta
Ante la debilidad del sistema-mundo, se recurre al uso de la confusión social, la polarización política y la saturación informativa, generando una fatiga colectiva y desorientación moral. Ya no existe un vértice que dirija la historia con carácter de clase, como sucedió en el siglo pasado, cuando la clase obrera tomó las riendas de su destino en Rusia y posteriormente en China, generando una corriente masiva de luchas de liberación mundial y movimientos antisistema.
Hoy, esa posibilidad sigue latente, dadas las condiciones materiales que se agudizan; sin embargo, sus expresiones son dispersas y, en muchos casos, espontáneas. Ante la debilidad de la capacidad crítica de las masas, el sistema utiliza el caos como instrumento de manipulación. Así, el caos no destruye el orden: lo legitima. Al final, como ya sucede, la población termina pidiendo más control, el ingreso de las fuerzas armadas y la restricción de derechos y libertades en nombre de la “seguridad”, dentro de un caos dosificado y dirigido.
2. Criminalización de la disidencia
El sistema está débil, y esa debilidad se disfraza de “seguridad”. Es un reflejo auténtico del miedo a las masas. Hoy dos proyectos de sistema-mundo se enfrentan a muerte, aunque en el fondo se trate de una contradicción interna del mismo sistema. A nivel mundial, hay un despertar de las masas —el otro gran actor histórico— que se expresa en voces críticas y movimientos incluso dentro del seno del propio imperio. Son muchas las voces que cuestionan la narrativa dominante, aunque con diferentes tendencias y propuestas políticas, económicas, ecológicas y culturales. El debate y el diagnóstico son múltiples y reflejan un descontento generalizado ante un mundo que se derrumba.
Por ello, la respuesta del sistema es etiquetar toda disidencia como “peligrosa”, “radical” o “desinformada”. Aparecen formas encubiertas de censura y control del pensamiento, con el fin de fabricar consensos mediante el miedo y legitimar la recomposición de un “nuevo orden” elitista y tecno-feudal, que ya se perfila con claridad.
3. Globalización digital y alineamiento ideológico
El acelerado proceso de digitalización y la concentración del poder en las plataformas tecnológicas —previamente legitimado por ese nuevo orden elitista y tecno-feudal— tienen como objetivo el control total de las masas y la neutralización de la disidencia. Bajo el argumento de la “seguridad interna”, se implementa un control biométrico y de alta vigilancia con fines preventivos. De este modo, a través de algoritmos, se construye una cultura de la vigilancia y un discurso unificado del sistema. Es el algoritmo, precisamente, el que selecciona lo que ves, lo que te gusta, lo que lees, lo que crees y lo que piensas. Su finalidad es uniformar la “nueva cultura” del tiempo de la inteligencia artificial, para impedir el nacimiento de otro mundo posible para los oprimidos. Si en el sistema feudal el control absoluto residía en el monarca y en los señores feudales —legitimados por la cruz y un dios divino—, hoy ese control se concentra en las corporaciones, en el control social y en el nuevo “dios” del algoritmo, que decide todo. Como consecuencia, emerge la deshumanización o el poshumanismo: la máquina, la inteligencia artificial, se convierte en el centro, mientras se construye un Homo Deus de la civilización, cuyo diseño ya está en marcha.
¿Qué está en juego?
Está en juego la continuidad de la civilización tal como la conocemos, replanteada bajo el diseño de un nuevo orden en medio de la Cuarta Revolución Industrial. Las bases del mundo moderno se fundaron sobre una lógica: la acumulación ilimitada. De allí derivan el crecimiento, la innovación constante, el consumo exacerbado, la disputa y el control de los recursos finitos, que han provocado guerras, crisis y una devastadora crisis ecológica.
La crisis económica mundial es estructural: genera desigualdad, endeudamiento global y pérdida de la tasa de ganancia del capital, impulsando el tecno-feudalismo. En este contexto, la política se reconfigura para adaptarse al nuevo orden, más allá de las teorías de igualdad, democracia o legitimación por el voto, principios de la revolución burguesa que hoy atraviesa su crisis de legitimidad.
El nuevo orden propuesto considera la desigualdadcomo principio, no como excepción. Ya no se pretende legitimar el poder mediante el voto, sino mediante la determinación directa de las élites sobre todos los aspectos de la vida, mientras el resto de la humanidad obedece.
La caotización social se expresa en múltiples formas: incentivo a la criminalidad, narcotráfico, legalización del consumo de drogas, desintegración familiar, corrupción estatal e inmoralidad. Todo esto busca implementar el nuevo orden tecno-feudal, desgastando la capacidad organizativa colectiva y manteniendo a las masas en el miedo y la incertidumbre, para neutralizar cualquier articulación alternativa. En las sociedades soberanas, el sistema responde con invasiones o con el hundimiento económico y político.
La criminalización de la disidencia busca impedir que las masas construyan otro mundo posible. Por ello se persigue, encarcela o elimina al disidente mediante castigos ejemplificadores, incluso si se trata de ancianos o jóvenes.
4. Hipertecnificación
El control biométrico total de la población está en plena marcha y se manifiesta en la vigilancia digital cotidiana. Ya no se necesita la coerción física como método de imposición cultural o ideológica; hoy esa función la cumple el “dios” del algoritmo, reforzado por una narrativa global que utiliza el miedo, la inseguridad, la salud o el clima para unificar emociones y justificar medidas de control poblacional bajo el argumento del “bien común”.
Mientras tanto, se fragmentan las identidades culturales, ideológicas y sociales para dividir a la sociedad mediante microconflictos internos, promovidos por operadores políticos del sistema, ONGs o infiltraciones sociales, generando supuestos movimientos de oposición que en realidad sirven para mantener la inestabilidad y así imponer la agenda del sistema.
El futuro que este sistema ofrece a los pueblos es sombrío, incluyendo el objetivo de reducir la población mundial de ocho mil millones a dos o cuatro mil millones de personas por diferentes vías. Ante ello, los pueblos deben luchar con todos sus medios para derribar ese mundo en construcción y forjar otro nuevo, basado en la experiencia histórica de la clase obrera y de los pueblos oprimidos. Se requiere organización, conciencia y dirección revolucionaria para construir un mundo donde la humanidad se humanice nuevamente, asumiendo con claridad los riesgos de destrucción que amenazan la existencia misma del ser humano.
El sistema está dispuesto a eliminar todo obstáculo que impida la supervivencia de sus relaciones productivas, incluso en medio de su crisis general. Su comportamiento será cada vez más peligroso y cruel. Por eso, debemos aguzar la creatividad, la organización y las formas de lucha, aun a costa del sacrificio de una parte de los millones de pobres del mundo.
La humanidad se encuentra ante riesgos y peligros como nunca antes en su historia. Es momento de tomar profunda conciencia.
Desde la invasión del imperio español, cuando la masa campesina era considerada como no humana, explotada y exterminada con todo tipo de trabajos forzados, hasta el sometimiento cultural impuesto bajo la cruz y el mosquete, el pueblo peruano ha vivido siglos de dominación.
Tras la llamada “emancipación”, aquella humillación se profundizó bajo las botas de los hijos de los españoles, quienes pasaron del dominio imperial español al dominio de Inglaterra.
A pesar de la lucha y resistencia de los pueblos —tanto bajo el yugo del imperio español como del inglés— la crueldad y el sufrimiento prosiguieron bajo el imperialismo yanqui.
La explotación y la opresión ya no provenían de un solo imperio, sino de un sistema capitalista que combinaba la semifeudalidad con un capitalismo tardío y burocrático.
La humillación a la nación se evidenció de forma nítida durante la guerra con Chile, un conflicto alentado por intereses imperiales en disputa. La burguesía y los terratenientes peruanos, sin una pizca de patriotismo, servían a las tropas invasoras en banquetes y pailas, mientras estas violaban a sus “compatriotas” y tomaban Lima.
La resistencia fue protagonizada por un puñado de patriotas y por la inmensa masa popular. No así por la burguesía parasitaria, cuyos funcionarios negociaban con el enemigo, robaban los presupuestos destinados a la defensa o entregaban parte del territorio nacional, como ocurrió con Ecuador, Brasil y Colombia.
La pérdida reiterada de territorio demuestra que a esta burguesía nunca le importaron la patria ni la nación. El pueblo, en cambio, siempre resistió; él es el verdadero patriota, no las calañas vendepatrias.
La esencia de esta burguesía ha sido siempre la misma: una clase que jamás asumió la cultura, las tradiciones, las costumbres ni las identidades de su propio pueblo, esas que han forjado la historia y los símbolos de la nación.
No sienten esta patria como suya, salvo para saquearla o venderla. Son simples mercachifles, incapaces de diseñar un proyecto real de desarrollo autónomo, independiente y soberano, como sí lo lograron otros países capitalistas que hoy son potencias o superpotencias.
Podríamos preguntarnos: ¿en qué revolución industrial fueron partícipes o mentores? ¡En ninguna! Solo han sido lamebotas, entreguistas, mercachifles bárbaros.
Siempre soñaron con emular a sus amos, aspirando a una cultura europea —hoy en decadencia y decrepitud— o a la de su amo yanqui. Por eso desprecian al indio, al pobre, al “marginado”, al habitante de los conos y provincias que trabaja en sus fábricas, comercios, casas, maneja sus autos y cuida a sus hijos.
Las sociedades con raíces quechuas, aimaras y de otras minorías nacionales solo existen para ellos en la medida en que puedan ser mercantilizadas: extraerles impuestos, explotarlos en sus industrias, negarles derechos. Para esa clase dominante, son sociedades inexistentes dentro del mundo que sueñan; no los consideran sujetos históricos transformadores ni generadores de riqueza, sino bestias de carga —adiestradas o no—, reemplazables y desechables, disciplinadas por un marco jurídico que legitima la explotación y la opresión.
La crueldad y la humillación persisten aún en la sociedad actual, capitalista y dependiente del imperialismo. Si existiera una burguesía “madura”, debería ser la base de un verdadero desarrollo nacional; sin embargo, ocurre lo contrario: hoy está más sometida que nunca a sus antiguos y nuevos amos, profundizando la desintegración interna, la corrupción y la caotización social para seguir saqueando todo lo que puedan, como vulgares asaltantes de esquina.
Por tanto, no debe haber contemplación alguna con estos canallas. No debe haber miedo ni consideración. Solo debe expresarse nuestro odio de clase, nuestra rabia contenida, la cual debe explotar, aunque haya costos que pagar.
Por esa misma razón, se impone la necesidad de una organización única del pueblo en un frente único, guiado por sus mejores hijos, para cristalizar otro mundo para los explotados y oprimidos, utilizando las herramientas que la historia ha dado a los pueblos del mundo: las experiencias vivas que permitan retomar y culminar los procesos truncos del acero.
Estamos en esa disyuntiva: tomar las riendas de nuestro destino o permitir que ellos impongan su sociedad elitista y tecno-feudal.
LA LUMPEN BURGUESÍA PERUANA Y LA REPRESIÓN AL PUEBLO EN LUCHA
Richard Gonzales
La lucha de clases entre opresores y oprimidos se agudiza, mientras en el frente del enemigo, cada vez más aislado, una minoría de corporaciones nacionales e imperialistas saqueadoras, defendidas por la fuerza armada y un puñado de congresistas y jueces vendepatrias, al servicio de esos gánsteres y a la embajada yanqui en forma abierta y descarada.
Los pueblos del Perú, en pie de lucha constante, quienes, con su espíritu combativo, los cuales, en su sangre quechua y aimara, llevan el estandarte del verdadero patriota y quien defiende la nación realmente, aún a costa de su propia vida o sangre vertida.
Esta lumpen burguesía ha extremado su opresión y saqueo a todo el pueblo, lo que hace vivir en las más humillantes condiciones de vida, caotizando la sociedad con anarquía, delincuencia y todas las inmoralidades que haya.
Han pateado hasta el tablero de sus propias leyes, normas, tratados, convenciones. Generan las condiciones para una mayor represión y una dictadura abierta. Asumen una doctrina del caos permanente, ya no el “imperio de la ley” o “estado de derecho”; pretenden una sociedad de siervos, pretenden un retroceso de la sociedad políticamente hablando.
Destruyen el fundamento moral de la modernidad, de la revolución burguesa, del liberalismo, de su civilización, y reemplazan la “verdad” por la “opinión”, el “bien” por la “utilidad”, y la “sabiduría” por la “ciencia técnica”.
Como dicen sus mentores del neoliberalismo tecno feudal y elitista: “… no todos los hombres están preparados para que conozcan la verdad”, “el sabio en cambio comprende la verdad detrás de los mitos, pero sin revelar por completo”. Es una justificación del elitismo y un desprecio de la masa, razón por la que se recurre hasta el genocidio, el asesinato, la persecución, la criminalización de las luchas.
Degeneran la democracia “moderna”, liberal, formal, para que sus principios “igualitarios” se destruyan, por medio de su burocracia, para rediseñar el mundo, así implantar una sociedad dirigida por corporaciones, por la eficiencia y jerarquías, no por votos o derechos universales.
Sus planteamientos actuales son que: “la desigualdad es natural”; por tanto, las bases de la civilización actual deben sufrir dramáticos cambios elitistas, aristocráticos y tecno feudales.
Razón por la que se implementa bajo política de “seguridad interna” el control biométrico de la sociedad, algoritmos, redes autónomas, el nihilismo, elitismo y poshumanismo extremo.
Las masas desbordan en lucha y combate, por tanto, necesitan su control y vigilancia total; está en marcha ese plan, no solo en la sociedad peruana, sino a nivel universal; por tanto, oponerse y luchar es parte de la resistencia y combate a esos planes, la que como consecuencia lleva a demandar y luchar por democracia, libertad y el ejercicio del más alto derecho a la transformación de la sociedad.
Los problemas que enfrenta el capitalismo dependiente del imperialismo en el Perú no son nuevos y están estrechamente vinculados a su modo de producción, aún caracterizado por un capitalismo tardío. Las relaciones productivas existentes atraviesan una profunda crisis, que forma parte de la crisis general del sistema imperante. Las disputas por el poder y la persistente acumulación del capital tienen como contraparte la más descarada explotación y opresión, expresadas en la precariedad laboral, la conculcación de derechos, la democracia formaly la disfuncionalidad del Estado. Ante el creciente descontento popular, la respuesta de las clases dominantes es el autoritarismo y la caotización de la sociedad, como mecanismos para contener la lucha de las masas que desborda los límites del orden burgués.
Pero el asunto va más allá de los hechos coyunturales. Debemos comprender los sucesos de este país como manifestaciones de fenómenos universales, necesarios para explicar la caotización contemporánea de las sociedades. El problema de fondo radica en que el capitalismo en su fase imperialista ha alcanzado un nivel de reaccionarización tal, que hoy barre con su propia democracia liberal y con los derechos que alguna vez proclamó, intentando imponer un nuevo conservadurismo moral y social, unaredefinición regresiva del orden mundial.
Para ello, las élites capitalistas buscan romper toda cohesión social y nacional, destruir los límites y los obstáculos heredados de las revoluciones burguesas que aún contenían parcialmente la voracidad del capital. Pretenden así garantizar el derecho absoluto de las corporaciones, llevándolo al extremo de una codicia sin restricciones.
De ahí que necesiten promover un conflicto permanente y profundo para justificar lo que Steve Bannon denomina una “crisis civilizatoria”. Como él mismo señala: “No basta ganar elecciones, tomar instituciones, infiltrar cargos públicos o influir en los think tanks; se trata de moldear estructuras estatales” para un mayor desencadenamiento del poder real burgués.
En ese marco, la Cuarta Revolución Industrial acelera este proceso, en el que se busca el control total de la población y el dominio global mediante la tecnología. Para el capital transnacional, la democracia liberal —con ciertos derechos extendidos— entra en conflicto con lo que ellos consideran su “libertad individual” y el “progreso tecnológico ilimitado”. En consecuencia, plantean no la igualdad universal, sino la desigualdad estructuralcomo principio de funcionamiento del sistema.
En sus propias concepciones, libertad y democracia ya no son compatibles en sus formas actuales. Se debe, según ellos, abandonar el humanismo de la revolución burguesa y avanzar hacia una etapa “poshumanista”, donde la tecnología sustituya al ser humano como fuerza de trabajo. Proponen así un maquinismo extremo, una tecnomaníao incluso un neofeudalismo tecnológico.
Estamos, pues, ante un proceso de nihilismo y antihumanismo: la desintegración del valor del ser humano como sujeto central. La centralidad del “hombre” como valor supremo del capitalismo liberal está agotada. En su lugar, se promueven los flujos del capital, el mecanicismo tecnológicoy otros procesos evolutivos desprovistos de toda referencia humana. Sobre esa base se proyecta el ideal del “homo deus” de una minoría privilegiada, mientras el resto de la humanidad es reducido a siervos sin derechos ni libertades, subordinados a los designios de las élites.
El resto de la población se convierte, gradualmente, en un excedente eliminable, ya sea mediante la guerra, el hambre o los llamados “métodos blandos” de control poblacional. De esta manera, las sociedades son caotizadas deliberadamente para provocar que los propios explotados se eliminen entre sí, reduciendo el “exceso” humano que el capital ya no necesita.
Estas élites proponen una sociedad dirigida por corporaciones jerarquizadas, no por votos ni por derechos universales, sino por el poder de unos pocos. Se trata de un elitismo global, una forma de darwinismo social, la implantación de una aristocracia tecnológica o tecnocapitalismo.
Según su planteamiento, el futuro no pertenece a las masas ni a su acción transformadora, sino a las máquinas, los algoritmos y las redes autónomas. El objetivo es liberar al capital y a la tecnología de toda restricción moral o democrática, instaurando un autoritarismo tecnológico y poshumano extremo, una auténtica filosofía del caos y del colapso, carente de toda ética humana.
Solo comprendiendo estos procesos podemos explicar los sucesos del mundo actual. Lo que se halla en marcha es la acción deliberada de las élites globales contra la humanidad, razón por la cual se requiere mayor conciencia, capacidad de lucha, rebeldía y organización universalcomo contraparte de estos planes en curso.
Los sujetos históricos deben activarse con decisión y firmeza frente al sistema inicuo y cruel que pretende conducirnos hacia una civilización de la deshumanización y la servidumbre tecnológica.