Red de prensa popular latinoamericana

La huelga silenciosa de las cunas y la crisis de reproducción social en el capitalismo

Por Alex A. Chamán Portugal

Introducción

La estrepitosa caída de la demografía global no es una anomalía estadística ni una moda pasajera de las nuevas generaciones; es el síntoma inequívoco de un decadente sistema capitalista en situación de mayor agonía. La conciencia humana no flota en un vacío abstracto, sino que es el reflejo directo de las condiciones materiales de existencia. Por consiguiente, lo que la propaganda liberal vende como una decisión libre de renunciar a la maternidad o paternidad, es en realidad el eco de una violencia reaccionaria inherentemente al sistema. Este fenómeno constituye una respuesta inevitable ante un capitalismo depredador en su fase imperialista y que, en su voracidad, ha mercantilizado la vida misma, reemplazando el optimismo histórico modernista por un hedonismo vacío y alienante propio de la decadencia posmoderna.

I. La base o estructura material

En el marco de la concepción científica del mundo el modo de producción condiciona el proceso de la vida social, por lo que debemos entender que la actual huelga de natalidad responde a una base económica de rapiña. El capital, en su afán de acumulación, ha desmantelado el Estado de Bienestar, dejando a las masas trabajadoras a la intemperie. Bajo la lógica neoliberal, derechos fundamentales como la salud, la vivienda, la educación y el trabajo digno han sido degradados a meras mercancías, convirtiendo la descendencia en un bien de lujo inalcanzable para las mayorías.

Criar un hijo en el siglo XXI implica una carga económica asfixiante frente a la arremetida contra los derechos laborales traducido en salarios miserables y un costo de vida en alza permanente que lleva a mayor pauperización. Así, no se trata de una falta de deseo, sino de una imposibilidad material. La flexibilización laboral, los contratos basura y la tercerización han instaurado una dictadura de la inestabilidad. ¿Cómo puede la mayoría de la población asumir la responsabilidad de una nueva vida si el sistema le niega la certeza de su propia subsistencia inmediata?. El capital se ha desentendido de los costos de reproducción de su propia fuerza de trabajo, transfiriendo todo el riesgo a unas familias que, como mecanismo de defensa ante la explotación feroz, optan por no reproducirse.

II. La superestructura ideológica

Esta crisis material tiene su correlato en el mundo de las ideas, en que se libra una batalla entre la modernidad como proyecto y la posmodernidad como claudicación. Mientras que la modernidad, con todas sus contradicciones burguesas, prometía un progreso y bienestar colectivo donde tener hijos era una apuesta de fe en el futuro, el neoliberalismo ha impuesto una cultura posmoderna que celebra la fragmentación y el fin de los grandes relatos históricos.

El capitalismo fomenta un hedonismo inmediato ante la incertidumbre del porvenir. Se empuja a la juventud a priorizar el placer efímero -viajes, consumismo compulsivo, cuidados excesivos de la apariencia, experiencias superfluas- por encima de la crianza, que exige esfuerzo, sacrificio y visión a largo plazo. Bajo la premisa del emprendedor de sí mismo, el hijo es percibido como un pasivo financiero o un obstáculo para la autorrealización profesional, y no como un ser humano pensante y operante que es parte del tejido social. En suma, es la victoria del egoísmo exacerbado sobre la solidaridad intergeneracional.

III. Alienación y guerra cognitiva

La burguesía utiliza sus aparatos ideológicos -prensa, redes sociales, industria cultural, etc.- para perpetrar una ofensiva cognitiva destinada a esterilizar la esperanza. Mediante la alienación del estilo de vida, se bombardea al sujeto con imágenes de una libertad desmedida que se reduce a la capacidad de consumir sin ataduras, disfrazando la soledad de autonomía y la falta de propósito de disfrute vital.

Paralelamente, se instrumentaliza el miedo. Los medios amplifican narrativas catastrofistas sobre el colapso climático o la guerra inminente, no para movilizar, sino para paralizar. Se induce la pregunta: ¿Para qué traer hijos a un mundo en creciente descomposición?. Esta táctica oculta que la raíz del problema no es la sobrepoblación, sino un modo de producción decadente. Al individualizar el miedo, se desvía la ira que debería dirigirse contra el siniestro sistema, produciendo individuos sumisos, dóciles y aislados, incapaces de asumir responsabilidades en aras de construir la resistencia comunitaria que implica la familia.

IV. La maternidad y paternidad como trinchera de resistencia

El capitalismo es un sistema caníbal que termina devorando su propia base humana. Recordemos que Marx sostenía que el capitalismo destruye las fuerzas productivas y la naturaleza. Al hacer la vida insostenible, demuestra su obsolescencia histórica y su carácter reaccionario. Sin embargo, la respuesta no puede ser el nihilismo ni la extinción voluntaria, pues ello solo beneficia al explotador y opresor.

Recuperar la maternidad y la paternidad, sea biológica o adoptiva, y ejercerla con conciencia crítica es hoy un acto de rebeldía. Es negarse a que el mercado dicte el fin de la historia humana. Politizar la crianza significa exigir las condiciones materiales para reproducir la vida con dignidad: tiempo libre, socialización de los cuidados y servicios públicos de calidad. Debemos desmontar el discurso posmoderno y recordar, como señalaba Marx, que la verdadera realización radica en nuestro ser genérico, en la conexión profunda con la comunidad y las generaciones venideras.

Conclusión

La huelga de cunas no debe leerse como una simple estadística a la baja, sino como la manifestación clínica de un antagonismo irreconciliable donde el capitalismo, en su fase imperialista, se ha vuelto incompatible con la biología misma. La maquinaria de acumulación ha llegado a tal grado de voracidad que, para sostener las insultantes tasas de ganancia de una clase burguesa parasitaria, necesita devorar no solo la fuerza de trabajo presente, sino canibalizar las generaciones futuras antes siquiera de que nazcan.

Resulta infame, por tanto, que los ideólogos del sistema acusen a la juventud de flojera, hedonismo o falta de compromiso. La realidad material es que el capitalismo ha ejecutado un despojo sistemático del porvenir, expropiando a las masas trabajadoras de la capacidad mínima de planificación vital. Lo que se presenta como una elección individual de no tener hijos es, en el fondo, una huelga inconsciente, un rechazo visceral a reproducir esclavos para un mercado laboral precarizado y un mundo en severa crisis. No es egoísmo; es un instinto de protección ante la barbarie capitalista e imperialista que ya se vive.

Sin embargo, el diagnóstico no basta. La salida a este laberinto histórico no vendrá de sermones moralistas sobre la familia tradicional, ni de reformas tibias que solo maquillan la explotación. La respuesta exige trascender la resistencia pasiva de la no reproducción para abrazar una praxis política ofensiva. Es imperativo organizarse para derrocar la estructura económica burguesa que asfixia la vida, transformando la angustia individual en ira colectiva organizada.

Solo bajo un horizonte socialista, donde la producción esté orientada a satisfacer necesidades humanas y no al lucro privado, la vida dejará de ser una mercancía sujeta a las leyes de la oferta y la demanda. Únicamente cuando hayamos socializado la riqueza y los cuidados, traer hijos al mundo dejará de ser un salto al vacío o un privilegio de clase social, para volver a ser el acto supremo de alegría colectiva y la afirmación rotunda de que la humanidad tiene futuro.

Bolivia en su bicentenario: La restauración neoliberal avanza bajo Rodrigo Paz entre reciclajes políticos y viejas mafias partidarias

Por Alex A. Chamán Portugal

Bolivia, 24 de noviembre de 2025

Han pasado apenas dos semanas desde que Rodrigo Paz Pereira, heredero de la dinastía neoliberal que forjó el Decreto 21060 en 1985, juró como presidente de Bolivia en el Palacio Quemado. El 8 de noviembre, el hijo de Jaime Paz Zamora se erigió como el 68º mandatario de la República. Su posesión representa la consumación de la restauración neoliberal con lo que se conculcarán derechos sociales y libertades demoliberales, así como, depredará los recursos nacionales. Este retorno no es un accidente electoral, sino la expresión caduca de un capitalismo atrasado y dependiente que, en su agonía, desangra a la nación y al pueblo para alimentar a la burguesía apátrida, entreguista y proimperialista. En el Bicentenario de la farsa republicana, Bolivia enfrenta no solo la crisis económica y política heredada, sino la afrenta simbólica y material contra su esencia plurinacional.

Recordemos que el perverso neoliberalismo irrumpió en Bolivia como un terremoto económico, político y social en agosto de 1985 bajo el Gobierno del MNR, a la cabeza de Víctor Paz Estenssoro. El DS 21060 representó el cierre de minas estatales y el despido de decenas de miles de mineros de COMIBOL bajo el pretexto de la “relocalización”; la privatización de YPFB, ENTEL y otras empresas públicas que olieran a soberanía. Lo que denominaron “estabilización” significó entreguismo, negociados, explotación, opresión, desempleo, pobreza e indigencia, las mismas injusticias que el capitalismo reproduce en todo el mundo. La hiperinflación del 24.000% se controló a costa de salarios congelados y una desigualdad que multiplicó por 42 los ingresos del 10% más rico frente al más pobre. El converso neoliberal Jaime Paz Zamora, padre de Rodrigo, profundizó las injusticias entre 1989 y 1993: legalizó el “impuesto al consumo” que golpeó a los sectores populares; abrió las puertas al narcotráfico en la banca; y firmó pactos con el siniestro FMI que convirtieron la deuda externa en cadenas de sometimiento. Gonzalo Sánchez de Lozada, genocida y neoliberal fugitivo, capitalizó y privatizó el gas y el agua, entregando regalías del 18% a transnacionales mientras el pueblo libraba la Guerra del Agua (2000) y la Guerra del Gas (2003), sacrificando casi un centenar de vidas en defensa de los intereses de la patria y la sociedad boliviana en su conjunto.

El nefasto periodo neoliberal (1985-2005) no fue ninguna “modernización”, como mienten los apologistas del imperialismo estadounidense y sus lacayos, puesto que fue una brutal acumulación del capital por despojo. Se impuso la superexplotación laboral en que el 80% de la fuerza de trabajo sigue hoy en la informalidad, la precarización sistemática de los derechos sociales y la conculcación de las libertades bajo el manto hipócrita de la “mano invisible”. Aquella ofensiva feroz demolió conquistas históricas, desmanteló la organización sindical y golpeó la capacidad de resistencia obrera y popular.

El Estado, esa maquinaria de dominación de clase, quedó reducido a su esencia represiva a través de la policía, las fuerzas armadas y cárceles, mientras el mercado, verdadera dictadura del capital financiero, devoraba la industria nacional y convertía a Bolivia en simple exportadora primaria: estaño ayer, gas hoy, litio mañana. Las consecuencias fueron devastadoras: desempleo, pobreza del 60%, analfabetismo y ecocidio en la Amazonía. Las relaciones sociales de desigualdad, explotación y opresión se profundizaron de manera ignominiosa.

En 200 años de vida republicana y sociedad capitalista jamás existió un genuino Proyecto Estratégico de Desarrollo Nacional, por lo que prevalecieron políticas entreguistas y favorables a las clases sociales dominantes, no dirigentes. Hoy, en pleno Bicentenario, el pueblo lo comprueba fehacientemente. Sin educación científica y sin desarrollo de las fuerzas productivas no hay avance tecnológico; de ahí la desindustrialización crónica y sus severas consecuencias para seguir como nación oprimida y “tercermundista”. Sin mercado interno no hay progreso ni cohesión nacional. El empresariado boliviano -esa burguesía parasitaria, mafiosa y rentista- nunca asumió un rol dirigente: se limitó a intermediar importaciones, vivir de la renta petrolera y realizar negociados con el narcotráfico, quebró entidades financieras para apropiarse ilícitamente de capitales y otras prácticas ilícitas para hacerse de capitales mientras el Estado se corrompía en prebendas, clientelismo y narconegocios, desde los Fondos Reservados hasta los lavados del MIR.

En 2006, con Evo Morales y el Gobierno del MAS, se viabilizó la estatización de los hidrocarburos, ENTEL y otras empresas estratégicas, además de la progresiva creación de nuevas empresas públicas. Se redujo la pobreza al 36%, se implementaron bonos sociales, se erradicó el analfabetismo y se recuperó la Whipala como emblema del Estado Plurinacional. La Ley Avelino Siñani–Elizardo Pérez (2010) encarnó la apuesta por la descolonización educativa mediante la interculturalidad, el reconocimiento de saberes ancestrales aymaras, quechuas, guaraníes y otros, así como la ruptura con el currículo neoliberal que pretendía domesticar y alienar al educando.

El Estado Plurinacional, consolidado en la CPE de 2009, reconoció 36 nacionalidades indígenas y estableció derechos colectivos largamente negados. Sin embargo, el capital, en su lógica imperialista, no tolera tales rupturas. La crisis global de 2008, agravada por la crisis interna de 2020, marcada por el golpe de Añez y las masacres de Senkata y Sacaba, junto con severos problemas e inadmisibles desaciertos del Gobierno de Arce–Choquehuanca, allanaron el camino para una restauración neoliberal encabezada por Rodrigo Paz. Este ya exhibe su esencia neoliberal al resucitar y cogobernar con lo que otrora fue el MIR, a pesar de no haber logrado la victoria electoral en su propia región de Tarija.

El gabinete ministerial del presidente Rodrigo Paz está conformado por José Luis Lupo en Economía, colaborador del empresario neoliberal Samuel Doria Medina, quien clama: “No creo en subsidios… Se nacionalizó el gas y no hay gas”. Viceministros del MIR, vinculados a casos de corrupción en hidrocarburos, colocan a operadores políticos que prometieron “capitalismo para todos” pero aplican ajustes salvajes. Incumplimientos flagrantes abundan, ya que Paz juró “sin FMI ni deuda”, pero se reunió con Nigel Clarke del FMI el 1 de noviembre, recibiendo “apoyo para reformas”. “El país que recibimos está devastado”, mintió en su posesión, culpando al MAS de una supuesta malversación de 15.000 millones de dólares, ignorando deliberadamente que su linaje familiar y político forjó el neoliberalismo depredador con negociados en desmedro de la nación.

La afrenta simbólica hiere más que el garrote económico lo que se aprecia en que el 8 de noviembre, Rodrigo Paz ordenó retirar la Whipala de las banderas oficiales en Palacio, tildándola de “símbolo divisivo”. En redes sociales miles de personas expresaron su repudio, recordando que “la Whipala no se toca” y denunciando que Paz “ataca nuestra identidad para complacer a la oligarquía cruceña”. Es un acto de genocidio simbólico mediante un golpe al artículo 1 de la CPE que reabre heridas coloniales y fortalece logias fascistas como la Nación Camba.

El continuismo proimperialista es descarado. El 15 de noviembre se acordó la “cooperación antinarcóticos” con la funesta DEA. Se reestablecieron relaciones con Estados Unidos, la nación más genocida y terrorista del planeta, prometiendo “estabilidad económica y apertura al mundo”. Se retomó el sometimiento al FMI y al BM mediante préstamos condicionados a privatizaciones, shock fiscal, eliminación de subsidios, apertura comercial y tratados de “libre comercio” con Estados Unidos y la Unión Europea, además de la exportación de litio y soya sin regalías. Y la traición mayor ocurrió el 18 de noviembre, cuando se suscribió un acuerdo diplomático con el régimen sionista y exterminador de Israel, reabriendo la embajada en Tel Aviv. Así, Paz se alinea con el despreciable régimen sionista mientras Palestina sigue siendo bombardeada y asesinada.

A todo lo anterior se suma la creciente injerencia del empresario neoliberal Samuel Doria Medina, cuya sombra se proyecta sobre las decisiones clave del nuevo gobierno. Diversas organizaciones sociales, así como el propio vicepresidente Edmand Lara, han denunciado que Doria Medina impone ministros, viceministros y directores, configurando un cogobierno no declarado. Su presencia expresa la continuidad de un proyecto entreguista vinculado al capital financiero, al expolio empresarial de los años 90 y al viejo esquema de endeudamiento condicionante del FMI y del Banco Mundial. Lejos de representar una renovación, Doria Medina reencarna el viejo modelo oligárquico que parasita al Estado, privatiza sus recursos y subordina la soberanía nacional a intereses imperialistas.

Los antecedentes de quienes hoy ocupan los ministerios y viceministerios profundizan esta alarma, ya que exfuncionarios del MIR fueron implicados en coimas, turbias operaciones políticas del ciclo 1989-2004 y exautoridades del régimen de Jeanine Áñez -algunos relacionados con masacres, represión o negociados en hidrocarburos- han sido reciclados como “tecnócratas” del nuevo gabinete. Esta restauración de figuras desprestigiadas y cómplices de políticas antinacionales revela la verdadera naturaleza del gobierno entrante, por ende, no representa un proyecto modernizador, sino la reposición desnuda del neoliberalismo más rancio, antipopular y enemigo de la soberanía boliviana.

LA MIGRACIÓN Y SU CRIMINALIZACIÓN

Richard Gonzales – 17/11/2025

A lo largo de la historia, las diferentes especies humanas han mantenido una movilidad constante. El desplazamiento es una característica fundamental del Homo sapiens, motivado por razones climáticas, la búsqueda de alimentos o los conflictos entre grupos humanos, procesos que han impulsado esta dinámica desde tiempos remotos.

Desde nuestro origen común en África —según la evidencia científica— nos expandimos por todo el planeta, construyendo las culturas, sociedades e identidades que conforman la civilización actual. Por esta razón, es falaz hablar de pueblos “originales” o “puros”: ningún grupo humano es originario de un territorio en sentido absoluto, pues todos somos resultado de largos procesos migratorios.

Hace aproximadamente 300 000 años, nuestros antepasados africanos iniciaron desplazamientos hacia Asia, Europa, América y Australia. Aunque el surgimiento de la agricultura generó asentamientos sedentarios, la falta de fertilidad de algunos suelos, su desgaste por el uso intensivo o el crecimiento demográfico provocaron nuevas migraciones en busca de mejores tierras, recursos y agua. Estos desplazamientos, a su vez, dieron lugar a civilizaciones con características propias y con trayectorias históricas particulares.

Desde las primeras civilizaciones organizadas en imperios —Mesopotamia, Egipto, Grecia, Roma, Persia, entre otras— las expansiones territoriales impulsaron migraciones producto de invasiones, guerras y desplazamientos forzados. Con ello llegaron también mezclas de pueblos, costumbres y técnicas. Nada de lo que hoy consideramos “propio” de una cultura tiene un origen único: tanto las prácticas agrícolas como los conocimientos científicos son el resultado de múltiples fusiones históricas y de una síntesis permanente entre civilizaciones.

Los factores que explican la migración son múltiples. En la modernidad, los procesos económicos, políticos y sociales han intensificado este fenómeno. La globalización, el desarrollo capitalista, los avances tecnológicos y las variaciones climáticas han incrementado la movilidad humana. A ello se suma la lucha de clases, que genera desplazamientos por motivos económicos, políticos, sociales y educativos.

La migración, por tanto, es una constante de la humanidad. Criminalizarla contradice la esencia misma del ser humano y vulnera la libertad fundamental de buscar mejores condiciones de vida. Además, la migración enriquece las sociedades cultural, social, científica y económicamente.

La pregunta central es: ¿cómo explicar, en el capitalismo imperialista, la estigmatización y criminalización de la migración? La expansión del capital y la búsqueda constante de productividad generan una demanda estructural de mano de obra desregulada y barata. De ahí que los Estados capitalistas e imperialistas abran periodos de migración para captar fuerza laboral explotable, con derechos restringidos y sometida a condiciones de extrema vulnerabilidad.

Los factores económicos, militares (déficit de tropas), demográficos (baja tasa de reemplazo poblacional) y del modelo neoliberal —basado en una división internacional del trabajo que relega a ciertos países a la extracción de materias primas— explican por qué el sistema necesita migrantes, pero a la vez los rechaza cuando dejan de ser útiles. El “modelo de estabilidad” del capitalismo imperialista implica la expulsión de fuerza de trabajo, un fenómeno que se agudiza en el contexto de la IV Revolución Industrial.

La migración hacia Norteamérica en el siglo XX ejemplifica este proceso. La expansión capitalista exigía fuerza laboral para los ferrocarriles, la industria manufacturera, las maquilas fronterizas instaladas desde los años sesenta y otros sectores. La búsqueda de plusvalía impulsó la subcontratación y la sobreexplotación de trabajadores migrantes, quienes constituyeron una fuerza clave en la acumulación capitalista.

Hoy, tras décadas de desindustrialización, Estados Unidos considera “excedente” esa mano de obra que durante años explotó intensamente. A pesar de sus esfuerzos por reindustrializarse, la economía no absorbe a toda la fuerza laboral, por lo que los migrantes son expulsados, perseguidos, encarcelados, separados de sus familias y despojados de sus bienes. El “trato humano” del sistema imperialista se revela como una lógica profundamente utilitarista y cruel.

Europa reproduce dinámicas similares: criminaliza a migrantes, los instrumentaliza políticamente o los usa como chivos expiatorios en momentos de crisis económicas, alimentando discursos racistas y xenófobos que fortalecen a la ultraderecha fascista.

Sobre legalidad y criminalidad

Ningún ser humano es ilegal. El planeta no es propiedad del capital; es resultado de procesos naturales de millones de años. Sin embargo, la propiedad privada de los medios de producción convirtió el espacio común en bienes privativos de unos pocos. La clase obrera lucha por devolver esos espacios a la humanidad, sin divisiones ni clases.

La criminalidad, por su parte, tiene raíces económicas: surge de las relaciones sociales que estructuran este sistema. El capitalismo expulsa fuerza de trabajo y, a la vez, concentra la riqueza generada por ella. La historia del sistema está marcada por redes criminales, explotación esclava o formas modernas de esclavitud asalariada. Incluso el narcotráfico ha sido utilizado para intervenir territorios y desestabilizar países, provocando migración forzada.

En periodos de auge económico, el sistema necesita mano de obra; en tiempos de crisis, la expulsa y demoniza mediante narrativas racistas y xenófobas —como las asociadas al movimiento MAGA en Estados Unidos—. Lo mismo ocurrió durante el desplazamiento masivo del campo a la ciudad.

La clase obrera consciente reconoce el origen estructural de estos dramas humanos. Aunque la historia avance entre contradicciones, serán los pueblos quienes transformen estas relaciones sociales y recuperen las bases de una verdadera humanización, pese a los costos que ello implique.